ISLA SAN ANDRÉS, COLOMBIA: SEGUNDA PARTE
FERNANDO, EL MIL CARAS
Decir que llegué a conocer bien a esta persona, es asumir algo que no ocurrió realmente, pero hubo empatía, eso hizo que se comportara bastante decente con nosotros, conmigo especialmente por lo de la música. Es muy controvertido el criterio generalizado que tiene la mayoría de la gente, con respecto a los “coyoteros”. Entiendo que, como en todo orden de la vida, los hay malos, terribles, pero también existen los otros, los buenos. Si existen los coyotes buenos, nosotros tuvimos la suerte de encontrarnos con dos buenas muestras de ello; algunos de los que conocimos se comportaron en forma “aceptable” (si cabe el término) y solo dos intentaron pasarse de listos, en la última fase del viaje, en el episodio entre Brownsville-Houston.
Podríamos considerar, si cabe el término, que Fernando, era de los “normales” y muy en el fondo, lo encontré “de buen corazón” por sus deferencias con nuestro grupo. Era de contextura delgada, trigueño, no muy alto, de cabello rizado (zambo), era muy suelto, locuaz, convencedor, extremadamente vivaracho. Una vez que contactamos con él, en las dos últimas semanas asistía a los conciertos en la playa casi todas las noches, pasaba horas cantando con nosotros.
Si hay algo que puedo aportar en favor de este “coyote” es, que trató de ayudarme honesta y arduamente con el tema del dinero porque sabía que yo no lo tenía; entonces, por su propia iniciativa promovía que la gente que se unía al grupo, se manifestara con apoyo monetario; organizó bien la cosa y se convirtió en algo así como mi representante; debido a su intervención, empezamos a comer un poco mejor, además le convenía que yo empezara a ganar dinero para que le pudiera pagar el costo del pasaje de la lancha por el traslado hacia Nicaragua.
Una de esas noches, en un descanso, Fernando me pidió que lo acompañara y me condujo a un hotel cinco estrellas, donde tenía un amigo en la cocina, que tenía un contacto en la administración y que éste a su vez era amigo de los dueños, para que me permitieran cantar en las noches de presentación de espectáculos. Bueno, esa era la idea, pero cuando fuimos a hablar con su amigo, lo primero que me preguntó fue por el asunto legal de mi estadía y todo se vino abajo, porque en el hotel lo que menos querían era tener problemas con migración, fui totalmente honesto con esta persona, le dije que estaba en la isla como ilegal, le aseguré que entendía su posición, agradecimos por su intento de ayuda y nos retiramos.
En otra ocasión, en las alegres noches de concierto playero, en medio de un descanso, se me acercó un tipo de tez morena, alto, fornido, que algunas veces se había acercado al grupo mientras cantábamos, siempre lo veía entusiasmado y cantando en coro como todos los que nos reuníamos allí; se presentó como cantante, me dijo que trabajaba en la otra isla (La Providencia), cantando en clubes nocturnos de allá; después de esa conversación siempre que podía se acercaba al grupo compartiendo noches enteras de canto, poesía y anécdotas.
Su nombre era Louis, el repertorio que transmitía era del tipo “reggae”, riquísima música caribeña; como dije antes, una de las canciones del compositor cubano Pablo Milanés se hizo presente infinidades de veces, era una de las favoritas de nuestro nuevo amigo Fernando, “Amo esta isla”. Como comprenderán, era casi un himno (el mismo que cantábamos siempre), todas las noches había alguien que la pedía, así que era muy popular (la canción) y por inercia empezamos a ser populares nosotros también.
