La Estancia - La abuela
Capitulo VI: La Estancia
No recuerdo el momento en que el automóvil nos pasó a buscar, pero ya estábamos en la ruta 3.
El auto giró a la izquierda, se veía el cartel todo oxidado que decía, si uno lo miraba con detenimiento, Estancia “El amigo”.
-Un gaucho que abra la tranquera- Dijo Nico que manejaba mirando el asiento de atrás.
-Yo voy – dije y salí corriendo, me gustaba levantar el anillo de metal que sostenía la pesada tranquera al poste, empujarla y subirme para que me llevara con el peso hasta donde hacia tope, luego hacia lo mismo al cerrarla.
Nico vio unas martinetas pasar y detuvo el auto a doscientos metros.
-¡Quédense aquí! – nos dijo a todos.-
-¿Qué vas a hacer?- Le preguntó mi madre.-
-Menos averigua Dios y perdona- dijo Nico sonriendo.
Se bajó, fue hasta el baúl del auto, sacó una escopeta de dos caños con cartuchos número cinco, se acercó hasta las matas de calafate y duraznillos y se vio como las martinetas iniciaban una especie de vuelo alborotado entre ellas, el las estaba apuntando de abajo y siguió su vuelo corto, mientras las apuntaba de abajo hacia arriba y disparó, ¡boom! Se escucho, y quedamos todos en silencio.
Se dio vuelta hacia el auto y silbó e hizo un gesto con el brazo para fuéramos.
-Vayan a ver que quiere – dijo mi madre dándose vuelta para que bajáramos del auto- pero tengan cuidado siempre caminen atrás del.
-Poppy, Negro denme una mano- había como cinco martinetas muertas en el suelo que había agarrado la descarga al remontar vuelo.
-Chist!!- nos dijo para que hagamos silencio, apuntando una mata a setenta metros- todavía falta uno.
Mientras guardábamos las martinetas, el dejó la escopeta con mi madre y se fue con un pistolón con cartuchos numero 3.-
-Quiero ir mami- dije yo
- Anda, pero siempre atrás de el- dijo mi madre.-
El se fue acercando lentamente, cuando estuvo a diez metros, se puso de perfil al ave que estaba parada sobre la mata. En posición firme levantó el brazo con el pistolón hasta la altura de los ojos y disparó, el sonido no fue tan fuerte como el de la escopeta, el ave ni se inmutó, se acercó un poco más y volvió a disparar diciendo:
-¡Bicho de mierda!
Estaba por acercarse un poco más cuando se escuchó la voz autoritaria de mi madre.
-¡Nooo!- esperò tres segundos y uso el imperativo- ¡Déjalo!
-Pero…- quiso responder Nico.
-¡Déjalo!,- volvió a ordenar mi madre sin claudicar- ¡vamos! porque sino, no llegamos más y vamos a llegar tarde para comer.-
Subimos todos callados al auto, Nico manejaba tal vez pensando en su mala puntería, o buscando respuestas . Hablaba para sus adentros, con los ojos en el camino tal vez sin mirarlo.-
-No puede ser, le disparé dos veces – le dijo a mi madre como justificándose.-
-A vos nomás se te ocurre dispararle a una lechuza, no ves que es pura pluma el cuerpo- dijo ella retándolo y siguió con una sonrisa para amenizar - ja ja no sabes nada de campo vos, aparte esos bichos dan mala suerte y no le podes comer nada-
El le siguió la chanza y respondió
-Claro, “No hay que gastar pólvora en chimangos” ¿no?, dijo con una mirada de haber entendido el porque, mientras se reía diciéndole - ja ja ja , que no trascienda chè, “al mejor cazador se le escapa una liebre” ja ja-
-¿Cuál es el chimango?- interrumpi yo.
-Es un pájaro carroñero igual que el aguilucho, Alla cuando nacia la patria- comenzó a narrar Nico- ¿viste el pistolón que usamos recién?
