Chapter 7: VIII

Melissa tenía todo listo. Los nuevos clientes se habían ido satisfechos en la mañana, la campaña publicitaria cumplía con sus expectativas. Todo gracias al nuevo muchacho <<¿Cuál era su nombre? Bueno no importa tanto, es nuevo, ya habrá tiempo para conocerlo>>, pensó. Pedro también tardó mucho en aprenderse su nombre cuando ella había llegado a la empresa.

—Esto está excelente… mmm… ¿Cómo me dijiste que te llamas?

Esa era la rutina diaria, al principio. Le fascinaba su trabajo, pero no se tomaba la molestia de aprenderse su nombre. Ella, en cambio, se dedicó a aprender todo sobre él. <>.

Pasaron años. Los días en que Pedro no recordaba su nombre parecían tan lejanos, inexistentes casi.

—Melissa, ven conmigo.

Así comenzó todo. La primera vez que la llamó por su nombre. Unas copas, unas aceitunas y una conversación amena y sincera.

—Lo amo —le dijo a su prima en una de sus tantas visitas de domingo.

—Está casado. ¿No crees que eso importa?

La mujer tenía un niño en brazos, un bebe, que minutos antes lloraba a lagrima viva, pero que en esos momentos estaba dormido profundamente.

—Lo sé. Él también me ama. Nos iremos juntos. Ya tenemos dinero y un lugar donde estar en Santa Cruz.

La prima comenzó a reír a carcajadas. El niño casi se despertó por el ruido. Fueron suficientes unas caricias y mecerlo un poco para volver a dejarlo inerte.

—No es gracioso —protestó Melissa.

—Claro que lo es —la prima se puso de pie para dejar al niño en una cuna con rueditas que estaba junto al sofá en el que ambas se sentaban—. Ya no puedo recordar, con exactitud, cuántas veces estuviste en mi sala diciéndome que amabas a un hombre. Cada vez era uno diferente. Este está durando más, lo admito y creo que ese es el problema, así que solo te hare dos preguntas: ¿Hace cuánto lo conoces?

—Cinco años —respondió Melissa agachando la mirada.

Recordó las innumerables veces que su prima se había burlado de ella debido a la brevedad de sus relaciones.

—Y ¿hace cuánto te dijo que se iría contigo?

Melissa no respondió. Sabía que esa era la siguiente pregunta. Ella misma evitaba hacérsela cada mañana. La pregunta dolía. No, la respuesta era la que dolía: cinco años.

Su prima siempre tenía razón con esos asuntos. <>.

Cuantas veces se había imaginado estar en el lugar de Gloria. Entrar a las cenas de año nuevo tomados de la mano. Ser presentada ante los amigos como su esposa y luego brindar sonriendo. Pero no. Tenía que conformarse solo con la cama de ese hotel.

Pedro le había dicho que ese domingo no lo llame al celular por la noche. Él y su familia estarían en el cine. Ella se quedó mirando una película en su ordenador. Era una pieza europea, algo desquiciada, donde un hombre mataba a toda la familia de una mujer para quedarse con ella. <> pensó y después lo hizo mientras dormía. Despertó con un sabor agrio en la boca. Juró no volver a comer papas fritas picantes con cerveza antes de dormir. Se arrepintió de inmediato, ambos le gustaban demasiado. Compraría un dentífrico más fuerte, uno de esos con sabor a yerbabuena. Fantaseó con ese sueño loco mientras se duchaba. <>.

Mucho tiempo había pasado desde aquel lunes. Le costó bastante hacer que Pedro vuelva a ser el mismo. Al verlo llorar abrazado a su pecho, supo que los restos de ese hombre que habían quedado luego de la muerte de su hija, y que a veces le alcanzaban para hacerle el amor a lo bestia, se estaban reconstruyendo. Pero, por alguna razón, ese día, cuando ya lo tenía todo listo, Pedro y ella no fueron al hotel. Él se quedó en la oficina. Tenía una expresión extraña. Tal vez porque no se había afeitado. De hecho, estuvo así todo el día, con los ojos perdidos y un respirar lento, casi sin pronunciar palabra alguna más que las necesarias. Melissa confiaba en que se le pasaría después de estar un rato juntos, y dado que eso no iba a suceder, prefirió no decirle nada y dejarlo en su oficina.