Fernando llegó a considerarme como su amigo, empezó a hacerme algún tipo de confidencias acerca de lo que hacía, así fue como me enteré de su “modus vivendi y operandi”. Nunca supe qué nacionalidad tenía realmente, no quise averiguar más de lo que el mismo me decía, era de verdad muy inteligente; tenía una compañera sentimental muy simpática, dos casas de “embarque” y una de seguridad (la que conocí) en el barrio San Luis, al otro lado de la isla, antes de llegar a la gruta donde supuestamente los piratas habían escondido sus tesoros, la Cueva del Pirata Morgan; una de esas casas de seguridad, fue escenario de la famosa redada en la que intervino la policía en el penúltimo día de nuestra estadía en la isla.
En una de sus confidencias, Fernando me contó que estaba esperando un “embarque” para el fin de mes (lo cual coincidía con esa semana) y que posiblemente era esa nuestra oportunidad para salir de la isla; un coyotero peruano con el que hacía este tipo de “negocio” venía con seis parejas de ilegales a quienes denominaban “pollos”. Conversó conmigo acerca de la posibilidad de que me ayudaba a pasar a Nicaragua gratis (si dependía de él). Y si no, pues, me dijo que con $ 50,00 (dólares americanos) para el lanchero bastaban. Su idea era embarcarnos junto con los peruanos que viajaban con el coyote; luego, en tierra nicaragüense, nosotros veríamos cómo hacer para continuar el viaje, por cuenta propia.
También me sugirió, como una alternativa, que aprendiera la ruta desde allí, hasta los Estados Unidos, para que él pudiera hacer sus propios “embarques”, que se los recibiera y que avanzara hasta donde pudiera contactar con alguien de la red. He allí la primera declaratoria de un coyote, me quería transformar en uno de ellos (capté similitud con el caso de los vampiros). Pero le agradecí por su confianza y dije que no, que mi destino, en ese momento era continuar con los muchachos hasta donde llegáramos; sin embargo, con lo que este servidor no contaba era, que mis amigos ecuatorianos, habían diseñado su propia estrategia de viaje...y yo ya no contaba en ella.
Hubo una cosa muy interesante que pude darme cuenta; cuando Fernando relataba el viaje desde San Andrés hasta Nicaragua, lo contaba en una forma tan vívida, que se tornaba maravilloso, casi un sueño convertido en realidad, porque nos hablaba de los delfines que se veían nadar alrededor de la lancha y de la espuma del mar que se levantaba cuando la lancha rompía las olas, lo relataba tan bien que sonaba real.
Todo esto, lo supimos después; formaba parte de la tremenda imaginación que tenía, porque nunca había hecho ese viaje como pasajero y menos, manejando botes. Pero, aunque les parezca mentira, algo como eso fue lo que ocurrió. Los relatos que los marineros y los lancheros le contaban a Fernando, le servían de “alimento cognoscitivo”, de tal forma que se lo grababa todo para usarlo cuando le interesaba convencer a sus “pollos” de que era un gran aventurero y conocedor de mundo, como si todo eso hubiera sido vivido personalmente. Definitivamente, Fernando era un caso especial.
En el centro de la población en San Andrés, existía una residencial con nombre de mar de la madre España donde tuvimos que acudir dos veces durante el tiempo que estuvimos allí. La primera, para refugiarnos después de una redada en la “embajada peruana” de Doña María; y, la segunda, para buscar a Fernando quien buscaba a su vez, al coyote peruano, porque quería hablar sobre el “embarque” que estaba previsto para esa semana y asegurar el itinerario de la partida en la playa San Luis.
LA “EXPULSIÓN DEL PARAÍSO”
Ya estaban terminando las tres semanas de apoyo en el sótano de la iglesia, entrábamos a la cuarta y empezamos a sentir más fuerte la resistencia que se gestaba en quienes nos habían acogido fervorosamente en primera instancia. Aunque no bebíamos, ni hacíamos ninguna cosa mala en el lugar que nos acogía, era muy cierto que habíamos transgredido ya, desafortunadamente, los límites de la paciencia de algunos de los miembros de la iglesia que rechazaban el involucramiento del edificio para proteger ilegales.
