La encrucijada

Llegamos directo a meternos en la habitación del hotel y aunque estábamos muy cansados había en nosotros una sensación de cierta satisfacción por lo que hasta ese momento habíamos descubierto.

El gringo o estaba más cansado que yo o seguía pensando en la mujer del restaurante del otro pueblo porque tomó un baño y se tiró a la cama sin decir nada.

Por mi parte, yo tomé de los sándwiches que el gringo había hecho para emergencias y comí muy lentamente pensando en qué era todo aquello de la encrucijada y qué podría encontrarme allá.

Yo no quería pasar la noche desvelado por pensar demasiado, pero sentía que finalmente podría encontrar respuestas a mis preocupaciones. Mientras tomaba un poco de agua cuestioné mi búsqueda porque realmente no sabía qué estaba buscando. ¿Qué quería? ¿Calmar mi mente? ¿Sentirme menos culpable? ¿Darme cuenta de que no solo anatematicé de mi vida a quien más amaba, sino que, de paso, la maté con un cuchillo filetero por razones que ni recuerdo? O ¿acaso era simple curiosidad? ¿Estaba solo buscando darle sentido a una vida que se había estancado en la nada y pensar que había amado a alguien que recién había muerto me venía como un corrientazo de adrenalina? ¿Quién sabe?

Me fui a duchar, cepillé mis dientes, empujé a patadas al gringo para que me hiciese espacio en la cama y me quedé dormido profundamente.

A la mañana siguiente, el gringo me preguntó por qué le había dado patadas y le dije que no lo había hecho, siguió insistiendo y le dije que no lo recordaba y que se apurara porque debíamos buscar a don canoso para que nos llevara a la encrucijada.

Con la esperanza de acabar nuestra misión en este pueblo, tomamos nuestros morrales y salimos del hotel oliendo a jabón barato y viendo como la recepcionista se reía de nosotros.

Ya en la calle, como todo el mundo sabía quién era el canoso, fue muy fácil encontrarlo. Era un señor bastante mayor pero fuerte y lúcido como de metro y medio de estatura, con abundante pelo blanco, flaco, sin los dientes delanteros, con una vara en la mano y vestía una ropa que parecía que no actualizaba desde hace tres décadas.

El baquiano canoso nos preguntó a qué lugar queríamos ir y qué pretendíamos hacer allá. Cuando le dijimos que a la encrucijada hizo un chasquido con la lengua como asumiendo lo que queríamos hacer, no preguntó más nada, pidió un pago por adelantado y nos dijo que nos preparásemos para caminar un rato.

Hacía un sol para morirse, creo que casi no había brisa porque las hojas de los árboles parecían intactas, yo solo seguía a este señor porque quería acabar con este viaje cuanto antes.

Luego de ambular por cuatro cuadras, dejamos el terreno asfaltado y comenzamos a caminar por caminos de tierra con tonos ocres y rojizos que exhibían maleza creciente, algunos escombros y piedras en el suelo. Había una que otra casa, pero no se veía casi nadie, uno que otro perro flaco por ahí, unos niños corriendo a lo lejos y polvo que se levantaba en las partes más arenosas del camino.

«Qué hay por acá que las personas se meten por aquí», le pregunté al anciano que nos guiaba, este, que al parecer no hablaba mucho, se limitó a decir que por ahí vivía gente y por donde hay gente había caminos. El señor también dijo que algunas cosas por ahí, como la carne de chivo, las vendían más baratas que en el pueblo. Él también mencionó que 'una gente de la iglesia' se había metido para acá y eso le había dado un poco más de vida al sector, sobre todo en la encrucijada donde a veces se reunían. En ese momento entendí por qué mi ex llegó a lugares como este que suelen parecer olvidados por todas las deidades.

Luego de tomar varios atajos y caminar como por quince minutos, finalmente comencé a divisar algo que parecía una encrucijada. Si seguíamos derecho había como un caserío, detrás, el camino por donde veníamos y a cada lado había como sitios donde la gente trabaja con animales; mejor dicho, a la derecha como un corral con chivos, ovejas y uno que otro caballo, y a la izquierda había como un matadero donde se notaba que ponían a secar el cuero de los animales.

El olor era poco agradable y, a pesar del caserío y los sitios a los lados, se notaba como vacío por la falta de personas, quizá era alguno de esos lugares donde la gente tiene la costumbre de estar encerrados por razones que a los que no somos de allí nos resultan extrañas.

Cuando nos acercamos más, me di cuenta de que justo en la encrucijada, como en dirección a las casuchas, se podía ver un árbol frondoso, como un flamboyán de esos que echa flores rojizas que se ven como anaranjadas al sol. Alrededor del árbol, la tierra estaba asentada como se asientan los caminos de tierra que son bastante transitados. Al ver ese suelo compactado por las pisadas pude deducir que, con mucha seguridad, allí es donde se reunían los misioneros y religiosos que visitaban la comunidad. En un destello de imaginación, allí vi a mi ex enseñando a leer a unos niños y regalándole libros a sus padres.

Para agarrar un poco de sombra, caminamos hasta el flamboyán y mientras el gringo sacaba una bandana verde con la que secaba el sudor y yo abría una botella de agua para apaciguar la sed, nuestro guía caminó un poco hacia la izquierda y al señalar hacia el piso a una cruz de madera adornada con lazos que estaba como tres metros antes de lo que parecía un matadero dijo unas palabras que me dejaron inmóvil: «Allí encontraron a la muchacha».

El gringo tenía la cara tapada con su bandana por lo que no pude ver la reacción que tenía en su rostro, pero yo sentí que me moría desde adentro y si así no sentía morirse, confieso que parecía que desde mi corazón hacia afuera me iba poniendo árido y la rigidez que poseía mis órganos transformaba mi cuerpo en un andamio de palos secos cuya fragilidad es tal que un simple golpe podría pulverizarlos.

Como yo estaba enmudecido e inmóvil, el gringo le preguntó al baquiano que qué había pasado. El anciano le contestó que, según lo que él había oído, nadie sabía nada pero que la policía ya tenía a dos sospechosos fichados, un muchachito que no llegaba ni a los 18 años y aun joven que se notaba que no era de por ahí «así como este» le dijo al gringo mientras me señalaba a mí.

El gringo pidió más información y el viejo simplemente se limitó a decir que ya nos había dicho todo lo que sabía, solo agregó que ya era hora de devolvernos porque ahí no había más nada que ver ni que hacer y si alguien por casualidad nos abría la puerta no nos iban a decir más nada porque así eran los de ahí.

Mientras nos regresábamos, creo que el gringo me llevaba del brazo porque parece que no podía ni andar por voluntad propia, solo recuerdo la voz del viejo diciendo que así eran estos lugares, que nadie veía nada, que nadie solía escuchar nada, que nadie nunca sabía nada.