Chapter 6: VII
No supo en ese momento el por qué, en realidad no le importaba demasiado, y tampoco pensaba averiguarlo después, así que dejó que sus pasos lo guiaran hasta esa casa sin poner resistencia.
—¿Quién es? —preguntó una voz delgada desde el interior.
—Soy yo Erick —contestó el muchacho sobándose los nudillos.
No entendía porque no había podido notar el timbre de color rojo y botón blanco, que estaba a un costado de la pared. Tuvo que tocar bastante fuerte la puerta metálica para ser atendido.
Abrió una joven de pelo castaño vestida solo con unos shorts y camiseta. Sus pequeños ojos observaron a Erick de arriba abajo. Él aún estaba uniformado y ya casi eran las tres de la tarde.
—¿Sucede algo? —le preguntó la chica esbozando su mejor sonrisa casi riendo.
—Es que quería… quería… pedirte prestado… tus apuntes de historia.
<<¿Por qué diablos dije eso? Si hoy no pasamos historia>>. Erick comenzó a sudar, tal y como le pasaba cuando estaba en compañía de Ana. <
Otra vez, no supo cómo se había despedido, pero ya estaba rumbo a otra casa. Las calles de La Paz iban de subida o de bajada. Literal. Ir a la casa de Roberto era fácil. La gravedad hacia casi todo el trabajo. Regresar seria lo difícil, y más aun tomando en cuenta lo que pensaba hacer. No le importaba. Prefería caminar. Por encima de él, los teleféricos tejían una especie de telaraña de transporte. Enormes insectos de metal y colores vivos que tragaban personas oriundas y turistas por igual. Todo eso iba en contra de sus convicciones, o más bien, las de Ana. “Corre, si quieres alcanzarme. Pero date prisa que yo ya estoy volando” le decía la muchacha cada vez que lo jalaba del brazo y lo obligaba a usar las piernas. <
—Hey coliflor prueba esto —le dijo Roberto al tiempo que le alcanzaba un cigarrillo manufacturado en la misma habitación.
Era un cuarto pequeño, con olor a humedad y paredes con la pintura desgastada, prácticamente la cama ocupaba más del cincuenta por ciento del ambiente. La cama. Según Roberto en ese colchón habían estado tantos cuerpos femeninos que el propio Hugh Hefner tendría que sacarse el sombrero.
Erick aspiró profundo el humo del cigarrillo hasta sentir ese escozor doloroso en la nariz y luego la sensación de que pesaba menos que el aire.
—Si yo fuera tú me la habría cogido en ese momento —comentó Roberto por quinta vez y Erick se arrepintió por quinta vez de habérselo contado.
—Idiota su madre estaba ahí.
Antes le había dicho que una vecina estaba mirando, que había mucha gente en la casa, que su hermano estaba espiando y que no traía condones. Jamás le diría que en ese momento Ana volvió a su mente. Bueno, nunca se había ido. O eso creía.
Roberto sabía todo sobre él. Sobre ellos. Erick se lo contaba todo. Desde la primera vez que Ana y él se sentaron juntos, su primer beso, hasta la vez que hicieron el amor. “Se dice coger, follar, tirar… depende de ti” le había dicho su amigo.
—Sabes, creo que tu chica se murió y se llevó tus huevos a la tumba.
—Por suerte los tuyos están en su lugar y voy a patearlos si no te callas.
Se rieron a carcajadas. Eran amigos desde niños. En aquellos tiempos Roberto era obeso. Él culpaba a su madre por eso. Ella tenía un pequeño restaurante en la zona de Miraflores. Gracias a eso y al no tener hermanos, Roberto y Erick eran dueños de la casa hasta las once de la noche, quizás más dependiendo del día y de la clientela. En ese cuarto probaron el alcohol por primera vez, fumaron por primera vez, y aunque les daba pena admitirlo se masturbaron por primera vez.
Roberto se había alargado con los años, pero conservaba su corpulencia. Tras mucho insistir, aceptó pasar varios meses en Perú con su padre. Era la oportunidad que Erick estaba esperando. Ana y él pasaron los mejores momentos estando juntos. No tenía que temer que su amigo lo llamara marica por pasear de la mano con su novia. Ni por ir a ver una película de comedia romántica de final predecible. Ni por regalarle una rosa el quince de febrero por que el día anterior no tuvo tiempo. O estar pegado al móvil por horas sin saber exactamente de que estaban hablando. De hecho, para Roberto todo lo que él hacía era de maricas. No lo extraño ni un momento y, aun así, cuando volvió, le contó absolutamente todo. Él lo llamo marica otra vez.