Ellos tenían razón, no podían tenernos por más tiempo, sin llegar a ocasionarse a sí mismos serios problemas con la policía de migración, por nuestra culpa; debido a eso, lo que tenía que pasar...pasó. El pastor bajó al sótano, habló con nosotros y pidió, en nombre de la congregación que abandonáramos el edificio, se lo notaba acongojado porque trataba de ayudarnos, pero nos habíamos extralimitado en el tiempo, aunque él sabía que no había sido fácil encontrar la salida hacia el continente tal como estaba planteado. No sirvieron ruegos, ni ninguna otra estrategia, tampoco el recuerdo de los días felices cuando lo de la colaboración en el seminario, ni los paseos con los miembros de la iglesia con la guitarra en mano para cantar coritos, nada, ya estaba decidido…íbamos afuera, con todo y equipaje.
Claro está que nuestra salida fue en la mañana siguiente. Cada semana pensábamos que sería la última, de hecho, sabíamos que abusábamos de esa confianza que el pastor nos brindara desde el principio, pero no estaba segura la planificación del paso a Nicaragua todavía. En todo caso, estábamos preparados para cuando llegara este momento. Teníamos bien claro que doña María iba a ser también nuestra madrina. Y lo fue... ¡Iríamos a la “embajada peruana”!
La mañana siguiente nos dirigimos hacia allá, la encontramos felizmente alegre; nos vio, nos reconoció, sabía quiénes éramos le pedimos posada, Max y Walter desembolsaron el dinero para solventar los gastos de la residencial calculando por una semana y nos llevó a un discreto cuarto, donde efectivamente tuvimos que permanecer casi siete días más. Seguiríamos comiendo afuera, fréjoles naturalmente, el menú no había variado, pero se agregó un elemento a la dieta: Doña María nos brindaba en la mañana, a manera de desayuno una taza de agua con panela, así salíamos a la playa.
La “embajada” era una casa de dos pisos, de construcción mixta, de color verde “viejuzco” como tirando a blanco; su piso estaba hecho de madera, tablones viejos que crujían con cada pisada, pero era, al fin y al cabo, nuestro nuevo refugio. Se accedía al piso superior, por una escalera externa que daba directamente a un corredor pequeño paralelo a la acera, y de ahí a la calle era apenas un paso.
De muy fácil acceso desde afuera, no presentaba ninguna clase de seguridad, por eso fuimos sorprendidos en la redada del quinto día antes de la partida; al subir por la escalera hasta el segundo piso, se llegaba a un balcón corredor que tenía vista hacia la calle principal, como en todo la planta superior, el piso aquí también era de madera; habían tres asientos tipo perezosa, donde cualquiera podía arrellanarse a descansar y observar la gente pasar.
En ese mismo balcón, una de las tardes de esa última semana, estábamos conversando los tres ecuatorianos y los dos peruanos que nos acompañaban hasta allí. Estos dos ya tenían desarrollado su plan, el cual era pasar a Panamá, para eso ya se habían conectado con sus familiares desde el teléfono de la “embajada”, porque Doña María daba también esa facilidad, alquilándolo claro está (lo que no sabíamos era que ese teléfono estaba intervenido por la policía de migración). Así pues, los dos peruanitos que vinieron con nosotros desde Turbo, se habían definido ya, faltábamos nosotros, y era sobre ese tema que estábamos platicando.
De pronto, se nos acercaron dos peruanos más, los cuales pertenecían al “personal estable” de la “embajada” (los habíamos visto bastante tiempo por allí) y se me hacía muy raro que no se hubieran marchado de la isla; ellos aducían falta de dinero, pero nunca los vi haciendo nada por obtenerlo. Esa tarde la conversación fue más o menos llevada en esta forma:
_ ¿Cómo han pensado salir de aquí?_ preguntó Juan (uno de ellos). La pregunta fue dirigida hacia el grupo, así que cualquiera de nosotros tenía la palabra.
