Chapter 4: V
Amaneció más tarde. Hacia frio. Adriana estaba en ropa interior temblando sobre su cama. Era su primer día de suspensión y faltaban cinco para que se cumplieran dos meses después de lo sucedido con Ana. Sentía frio por ambas cosas. Por todo el suelo había pedazos de ropa desgarrada o cortada. Cuando las tijeras perdieron el filo no le quedó de otra que usar un cuchillo de mesa, que fue lo primero que encontró a la mano cuando bajó como loca a la cocina la noche anterior. Lo había destrozado todo; desde esas horribles poleras floreadas que su padre le compraba cuando pillaba una oferta, hasta sus pantalones favoritos que se ponía solo cuando valía la pena. Pedazos de vestidos que había comprado junto a su madre se mezclaban con trozos de blusas y chaquetas que le costó deshacer. También destrozó su uniforme. Lo dejó hecho hilos. No se atrevió a tocar los zapatos. No por ahora.
Salió de su habitación abriendo la puerta centímetro a centímetro y asomando la cabeza poco a poco. Su madre ya estaba abajo. Fue al cuarto de su hermana. Quería pedirle algo prestado. De nuevo. Cruzó el pasillo de puntillas y al llegar no pudo abrir la puerta. No entendía que había pasado si la tarde anterior había estado ahí, recostada sobre la cama y a ratos en el suelo, esculcando los cajones y el armario. Hasta se probó algunas prendas y se contempló en el espejo. Unos centímetros más y seria de la misma altura que Ana. Tenía el mismo color de ojos y la misma forma ovalada del rostro. Había una fotografía de cuerpo completo de ella sobre el velador junto a la cama. Adriana la observó a detalle. Rebuscó entre las gavetas y encontró la misma camisa que Ana llevaba puesta en la foto, los mismos pantalones, aunque un poco desgastados por el tiempo, la misma chamarra, la misma bufanda y los zapatos, bueno tuvo que ponerse otros pues los que encontró no le calzaban. Ana tenía un broche en el pelo. Era una especie de adorno en forma de mariposa que traía en el costado derecho de su cabeza. Adriana pensó que eso ya era imposible. Harían como tres años desde que se tomó esa fotografía frente a la catedral de San Francisco. El broche ya debía de ser basura. Pero, ahí estaba. Bastó solo un vistazo para encontrarlo sobre el peinador. Estaba como nuevo. Por un momento, viendo su reflejo, Ana regresó. Sonriente como aquel día, feliz. Parada frente a su hermana los días volvieron a ser los de antes. Adriana levantó lo mano y tocó la de su hermana que lo hizo al mismo tiempo que ella. De nuevo juntas.
—¿Qué pasó enana? —le preguntó Ana casi riendo.
—Te fuiste. No me esperaste —respondió Adriana.
—¿Qué querías que hiciera? Ya era tarde. ¿Por eso estas llorando?
—No. No estoy llorando —gimió.
—¿Cómo qué no? Si tú siempre andas con la cara larga. Llorando de todo.
—Y para ti todo es un chiste.
Rieron, juntas. Como lo hubieran hecho el resto de sus vidas.
De pronto Ana ya no estaba. En su lugar había una chica que se le parecía bastante y que tenía la misma ropa, solo que era algo más bajita y tenía el cabello más largo. Adriana quería volver a ver a su hermana, sin embargo, por más que intentó Ana no volvió. Se puso otra ropa recordando los atuendos favoritos de su hermana, se puso su uniforme, se puso su pijama, se quedó frente al espejo por horas, pero Ana no volvió esa tarde.
El cabello. Ese era el problema. Se lo amarró tratando de imitar lo mejor posible el corte de su hermana. No era suficiente. Había muchas otras diferencias.
Cuando ya había oscurecido Adriana regresó a su cuarto. No quiso bajar a cenar. De todas maneras, después del ataque de nervios de su mamá, dudaba que hubiera algo para comer. Se puso ropa para dormir y se sintió incómoda. Se puso algo más holgado, una camiseta deportiva y unos shorts de algodón. No funcionaba. Parecía que de repente su ropa ya no le quedaba. Se probó de todo. Ropa casual, elegante, vestidos, pantalones… nada la hacía sentir tranquila. Tenía varias prendas que su padre compraba en pares, para ella y para Ana. Por esa mala costumbre algunas veces pasaron por gemelas. Tampoco sirvió. Ni su ropa favorita, que se negaba a dejar de usar por más descolorida que estaba, la hicieron sentirse mejor. Desde abajo se oía la ruidosa voz de la tía Irma. Que molestosa podía llegar a ser una persona. Adriana se quedó en ropa interior, temblando. El frio de la ciudad de La Paz en invierno era cosa seria. Observaba la montaña de prendas de vestir sobre el piso y las encontró inútiles. Si ya no podía usarlas que sentido tenía que siguiera teniéndolas.