-Si- respondì yo.-
-Habia poca gente que tenia armas de fuego, existía el trabuco y los gauchos que podían llevaban la polvora en un chifle o medio cuerno de vaca con tapa, no había armerías, las municiones las hacían con una especie de pinza especial y la medida adecuada, como costaba tanto hacerlas, debían racionar los tiros o elegir las presas con exactitud para no derrochar balas, que es lo que me paso a mi hace un rato.
-Ah!- dije entendiendo cuando una de nuestra tia nos decía – ¡Chimango camorrero!
Mi madre le había cargado la pipa y se le había alcanzado, el aroma de tabaco “Exeter” inundaba el auto.
-Teneme el volante – le dijo a mi madre, aminorando un poco la marcha por el camino de tierra de una sola vía que llevaba a la estancia, con matas altas a su costado, de vez en cuando había una desviación corta, que se utilizaba cuando se llovía mucho.
El chupaba de la pipa con fuerza y se escuchaba una especie de “mamá” silencioso, el fosforo encendía el tabaco, mientras el mordía la punta y volvía a agarrar el volante. Luego era un acto automático de tomar el tambor de la pipa, para que descanse la boca y acercarlo al volante, o ponerla en la boca para poner las distintas marchas.
A veces fumaba tabaco marca “Dólar” o unos cigarrillos con boquillas llamados “Dr. Pin”
Pero nunca fumaba “Caporal” que era el que sobraba en el campo.
-¡Mamá!- dijo mi hermano, medio harto de aspirar el humo que había en el auto.
-Ya llegamos, ya llegamos.- respondió mi madre sabiendo lo que le pedía mi hermano
- Abrí un poco la ventanilla Nico, no ves que los chicos se están descomponiendo con el olor a humo-
-¡Que la abran ellos, si ya son grandes¡- dijo el sin inmutarse
-Pero… ¿Cómo? Si este auto no tiene la manija para bajar los vidrios-
-No sabes nada de ciudad – dijo el desquitándose por lo de la lechuza mientras se reía – son vidrios eléctricos, mira los cambios, vistes las luces, se llama Osmovile Toronto, es un auto importado – respondió el dándose ínfulas de señor inglés, mientras bajaba una ventanilla.
Nosotros comenzamos a darle más importancia al automóvil, el tapizado, los asientos, mirábamos todo, en esos años no había en la Argentina un automóvil así.
-¿y este auto?, ¿De donde lo sacaste?- preguntó mi madre.-
-Lo traje con un amigo, es para una rifa que hicimos, ya vendimos casi todos los números, solo quería darme el gusto antes que se lo lleven, total setenta kilómetros no le hacen, aparte le hago un favor al nuevo dueño porque se lo doy probado, ja ja
- Mira vos – respondió mi madre, mientras movía la cabeza.
El auto, entró a una hondonada y el camino se empezó a ampliar, allá abajo a mil metros se divisaba el casco de la estancia, a ciento cincuenta metros, casi llegando al guardaganado nos fueron a esperar los perros, eran varios y ladraban atrás, adelante, corrían al costado de las ruedas, se cruzaban por delante del auto mientras avanzaba.
Una vez que nos detuvimos frente al ventanal, salió mi tío José a recibirnos.
-Comò andas José – dijo mi madre a su hermano, mi tío era alto medía un metro noventa y tres, su tez era de un color, como bronceado por el sol permanentemente.
-Bien Chueca y vos- respondió mi tío mientras se agachaba para que lo saludemos.
-Bien, ahí traje, pan, ensalada, gaseosas, frutas, vino y Nico cazó cinco martinetas allí arriba,
-Bueno pero ahora tenemos un corderito al asador- respondió mi tío – Las martinetas las hacemos a la noche, entrégasela a la vieja para que las limpie. El se refería cariñosamente a la madre de ellos o sea a mi abuela.