_Ya me comuniqué con uno de mis hermanos en Newark (ciudad del estado de New Jersey, USA) _ dijo ingenuamente Max, adelantándose, porque pensábamos que no teníamos nada qué temer (después les dimos la razón a nuestros paisanos, aquellos que no quisieron cruzar palabra con nosotros cuando los encontramos aquella tarde en el malecón de la isla) _ estará esperando que lo llame cuando hayamos cruzado a Nicaragua _ agregó Max, completando una parte de información que no se la habían pedido.
_ ¡Yo también ya hablé con mi hermano en Nueva York, y me va a enviar un “money order” por $500 dólares, con eso creo que ya podré salir de aquí!_ habló triunfalmente Walter (¡y nótese que lo dijo singularmente!). En ese momento me di cuenta que Walter iba a pagar los 250 dólares que le correspondían a Max y por lo tanto yo quedaba fuera del juego. No los culpo ahora, no los culpé entonces, a pesar de que ya había hecho méritos suficientes por la estadía de 30 días que había conseguido y, porque cada vez que teníamos que conseguir o hablar con alguien yo tenía que dar la cara. En todo caso, ya se habían entendido, yo no tenía que ver en el asunto; por otro lado, no podía exigir nada, solo tenía que esperar lo que Dios me tenía reservado para cada paso que daba.
- Y tú, Augusto ¿Cómo vas a salir de aquí?- la pregunta me la hizo Marcos, tomándome de sorpresa, porque hasta ese momento, había estado pensando en lo que dijo Walter, analizando cada una de sus palabras, comprendiendo en su real dimensión lo expresado _ “me estaba quedando en la isla”_ eso era lo que me tuvo distraído hasta que el peruano me llamó la atención.
_ Bueno, como no tengo ni siquiera un dólar partido por la mitad, esperaré al primer tiburón que pase, y me agarraré de sus aletas para que me lleve a Nicaragua _ fue mi respuesta, resultando en un chiste no elaborado ni pensado, se rieron todos y fue celebrado por mí mismo, años después (no en ese momento) cuando comprendí en toda su dimensión, que esa respuesta me libró de los peligros a los que se vieron expuestos mis dos compañeros de viaje Max y Walter, porque era en ese instante, a través de su particular encuesta, que este par de traidores, informantes de la policía nos estaban midiendo; querían saberlo todo y les estábamos proporcionando toda la información ingenuamente. Así pues, este par de Judas modernos ya sabían a quienes tenían que entregar.
Como ya dije, mis dos amigos tenían preparado su plan; incluso, como no sabíamos todavía lo de la traición, tuvieron varias conversaciones con Juan y Marcos, respecto a lo del paso en lancha hacia Nicaragua, ellos les habían dado el nombre de uno de sus contactos para hacerlo, y no era Fernando. No quiero ni imaginar qué hubiera pasado si mis compañeros de viaje hubieran accedido a hacerlo del modo en que los traidores lo propusieron. Fernando también figuraba como una de sus opciones, pero lo tenían en último lugar. Para mí, esa era la única opción que teníamos. Si Walter y Max, utilizaban los servicios de Fernando, nos toparíamos en la lancha de cualquier manera. Mientras planificaban su salida, seguíamos pasando los últimos días en la casa de Doña María. Salíamos a comer en los quioscos de la calle de subida a nuestro nuevo refugio, era la misma calle del templo, porque la “embajada” quedaba al frente. Para variar, en nuestros almuerzos comíamos arroz con fréjoles, en platos individuales, pero un pedazo de carne lo repartíamos en tres partes. Solidaridad activa.
Walter volvió a hablar, desde la casa de Doña María (la “embajada”) con su hermano en Newark, y le pidió que enviara el giro de dinero por los $500 dólares que le había prometido; su hermano le respondió que se lo enviaba en dos días. El plan de salida de la isla ya estaba en marcha. Los muchachos se habían decidido salir con Fernando, quien estaba esperando la llegada del “cargamento” de “pollos” peruanos que venían con su propio “coyotero”. En cambio yo, no tenía planificado nada en relación a la salida porque solo esperaba cualquier cosa. En realidad, mi plan era sumarme a cualquier plan.
