Capítulo 13
No todo es como lo estaba suponiendo; el chico se ha puesto más majo e incluso ha dejado de preguntarme todo lo que se lo ocurra, pero eso ocasionó un hueco en mí, algo inusual: el extrañar esa pequeña parte de él. Su comprensión, de algún modo, me enferma y me empalaga. Mantiene diciéndome que hará lo posible para entender mejor mi situación, ¿qué? No deseo eso, nunca lo pensé así. Óláfr debe tener en cuenta que yo… mejor olvidarlo. Sostengo con ahínco la gran roca para que pueda pasar, después de haberlo hecho, la dejo en su anterior posición. Recogió plumas de cuervo a lo largo del camino y las puto en los extremos de sus nuevas flechas, aquello le dará más dinámica a los proyectiles a la hora que los deje salir.
—Chico, ¿tienes alguna pregunta?
Se detiene. Las cejas se le crispan.
—¿Qué se siente ser un dios?
Inclino la cabeza a un lado, pensativa.
—Más fuerte, veloz, voraz —titubeo—… no sé cómo describirlo.
Se muerde el labio, esta vez es la primera vez que veo a simple vista esa acción.
—¿Por qué odias a los tuyos?
Esa pregunta viene como una manada de venados.
—No los odio —vacilo. Carraspeo para disuadir lo anterior—, les tengo desconfianza. No puedes darles el brazo porque lo torcerán.
Suspira. Sigue a mi lado más pensativo que yo. Le devuelvo una mirada preocupada, sus cambios bruscos de humor se han vuelto continuos. Frunzo las cejas al sentirlo tensarse y detenerse por tercera vez. Le insto con los ojos que siga, sin embargo, estos están enfocados en el suelo.
—Eres buena. —Aprieta los puños. Hago un intento torpe de acercarme, pero él lo nota, da ciertos pasos atrás sin percatarse de que está cerca del filo del abismo—. Si tú lo eres, debe haber dioses que también lo son.
—No soy buena —escupo—, ninguna deidad lo es; hemos cometido errores, asesinado a inocentes y nos hemos dejado llevar por nuestros instintos más bajos… ninguno pasará por esa palabra.
—Te estás mintiendo.
Agarro su muñeca antes de que retroceda. Él jadea al sentir el vértigo, se ha percatado tarde de su suicidio sin querer. De un jalón lo vuelvo a posar a mi lado.
—No lo hago, he aceptado una realidad… cruel.
No contesta.
—¿Acaso tú eres bueno? —increpo.
Sus orbes se llenan de espanto, ese brillo conocido como: la pesadumbre de entender bien el mundo en el que vives, el mismo que alguna vez tuve cuando perdí el apoyo significativo de mis progenitores. Por un segundo me veo reflejado en esa mirada de dolor, trago, no debería ser así.
—Nadie lo es —concuerda con la voz teñida de desosiego. Junto los párpados, dolorida por lo que causé, pero eso le ayudará en un futuro—, ni cuando naces, porque al hacerlo ya eres una carga, y eso es algo malo ¿no?
—Chico, aún te falta mucho qué aprender, no dejes que los malos pensamientos te perturben, son interrupciones que te harán hundirte en el fango con celeridad. No dejes que tus demonios internos se apoderen de lo más poderoso que tienes. —Golpeo con el dedo su frente—. Tu mente, no la envenenes, eso es lo único de valor que todos tenemos… cuídala, protégela y llénala de todo el conocimiento posible. Sé más de lo que pretendes ser. Sé aquello que dudas ser. Sé lo que tanto te dicta el corazón. Nadie te impide cumplir esos propósitos.
Lo envuelvo entre mis brazos. Poso el mentón en la cima de su cabeza, tiembla, y no puedo pretender que nada sucedió.
—Sé mejor que yo —musito en voz estrangulada. Afirma con un leve gesto; suelo el aire que contenía, me siento mucho mejor—. Yo te ayudaré a que superes lo que soy. —Levanto su barbilla—. No dudes de ello.
—Sorpréndeme —gorjea.
Hago un sonidito de gusto al sonreír.
—Sigamos, a no ser que quieras congelarte.
Se limpia las lágrimas furtivas con el dorso. Con la determinación en sus facciones, enrosca sus dedos en la cinta del carcaj, para luego acariciar la cuerda del arco, está procesando lo que comenté, me parece estupendo que lo haga.
