USA: CUARTA PARTE
ALTAGRACIA
La frugal cena en la pizzería, confirmó la sospecha de que Altagracia estaba realizando una especie de investigación sobre mi estadía en el país; hasta el momento, ya sabía que mi estado era de ilegal, que no tenía pareja en NY; pero yo sabía que no era por delación, ella lo hacía porque quería algo más de fondo, tenía un plan conmigo, pero no se atrevía a decirme nada todavía. Luego de cenar, pagué la cuenta, nos despedimos del dueño del local y salimos a la calle.
Empezaba a caer la noche, caminamos en dirección a la parada del metro, pero ella me dijo que quería conocer donde vivía; eso me desequilibró, le comenté que no había hablado con el dueño de la casa respecto al tema de llevar amigos o amigas al cuarto que alquilaba, que tenía que consultarlo primero para poder tomar esa decisión; lo entendió, y nos dirigimos a la estación del metro, para que tomara el tren que la conduciría de vuelta a su casa. La despedida esta ocasión fue más amigable, manteniendo la promesa de reencontrarnos.
Así pasaron los días, en uno de ellos le pregunté a Juan, el dueño de la casa si le causaría inconveniente el que invitara algún amigo o amiga a la casa, me dijo que no, que no tendría problema con eso, siempre y cuando no se hiciera escándalos como beber licor o escuchar música en alto volumen, le prometí que jamás sucedería algo como eso, porque yo no bebía y para escuchar música lo hacía con audífonos; aclarado ese tema ya sabía qué responder la próxima vez que Altagracia me lo preguntara.
No tardamos mucho tiempo en ponernos en contacto, volvió a llamarme, iba a ser la tercera vez que conversaríamos, volvimos a encontrarnos en el terminal de Crescent Street, nuevamente fuimos a la pizzería porque me quedaba cerca de la casa y no quería pasar mucho tiempo fuera. Pedimos nuestras órdenes, conversamos sobre las actividades del día, hasta aquí me conversaba que no trabajaba, que recibía asistencia del gobierno mediante un programa estatal de beneficios llamado “welfare”, me conversó también que tenía tres hijos y los estaba cuidando ella; mientras me decía esto, yo iba cuadrándolo en mi mente; es decir, estaba buscando encajar la información en sus respectivos casilleros aunque ya estaba sospechando por dónde estaba viniendo la cosa.
Antes de salir, me preguntó si podíamos seguir conversando, que tenía una propuesta que me podía interesar; quería conocer dónde vivía, le dije que si podíamos ir, porque ya había conversado con el landlord y me lo permitía; por lo tanto, caminamos hasta la casa, no estaba muy lejos de la pizzería, ella continuaba hablando sobre el tiempo que tenía viviendo en NY, su condición de residente, los trabajos que tuvo, y la vida de casada, ahora divorciada.
Llegados a la casa, descendimos los pocos escalones que nos conducían a la puerta del sótano, abrí la puerta, Juan nos vio llegar, estaba cocinando como siempre a esa hora, la presenté como amiga que era, nos sentamos en una pequeña salita que había cerca de la entrada, fui a dejar mis cosas al cuarto, de regreso Juan me preguntó si necesitaba algo, le dije que no, pero que probablemente en breve entraríamos a mi cuarto para conversar con más privacidad y me dijo que no había problema. Le pregunté a Altagracia si se sentiría cómoda yendo al cuarto conmigo o quedándose en la salita, ella decidió ir al cuarto, se puso de pie, y avanzamos por el corredor hasta el fondo que era donde estaba localizada la pieza.
