Chapter 10: XI

—Me gusta ese —mencionó Melissa mirando por la ventanilla del taxi.

Era un restaurante. Pedro lo conocía y lo recordaba bien.

—Mejor comemos algo más saludable.

Ya habían pasado por cuatro posibles lugares para cenar, y la Fogata se perdía a la distancia convertido en el quinto.

—No entiendo —Melissa se cruzó de brazos y prolongó el labio inferior a manera de rabieta infantil—, me dijiste que iríamos a cenar.

Si, lo dijo, en realidad tuvo que decirlo. Ir al hotel era fácil, después del sexo pedían algo para comer y ya estaba. No era la primera vez que salían a buscar algún bonito restaurante por la ciudad, aunque Pedro prefería evitarlo. Los ojos entrometidos estaban por todos lados. Durante todo el día Melissa estuvo tan fría y distante. No le dio el “buenos días” bien disimulado frente a los colegas, ni le preparó el café sin azúcar que tanto le gustaba; por supuesto, solo lo hacía si se encontraban relativamente solos, y en la mañana lo estuvieron muchas veces. Algunos silencios incomodos y choques a contra ruta, donde Pedro le cedía el paso pegándose lo más posible a la pared, coronaron la incómoda jornada. Sin olvidar al chico nuevo, <<¿Cómo me dijo que se llama?>> a quien Melissa no dejaba de hablarle, sobre todo estando frente a él. <>, pensó Pedro. Tenía la mente a punto de perderse en la locura y para colmo Melissa y sus berrinches. Consideró muchas veces la idea de contarle lo que le estaba pasando. Talvez ella lo entendería y lo ayudaría a salir del problema; o quizás se le reiría en la cara y le diría que deje de comportarse como un demente. Gloria ya se había burlado o eso parecía. Adriana era muy difícil de abordar. Siempre la encontraba dormida y eso que había mucho de qué hablar con ella. Además, estaban todas las veces que le dijo que ese tipo de cosas no pasan. <>. La urbe estaba llena de esas historias. Desde voces en la oscuridad, siluetas flotantes en la tenue luz de las calles, hasta fantasmas, almas en pena, espíritus en condena y ovnis. No iba a convertir la memoria de su hija en uno más de esos cuentos para noches lluviosas. Pedro pensaba que aquel que creía en eso era una persona sin nada mejor en que pensar y ya. Descanso, eso era lo que necesitaba, nada más. Y claro, sexo. Necesitaba a Melissa para eso. Más tarde, en el taxi, sintió culpa por pensar de esa forma. <>.

Por fin se detuvieron en un lugar que no tenía nombre, pero servían, según el menú, un buffet de ensaladas. Él mismo había dicho que quería algo más saludable, y a pesar de que odiaba las hojas y verduras, tenía que mantener su mentira y tragarse ese alimento para conejo.

—¿Después iremos al hotel? —preguntó Melissa concentrándose en un plato de alitas de pollo en salsa barbacoa—. Quiero estar contigo y hacerte algo que descubrí en internet. Sé que te va a gustar.

—No digas eso —respondió Pedro al tiempo que revolvía desganado unas hojas de lechuga—, pareces una prostituta.

Melissa estuvo a punto de arrojarle con todo el contenido de su plato. Cinco años y era la primera vez que le decía algo así.

—¿Prostituta? —sus ojos se encendieron de rabia y en su mente le clavaba el tenedor en el ojo.

<<¿Prostituta? Maldito imbécil. Si eres tú el que me pide fotos de mi cuerpo todo el tiempo. Eres tú el que me hace mamarte la verga, eres tú a quien le gusta por atrás. ¿Y yo soy la prostituta?>>

—Perdóname, no sé lo que me pasa —Pedro sintió que era la primera vez que se disculpaba en serio con alguien. Qué bueno que fuera con ella.

—Entonces cuéntame que te pasa.

El lugar estaba abarrotado. Había mesas mal distribuidas que difícilmente permitían el paso. Al fondo estaba la mesa del buffet que exhibía ensaladas, carnes y guarniciones. La gente charlaba, reía, gritaba. El sonido de voces se mezclaba con el sonido del metal contra la porcelana, y en el ambiente una canción de Tom Johns <<¿Quién carajos la puso?>> Sin embargo, en la mesa dieciocho cerca a la pared donde estaba una fotografía supuestamente autografiada por Camilo Sesto, el silencio de solo unos segundos se estaba convirtiendo en una declaración de guerra.

Pedro quería contárselo, en verdad quería hacerlo, así todo acabaría. Se acabaría el miedo, los problemas y la voz de su hija. La voz de Ana. “Papá”. Esa fue su primera palabra. Ella tendría en ese entonces más o menos un año y medio. Él la sostenía por las axilas y le hacía practicar pequeños pasos sobre sus piernas. De pronto, lo dijo, sin que nadie se lo pidiera. Salió entre medio de algunos balbuceos ensalivados y precedido por una sonrisa. “Papá”. Agudo y chirriante. Durante ese pequeño instante Pedro fue feliz, quizás más feliz que nunca. No se lo dijo a Gloria, mucho menos a Irma. Era algo solo entre su hija y él. En tan solo unos días Ana incrementó su vocabulario y Gloria juraría que su primera palabra fue “gato”.

Su voz siempre fue dulce, cálida. La voz de Ana despejaba el cielo de su día más nublado. “Papá mira lo que puedo hacer” mientras daba volteretas sobre el césped. “Papá no me sueltes” cuando se adentraban en la piscina para su primera lección de natación. “Papá, te amo” mientras le entregaba una tarjetita del día del padre a base de macarrones pintados y un corazón rojo de cartulina.

