Chapter 5: VI

En la cocina, Pedro y Gloria, bebían un café que, de por sí, ya estaba demasiado amargo. La situación no ayudaba.

—Dale tiempo —dijo ella mientras vaciaba la azucarera en su taza—. Ya hablaras con tu hija en la noche.

—No me gusta que este sin hacer nada todo el día.

Pedro no se había afeitado hace una semana. Era suficiente tan solo un día sin usar la navaja, para que una sombra de barba emergente amenazara con cubrir todo el rostro. Se veía mayor de lo que era en realidad. Gloria dejó de usar ciertas cremas. Ya no se delineaba los ojos ni se ponía color en los labios. Su rostro se veía seco y demasiado cansado.

—Anoche preguntaste algo —comentó ella como cambiando de tema—, no te entendí.

—No tiene importancia —contestó Pedro y en cuestión de minutos ya estaba en el taxi rumbo a su trabajo.

Gloria se quedó en la puerta extrañando un poco aquel beso de despedida con sabor a desayuno. Esos días le parecieron más lejanos que nunca, había pasado tiempo desde la última vez que lo habían hecho, y a pesar de que era un teatro para sus hijas que también solían despedir a su padre en la puerta, Gloria lo extrañó. Volvió a la cocina y preparó una charola con una taza de té y pedazos de pan con mermelada de membrillo. Le puso un plato con trozos de manzana verde y algo de leche tibia. Antes era más fácil. Cereal y ya. Sus hijas crecieron tan juntas que hacían prácticamente lo mismo al mismo tiempo. Excepto por la comida, donde fueron adquiriendo diferencias pequeñas pero notables. Ana gustaba especialmente de esas manzanas verdes que por más maduras que estén te dejan un saborcito amargo y algo acido en el paladar. A ella no le gustaban mucho y a Adriana tampoco, pero aun así las incluyó. Subió y dejó la bandeja en el suelo frente a la puerta. Ni siquiera tocó.

Faltaban varias horas para el medio día. Decidió retomar su trabajo. En los últimos años no había podido escribir nada. Cada verso terminado era borrado de inmediato. En el estante de su habitación, algo empolvado, estaba un libro de poemas que llevaba su nombre de soltera en la parte superior de la tapa.

En su juventud se entregó de lleno a la universidad. Terminó la carrera de Sociología y después comenzó con Filosofía y Letras sin llegar a concluirlo. Escribía sus pensamientos a manera de versos en libretas que fueron perdiéndose de su memoria, pero seguían en su casa. A veces construía poemas con versos variados, experimentando, aunque nunca los consideró dignos de ser leídos por terceros. El espejo, por aquel tiempo, le decía cada mañana que era hermosa, y que quizás era hora de probar cosas nuevas. Tenía el cabello algo ondulado y capaz de enfrentarse al viento y salir victorioso. Sus ojos lucían frescos tras unos anteojos de media luna y sus pechos firmes le daban elegancia a su caminar. Aceptó un trabajo en la municipalidad solo para ver cómo era la experiencia de enclaustrarse en un escritorio. Rechazó con versos tantas proposiciones amorosas, que le era difícil darles un número exacto a sus pretendientes. Y entonces apareció un hombre, salido de la nada y se casó con él solo por curiosidad.

—Es un experimento —le dijo a su madre la noche que se lo comunicó como quien da el reporte del clima—, si no funciona me divorcio y ya.

Perdió su virginidad y anotó después lo que sintió: “Se siente caliente y dan ganas de ir al baño. Nada más. Prefiero tocarme yo sola.” No era uno de sus versos, quizás por eso no le habría importado que alguien lo leyera.

“Pedro es un animal” titulaba uno de sus poemas. Se quedó solo ahí. No podía expresar en palabras lo horrible que era soportar tenerlo encima cada noche. “¿Por qué carajos me case?” escribió después sin saber si era un título o solo una pregunta.

Pedro era guapo y sabia comportarse. Hablaba de cosas interesantes y sabia callarse si era necesario. Parecía tener experiencia suficiente en el andar de la vida, aunque ella prefería un poco más el conocimiento académico, eso fue lo que le atrajo de él, y le gustaba pensar que fue por eso que aceptó cuando él le propuso casarse como si estuviera cerrando un negocio. Pensó que también sabría comportarse en la intimidad. Que equivocada estuvo. Pedro tenía gustos que ella no podía imaginar que hubiera alguien en este mundo que los compartiera.

Meses más tarde, decidida a acabar con el experimento, descubrió que estaba embarazada. Dejó su trabajo y su bolígrafo. Ya no le servían de nada. Se sentía atrapada y derrotada.

Ana nació un veinticinco de enero a las once con diez minutos y cuarenta y cinco segundos de la mañana. Gloria la amó desde ese instante cuando la vio por primera vez y la sintió sobre su pecho como si aún fueran una sola persona. Durmió, según le dijo Irma, un día entero. Despertó y comenzó a escribir. Escribió un poema y luego otro. Cuando se dio cuenta tenía varios folios llenos de palabras que salieron de lo más profundo de su ser, como Ana lo había hecho, y se moría de ganas porque alguien los leyera.