Mi tío José tenía una sonrisa compradora, era mi preferido, porque siempre llevaba cosas dulces para la estancia, de vez en cuando nos regalaba un chupetín con unos anillos plásticos con una imagen de batman o superman, que se movía en dos sentidos a medida que movíamos la mano, o aparecía con frutas, chocolates o jugos, cuando creíamos que se había terminado todo.
El vestía de botas lisas, bombacha de campo, rastra, camisa, pañuelo al cuello con anillo y un cuchillo “verijero” con mango de alpaca. Eso cuando estaba en la estancia, por que cuando iba a la ciudad se vestía como los demás. Era compinche con su cuñado, mi tío Carlitos, casado con mi tía Martha Choco, así diferenciábamos a las dos tías Martha, la otra era una tía política llamada Martha Oso.
Una vez se habían juntado en Caleta Olivia y salieron los dos llevándome a mí como salvoconducto para que no se enojara mi tía.
Mi tío Carlitos era un Mecánico-Chapista así que tenía una Ford `68 color naranja V-8 que movía un poco la camioneta cuando la aceleraba en vacio.
Ellos me llevaron al cabaret que estaba a la vuelta de mi casa llamado “La Caverna”, y me dejaron encerrado en la camioneta, se ve que le habrán contado a la prostituta que yo estaba allì, por que me fueron a buscar, vaya a saber que sentimientos habré hecho aflorar en sus corazones de engaños, o de madres que se reunieron todas alrededor mío.
-¡Pobrecito!- decían todas a coro - ¿Queras tomar algo bebé?, ¿una coca cola?-
-Bueno – respondí.-
-Traigan una Coca, para el nene- yo tomaba mi gaseosa, medio escondido en un reservado hecho por estalactitas caseras, todo en penumbra, luces rojas, azules apenas definían los rostros de las personas que estaban cerca.
Luego salimos de allí, y me llevaron unas cuadras más a un boliche llamado “Montecarlo”
-Bueno baja negrito- me dijo mi tío José- A vos te va bien con las locas, y a nosotros también- decía refiriéndose a las prostitutas.-
Yo, ya no quería tomar más gaseosa, mi estomago estaba satisfecho, ese lugar tenía más iluminación, había un metegol.
-Chè Lucilo.-Dijo el que estaba en la entrada mirándome a mí,- No me comprometas hermano.
-Voy al fondo a timbear1 un ratito y vengo, si viene la cana2 no te hagas problema si el comisario es amigo mío y está en el fondo con nosotros.
Así la nombraban a la familia por parte de mi madre, porque mi abuelo se llamaba Lucilo Alvarez y algunos pensaban que Lucilo era apellido, entonces les decían a sus hijos, el Josè lucilo, el cholo lucilo, la Isabel Lucilo, como si fueran famosos en la región, y en parte lo eran debido a los caballos muy mentados que tenían para realizar carreras cuadreras, donde se jugaba por plata entre los estancieros, y los gauchos, paisanos o gente del lugar, que querían hacer una diferencia ofreciendo o copando la apuesta al grito de:
-¡Tengo ochoooo cientos a laaaas patas deeeel zaino!, ¡Tengo ochoooo-cientos!, ¿Quiéeen copa la pa rada?- decían algunos a viva voz, para hacerse ver con el paisanaje, o demostrar a las señoritas del lugar que tenìan dinero.
Los vehículos, camionetas o camiones se ponían a un lado y el otro de la cancha donde corrían los parejeros. Cuando el alboroto era grande se subían a los estribos de los vehículos y algunos para no ser menos respondían en el mismo tono.
-Coooo po esos ocho cientos y tengo miiiil mas al tooooor dillo de don Almiròn
Estas carreras eran de trescientos o cuatrocientos metros y normalmente lo hacían con un caballo de pelaje zaino, que mi tío Celso hacia de jockey, porque era el más liviano en la estancia, y aparte por que lo corría como le pedía mi tío.