No tenía ninguna silla, solo estaba la cama, le dije que se sentara allí y me senté en el piso usando como espaldar una cómoda pequeña que se ubicaba en el lado izquierdo de la pared de entrada del cuarto, el piso tenía alfombra, no iba a estar incómodo; cuando me vio sentado, preparado para escucharla fue directamente al grano:
_Augusto, he venido conversando contigo todo este tiempo, analizando con cuidado todo lo que conversamos, me doy cuenta que eres una persona de trabajo, que no bebes, que tienes un buen nivel de educación, y a mí me parecen cualidades importantes de un hombre que una mujer busca en una relación; voy a ser clara contigo, quiero proponerte que me ayudes a sostener a mis tres hijos, tú puedes seguir ayudando a los tuyos en tu país, te vienes a vivir a mi departamento conmigo y a cambio te doy la residencia. ¿Qué te parece?_
No era lo que había pensado, lo que había sospechado quedó en un nivel bastante bajo, su propuesta me sonaba más como un negocio, aunque yo sabía que alguna conexión de empatía tendría que haber para poder tratar el tema tan abiertamente; le pregunté si le simpatizaba por lo menos y me contestó que sí, de otro modo ni siquiera hubiera continuado conversando conmigo hasta llegar a ofrecer semejante plan. Yo no tenía en mi cabeza que eso iba a ocurrir, por lo tanto le dije que eso tendría que pensarlo, consultarlo, porque equivaldría a empezar a hacer una vida totalmente distinta a la que venía haciendo, rompería con mi familia, y comenzar desde cero, aunque con esa ventaja de la propuesta.
_Si estás preocupado porque piensas que no he pensado en una relación de tipo sentimental y te he propuesto esto solo como un asunto comercial, permíteme quedarme esta noche contigo y te tranquilizaré en ese sentido _ lo dijo en un tono tan suave, tan fino que le contesté que sí, pero que tendría que salir en la mañana conmigo cuando saliera para el trabajo; contestó que estaba de acuerdo, encendí el televisor para que se entretuviera con cualquier programa que quisiera ver, mientras tanto iría a ducharme.
Mientras me duchaba, pensaba en lo que estaba ocurriendo, ya sabía con certeza cuál era el plan de Altagracia, no era descabellada, pero si la aceptaba, nunca más volvería a ver a mi familia, no en la forma en cómo me lo propuse desde el día que tomé la decisión de hacer el viaje. Era una batalla dura la de ese momento, porque en mi cuarto estaba esperando una hermosa mujer que llenaría un espacio que tenía ese momento como ser humano, pero era un espacio solamente físico, porque no había nacido de una relación afectiva de largo tiempo; de parte de ella era casi como una estrategia de supervivencia, un negocio; de mi parte podía considerarse como una necesidad física nada más y era una pena.
Regresaba al cuarto lleno de dudas todavía, me rondaba en la cabeza el asunto de la residencia, pensaba en qué forma me ayudaría con mi familia, cuánto tiempo me tomaría en rehacerla, Juan me vio pensativo, me preguntó si quería servirme un plato de arroz con gandules que le estaba quedando, se lo agradecí pero le dije que no, que muchas gracias por su buena voluntad, que la muchacha me estaba esperando…y me encaminé al cuarto.
Lo que sucedió esa noche, parecería parte de un cuento fantasioso, solo puedo relatar que cuando llegué al cuarto Altagracia se puso de pie, llegó hasta donde estaba y me dijo: _Augusto, permíteme demostrarte que si aceptas la propuesta que te ofrecí, ahora te voy a demostrar que no te voy a decepcionar como mujer, te lo aseguro _ esto fue dicho de un modo tan natural y tan inocente que me dejó alelado, jamás me había envuelto en un caso así. Resumiendo, la mañana siguiente me pidió que le diera mi opinión sobre lo que había pasado o sentido con toda la sapiencia que ella demostró en el encuentro “casual” que tuvimos.
Le contesté que fue una magnifica sorpresa, que me había sentido bien; pero en realidad había quedado en shock; le pedí un tiempo de adaptación, pero como me demoraba en darle la respuesta que ella buscaba, dejó de llamar y podría decir que quedé bastante aliviado de esa presión que nunca pude entender bien.
¡EL TREN NÚMERO 6!
Cada día, de lunes a viernes salía para el trabajo hasta que regresaba en la tarde, normalmente viajaba en el subway, principalmente en este primer período de asentamiento en la ciudad, en el trabajo; mientras viví en el condado de Queens; no pensaba todavía en que tenía que mudar de barrio. Las películas que nos llegaban a los cines o televisores en nuestros países, nos mostraban situaciones que a veces nos parecían irreales, difíciles de creer, porque eran duras: asaltos, peleas, acoso, racismo, y los demás etcéteras que nos ofrece esta “irrealidad”.
