CAPÍTULO III: UNA GUERRA INTERMINABLE (4)
El relato termino tan breve como Leyra le contó su final a su hija, quien aún estaba estupefacta ante el evento sucedido la noche anterior.
–Que conversación más fría–responde Amara–. ¿Por qué siento que esta invitando a la muerte?
–No digas eso– exclama Leyra–. Debemos encontrar una manera de resolver con ella.
–¡Madre no hay nada que resolver!–dice la mujer–. ¡Esa no es tu hija! Su maldad es insaciable, y creciente. Esto no va a seguir, no voy a permitir que siga reinando ssus caprichos y su terror. ¡Alguien debe poner un fin a esto! ¡Yo misma lo voy hacer, a ver si volverá a poner sus manos deshonradas en mi hija!
–Estas más agresiva, Amara–responde Leyra–. No esta tu manera.
–Estos días en Eldriner me han cambiado madre–dice la mujer–. Se que no es lo que apoyas, pero es la energía correcta para igualar y superar la malicia que se apodera de estas tierras.
–Pero la agresividad no debe jugar en tu contra–continúa Leyra–. Para ello, es importante tener un balance.
La reina dejo de sujetar a su hija, y se dirigió hacia su espejo. En ello, la mujer se sentó, y dulcemente empezó acariciar su cabello, y empezar a peinárselo lentamente.
–Dime hija–exclama la reina. ¿cómo van las cosas con tu esposo?
–El está bien, solo está un poco distraído–responde Amara–. Él está un poco apegado hacia mí y madre, después de lo que pasó con Mihalis yo–
La princesa de oro se detuvo, pues de su voz no podían salir las palabras que tenía en su mente.
–Es solo que lo que quedaba de mi corazón, murió–dice la mujer–. Dejó de existir. Solo estoy viva por mi hija, y por qué sé que tengo un deber con ella. Yo ya no sé cómo abrir estos sentimientos. Y yo lo sigo amando madre, es solo que, necesito una distancia. No sé por qué está tan intenso.
–Pero, ¿qué esperabas hija? –responde Leyra–. Te ven una vez cada quince ciclos.
–Sí, pero–madre él nunca había actuado así. No entiendo porque justo ahora que más necesito un espacio, más necesito su comprensión, él está más invasivo. Y quiere que sea más comprensiva Cuando debería ser, al contrario.
–Hija entiende–exclama Leyra–, cuando un hombre conoce la mujer correcta, él se convierte en una luz que necesita brillar para toda la vida; necesita compartir, entregarte su luz, como una válvula, la cual no puede dejar de mostrar su brillo. Necesita hacerlo, para sobrevivir. Necesita hacerlo, para que su espíritu repose en paz. Y a veces, a ciertos hombres les toca vivir sin poder hacer esto por mucho tiempo, sin la presencia de esa mujer. Es la prueba más difícil.
–Ha soportado un tiempo–continúa–, ha mostrado su luz en sus cosas; a encontrado inspiración a través de ti, de tu hija, de la victoria. Sueña con vencer, sueña con traer la gloria. Pero te necesita hija mía. Le haces falta, debes entenderlo. Tú eres su roca, y su mayor fortaleza, y si no te siente a su lado, él es débil. No sabe hacia dónde va. No tiene un norte.
–Habla con él, y se justa con él–continúa–. Eros es capaz de dar la vida por ti, hija mía.
–Lo sé madre–responde Amara–. Intentaré arreglar las cosas.
–Perfecto hija, sé que te va a ir bien. Y recuerda, Elgoneth no te esa mandando estos mensajes sin razón; tienen un propósito y es tu deber descifrarlos.
–Así lo haré madre.
–Abundancia s lo que prevalecía antes en el reino–dice Leyra–. Ahora, es difícil saber lo que sucederá. Debemos estar más juntos que nunca. De lo contrario, no podremos detener esto.
–Es lo que me preocupa madre– dice Amara antes de cerrar la puerta–. ¿Qué tal si no lo podemos detener? ¿Qué tal si ella es demasiado fuerte para nosotros? ¿Qué tal si ella es demasiado fuerte para mí?
–Pensar en fallar, no es una opción hija mía–dice la mujer–. Pensemos en que no lo será. Pesemos en que serás cada vez más fuerte. Pensemos en que lo lograrás. Tenemos aún esperanzas, pues aun te tenemos a ti. Y si has llegado hasta aquí, es porque Elgoneth quiere triunfar a través de ti. Déjate guiar por él y logras triunfar en la batalla.
–Y en cuanto a la guerra–continúa la reina–. Tu padre no está solo. Me tiene a mí, y el centenar de guerreros y dragones a sus órdenes; a su disposición. Estamos dando una batalla digna. Hemos resistido más de lo esperado, y en gran parte, ha sido por el impresionante poder y liderazgo de Erin. Tu hermana es una verdadera diosa.
–Así me lo imagine–dice Amara–. Vi su luz brillar por toda la región, el mismo día que llegó.
–Es una leyenda hija. Nos está guiando en esta batalla y tú debes aprovechar eso desde Eldriner. Sé que puedes vencerla hija mía, solo debes confiar en ti.
–Mi padre sigue en desacuerdo con esto cierto
–Así es–exclama Leyra–, pero me preocuparía si no lo estuviese. Yo te conozco hija, sé que eres muy fuerte. Lo lograrás.
–Gracias madre
La mujer entonces, partió del lugar. Bajando la cúpula se dio cuenta que se le había hecho un poco tarde. El firmamento estaba punto de oscurecer por completo. Bajo la gran cúpula, salió del castillo y se montó en su caballo y se dirigió hacia la Zona A, donde estaba su hogar y su establo. El momento de partir, había llegado.