Pero, las carreras cuadreras también eran un motivo para que la gente se reuniera en los pueblos de Fitz Roy, Jaramillo, Puerto Deseado, Pico Truncado, Las Heras o Caleta Olivia.
Se jugaba a la taba por plata, los vendedores ofrecían bebidas, choripanes, empanadas y nosotros de vez en cuando recibíamos un molinete con un palito para que se moviera contra el viento, los colores que tenía el molinete, hacían como si se abriera o cerrara el círculo que formaba la rotación en su eje.
A veces se hacían jineteadas y alguna destreza criolla, como carrera de la sortija, que consistía en poner dos argollas en un travesaño colgado, venir al galope con los caballos y ver cuál de los dos se llevaba el premio.
Carreras de embolsados, o la carrera de la silla, donde ponían seis jinetes que hacían un circulo exterior con los caballos y cinco sillas con mujeres sentadas, al dejar de tocar el payador daba la orden de actuar, mi madre solia participar y por haber trabajado en el campo tenía la habilidad de montar y desmontar enseguida, a medida que se quedaba una pareja sin asiento quedaba afuera y retiraban una silla, mi madre nos llenaba de orgullo si tenía un buen jinete de compañero.
Ganar siempre, hace que el negocio de sacarle plata a los paisanos sea efímero, porque una vez que lo conocían a los caballos, no querían perder su plata copando las apuestas de matungos perdedores; o la otra, que todos vieran como favorito el caballo de mi tío.
Pero el era un zorro viejo, en alguna ocasión le ha dicho a mi tío Celso en secreto.
-Sujétalo un poquito, porque le aposté en contra- así le daba plata a otra persona, copaba a los que apostaban a su caballo que eran muchos, y el solo hacia el Alaraco con alguien de confianza para que no desconfiaran los gauchos, porque eran bravos si se enojaban o descubrían algo malo.
De esa manera quedaban calientes, después el dueño del caballo ganador le daba la revancha, ganaba mi tío, y después iban al bueno o definitivo.
Y buscando espectáculo y plata en Caleta Olivia que ya era una ciudad en la zona norte, aceptó el desafío más acorde a la citadinos.
El caballo zaino contra un Ford falcon, contra un Renault Torino y contra una moto, pero en este caso era a cien metros. A cien metros, con el motor en marcha le ganaba a los tres con el caballo. A ciento cincuenta metros también, a doscientos metros ya no.
Capítulo VII: La abuela
La abuela Isabel Mercerat estaba adentro, mirando por el ventanal.
La casa de la estancia tenía una parte de material que hacía de cocina comedor, un pasillo que siempre estaba frío, una despensa con una ventana chica de vidrios repartidos, que daba al camino de entrada con su cortina siempre abierta, una habitación que nunca usaban y una puerta que nunca se abría, pero que tenía la particularidad de abrirse completa o la mitad superior.
Del pasillo frio que unía la cocina comedor con las otras dos, hacia la izquierda había cuatro escalones que unían la casa nueva de material con la casa de chapa, según mi abuela había sido una construcción prefabricada, era difícil imaginar en años anteriores empresas que se dedicaran a eso.
Se ingresaba a ella mediante un picaporte redondeado de metal, piso de madera que crujía al caminar por ella, era un pasillo de seis metros, tenía dos camas de metal de dos plazas que daban contra la pared de las ventanas, esas camas se utilizaban cuando llegaban visitas, o sea mis tías, primos que venían de la ciudad o nuestra familia. Las dos camas obligaban a caminar por un pasillo imaginario que daban a una puerta hacia el final u otra puerta hacia la mitad del pasillo.