Una de esas tardes de lluvia, lo recuerdo bien porque tenía un paraguas en mano, viajaba sentado en unos de los carros del tren, a pocos asientos de distancia vi a un latino-mejicano que iba con dos mujeres; solo estábamos los tres, el resto del vagón estaba vacío; poco antes de llegar a la parada, entraron 5 latinos, haciendo ruido bruscamente, todos con apariencia ruda, el que hacía de jefe se colocó en la puerta que quedaba a pocos pasos de donde me encontraba, no tenía ningún arma en las manos; dos bloquearon la puerta de salida, uno se dirigió a la otra puerta que comunica con el vagón siguiente y uno quedó libre, obviamente para hacer su “trabajo” de asaltante.
Miré fijamente al “jefe” mientras empuñaba mi paraguas en la mano derecha, mientras que metía la mano izquierda en el bolsillo de la chaqueta como si tuviese un arma lista; el tipo me miró, pero pasó por mi delante, ignorándome y caminando hacia el trío se paró delante de ellos, le ordenó al hombre que se pusiera de pie; como ya llegábamos a la parada, lo llevó hasta la puerta, le hizo alzar los brazos y lo esculcó para quitarle sus cosas, las dos mujeres fueron registradas también por los otros maleantes; esta operación duró poco tiempo, menos de 5 minutos. Me bajé del tren, y vivo para contar la experiencia.
CRESCENT STREET!
Cuando tuve que mudarme donde al condado de Brooklyn, como he relatado antes, tuve dos formas de trasladarme, una era por el tren, y otra, según estuvieran de genio mis compañeros dominicanos que vivían justamente en el mismo vecindario que yo en la parada Crescent Street. Juan, mi landlord se comportó siempre espectacularmente, nunca podría quejarme de su comportamiento, tengo buenos recuerdos de su actuación como dueño de casa y como amigo. Ya llevaba bastante tiempo como inquilino suyo que llegamos a ser buenos amigos; todas las semanas el recibía su dinero del pago del alquiler del cuarto, no bebía, no le hacía ruidos en la casa, no llevaba mujeres, es decir, el hombre no podía tener queja alguna de mi comportamiento tampoco.
Juan cocinaba para sí mismo, el tipo era divorciado, me decía que su familia vivía en otro estado, en el medio oeste y que algún día se mudaría hacia allá. Cuando veía que yo llegaba cansado, me preguntaba si quería comer algo de lo que había preparado, comida que le sobraba, pero como generalmente era carne de cerdo, no aceptaba; sólo cuando hacía arroz con gandules rompía mi límite.
Juan me ayudó con un álgido problema que se suscitó una ocasión con el otro inquilino que vivía en el sótano con nosotros, era también portorriqueño; este personaje había ganado un juicio legal a la ciudad por un accidente en una propiedad del estado, pero tenía un asunto grave con el alcohol y no sé si con otras drogas también. Una noche, llegué un poco tarde del trabajo, eran casi las 21H00, abrí la puerta de entrada al sótano, Juan se había encerrado en su cuarto, yo iba a empezar a caminar el corredor; pero al pasar por la puerta del cuarto del centro que es donde dormía el susodicho sujeto, la puerta estaba abierta, el tipo había sentido que yo estaba entrando y se paró desnudo allí, mirándome me dijo: _ ¿Algún problema? _ le contesté _ ¡No, conmigo ninguno, pero si lo vas a tener con Juan mañana! _
Al siguiente día se lo comuniqué al landlord y lo recriminó por su actitud; le advirtió que si volvía a pasar, le pediría que se vaya de la casa. Había algo que Juan, el landlord estaba protegiendo una información suya que quería compartir conmigo; ya habíamos sostenido varias conversaciones serias con él, respecto a lo del tema de querer mudarse donde su familia, y me había propuesto venderme su casa, porque sabía que yo era responsable, que tenía trabajo seguro y que más tarde o más temprano yo arreglaría mi estancia legal en el país; por lo tanto, me consideraba como una persona que no le significaba riesgos si tuviese que hacer cualquier tipo de negocio conmigo.