Ese lunes, cuando se enteró de lo sucedido, se fue caminando hasta casa de Roberto.
—Al menos te la cogiste —le dijo sin mirarlo a la cara— ¿te imaginas si no? Eso si hubiera sido una tragedia.
Cuando ya había oscurecido, aunque para Erick, cuando recibió la noticia a medio día ya se había hecho de noche; no sintió ganas de volver a su hogar. Así fue casi cada noche después de lo sucedido, ya sea que estuviera ebrio, drogado, o deprimido. Nunca sentía ganas de regresar. No sabía que era lo peor, el subir esa empinada calle o el hecho mismo de tener que volver.
—Ana está muerta y tu no. Punto —sentenció Roberto al tiempo que abría otra lata tibia de cerveza.
—Si. Está muerta. Y yo no. Pero sabes que haría si la tuviera un minuto más conmigo. Tan solo un minuto más.
Roberto hizo una mueca entre sonrisa y desconcierto.
—Le daría un beso.
—Marica. Pero tratándose de tu chica, lo vale.
Erick cogió una lata más fría y brindaron por eso. <
Esa noche no volvió a su casa. Su padre seguramente lo golpearía en la mañana. No le importó. No durmió ni un solo segundo. Recordó lo que había hecho dos días antes de la tragedia. Ana se había molestado con él por no querer ir con ella al cine. El problema es que no estaría solo con ella sino también con sus padres.
—No puedo hablar ni con mi padre y pretendes que hable con los tuyos —se quejó minutos antes de que ella lo deje en sentado en las graderías de la pista atlética.
—Ni se te ocurra seguirme —amenazó Ana con esos ojos que jamás se verían amenazantes.
Ana se fue caminando a paso acelerado como solo ella podía hacerlo. Era inútil tratar de alcanzarla, lo mejor sería esperar a que se le pase. Pero, ¿y si no se le pasaba?
Él también se fue rápido, corriendo. Llegó a su casa y entró sigilosamente. Su madre estaría en la cocina o atrás en el jardín. Vio la hora en su celular. Aún era temprano, todavía no se había ido a trabajar. Su padre sí, por suerte. Cogió el teléfono y marcó el número de la casa de Ana. El tono de marcado le revolvió el estómago. Colgó. <
—¿Hola?
No supo que respondió, es más si siquiera supo cómo ni cuándo lo hizo. La madre de Ana había contestado la llamada, solo de eso estaba seguro.
Un minuto después los mensajes llegaron a su móvil.
“¿Cómo se te ocurre llamar a mi casa?”
“No debiste decirle a mi madre que somos novios, yo tenía que hacerlo.”
“Y de todas formas no vendrás al cine eres un imbécil.”
Todo salió mejor después de eso.
Recuerdos. Era lo único que le quedaba. Bellos recuerdos y algunos malos. Prefería no pensar en estos últimos.
Volvió a su realidad sin ganas de hacerlo. Tenía que volver a su casa, y tampoco tenía ganas de eso.
—Robert, ya me largo.
—¿Iras a cogerte a Brenda?
—Por supuesto. ¿vienes?
Roberto estaba tirado de panza sobre su cama babeando la almohada. No podía abrir los ojos, quizás incluso ya estaba dormido. Erick le robó un cigarrillo, mejor dos, para el camino. Mejor cinco. Se iría pensando en Ana. <
—Viudo —le dijo Roberto antes de que saliera de la habitación—, ve a cogerte también a la hermana de tu chica muerta. Se parece a ella y se ve que le gustas.
<<¿Qué carajos te pasa?>> Pensó Erick sin saber a ciencia cierta si lo había dicho o solo lo había pensado. Adriana y él solo habían hablado unas cuantas veces. Debió saber que esas cuantas veces no pasarían desapercibidas.
—Claro Robert, ya muérete tú también.
Sintió ganas de apagarle en las nalgas el cigarrillo que acababa de encender. No, ¿Por qué desperdiciarlo de esa manera? Iban a dar las once de la noche. Las calles aún estaban llenas. Todo el camino se lo pasó pensando. Olvidó incluso los cuatro cigarrillos restantes que tenía en su bolsillo. Brenda no estaba en su mente. Pensaba en Adriana, y en lo mucho que se parecía a su hermana.