LA “NOCHE NEGRA”
Quien no haya tenido una o muchas noches negras que levante su mano. A nosotros se nos venía la primera de las muchas noches negras que tuvimos que soportar durante el viaje, pero creo que ésta fue la peor, porque involucraba la traición de los Judas peruanos, los espías de la oficina de migración. Después de que Walter hablara con su hermano, las cosas empezaron a desencadenarse violenta y rápidamente. Su hermano le había enviado el dinero prometido y Walter había salido de la embajada temprano, para ir a retirarlos de la oficina de cambios.
Estábamos esa noche, sentados, conversando tranquilamente con Max en el balcón de la casa de Doña María, hablando sobre los planes de salida. Max ya sabía que Fernando me había pedido solo cincuenta dólares por el pasaje de la lancha y que trataría de embarcarme con ellos en ese mismo viaje; también sabía que el dinero lo había conseguido del suizo y por supuesto de lo que habíamos podido obtener de mi trabajo como artista playero; sin embargo, con lo del suizo ya estaba asegurado mi pasaje con Fernando; faltaba que el convenciera a los nicaragüenses.
Walter fue solo al centro, se estaba haciendo tarde; se había demorado un poco, pero en ningún momento pasó por nuestras mentes que le podía suceder algo malo. Estaba ya bastante oscuro; de pronto, escuchamos gritos en la calle, sonidos de pasos apresurados, casi de carrera.
Desde donde estábamos no veíamos nada todavía, porque nuestras sillas estaban lejos de la esquina. Los pasos ya se escuchaban en la escalera, cuando empezábamos a movernos hacia la esquina del balcón para poder ver mejor. Chocamos con Walter, quien venía asustado, nos gritó que lo perseguían, que no sabía quiénes eran, sólo que dos hombres lo habían interceptado en la calle, de regreso a la residencial y que le habían mencionado los quinientos dólares.
Allí supo que estaba realmente en problemas; estos tipos le habían mostrado pistolas, pero la parte donde lo habían detenido quedaba muy a la vista, demasiado iluminada, además de que no era muy tarde y mucha gente deambulaba por la calle todavía. Según dijo Walter, los convenció de que no tenía el dinero consigo y que tenía que avanzar hasta la residencial, lo cual funcionó. Empezaron a caminar en esta dirección.
En el trayecto (y no supo cómo) cerca de la casa, se les adelantó y empezó a correr. Subió de dos en dos los peldaños de la escalera. Fue entonces cuando Max y yo, nos interpusimos entre Walter y los dos hombres que lo seguían. Max era imponente, alto y grueso, infundía respeto. Yo, no era poca cosa tampoco (tenía lo mío); así que entre los dos, bloqueamos el paso. Los tipos se frenaron, además estaban en la parte baja de la escalera, en desventaja visual. Max sólo, les tapaba el ancho del descanso, ellos estaban a dos o tres peldaños abajo. Como quiera que sea, se detuvieron y empezaron a bajar. Al retirarse iban profiriendo gritos de que conocían a Walter y que sabían dónde encontrarlo.
El caso del dinero de Walter es materia de un pequeño análisis: ¿cómo supieron los policías que él y sólo él había recibido dinero? Hay tres respuestas posibles: primera, Juan y Marcos eran los informantes (aparte de nosotros, sólo ellos lo sabían); segunda, migración tiene intervenido o controla las oficinas de intercambio de dinero; y, tercera posibilidad, tenían intervenido el teléfono de la “embajada”. No sabemos cuál de ellas fue realmente, pero me inclino, personalmente, por la primera de ellas.
