CAPÍTULO IV: LUCES Y SOMBRAS (1)

La hija dorada sintió un hálito pesado, al llegar a Eldrįner. Quería distraerse, por lo que dejó su caballo en el establo principal, y se adentró al pueblo; divagó cerca de las campañas, entre los locales y tiendas campestres en las zonas limítrofes del reino.

Encontró un pequeño grupo, alejado, solitario en un montículo. Era un grupo de cuentos, donde se narraban las mejores historias de dragones enjaulados, mitos del Töran, y reinos perdidos del sur. Amara se integró entre el público, y todo el grupo la reconoció. Se detuvieron para aplaudirla, mientras esta les pedía que lo dejaran de hacer, incómodamente. El evento continuó, esta vez con mayor inspiración, ante la presencia de la mágica Princesa de Aramordt.

Terminado el evento, el grupo quedo tan maravillado, que algunos se quedaron y prosiguieron relatando historias. De hecho, encendieron aún más la fogata. Amara ya estaba conviviendo con todos ellos; ella ahora les contaba historias y cuentos muy antiguos, de aventuras sobre su madre y su padre.

Un niño de pronto, se acercó a la bella princesa. Estaba comiendo junto con un grupo de jóvenes elfas.

–Señora, ¿le puedo hacer una pregunta?

–Dime mi niño– responde Amara.

–¿Es usted una elfa?

–¡No hijo mío! – responde la princesa entre risas–. No lo soy.

–¿Y por qué tiene las orejas alargadas? ¡¿Y la nariz puntiaguda?!

El niño estaba confundido. Pero de pronto, vio un pequeño cristal de fuego, integrado en la parte interior de la mano derecha de la princesa.

–O espere, ¿es usted un Agnarok?

–Has acertado, príncipe –responde la princesa.

–¡Un Agnarok! –grita el niño–. ¡La raza única de Solari, mezclada con la furia de un Dragón!

–Tal cual lo dices– exclama Amara–. Además, soy perteneciente a la raza Raēn. Corre en mí, la sangre divina de los dragones.

–¡Es increíble! ¡Pensé que esto existía solo en los mitos del Töran! – responde el niño–. ¿Pero cómo–cómo es esto posible? ¿Cómo un dragón con una hechicera puede tener hij–

–¡Es suficiente Calev! –exclama la madre del niño, aproximándose a la escena –. ¡Ya basta! ¡No hagas más preguntas indebidas!

–No, no, está bien Tessied– dice Amara entre carcajadas–. Es un niño con mucha curiosidad.

–Hace mucho tiempo, mi padre fue un dragón– amplia la princesa–. Pero este, con la ayuda de mi madre, se convirtió en un ser humano con el fin de protegerla, ante el peligro de una batalla que probablemente le iba a costar la vida. Como dragón no podía protegerla, pero como hombre si lo podía hacer.

–Estaban realmente enamorados– prosiguió–. Tanto así, que mi padre renunció a su estado físico; fue expulsado de su reino, pero defendió el pueblo de mi madre ante la batalla con éxito. Triunfó, y se convirtió en el rey de su pueblo, aunque como hombre, este siguió siendo un Raēn, y al ser él un elegido, su vida terminó siendo guiada de espíritus ancestrales de dragones; nuestros antepasados. Quienes lo llevaron a encontrar, el propio camino de un Rey.

–Y a partir de mi padre –continúo–, nació la adaptación de los Raēn encarnados en humanos, y la adaptación del Reino de Dragones en la raza terrestre; liderados por un solo hombre. Desposo a mi madre, la convirtió en la Reina de La Región, y esta le prometió su amor, para toda la existencia.

–¡Su padre es el Rey Argonæth! –exclamó el niño–. ¡Y su madre es Leyra, la Reina del Norte!

–Así es– dice la mujer sonrojándose–. Pero, mantenlo como un secreto, ¿te parece?

–¿Y es usted su única hija? ¿Tiene varios hermanos?

Amara se mantiene en silencio

–¿Existen otros como usted?¡Dígame que sí!

–¡Es suficiente Calev! –exclama la madre–. Discúlpame Amara, por eso no quería que siguiera.

–Está bien Tessied –exclama la mujer–. Sí, hay otros como yo. Éramos cinco hermanos, pero todos estamos dispersos ahora. Espero que, en otra ocasión, nos podemos reunir todos otra vez. Acabo de venir de ver a mi hermana mayor; quizás, pronto pueda decirle que venga aquí, y ese día podremos contarte la historia mejor. ¿Qué te parece?

–¡Sí! – exclama el niño–. Mami debemos venir. ¡Por favor! ¡Te lo ruego!

La madre del niño solo se reía sutilmente, y miraba otra vez a los ojos de la princesa de oro.

–Eres tan buena con los niños– exclama la madre.

–¿Tú crees? – pregunta Amara.

–A mí me cuesta tanto. Supongo que para ti es sencillo por Ada– exclama la mujer– Que afortunada es ella de tener a la mujer más hermosa y honorable que he conocido, como su madre.

–Ojalá ella pensara así– responde Amara.

–¿Cómo te fue con ella? ¿La viste reciente cierto?

–Está tan grande–dice la princesa–. A veces siento que la estoy haciendo pasar por un dolor injusto. Eros tampoco está atento a ella; está más preocupado por nosotros y es lo que me molesta. Yo no estoy aquí porque así lo he querido, Tessied. Estoy aquí porque tengo un compromiso con Elgoneth, tengo un compromiso con mi pueblo, y tengo un compromiso conmigo misma. Estoy aquí porque tengo que triunfar, tenemos que triunfar. Más que nadie, él debe comprender eso.

–Entiendo señora–dice la mujer–. Son tiempos difíciles, supongo que lo único que quiere es estar más cerca de usted.

–Sí, supongo que es así–dice la mujer–. Me iré a descansar ahora. Debemos estar preparados. En cualquier instante, llegará el momento.