Ya estaba en la estación de la línea roja del teleférico, a punto de comprar el boleto, cuando decidió, de repente, volver sobre sus pasos. Mientras caminaba hacia la oficina de Pedro lo único que oía era el ruido de sus zapatos. El lugar estaba vacío y oscuro, incluso frio. El guardia de la puerta no tuvo mayor problema de dejarla entrar con el pretexto del olvido de algunos papeles. Los tacones metálicos chocando contra el azulejo del pasillo, segundo a segundo, como si fuera un cronometro llegando a cero, comenzaron a desesperarla. Todo estaba tan tranquilo, como si nunca hubiese habido persona alguna en esos ambientes. De pronto se arrepintió de haber vuelto. Deseó con todas sus fuerzas que él ya no estuviera en la empresa, pero al llegar, ahí estaba. Hundido en su sillón de espaldas a su escritorio. Había humo de cigarrillo viciando el aire. Eran mentolados rojos, sus favoritos. Se habría acabado una cajetilla al menos. Entró en la oficina lo más silenciosa que pudo. <>, pensó maldiciendo también a su estatura. Primero tocó su hombro, con suavidad como acariciándolo. Él tenía los ojos cerrados, pero no estaba durmiendo. La otra mano fue hacia su mejilla. Ya estaba frente a él. Se sentó en sus piernas abriendo las suyas y se acercó para besarle.

—La oigo —dijo Pedro con voz tan débil, que Melissa pudo escucharlo solo por estar tan cerca de él.

Al principio no entendió. Se alejó un poco de él, ni siquiera llegó a besarlo. <<¿De qué diablos estás hablando?>> Buscó con la mirada la botella de whisky, o lo que fuera que se haya bebido, que de seguro ya estaría vacía. No encontró nada, y él tampoco olía alcohol. Se obligó a pensar que el cansancio estaba haciendo mella en el hombre. Necesitaba una explicación y esa fue la única que encontró.

—Ven conmigo mi amor —susurró, pegando su nariz a la de él—, vámonos lejos, muy lejos de aquí.

Pedro estaba perdido. La noche lo había castigado con un sueño, más bien una pesadilla, donde tenía el valor de abrir la puerta y encontrar el cadáver de Ana en medio de la habitación. El cadáver hablaba. Despertó con los dientes adoloridos de tanto apretar sus mandíbulas. Le costó mantener la calma durante el desayuno y cuando al fin pudo irse tuvo que aguantar las ganas que tenia de correr. Extrañaba su auto. Maldijo al idiota que lo estaba siguiendo.

Fue una semana después del accidente. Melissa y él acudían al hotel a la misma hora solo para no perder la costumbre. Por varios días ni siquiera se acostaron en la cama. Él permanecía de pie junto a la ventana observando el tráfico en las calles. Ella se quedaba sentada en el sillón de cuero falso deseando encontrar las palabras indicadas para, por lo menos, hacer conversación. Pedro lo reconoció por casualidad. Estuvo en la mañana junto al él en el semáforo. Estuvo el café Expresso, sentado en una de las mesas que estaban en la acera, cuando salió a almorzar. Estuvo a la salida del trabajo, pasando como cualquier transeúnte. Y ahora estaba ahí, al otro lado de la calle frente al bar, fingiendo beberse una soda en el quiosco. <<¿Creíste que no te reconocería por estar usando otra ropa? Infeliz, tu nariz es difícil de ignorar. y esas gafas oscuras se ven ridículas>>. Solo lo estaba siguiendo, tenía la esperanza de eso. Si había tomado fotografías no lo sabía. El auto era muy llamativo. Lo mejor sería no usarlo un tiempo. La razón o razones por la que lo estuvieran espiando eran muchas. No tenía enemigos, pero tampoco tenía precisamente amigos.