—Ariana, entonces, ¿cuánto nos falta? —inquiere diez minutos después. Volvió el viejo Óláfr.
—Menos de lo que imaginas, ¿ves eso? —Señalo con la mano el fin de la carretera en donde se posan robles frondosos, casi ocultando el paisaje; las gamas se han tornado exóticas, muchísimo más que las de atrás, el aire es denso, el frío potente y los rayos del sol han incrementado. Luego hago que mire la altura a la que nos hallamos—. Faltan unos cuantos pasos para llegar, despistado.
Abre la boca, da saltitos en su posición y corre para acercarse más. Alegre le sigo, esta vez se cambiaron los roles. Suelta un grito eufórico al llegar del todo a la cúspide, me insta a que lo haga, sin embargo, me entretengo con el entorno; jadeo, anonadada, por fin he llegado al lugar donde siempre quise estar. Soy envuelta en los colores, la belleza eterna de los árboles y los sonidos que despiden, me inundo de esa tranquilidad acogedora por cierto tiempo.
Busco con la mirada a cierto personaje y aquel espejismo que comentó el enano. Esa pregunta que tanto hacía es resuelta: el ardor en mis mejillas es demasiado por tanto estirar los labios y a penas me doy cuenta de esa acción que surgió sin más, como si fuese algo natural en mí.
—¿Eso es una tumba?
Observo bien las raíces del árbol más grande del lugar, tras ellas hay una puerta metalizada con intrincadas runas, las reconozco, son de protección, pero han sido violadas con astucia. Dirijo mis pies de manera inconsciente hasta allí. Un ruido extraño en su interior me crispa.
—Lo es. Bienvenido al lecho de Gýgr, una de las mujeres de Odín.
—Oh, no.
No tarda en empujarme para que me aleje lo suficiente.
—Chico —regaño.
—¡Él ya debe saber que estamos aquí! —Enderezo la espalda, deteniéndolo. Enfrento sus pupilas asustadas.
—Si nos está viendo, hace rato hubiese estado aquí. Conozco bien que nos ha estado vigilando desde el bosque, no te lo dije antes para no asustarte: su caballo, Sleipner, cabalgaba solo por los alrededores. No. No digas nada.
—¿Por qué no me lo dijiste? —tartamudea.
—No quería que te preocuparas.
—¡Ahora lo estoy!
—Eso es bueno, ayuda mucho a la adrenalina.
Le paso la espada, trastabilla un poco al tenerla abrazada contra su pecho. Vuelvo al punto donde estuve con anterioridad, esta vez bajo los escalones dorados con algo de incertidumbre que no le demuestro, pues se ha pegado a mi brazo tanto, que puedo sentir su susto.
—¿Por qué me la has dado?
—La necesitas más que yo justo ahora —respondo con suavidad. Con un movimiento sincronizado, abro la puerta que se queja al impactar contra la arena que hace de pared. Las antorchas iluminan un largo sendero, no creí que el sarcófago estuviese bajo tierra—, cuida mi espalda con ella, aquí no servirán las flechas.
Cojo una de las tantas teas, dado que quizás al terminar el pasillo no haya luminosidad. Resuella, está con el temor calando su ser, pero en el fondo tengo entendido que hará muy bien la labor que le encargué. El aire se siente electrizante, esa sensación me traspasa como una caricia, aquella que solía sentir cada vez que padre envolvía su mano en la mía para guiarme. Sin duda alguna, él está aquí. Sin embargo, me es raro que tanto tiempo… es decir, que siga en este lugar después de mucho, tengo calculado que la travesía duró cinco horas como máximo de la entrada hasta donde estamos ahora. Algo anda mal, lo percibo.
—Ariana…
—¿También lo sientes? —mascullo.
—Sí, la maldad es fácil de apreciar.
—No te dejes llevar por eso tan efímero, enfócate.
Ilumino el final, mi suposición fue cierta: está a oscuras, es otro pasillo, pero em este esa sensación de penumbra es peor. La emoción que me inunda se acrementa, estoy cerca de ti, Einar, volverás a tener frente tuyo a tu retoño.
—Cuidado. Mira el suelo bien.
—Eso hago.