Si hubiese un tipo de ambiciones materiales, eso me daba a pensar que si sumaba la propuesta de Juan, con lo de la venta de la casa, a la propuesta de la dominicana, en cuanto a intercambiar mi responsabilidad don ella y con sus hijos a cambio de la tarjeta de residencia, era bastante atractivo el tema; y, por lo tanto, para mi familia era peligroso, porque estoy completamente seguro que si hubiese aceptado ambas cosas no hubiese pensado en regresar a mi casa, a mi familia, a mi país, tirando a la basura toda la poca conciencia que había recuperado y nunca hubiera recuperado mi orgullo de varón responsable con su propia familia, a la que había abandonado con la esperanza en la promesa de una vida mejor no material sino también espiritual.
LAY AWAY!
Cuando alguien se encuentra radicado en un país extraño, especialmente si es del llamado “primer mundo”, o también cuando alcanza estabilidad en el trabajo aunque sea ilegal, o en el tema de la residencia, que es la que proporciona beneficios sociales, la apariencia de “vivir bien” a costa de grandes sacrificios, como ahorrar en comida, en gastos superfluos, le permite al individuo comprar productos especialmente electrónicos, para enviar a su casa en el país de origen, contentando de ese modo a sus familias.
En ese sentido, los locales comerciales medianos o pequeños (los de barrio específicamente), donde ya a uno lo iban conociendo por el trato y el saludo diario; esto sucedía con los comerciantes coreanos o indios que eran los más comunes en el lugar donde vivía; allí los dueños de los locales le abrían una línea de ahorro; es decir que se escogía el objeto que deseaba comprar, pagaba un abono inicial y el saldo restante lo iba pagando como el cliente pudiera; cuando se saldaba el último pago, la mercancía pasaba a poder del comprador; esto se llamaba “Lay Away”, el cual era un sistema de pago como depósito y asegurar un artículo para su posterior compra.
La persona salía contenta del local comercial con su aparato, a revisarlo en casa para tenerlo listo y en el fin de semana hacer la visita a las oficinas de envío, donde también pagaba un costo por el servicio que ésta hacía por llevarlo hasta sus oficinas de entrega en el país del destino que se indicara. La alegría que se producía en ambas direcciones era inenarrable; el que envía y el que recibe goza por el regalo que significaba el esfuerzo realizado en el trabajo, porque la remuneración le permitía realizar esa acción; pero, el que lo disfruta más es aquel que hizo el extraordinario viaje que le hubiese costado su propia vida.
ROOSEVELT AVENUE!
La avenida Roosevelt en el condado de Queens, es una belleza, porque existe una diversidad cultural increíble, donde está claro que la frase “Todos los caminos conducen a Roma” acá se trastoca, se convierte en “Todos los latinos emigran a Roosevelt Ave.”
Este grande y hermoso país, fue formado así, por los peregrinos que venían huyendo de la persecución a la que se vieron sometidos en Europa, acusados del “delito” de herejía, cuando empezaron a hacer uso de la libertad para leer el libro sagrado de los cristianos y establecer las primeras corrientes del protestantismo que perduran hasta nuestros días.
Muchas veces cuando me dirigía a enviar giros tenía que caminar por allí, sentía como si estuviera caminando por una calle de cualquier país latino con una mezcla de todos los países del sur del continente: colombianos, ecuatorianos, peruanos, bolivianos; además mucha gente del hermoso Caribe como los dominicanos, portorriqueños, todos poniendo la cuota de sus propias culturas: personalidades, características, vestuario, manera de hablar, gastronomía, el Arte musical, la pintura, la Literatura que convergían y convergen aún en un arcoíris gigantesco que no termina de crecer en ese inmenso país, formado también desde un principio por inmigrantes.
En el verano, cuando las personas recorren caminando por las veredas de las calles paralelas o aledañas a la Avenida Roosevelt, los visitantes se pueden dar cuenta de la enorme influencia de los latinos, porque es como si no nos hubiéramos movido de nuestros pueblos, en los noventas no había mucha restricción en cuanto al ruido que se hiciera al escuchar música en alto volumen; algunos de nuestros amigos colocaban sus parlantes en las ventanas de sus casas, para compartir sus gustos musicales con los vecinos, a menos que alguien se quejara con la policía, con lo que originaría a la clásica pelea de vecinos que no terminaría hasta que llegara el fin de los siglos.