La noche fue larga y fría. En la mañana, al no poder entrar al cuarto de Ana se encerró de nuevo en su habitación. Su madre subiría tarde o temprano. Se sentía cansada, pero no podía dormir. Quería volver a escuchar la voz de su hermana animándola, haciéndole reír.
Recordó aquella vez que, jugando en el parque, ella y su amiga Leny, alguien de quien recordaba su presencia mas no así su rostro, cayeron al barro. Tendrían unos siete años. Se levantaron riendo como solo los niños hacen, hasta que Adriana notó que sus zapatos nuevos se habían estropeado. No sabía en qué momento había sucedido. Lo cierto era que los zapatitos rojos de charol con cordones blancos, que le habían comprado sus padres el día anterior, estaban cubiertos de barro y tenían varios raspones, quizás por correr entre yerbas espinosas. Adriana comenzó a llorar. Le gustaban esos zapatos más que sus muñecas. Ana, que las veía desde debajo de un sauce y que prefería contar abejas mientras se recuperaba de un resfrió, acudió en su rescate. Ella tenía un par similar solo que una talla más grande. No dudo en dárselos y calmar el llanto de su hermana. De todas formas, no pensaba usarlos muy seguido. Así las dos volvieron donde estaba su madre, ambas caminando raro. La una porque con cada paso parecía que se iban a salir los zapatos, y la otra porque le dolía arrugar los dedos de los pies.
—Ya regresamos mamá, y no le paso nada a mis zapatos —fue lo primero que Adriana le dijo a su madre.
Gloria no pudo evitar notar que su hija menor traía la ropa toda embarrada, pero los calzados relucientes. Mientras que Ana todo lo contrario. Se sintió orgullosa de la niña de sus ojos, Ana, quien nunca le pidió de vuelta los zapatos, los cuales Adriana uso hasta el cansancio, incluso cuando casi ya no tenían suela. Llegó a amar a esos simples zapatos. Sufrió cuando tuvo que dejarlos.
Se oyó como que alguien dejaba algo en la puerta. Adriana salió de su recuerdo. ¿Qué podía hacer? Necesitaba ropa. Necesitaba a su hermana. Se dio cuenta que podía conseguirlas a ambas, aunque no sería fácil. Primero lo primero. Salió de su cuarto y casi tropezó con lo que habían dejado frente a su habitación. Se escabulló a la habitación de su madre y buscó la llave del cuarto de Ana. Al volver revisó lo que había al pie de su puerta, era una bandeja con el desayuno. Recordó que no le gustaban las manzanas verdes, no sabía porque, pero tenía hambre. Después de comer se arrepintió de privarse tanto tiempo de esa fruta.
Se recostó en su cama esperando el momento adecuado. La noche sin dormir le estaba cobrando intereses. Cerraba los ojos a momentos, pero era solo por pequeños segundos. El techo, poco a poco, se convirtió en cielo y salió volando hacia el colegio. <<¿Por qué demonios hacia el colegio? Si es precisamente el lugar al que no quiero regresar>> pensó. Vio a sus amigos, como siempre terminando la tarea para ese día a última hora. Ahí estaba Richard, alto y fornido, pero con carita de bebe. Vanessa, bulliciosa, de sonrisa amplia y brazos velludos. Paola, pequeña y enclenque, un ratoncito de biblioteca. Sara, su fiel compinche, de cabellos lacios y labios difíciles de distinguir. Días atrás, ella le había contado que por la manera en que mando al diablo al pobre Armando, él se había emborrachado hasta mearse en los pantalones. Su madre lo había molido a palos. Avanzando un poco fuera del aula se encontró con Rojas y sus estúpidos anteojos, caminando por ahí buscando a quien molestar. Mas halla, la perra seguía en el asiento de su hermana, y Erick tenía una cara como de tristeza. <<¿Tristeza? ¿Por qué? Claro, Ana ya no está>>. Adriana abrió los ojos, aunque nunca los cerró del todo. Retomó el interés por ese mensaje que nunca leyó, al menos no por completo, y por el que tanto había rogado. En el restaurante alcanzó a leer las palabras “quiero estar contigo y…”. La tentación la invadió. Esa frase a medias podía significar cualquier cosa. Fue al cuarto de Ana y agarró el celular que estaba sobre el escritorio, se preguntó por qué su madre, a quien se lo dio después del accidente, no lo guardó mejor. Regresó a su habitación olvidando por completo llevarse algo de ropa. El aparato estaba sin batería. Adriana le conectó un cargador y esperó. Se cubrió con un manta luego de estornudar. Lo único que le faltaba era enfermarse. Apenas pudo encender el celular ingresó a los mensajes. Agradeció por primera vez a su padre por la regla de no poner clave de seguridad. Solo había unos cuantos textos. Al igual que ella, Ana prefería borrarlos al no poder ocultarlos. Ahí estaba, tenía que ser ese por la fecha y la hora. No era tan largo, pero decía mucho, y sumándole los otros entendió el contexto. Y entendió por qué Ana ya no quería contarle secretos. Y entendió también quién era el culpable de eso.