En el establo Amara empezó a colocar un par de armas nuevas sobre su caballo. Estaba arreglando todo su armamento, pues había tomado la decisión de partir antes de tiempo. No pretendía decirle nada a nadie, pues se sentía incomoda ante la enregía del lugar. Cuando de pronto, apareció su amado.
–Sabía que te encontraría aquí– dice Eros.
–¿Y eso?–responde Amara.
–Es lo normal, encontrarte siempre en la salida–exclama Eros–. En vez de en vez de afrontar la situación, como hacemos todos los adultos.
–Eros…
–Pero no importa, está bien–prosigue el hombre– yo entiendo que te quieras ir. Pero no te lo voy a permitir.
–¿De qué diablos hablas ahora?
–¡No vas a ninguna parte!
Eros y Amara empezaron a discutir fuertemente. Amara perdió el control, y empezó a golpear en el pecho a Eros, mientras este le pedía que se detuviera. La hija dorada se descontrolo, y empezó a lanzar puños, y encantos a su esposo. Lo hamaqueaba, y Eros trataba de sujetar sus brazos para detener los estallidos de luz que destruían la madera del lugar, hasta que el hombre la sujetó fuerte por los brazos, y la estrelló contra una columna de madera.
–¡Amara detente ya! –dijo–. No te vas a ir, porque no te voy a dejar ir, ¡y se acabó! Este es tu hogar y yo soy tu esposo. Y aquí me vas a tener que matar si quieres que te deje ir. ¡Yo te amo mujer, no entiendes! ¡Te quiero aquí conmigo! ¡Te necesito aquí conmigo!
La mujer comprendió el dolor que existía dentro de su amado, estaba roto. Pero ella también lo estaba. Logró compadecerse de él, y se tranquilizó un poco.
–Lo siento mucho Eros–exclama la mujer–. Pero aquello que quieres que te dé, no existe ya en mí.
–Voy a buscar mi túnica azul–exclama la mujer–. Creo que mi estadía aquí, ha terminado.
Amara se suelta de Eros, y luego se dirige hacia su casa. Enojada, solo deseaba buscar su túnica, regalada por su padre varios rimeros atrás, mientras Eros la seguía. Discutiendo en el camino.
Entran a su casa, ella encuentra la Túnica de El Rey, y sale nuevamente de su hogar. Ya era tarde, y bajo la luz de la estrella a punto de esconderse, empiezan a discutir fuertemente. Era la nostalgia, enfrentando a la negligencia.
De pronto, Amara ve detrás de su esposo la silueta de una niña, asomándose por la puerta, a lo lejos. Ella entonces se quita a su amado de en frente, y se dirige hacia la niña.
–Hija mía– exclama Amara–. ¿Qué haces aquí? Esta oscureciendo ya, debes descansar.
–Madre, ¿de veras te vas?
–Hija si, discúlpame mucho– dice la mujer, abrazándola–. Pero escúchame lo que te voy a decir, esta será la última vez que me iré. Esta será la última vez que iré de ti. Mami debe corregir algo importante, y cuando vuelva, volveré para siempre. No te vas a separar más de mí. Y estaremos juntas de nuevo.
–¿Lo prometes madre? –pregunta Ada.
–Lo prometo hija–responde la mujer–. Es más, cuando vuelva del reino de los elfos te traeré la mariposa blanca más linda de todo Eldrįner. Te la regalaré, por haber sido valiente, y muy fuerte, y ella será mi promesa. Pues ella te traerá luz, esplendor y buenos tiempos a lo largo de tu vida. Solo debes resistir unos días más, mi pequeña heroína.
La mujer le da un beso en la frente a su hija menor, y le reafirma que cuando ella venga de Eldrįn, se quedará para siempre. Ada sonríe, y en medio de una lagrima fría, se mantiene en silencio.
La mujer se levanta del suelo, de donde estaba arrodillada. Se dirige hacia al frente, hacia su hermoso caballo blanco. Mira a su amado preocupado, y también le ofrece un abrazo. Un abrazo que provenía desde el corazón.
–Este es mi destino Eros. No lo puedo evitar– exclama la mujer–. Esto no cambiara, hasta que yo lo corrija. No te pido que me entiendas, solo te pido que me apoyes.
–No te pudo apoyar en esto Amara–exclama el hombre–. Recuerda que lo que sufres, también lo tengo que sufrir yo. Y es difícil hacerlo sin ti. Te necesitamos aquí. Te necesito aquí.
–Entonces ya sabemos que prosigue–responde la princesa dorada–. Aun creo en ti, mi amor. Pero esta batalla nuestra es personal, es individual. Y si queremos arreglar esto, no debemos estar juntos. No podemos estarlo.
La mujer se trepa en el estribo de su caballo blanco, mientras su esposo cargaba de sus brazos a la inconsolable niña de seis años, llorando por la partida de su madre.
–Prende una lima por mí, hija–dice Amara– y pide por nosotros. Pide por valor, por abundancia, por fe, por esperanza, Pide por la victoria, pide por amor. Tus peticiones son muy escuchadas por la vida. Y bien recibidas por Elgoneth.
–¿Qué pasa si perdemos mami? – pregunta la niña.
–Ganaremos hija– exclama la mujer–. Juntas, ganaremos. Tenlo por seguro. Esta será, nuestra más bella victoria. Nuestro más bello testimonio.
Amara entonces emprendió su camino, y junto a su caballo y se dirigió de vuelta a la gran cima de Deoleom; subió por ella, mientras su esposo y su hija la veían en la distancia en la pronta caída del alba. El atardecer estaba en su máximo esplendor.