Se veían colgados en la pared, cuadros semi redondeados pintados a mano, en blanco y negro, con personas que eran parientes lejanos nuestros, la madre de la abuela, su padre, un tìo de ella, el abuelo lucilo , todos tenìan una pose de sentarse con la espalda erguida, serios, mirando a lo lejos, vestidos con trajes ternos, mostrando la cadena del reloj en el bolsillo del chaleco, con bigotes de la época, menos el abuelo lucilo, que tenía un semblante serio, la única que desentonaba ahí era mi bisabuela, los trazos eran pinceladas o una fotografía borrosa, desde un plano superior y ella en actitud de tirar algo, solo se entendía que estaba al aire libre.
En la otra pared, cuadros en maderas terciada, con motivos camperos, caballos, carreras, ranchos de estancia muy finamente trabajados con una técnica de quemar la madera, pero que pasaba desapercibido, al menos que se acercara bastante, sino parecían dibujados todos los detalles.
Allá al fondo del pasillo había una pieza que era de mi tío José, alguna vez lo había ido a despertar para comer, con la alegría de llamarlo, abrí la puerta de su habitación, entre como una tromba moví su hombro diciendo:
-Tío, tío vamos a comer, la abuela te llama
El reacciono inmediatamente, metió su mano bajo la almohada y sacó un revólver, mientras se incorporaba apuntándome a la cara. Dándose cuenta que estaba cometiendo un error me gritó enojado.
-¡Booo ludo! Nunca más entres así a la pieza- yo estaba estupefacto, seguramente con cara de niño asustado, nunca había visto a mi tío con esa expresión, el bajó la cabeza, sentado en la cama, guardò disimuladamente el revolver, yo seguía petrificado- Decile a la vieja que ahora voy- dijo con voz más tranquila, y preguntó – ¿Queras un chupetín negro?
-No, gracias – dije yo y me retiré enojado, pero con la lección aprendida.
Entre el pasillo, y la puerta que no debía abrir sin golpear, había otra puerta que daba a otro pasillo si la abríamos, nos encontrábamos inmediatamente con una cómoda con espejos viejos, una palangana de chapa enlozada que nunca se utilizaba, color crema con tres o cuatro abollones medios oxidados, el agua y el tiempo habrían hecho su trabajo.
Una jarra blanca de boca grande, también “saltada”, pero quedaban bonitos en ese lugar, como una obra de arte, era la clásica naturaleza muerta de un pintor.
Luego un pequeño sillón y al final del pasillo una puerta de madera con vidrios repartidos, el piso seguía de madera, esa puerta daba al patio. Hacia la derecha la habitación de mi abuela y hacia la izquierda la habitación de mi tío Cholo que nunca había sido muy simpático con las personas. Era veinte centímetros más bajo que José, vestía de gaucho en la estancia y de botas, lisas o corrugadas pero casi nunca de alpargatas.
Esa habitación había sido de mi abuelo, solo una vez entramos ahí porque allí guardaba el vino que racionaba para las comidas con los peones, estaba pintada de un color verde claro, con mujeres de almanaques en biquini y sonrisas seductoras, pero él nos había hecho llegar hasta la puerta entornada, tomó la damajuana de vino y llenó las jarras para que la llevemos a la cocina.
El usaba un bigote grueso, no se le conocía novia alguna, si que le gustaba divertirse con mujeres en el cabaret cuando iba al pueblo.
Si bien no era muy simpático tenía una risa que contagiaba, por que el soltaba la carcajada y cuando se iba quedando sin aire los dientes superiores se apoyaban en el labio inferior, produciendo un ruido similar a la letra efe al inspirar por la boca, nosotros esperábamos que se empezara a reír o simplemente lo mirábamos y comenzaba la rutina:
-ja ja ja efe efe j aja j aja efe efe- se escuchaba la risa de mi tìo
-ja jaja ja ja – la risa de nosotros, que se transformaba en más risa al mirarnos, era como una comunicación telepática al pensar lo mismo (-lo volvió a hacer, ¡mira como hace¡, ¡mirà como hace¡)
-ja ja ja efe efe ja ja ja ja efe efe- la risa de mi tìo y de pronto se ponía serio de golpe, preguntando con el seño fruncido.