Ya había pasado varios días después de eso. Gloria no trataba a su Ford con el mismo cariño que él, pero no había otro remedio.

—¿Recuerdas a ese idiota que nos estaba siguiendo? —preguntó Pedro rompiendo el silencio de esa oficina a oscuras y desconcertando a Melissa.

Ella estaba aguardando la respuesta a su propuesta, su eterna propuesta.

—Claro —respondió acomodándose mejor sobre las piernas de su amado. Su falda la incomodaba así que se la remango—, aunque no lo he vuelto a ver.

<>. Pensó Melissa.

—Creo que solo me lo estaba imaginando —por fin Pedro abrió los ojos—. Últimamente imagino muchas cosas.

—Tranquilo cariño —Melissa comenzó a desabrocharse la camisa.

Pedro la detuvo apretando sus manos con las suyas.

—Aquí no —le dijo mirándola directo a los ojos con sus pupilas enrojecidas—, te lo he dicho muchas veces.

—Entonces ven conmigo —suplicó—, vamos al hotel y…

—Debo ir a casa. Tú también.

Cuantas veces ella había soñado con el día en que esa frase se transforme en “Vamos a casa”.

Salieron de la empresa con toda naturalidad. Hace años que el guardia estaba acostumbrado a verlos juntos. Desde entonces, vendiéndole su silencio a Pedro, podía pagarse un mejor servicio de televisión por cable. Ya cerca de la estación de la línea roja, hasta donde Pedro decidió acompañarla, Melissa le tomó de la mano y lo detuvo estando a solo unos metros del lugar.

—¿A quién oíste? —inquirió sujetándole también la otra mano.

Él sabía muy bien que nadie le creería, o más bien abrían muchos que si lo harían, pero no convertiría ese asunto en un circo. Podría contárselo a ella. Melissa siempre fue muy comprensiva. No, no era el momento. Solo había pasado una vez y no era para tanto.

—No me hagas caso —respondió y se despidió con un beso profundo y algo duradero.

Melissa disfrutó cada segundo de ese sabor a tabaco y menta que tanto le gustaba. Ella no fumaba, pero sentía que lo hacía cuando él la besaba.

El autobús que lo llevó a casa estaba casi vacío, a excepción de una señora que dormía meciéndose de atrás hacia adelante. Podía haber tomado un taxi, pero, aunque se lo había dicho a Melissa, en realidad no quería llegar a su casa. Recordó aquellos años en que Ana se le colgaba del cuello cuando llegaba. No pesaba casi nada así que podía tenerla así por varios minutos. Si estuviera allí para recibirlo otra vez, corriendo hacia él desde el umbral hasta la puerta del garaje, no la soltaría nunca.

Una lagrima se le escapó. Que suerte que no había nadie más en el vehículo para notarlo. No pasaban de las diez y la ciudad estaba más viva que nunca. Grupos de jóvenes de una diversidad entretenida de gustos, costumbres y pintas, inundaban las calles. Hacían suya la noche. <>. Pedro agradeció el espectáculo que al menos por un momento le permitieron escapar de su propia mente.

Llegó a casa. Quería dormir más que cualquier otra cosa. Había dos enormes bolsas plásticas junto a los botes de basura que recogerían en la mañana. Por un segundo sintió la tentación de saber que contenían, pero pudo más su cansancio. Todo estaba silencioso. Tranquilo. <>. Mientras subía las escaleras comenzó a sentir un vacío en el estómago y su corazón puso segunda velocidad. Podía irse directamente a su cuarto, debió hacerlo. En vez de eso se paró frente a la puerta de la habitación de Ana esperando a que vuelva a suceder. Nada. Dos minutos después. No pasaba nada. Suspiró aliviado. Como por instinto giró la perilla. La puerta se abrió con un leve chirrido y, desde la penumbra interior, alguien comenzó a hablar.