“Gloria Bermúdez” el nombre de la autora. Cuando Pedro lo vio en los ejemplares de cortesía de la editorial, frunció el ceño y se bebió toda su cerveza de un solo trago.

Pasaron dos años. Gloria estaba harta de su marido. No le gustaba cuando él se le encimaba lastimándola, pero hace tanto que no lo hacía que comenzaba a extrañarlo. Si regresaba del trabajo con ganas de sexo, la hacía usar las manos. Ella lo hacía a pesar de que ni siquiera le gustaba ver el pene erecto de su esposo. Le daba asco. No podía escribir de nuevo. Las palabras nacían y morían en el acto e incluso morían sin haber nacido. Ana era hermosa, crecía como la yerba. Pero ya no era un bebe. No como tal. Gloria necesitaba sentir una nueva vida formándose en su interior desde cero. Quería ver nacer otra vez a Ana. Esa noche puso todo de sí, a pesar de que Pedro insistió en hacerlo por atrás. Resultó. Tiempo después Adriana nació por cesárea, se adelantó al menos un mes. Cuando Gloria despertó de la anestesia tardaron horas en dejarle conocer a su hija. Cuando por fin llegó a sus brazos no fue lo mismo. No hubo palabras. No hubo versos. No era Ana.

Con los años, solo en ocasiones la inspiración volvía. Ana en su primer día de escuela, que hermosa se veía. Ana ganando un concurso de baile en el día del niño. Ya mostraba talento. Su primer corte de pelo. Gloria estaba más nerviosa que la propia niña. Cuando actuó como la caperucita roja. Cuando le compró su primer sujetador. Pronto sería una mujer. Siempre alegre e inquieta. Cuando comenzó la secundaria. Y muy pronto seria su graduación.

Sonó el teléfono. De vuelta a la realidad. Bastaron solo unos segundos de conversación y Gloria ya estaba con su bolso en la mano lista para salir. Pensó en decírselo a Adriana. No. Posiblemente seguía durmiendo. Aunque la bandeja con el desayuno ya no estaba en la puerta. Menos mal decidió comer algo.

Solo eran un par de cuadras. Siempre iba caminando a la estación de la línea amarilla. De ahí serian diez minutos de viaje en teleférico hasta el centro. Unas tres cuadras más hasta el edificio Imperial y luego subir hasta el octavo piso. Era una oficina sencilla, aunque la vista era envidiable. Tenía dos enormes ventanales que daban una panorámica de las calles caóticas de La Paz.

—A tiempo —le dijo quien le abrió la puerta—. No me sorprende.

—¿Buenas noticias? —preguntó Gloria abriéndose paso al interior.

—Por supuesto —contestó el abogado Felipe Castellón y la invitó a pasar con un ademan retrasado e inútil.

Era un hombre bajito y de vientre prominente. Su escaso cabello blanqueaba en los bordes de su cráneo sobre sus orejas. Se puso unos anteojos circulares de bastante aumento y comenzó a hojear unos documentos.

<>, se dio cuenta Gloria al notar que el abogado traía puesto un traje que parecía nuevo.

Todo había comenzado hace ya dos años. En una de sus tantas salidas vespertinas con sus hijas, si es que estaban desocupadas, Gloria reconoció sin problemas el Ford Explorer color negro de su marido, estacionado frente a un bar en la planta baja de un edificio de tres pisos. Era un auto inconfundible gracias a la abolladura en la parte trasera que Ana le hizo sin querer cuando le enseñaban a conducir. Pedro se había empecinado en no reparar el daño hasta que Ana aprendiera a manejar con confianza.

Al principio Gloria no le tomó importancia. Una copa a media tarde servía para aligerar el trabajo. Pasaron los días y la escena se repetía. Pero, por más que conversaban, Pedro no mencionaba haber estado en ningún bar. Fue solo cuestión de preguntar a las personas correctas. Pronto averiguó que había un servicio especial que se ofrecía en el lugar. Había habitaciones de distintos precios y de distintas categorías. Una parodia de hotel de lujo que Gloria misma comprobó cuando pregunto por la mejor suite, la presidencial, que resultó no ser más que un cuarto con una cama más grande y un florero en el velador con margaritas medio marchitas. No podía imaginar a su esposo ahí, pero lo vio entrar con Melissa, a quien conocía bien, y luego lo vio salir. Unas horas después.

Ya se lo esperaba. A su hermano mayor le habían hecho lo mismo. A Ruth, la vecina de en frente también. A su amiga Micaela Rodríguez viuda de Valdivia, claro antes de que su marido se fuera al otro mundo. A la maestra de kínder de sus hijas con quien había entablado buena relación, en fin. No le dolía la traición. Pedro era un animal. Le dolía que fuera con ella. Esa mujercita le caía como patada en el hígado, no la soportaba en las cenas de año nuevo ni en las presentaciones públicas que algunas veces hacia la empresa donde trabajaba Pedro. Todo de ella le molestaba. Empezando por esas blusas con escote absurdo, sus aretes ridículos demasiado enormes y pesados para su estatura, hasta ese perfume almizclado y de olor indefinible. ¿Por qué con ella? ¿Acaso a ella le gusta también lo que a su marido le gusta hacer en la cama?