-No se estarán riendo de mí ustedes ¿no?-
-No tío, decíamos nosotros- con un poco de temor.
-¡Ah¡ bueno, ¡rajen de acá!, ¡vayan a jugar por ahí! – nos ordenaba y acatábamos inmediatamente para retirarnos de allí.
Tanto la puerta de entrada de la ampliación de material, como la de la casa de chapa prefabricada, daban al patio.
Una cortina corta vientos de corintios bastante importante, cercaba ese patio.
La abuela Isabel era flaca huesuda, su piel tostada, caminaba un poquito inclinada hacia adelante, sus venas inmensas se veìan hinchadas en sus manos.
Siempre vestìa con pollera negra hasta la pantorrilla, calzas oscuras, y zapatos de franela, camisa de franela abotonada hasta el cuello, un saco negro, un delantal y un turbante negro.
Nunca usaba joyas, nunca se pintaba, su narìz era grande, pero no hacia afuera, sino sus fosas nasales anchas, ya estaba con arrugas a sus setenta años, si es que tenía esa edad, cuentan que había nacido en mil novecientos y la habían asentado en el registro civil de Cañadòn Leòn en mil novecientos cuatro, ese era el nombre de la localidad de Gobernador Gregores, hasta mi madre llevaba en su documento ese lugar de nacimiento.
No le gustaba que le saquen fotos, decía que las fotografías le robaban el alma a la persona, se escabullìa, daba vuelta la cara, o se iba, pero si le insistían se enojaba.
Era de las mujeres que mantenían el luto para toda la vida una vez que se moria el marido, y a pesar que mi abuelo la tratò mal en vida, ella no dejo de usar nunca los colores negros.
Su nombre ya no existía, ninguno le decía Isabel, ni siquiera mamà, sus hijos le decían Vieja, quizás por la rudeza del campo. Y nosotros simplemente abuela.
Su vida era preparar la comida para las gallinas, gallos, pollos, pavos y gansos que había en la estancia, solia preparar afrechillo con maíz, se retiraba unos metros de la entrada y en ese lugar que parecía decierto, pegaba un grito de llamado:
-¡Prrrrr, prrrr, prrrrr!
Se veìan el correr en las chuequeadas de los gansos, las gallinas que estiraban el cogote para mantener el balance y correr a toda velocidad para no quedarse sin comida.
Realizaba la comida para la casa, las tortas fritas y pan casero, en una cantidad importante, luego las colocaba en un cajòn de la despensa.
La cocina era el lugar donde transcurrìa todo, tenía un aparador grande detrás de la puerta de entrada, bancos de madera hechos a mano, para cuatro personas por lado de la mesa, un cajòn de leña, el sillón de la abuela al lado de una cocina Estilart, una pava grande sobre la cocina, siempre con agua hirviendo, al igual que un deposito que ya tenía incorporado.
El reloj de la cocina no funcionaba hacia años, dos pavas chicas para tomar mate.
Habia varios mates y todos tenìan su dueño, mi abuela manejaba la cocina con el atizador de brasas, o acomodaba las arandelas, sacando o poniendo según las necesidades.
Desde allì ponìa màs palos de leña, sacaba la ceniza, y pensaba, siempre pensaba callada la boca, inclinada hacia adelante, con su pava y su mate, o simplemente cuando armaba un cigarrillo, tomaba el libro de papel “Ombù”, sacaba un hoja, sacaba tabaco “Caporal” de una tabaquera que tenía en su delantal, ponìa en su mano izquierda el papel, sus dedos ya estaban preparados para sostener la hoja, sus medidas de tabaco con la otra mano eran exactas, luego sobaba y le pasaba la lengua a la goma del papel para que pegara, nunca le veìamos la lengua como a otros gauchos por que tenía precaución de anteponer su mano.