Si se está preguntando por qué no dispararon a Walter cuando huyó, me atrevería a decir que fue por tres causas: en la primera de ellas pienso que fue convincente con lo de que no tenía el dinero encima; segundo, todavía era temprano, había mucha gente; y, tercero (la más importante, según supimos después) no era una operación policial legal, ninguna autoridad sabía de la misma. Esto último fue confirmado luego por una amiga nuestra, quien trabajaba como dama de compañía y vivía también en la “embajada”.
Cuando pasó el primer susto, se prestó a hablar con un alto jefe de la policía, con quien sostenía “relaciones de amistad”, para saber qué pasaba y para abogar por nosotros. Quizá podría haber una cuarta si pensamos que la policía no está autorizada a disparar si no es agredida primero; pero todos sabemos que en nuestros países, tal reglamentación sólo queda a criterio del policía que está a cargo de la situación...y de su necesidad.
En fin, estábamos en el momento del análisis, habían pasado veinte o treinta minutos del altercado con los “policías”, ya todos se habían retirado a sus dormitorios, Max, Walter y yo, fuimos al nuestro a seguir conversando. Walter había pasado el susto, pero no se reponía completamente, se sabía amenazado, lo mismo que Max; fue entonces, cuando me pidió que le guardara el dinero, me lo entregó y lo guardé en el calcetín derecho.
Estábamos en eso, cuando escuchamos ruidos en la escalera nuevamente, pero eran más estridentes, se sentía mucha más gente. En apenas dos o tres minutos, nos vimos completamente rodeados, eran policías, no puedo asegurar el número, pero deben haber sido más de diez porque era una redada y se movilizaban en las patrullas que se escuchaba abajo, en la calle. Algunos portaban metralletas, otros, pistolas. Estaban exigiendo documentos a todos los habitantes de la residencial. No los teníamos y nos embarcaron, llevamos nuestras mochilas con nosotros y fuimos a dar a las oficinas de migración. Sólo estábamos los tres en la misma celda., no me percaté si habían llevado más “personal” de la “embajada” o, si éramos sólo nosotros los del premio mayor. No fuimos maltratados, tampoco interrogados, solo pasamos la noche allí. Lo que había sucedido era que, al llamar nuestra amiga, a su amigo, el jefe de policía, debe haberle parecido más prudente (al policía) encerrarnos (entiendo que es porque él sabía que Walter corría peligro de muerte). Gracias a Dios ésta sí había sido la verdadera policía.
Pero seguíamos con temores, no sabíamos que la chica había hecho la conexión, lo único cierto era que estábamos presos. Esperando que nos vengan a interrogar y que nos separen, especialmente de Walter, quien estaba amenazado. Largas y eternas se hacen las horas y las noches cuando uno es privado de su libertad. Se aprende a amar la luz natural, el cielo, las estrellas, el sol, el viento corriendo por el rostro y cualquier cosa que al común de la gente se le hace sencilla. Todo se transforma, y se aprende con lágrimas el verdadero concepto de la palabra. ¡No puede hablar de libertad quien no haya sido privado de ella y punto!
Amaneció. Fuimos llevados ante la presencia del jefe de policía. Nos interrogó acerca de lo que había sucedido y sobre el asunto de nuestra estadía en la isla. Walter expuso el problema del ataque, le hicieron ver unos archivos de policías que pertenecían al precinto, donde reconoció a sus dos atacantes, señalándolos. No supimos qué pasó con ellos después, si fueron disciplinados, llamados la atención, expulsados, o lo que sea. Lo que nos interesaba era salir de allí lo más rápido que pudiéramos. Cuando llegó al tema de la estadía, me correspondió tomar la palabra, porque ya habíamos resuelto eso con los muchachos, ellos sabían lo que tenían que decir.
En mi ciudad, me habían enviado un oficio en el que se me adjudicaba la construcción de una escuela, y yo lo llevaba, por usarlo en un momento como éste (no pensé que lo iba a necesitar tan rápido) pero, como se darán cuenta, estuvo la mano de Dios en esto. Mi excusa fue, que era un contratista de la construcción, que había viajado hasta Medellín para cotizar precios de materiales, que viajaba con dos ayudantes, que habíamos escuchado de las islas y queríamos conocerlas aprovechando el viaje de negocios.