Lo que más le dolía no era no poder volver a verla; era no poder volver a oírla. En la morgue, al ver su cuerpo lastimado y frio, era como verla dormir. Simplemente dormida; dormida y en silencio. No volvería a hablarle. No volvería a decirle “Papá”. Ella no le diría ni una palabra más y en el funeral él tuvo que darle sus últimas palabras. “Te recordaremos en los mejores momentos, te extrañaremos en los momentos difíciles y si la vida, hija mía, nos lo permite, te llevaremos en nuestra memoria durante mucho tiempo”. Puso un clavel blanco sobre el ataúd y se retiró con una expresión tallada en hielo.

Tal vez debió llorar un poco. Así esos buitres no lo hubieran perseguido durante todo el día.

—Señor Siles tiene que poner la demanda —le dijo uno de los hombres acorralándolo en una esquina de la sala de su casa.

—¿Por qué? El hombre no tuvo la culpa, fue un accidente —Pedro se sentía como si su espalda se cayera a pedazos y el cuello fuera solo un palito fosforo.

—De todas maneras, señor Siles. Es homicidio involuntario —dijo el otro. Se estaba tomando un trago. ¿En horas de trabajo?

—Hay cientos de violadores y asesinos sueltos en las calles, y ustedes se empeñan en condenar a un hombre que solo tuvo mala suerte. Son unos malditos. La justicia en Bolivia simplemente es una mierda.

—No tiene que insultarnos, igual el caso se tratará de oficio.

—Háganlo si quieren, pero no cuenten conmigo.

—Hablaremos con su mujer.

Pedro estaba agotado y su espalda estaba a punto de quebrarse en pedazos.

—Dejen en paz a mi esposa y por favor váyanse de mi casa.

Sabía que solo querían condenar al conductor del accidente para decirle a la prensa que se había hecho justicia. <<¿Justicia? Ustedes no saben el significado de esa palabra>>. La tentación de ir a la planta alta, tomar su revólver, que estaba escondido detrás de varios volúmenes de enciclopedia universal, y disparar al aire para asustarlos pasó por su cabeza por breves segundos cuando escuchó a uno de ellos decir: “Matan a su hija y él hombre lo llama mala suerte.” Hermosos breves segundos en los que hacía verdadera justicia. <> Pero por más que se esforzaba, solo podía sentir que fue la vida misma quien le arrancó su más valioso tesoro.

—¿Y bien?

La voz de Melissa lo devolvió al presente, y su expresión le hizo preguntarse cuanto tiempo se había quedado callado.

—Cuando era niño visitábamos a mi abuela en el campo —comenzó a relatar Pedro con una voz a medio camino entre nostalgia y temor—. Vivía en Aiquile en Cochabamba. Recuerdo que nos contaba historias que después no me dejaron dormir en mucho tiempo, ni aun cuando volvimos a La Paz. Nos hablaba de voces que se oyen en la oscuridad y en el campo pues, la noche es oscura en su totalidad —la ensalada en su plato se había marchitado por el vinagre y Melissa arqueaba una ceja mientras lo escuchaba—. Nos dijo que cuando ves a un muerto por primera vez quizás después te hable. El primer cadáver que vi fue el de mi hija. No sé si mi padre sigue vivo. Mi madre no quiere saber de él y supongo que yo tampoco.

Ella no volvió a preguntar. Su mirada cambio rotundamente. Ya no lo veía con ganas de apuñalarlo con los cubiertos, sino con ganas de abrazarlo, como la vez que lo vio llorar convencida de ser la única que lo había visto hacerlo.

El regreso en el taxi fue silencioso pero placentero. Pedro le agarraba la mano y le daba apretones de rato en rato, mientras sus ojos no dejaban de mirarse. Melissa se soltó del agarre se introdujo entre los pantalones esquivando el saco abotonado a medias. Sintió como despertaba y latía. Él le imitó la jugada y pudo sentir la humedad creciente por debajo de esos jeans ajustados. No fue necesario decirlo. La escala en el hotel sería un hecho. Por el retrovisor, un tercer par de ojos se unió a la escena.

El viejo cuarto de hotel los recibió estando ellos a la mitad del acto. Pedro terminó rápido, demasiado rápido.

—¿Qué pasa? —Melissa ya había perdido la cuenta de cuantas veces había pensado y hecho esa pregunta.

Él no respondió. Estaba sobre ella y respiraba agotado, pero ¿de qué? Melissa estaba dispuesta a olvidar que la había llamado prostituta, incluso tenía ganas de hacerle eso que había encontrado en uno de esos tantos foros de sexo en línea, pero sobre ella descansaba un hombre que parecía que había echado el ultimo polvo de su vida.

<>, pensó Pedro al recordar que esa mañana se había prometido llegar temprano para pasar un rato junto a Adriana.

Doce de la noche, tarde otra vez. Al llegar y se detuvo por un momento frente a la puerta para contemplar su querido Ford. <>. Que fácil era decírselo a su auto. Nunca podría decírselo así de fácil a su hija. Al subir a la planta alta de su casa le pareció que, en su ausencia, alguien le había añadido por lo menos diez escalones más. De nuevo estaba respirando con dificultad. Tal vez Adriana estaba despierta. Podría acercarse y conversar algunos minutos. No. Si de casualidad estaría despierta, seria por una mejor razón que por esperarlo. Cuando se dio cuenta ya estaba frente a la puerta de la habitación de su hija, pero no la de Adriana. Todo estaba en calma. Menos mal. “Papá” se oyó desde adentro. Fuerte y claro como nunca antes. Pedro comenzó a temblar. La voz de Ana era inconfundible.