No salìa como un cigarrillo comprado, mas bien mas grueso en el medio y màs delgado en las puntas, una vez que lo encendía se volvia a agachar en su asiento y volvia a tener el vaivén de una mecedora, pero en realidad era ella con su cuerpo la que hacia todo el movimiento. De vez en cuando con su dedo meñique sacaba la brasa o la ceniza del cigarrillo, o escupìa alguna hebra de tabaco que pasaba al fumar.
Aunque había cigarrillos armados perfectos, algunos utilizaban un palito con una badana
Y salía casi perfecto pero sin filtro, otros habían comprado una maquinita y preparaban en cantidad para el dìa siguiente.
Cerca del ventanal había un mueble, y sobre el, una radio, simpre sintonizada en LU4 o radio Nacional, allì escuchaban el programa “Las gauchaditas” o “mensaje para el hombre de campo” con una jerga campera muy especial, al escuchar al locutor:
-“Mensaje para estancia La bombilla, Alberto le comunica que mañana estarà en esa con el camión del frigorifico, que prepare los capones para la venta”. Firma este mensaje Alberto Garcia, -“Se le comunica a Lidoro Epulef de la estancia tero tero, que Blanca diò a luz un varon, se solicita su presencia en la localidad de Las Heras para acentarlo.”, -“Para el puesto Las Torcazas, se le comunica a Mariano Antiaco que mañana estare por allì en colectivo, se ruega esperarlo con el caballo en la tranquera, firma este mensaje Luis Antiaco”….
Rara vez nos dejaba abrir la radio, que se transformaba un tocadisco con diferentes revoluciones 30-45 y 75, por que decía que gastaba mucha pila, a nosotros nos gustaba poner los discos de revoluciones bajas en altas, lo que provocaba la risa de todos.
En la noche prendían la lámpara petromac por un rato, esta era a kerosene, con una alcuza, se echaba alcohol de quemar en un recipiente de la lámpara, se le daba bomba una vez que calentaba una camisa y se restringía el pico con el paso de aire del tambor.
Sacaron los platos del armario medio en penumbras, hasta que cambiaron de lugar la lámpara y la colgaron sobre la mesa, platos de loza y para nosotros de chapa enlozado, para ellos vasos, para nosotros jarros enlozados, los cubiertos lo sacaban de un cajón que tenía la mesa de madera, la mayoría de los mayores tenia su cuchillo en la cintura, para ellos vino en bota pamplona y para nosotros jugo o agua del pozo, servida en una jarra de aluminio que le daba una frescura y un sabor distinto al de la ciudad.
Esa noche habíamos cenado las martinetas que había cazado Nico, tipo estofado la había hecho mi abuela, parecía pollo pero tenìamos que tener cuidado al morder, por que los perdigones nos hacían sonar las muelas.
De vez en cuando se acercaba un gaucho mas sociable y comenzaba a payar con la guitarra con el clásico sonido de milonga “ton ton, ton ton”:
-“Soooy pobre como la araña
Pero rico como el pan
Trabajando me verán
En esta vida tacaña
Soy pobre como la araña
Pero rico como el paaaan”…-
Alguna vez me había querido quedar en la noche, a escuchar la música y mi madre me dijo:
-Negro vamos a dormir.-
-Pucha mami, querìa escuchar un poco mas del “Pajaro loco”- asi le llamaba mi tìo a un gaucho de apellido Fernandez, se ve que le habían puesto ese apodo por que era flaco de cara y cuerpo y tenía un remolino en la parte de atrás de la cabeza.
-Pero… ¡no ves que toca “Polenta y tumba” nomàs!.-
- ¿Cómo polenta y tumba?- dije yo
- Escucha el sonido- dijo ella
En mi mente, remedaba el sonido del payador con las palabras que me había dicho mi madre, (-polenta y tumba, polenta y tumba, talan tam tum, talan tam tum- y coincidìa con el sonido de la guitarra).-
Esa noche dormimos en las camas del pasillo.