De que la historia fue convincente no me cabe la menor duda, porque sólo nos pidió que le enseñáramos lo más pronto posible los boletos de regreso y nos soltó (a Max y a mi). Le prometimos que solucionaríamos eso, apenas nos envíen dinero por medio de un giro, porque se nos había agotado el que llevamos. Asintió, pero mantuvo a Walter unas horas más, por lo del reconocimiento a los policías. Estuvimos fuera, en la calle, esperándolo, no fuimos a ningún lado hasta que lo soltaran. La moraleja de esta parte de la historia es que a veces una mentirita blanca juega un papel importante. El único problema es que tuvimos que hacer muchas mentiritas blancas a lo largo del viaje, pero casi todas funcionaron en buena manera y fueron usadas para hacer solo algo bueno (como permitir nuestra supervivencia). Cuando salió Walter, decidimos ir a un hotel (ni locos que estuviéramos para regresar a la “embajada”), nos inscribimos y nos dirigimos al cuarto asignado, allí íbamos a permanecer durante tres días; ya seguros allí, devolví a Walter el dinero que había tenido todo el tiempo escondido en una de mis medias.
En esos tres últimos días en la isla iban a suceder algunas cosas más que no estaban dentro de nuestra mente. Al día siguiente de nuestra libertad condicional, salimos a buscar a Fernando, para finiquitar el asunto; lo encontramos en una de sus casas, estaba con su mujer, le contamos lo que nos había sucedido, que ahora nos hospedábamos en el hotel al cual nos aconsejó que fuéramos y dijo que él ya estaba al tanto. Le preguntamos que si era seguro lo del “cargamento” que llegaba, nos respondió que en eso estaba, que sabía que arribaban en dos días, que debíamos estar alertas, porque eso se solucionaba el mismo día en que ellos llegaran. Nos preguntó que cómo estábamos de ánimo, si queríamos ir a la playa...y fuimos. Esas dos últimas noches, previas a la de la partida fueron extraordinarias.
Estábamos emocionados por la idea de la salida. Sabíamos ya, con toda seguridad de que íbamos a dejar la isla, que regresábamos a tierra firme. Si se preguntan por el motivo de tanta excitación, primero deben recordar que ya estábamos poco más de un mes, en contra de nuestra voluntad en la isla. Y, segundo, que cuando uno está en tierra firme, tiene más oportunidades de moverse por donde quiera, de arriesgar más, de tener alternativas, lo cual era imposible allí donde estábamos.
La penúltima noche, Fernando volvió a proponerme lo del asunto “coyoterismo”; quería que me quede en Nicaragua, que aprenda las rutas de paso por cada frontera hasta llegar a USA, para poder hacer negocio conmigo, pero le volví a decir que no era ese mi objetivo. Lo entendió así y me dejó en paz, no volvió a mencionar el asunto. Fernando llegó a congeniar bien conmigo, nos llevábamos como viejos amigos, claro que era de suponer que el asunto musical es un buen elemento para atraer amigos en cualquier parte (de hecho, eso fue lo que me ayudó a avanzar). Llegó el coyote peruano. Contactó a Fernando, esto significaba que la cosa era muy seria. Cualquier duda que había existido hasta entonces, quedaba borrada. Nosotros no estuvimos nunca en los asuntos de negocios, pero Fernando nos comunicaba el marco general, sin detalles, por supuesto. El guía peruano llevó sus “pollos” a la misma residencial donde estábamos nosotros, mientras Fernando hacía el contacto de la lancha. Vimos a los “pollos” varias veces, nos rozábamos con ellos, pero tampoco hablaban con nadie que no fuera su propio grupo (la famosa estrategia).