Lo miro por encima del hombro, la seguridad que despide es excelente. Dejo caer la antorcha al llegar, arrugo el entrecejo, solo está la tumba, nada más. Las joyas a su alrededor se confunden con las telarañas, en este sitio el color de las paredes es blanco con dibujos en ella de toda la vida, o eso creo, de la gigante. El chico no tarda en analizarlos dándome la oportunidad de dejarme llevar hasta la lápida. El polvo sobre ella ha sido medio limpiado, estuvo aquí hace poco.
Me estremezco. Gimo al esquivar un hacha que vuela a centímetros de mi cara, ruedo y me yergo al estar con la seguridad corriendo por mis venas. Óláfr grita mi nombre, pero eso no hace ningún efecto. Las barreras que construí hace mucho por fin se destruyen del todo, ahí está, tan esplendido como tanto lo recordaba, su rostro no demuestra ninguna sorpresa, aunque sé muy bien que su alma se revuelve en ese sentimiento. El chico se posa frente mío, protegiéndome, desviando mi atención a tal gesto tan seguro. Einar tensa la mordida, listo para atacar.
Sus ojos cafés vuelven a conectar con los míos. Sacudo la cabeza, de ese modo alejo el liquido salado que tanto quiere limpiar mis cuencas, está igual como la última vez, con la barba casi puntiaguda, la hombrera de cuero, su piel blanquecina, y la mirada tan neutra que alguna vez me despidió algo de miedo.
—Padre —susurro.
—Hija —murmura de vuelta, alejo al chico con la mano. Este entiende que debe apartarse de manera considerada de nosotros.
—Ha pasado mucho tiempo, ¿no? —tartamudeo—. Te extrañé, padre, y casi toda mi vida estuve buscándote hasta ahora. —Le muestro la cadenita, abre la boca—. Vienes por esto, por el collar de mamá, ¿por qué?
Nuestro reencuentro no es como los típicos, de eso me doy cuenta. Demasiado simplista, que no exuda amor, desosiego, sorpresa, dolor demostrado en actos, más bien en emociones ocultas. Se acerca, no le niego eso, agacho la cabeza con los labios comprimidos, su presencia hace que me sienta más segura. Acaricia mi hombro, río en silencio, sé que eso es lo único de afecto que obtendré de su parte.
—Dime, padre, necesito una respuesta.
Conecto la vista con la suya. No se amínala.
—Porque podré pagar lo que os hicieron.
Se me encoge la garganta.
—¿Después de tanto? —inquiero con desdén.
—Sí, desde que decidí reemplazar la amargura por el coraje.
Por el rabillo del ojo veo que el castaño intenta fingir que su interés está puesto en las pinturas.
—Sé que no es por eso —exhalo.
—Créeme, muchacha. —El calor de su mano desaparece—. ¿Me has estado rastreando desde que…?
—Por supuesto —interrumpo, tajante—. Quiero saber de dónde provienes y qué soy con exactitud, padre.
—No es momento.
—Lo será cuando abramos el santuario de madre —gruño.
Llegó el momento de destapar el pasado, todos esos secretos que se ha guardado. Propongo a mi mente no demostrar nada como él, si así se jugará, pues… será de ese modo entonces. Un reencuentro después de tantos años singular, demasiado. Ah, lo repetiré muchas veces hasta hartarme. El chico vuelve a mí con ojeadas curiosas, le otorgo un asentimiento, sonríe y me da uno de vuelta.
Luego de cruzar ambos pasillos, pudimos ver y percatarnos que ya la luna había tomado su puesto en el centro del cielo. Padre no dijo más, simplemente aguardó a que se registrará el espejismo, al descubrirlo, le indiqué con los ojos que esperará un poco más a que Óláfr y yo revisáramos el área.
—Ariana, esperé que se dieran abrazos y lloriqueos de bienvenida.
Bufo.
—Somos una familia “disfuncional”.
Gira su rostro para contemplar mejor a Einar que está con los brazos cruzados.
—Que no te dé miedo, es un buen tipo.
—Vale.
Desordeno su cabellera, le indico con los ojos que analice tras los robles por si algo, mientras yo me encargo de romper las runas que hacen el espejo para ocultar el palacio. Los vellos se alertan, junto las cejas al oír las aves gemir, aleteando lejos. Einar también lo nota, pues a invocado el hacha que no tarda en volver a su mano, el chico me observa con duda. La bóveda celeste se ilumina por los rayos, la ventisca que despide el horizonte nos envuelve con fiereza.