No podía hacer lo que debía. No sometería a sus hijas a esa vergüenza. No podía descubrir a su esposo, pero tampoco se quedaría sin hacer nada. Rebuscó entre varios papeles hasta que encontró una tarjeta que años atrás le había dado un simpático personaje que se declaró el mayor fan de su trabajo. Le firmó el libro de poemas con una bonita dedicatoria y hasta se tomó una foto con él. “Estoy a su disposición cuando usted me necesite.” le dijo el hombre al tiempo que le entregaba su tarjeta.

Se lo pensó mucho. Sobre todo, por Ana. La niña de sus ojos. Ella amaba a su padre. No podía hacerle eso. Por fin, una noche de viernes, en que Pedro llegó oliendo a alcohol y perfume conocido, se decidió. No podía soportarlo más. Sus hijas lo valían. Se las llevaría a ambas. Ese lunes por la mañana salió apenas Ana y Adriana se fueron para el colegio. Charló con el abogado por cinco minutos y ya lo tenía dispuesto a ayudarla. En ese momento sonó su celular y su mundo se deshizo con la noticia que había recibido. Prefirió huir del recuerdo de aquel lunes fatídico.

—Los papeles de divorcio están listos, también los de la demanda, tanto los de custodia como los de infidelidad —le explicaba Felipe a Gloria, quien se había sentado en uno de las sillas para los clientes, lo más alejada posible del escritorio—. Lamento la torpeza de mi socio.

Según le explicó el abogado en una anterior llamada, Pedro había notado que alguien quería meterse en sus asuntos y decidido no usar el carro.

—Mi marido es un hombre precavido.

—Yo no diría eso Gloria. Fue más fácil de lo que cree.

A ella le fastidiaba que la tuteara, pero se lo había permitido solo para que el precio de sus servicios no sea los acostumbrados por los abogados. Felipe sacó un sobre de papel de la primera gaveta de su escritorio y lo puso frente a ella. Eran fotografías de su marido y de su amante. En ellas Gloria descubrió que Melissa era tan animal como Pedro.

—¿Cómo fue que él se dio cuenta de que lo seguían? —preguntó Gloria mientras miraba asqueada las fotos.

—Mi hijo aun es un novato. Espero pueda disculparlo.

—Ya no importa. De todas formas, cumplió.

Un avión cruzó el cielo a poca altura. Gloria no sabía de donde venía, no había forma de saberlo, pero deseaba estar en él y estrellarse. Lo deseaba con todas sus fuerzas.

—¿Cuándo pondremos en curso la demanda? —preguntó Felipe Castellón como si estuviera ansioso de hacerlo, hasta se relamía los labios.

En las paredes había diplomas y pedazos de hojas de artículos y reportajes de periódico enmarcados. En un rincón estaba una fotografía en sepia, de un Felipe joven y con más cabello. Gloria se perdió en ese rostro, pensando que, si le dieran a escoger entre los dos hombres que estaban fotografiados en esa habitación, uno en la pared y otro en la mesa, preferiría una vez más estar en ese avión y estrellarse.

—¿Gloria?

—Perdone, esto no es fácil para mí.

—La entiendo, pero debo insistir ¿Cuándo iniciaremos con la demanda?

Gloria quiso ver la hora en su reloj de pulsera. No lo traía, que raro, adoraba ese simple accesorio. Según el enorme reloj, que estaba detrás de Felipe, eran casi las diez. Tenía que regresar. Y tenía que dar una respuesta.

—Yo le llamare cuando esté lista.

A Felipe no le agradó la respuesta, aunque supo ocultarlo tras una sonrisa a medio camino entre fastidio y decepción. Estaba a punto de iniciar un discurso, donde expondría los mejores argumentos del por qué esos asuntos no deben dejarse esperando, pero Gloria se levantó de la silla y por poco salió corriendo. Se despidió con un “hasta luego” que a Felipe le recordó aquellos días de juventud donde lo rechazaban a cada invitación que daba. Por lo menos antes le decía “hasta mañana”.

En el ascensor Gloria recordaba esos momentos, pequeños talvez, en que Pedro fue un esposo. Charlaban, discutían, reían, decidían el color de los manteles, compraban ropa para sus niñas, se daban un beso de despedida en las mañanas, caminaban tomados de la mano. A decir verdad, aun lo hacían, cuando sus hijas miraban. Cuando lo hacían las dos. Ana ya no estaba. Ana no volvería a verlos fingiendo amor que no existía. Sintió ganas de volver a la oficina de su abogado y decirle que ponga en curso la demanda de una maldita vez.

Ya iban a dar las diez. Tenía que volver a casa.