—¡Muchacha! —En un dos por tres está a mi lado—. Atenta.
Afirmo con el mentón.
—Óláfr. —Extiendo el brazo hacía él. Sin embargo, ese gesto finaliza al percatar quién está tras su espalda.
Somo expulsados hasta unos troncos apilados por el fuerte rayo que irrumpió, el dolor atenaza mi baja espalda y la frente me palpita, los resuellos de padre son fuertes, pero, eso no hará nada para que se ponga en pie. Asimilo lo anterior con dificultad, la vista la tengo nublada y no tardaré en volver a enfocarla. Me incorporo, el gemido que expulso alerta a Einar que no tarda en posar sus pupilas en mí.
—Suéltame.
—Chico… —jadeo.
El omnipresente dios del rayo lo tiene agarrado de los cabellos, mientras lo jalonea para que siga sus pasos. Esta vez tiene su martillo que chasquea por la electricidad que contiene.
—Dame a tu hija a cambio del niño —dice con sorna.
Intervengo con un gruñido.
—Eso es ser muy cobarde, desgraciado.
El susodicho inclina la cabeza con burla en sus facciones. Óláfr lo araña para ser libre, pero eso no servirá para deshacerse del férreo agarre. Desenvaino la espada, sin apartar los ojos de él, se jacta, le encanta vernos pequeños, pues de cerca se ve más grande que padre.
—Entonces, no me sirve de nada tener a un mortal como rehén.
Abro la boca. Pasa con lentitud por mis pupilas el cómo Óláfr saca de su cinturón el cuchillo que alguna vez le quité, para clavárselo con un grito en la cima de la rodilla del titánico dios; no parece sentir el dolor de la zona, eso hace que levante en vilo al chico con la mano envuelta en su cuello, reacciono demasiado tarde.
Me dejo caer de rodillas con la sorpresa reciente en mí, gimo al ojear cómo cae su pequeño cuerpo y rueda por el pasto. Mis hombros tiemblan, espasmos que luego corren por todo el cuerpo y no se detienen, hacen que el coraje sea más grande, que la rabia fluya por las venas con brío e incluso que por una milésima de segundo vea todo rojo. Thor ensancha su sonrisa al atisbar mi estado. No aparto la mirada de la sangre que tiñe las hebras verdosas ni del cómo su pecho ha dejado de moverse, intento que mi organismo despierte, pero se resiste, lo único que siento son las mejillas mojadas, el viento gélido, el dolor en el corazón y el tenue poderío de la bestia que se propone en salir. Ni siquiera soy capaz de expulsar otro gemido en el instante que la hoja de una filada arma atraviesa mi abdomen para luego levantarme como un saco sin nada en su interior.
—Muchacha.
Los gritos de furia contenida se hacen demasiado fuertes, es irónico que mi cuerpo no quiera responder como esa vez que mi madre fue asesinado, es un hecho traumático que rehúsa a la reacción para que haga acto de presencia. No debí traerlo conmigo, no debí desear tener un compañero. Todos los que me siguen siempre mueren al final, no habrá excepciones. Caigo de nuevo a la tierra, removiéndome. El calor en mi pecho se torna feroz, sé que la herida sanará, pero temo que Eimnis haga de las suyas de nuevo, porque él está luchando para salir.
—Idiota, ¡mirá lo que has causado!
Vuelvo a extender el brazo en dirección del niño, no podré hacer nada al respecto, pero la bestia sí.
—Déjame salir, Freya, yo te vengaré —susurra en mi mente con el tono de voz dulce, me engatusa.
—Aún no —musito.
Las piernas se vuelven trémulas al erguirme con pesadez. Las ramas de los arboles retienen a Einar para que no pueda auxiliarme, juegan sucio, típico de ellos. Paso de alto a ambas deidades para recoger el cadáver del chico, el ardor en mi nariz se intensifica al igual que en mis ojos. Las primeras gotas transparentes de desosiego caen en lo alto de sus pómulos, bañándolo, trasmitiendo lo que siento a través de eso. Fui egoísta, él no estuviese muerto si no hubiese aceptado sus suplicas, estaría con su pueblo divirtiéndose con los niños de su edad, aprendería las artes de una comunidad y viviría en paz. Es mi culpa, todo lo es. Posiciono su cabeza en mi hombro, lo acuno con la atención perdida en las estrellas que tintinean más. La lluvia retorna con tanta lentitud, que hace que el tiempo se ralentice de igual modo. No soy capaz de seguir escuchando la batalla que comenzó justo cuando las primeras gotas de rocío tocaron el suelo. Soy desconectada del mundo, solo me enfoco en la expresión tranquila de Óláfr. Su sangre se adhiere a mis ropas, marcando su ida en mí como si fuese un vil regaño.
—Perdóname, todo es mi culpa. Lo lamento —sollozo. Refugio la cara en su pecho, meciéndolo—. No debiste venir conmigo, chico, no… no podré hacer nada, no sé cómo veré el futuro sin tu presencia. ¡Lo siento por no protegerte como era debido!
Le grito al cielo. Exclamo la tristeza iracunda que aguardaba desde hace mucho en mi alma, dejo que saboree la pérdida.
—Yo soy débil, no me comparaba contigo. Perdóname, te prometí tanto, y no podré cumplirlo, te quiero, chico, lo siento mucho, yo… yo no sé qué hacer, yo no puedo seguir sin ti, yo no soy nadie sin ti. —Acaricio sus mejillas con los pulgares, no solo la precipitación lo cubre, sino una gran parte de mí también—. Vuelve conmigo —grazno—. No me dejes.
El suelo tiembla por la poderosa reyerta que se ejecuta a mi alrededor. No obstante, no puedo unirme a ella, he perdido las fuerzas. Tenso la mandíbula, tengo que contradecirme, si no efectúo algo, su ida no valdrá nada. Reposo su cuerpo en el césped con mimo, decidida.
—Querías mi odio, ¿no es así? —ladro al lanzarme contra él. Mi puño impacta en su quijada, esta se resiente.
Esquivo a Baldr tan rápido que me mareo. Araño el pecho de Thor en el momento que enreda sus dedos en mi cabello, sacándome de la batalla entre su hermano y mi padre. Me obliga a ver al chico mientras se ríe. Gruño.
—¿Llorar por un mortal? No lo hagas, eso es signo de debilidad y deshonra.
—¡Es un signo de humanidad! —resuello, iracunda—. Lo que os falta.
—No quiero una esposa tan desalentada, ¡mejórate ahora!
—No seré nada en tu vida. —Pataleo. El cuero cabelludo me pica, la garganta se cierra y soy despojada del desosiego que me inundaba siendo así, suplantado por la rabia.
Aúllo al deshacerme de su afiance, gateo hasta obtener de nuevo la espada. Él se divierte por ello, es más, me da tiempo. Los pelos en sus nudillos son llevados bajo su nariz, inhala con ahínco, casi saboreando la victoria. Ataco con desenfreno; el niño, su vida, sus propósitos, sus sueños, sus logros, no podrán ser asimilados como tanto pensé ni los próximos viajes que habíamos planeado, todo… arrebatado, llevado al olvido y triturado. Los golpes que recibo no atenúan el rencor. Impacto y ruedo en las rocas, adyacentes al abismo. Limpio la sangre que baña mi boca, vuelvo a estar en pie, trastabillo, más eso no impedirá que siga. Por el rabillo del ojo veo a Baldr a horcajadas de Einar, dándole puños feroces sin cesar, pero padre se cubre con destreza.
—No te esfuerces, Hel devorará su alma. No será recibido en el Valhalla por ser una deshonra, por no creer en nosotros.
¿Óláfr no creía? Pero él parecía hacerlo, no, yo hice, de algún modo, que cambiara de ideales. Entonces podré hacer algo al respecto; una llama de esperanza nace en mi corazón tan pequeña, a la espera de hacerse gigante.
Lanza la navaja que se estrella cerca de mis pies. Estupefacta, la recojo. Yo se la di, con ella se defendió y bajo ella murió.
—Fue valiente —exclama.
—Era un niño…
—Uno que desobedeció y mereció lo que hice.
Aprieto el pequeño mango. No. No solo era un niño, era un ser lleno de sorpresas, que quería ser aventurero, que deseaba superarse, que anhelaba ser fuerte, que siempre me hizo recordar mi niñez. Lo traeré de vuelta sin importar qué.