Generalmente los reclamos son provocados porque además de la música al común denominador del latino le encanta acompañar a la música, con un trago de su licor favorito, que la mayoría de las veces es la cerveza.
JACKSON HEIGHTS!
Pasaron doce meses hasta conseguir perder el miedo a los uniformados, los dominicanos compañeros del trabajo me dijeron que para el caso de las personas sin documentos legales, existía una especie de policía dedicada a esa área específica; que solamente ella podía hacer redadas para ubicar indocumentados; o detenerlos si cometían algún delito in-fraganti; pero, hasta saber sobre ese tema, generalmente cuando veía cualquier uniforme policial trataba de escurrirme para no ser visto.
Cierto es que si un ilegal no comete ningún delito es difícil detectarlo; por eso, mientras permanezca impoluto, sin mancha, sin quebrantar alguna ley durante su permanencia como tal en el país, no tendría problemas de ninguna clase. Ese conocimiento sirvió para tranquilizarme en ese sentido, porque mis frecuentes traslados eran a través del “Subway” que es lo que conocemos como “Metro” en nuestros países, y en él suben muchos oficiales de policía uniformados o vestidos de civil para apoyar en el control de la ley.
Desde Brooklyn, los fines de semana que tenía libres, viajaba desde el área donde se ubicaba mi casa hasta Jackson Heights en el famoso condado de Queens para visitar a los nenes de la familia que tan bien se había comportado conmigo: ellos eran tres niños con un maravilloso comportamiento, con quien tuve gran afinidad, debido a que el mayor de ellos era lo que en nuestros países llamamos “ahijado”, en esas visitas, cuando hacía buen tiempo los invitaba a comer comida china o pizzas; alquilábamos videos en casetes, con temas infantiles o de comedia como las obras de Mel Brooks con las que a mil años luz, todavía disfruto. Pero, cuando nos quedábamos en casa, cocinaba para ellos un platillo que es clásico para nuestra memoria conjunta: el lomito saltado, al que le pusimos el familiar nombre de “longuito saltado” con el cual lo conocemos desde ese tiempo.
FLUSHING MEADOWS PARK!
Al ser humano común rara vez le gusta estar solo, los casos de personas alejadas de sus congéneres no suelen ser comunes; el latino es del tipo sociable, amigable o “amiguero” como se lo define mejor, bullanguero, fiestero, llevado siempre a buscar compañía, aunque en este país se vea obligado a trabajar la mayor parte del tiempo, muchas veces busca dos o incluso tres jornadas para tener tres ingresos con los que pueda solventar el tremendo gasto que le significó viajar pagando guía (coyote) desde su país de origen.
Los migrantes latinos, en forma general, y los ecuatorianos, en forma particular se citaban por aquel entonces, al Flushing Meadows-Corona Park, ubicado al norte del condado de Qeens, donde prácticamente termina la línea 7 del Metro. Allí, cada domingo los migrantes establecían una especie de campamento, donde iban a entretenerse haciendo deporte, encontrarse con amigos, con paisanos; algunas familias preparaban comida con sabor de la tierra lejana, de costa, sierra u oriente, para que al término de la jornada deportiva revivieran las memorias guardadas de las dos patrias: la grande o la chica; entendiéndose como grande al país y en cuanto a la chica: su pueblo, su terruño, el pedazo de tierra que los vio nacer y crecer .
En esos noventas vi campeonatos de fútbol, de ecua vóley, solamente faltaron selecciones de macateta para sentirnos totalmente en casa; los platillos tenían precios gringos eso sí debido a que el gusto de los ecuatorianos en tema de comida es bastante peculiar; por ejemplo, en el caso de los cuyes asados eran bastante caros porque parece que necesitaban visas, aunque en realidad sabemos que es difícil trasladar ciertos tipos de alimentos de un país a otro por tema de leyes sanitarias. Sin embargo, gozar de esos días de expansión es altamente provechoso para cualquier persona en el mundo.
NEW JERSEY!
De las últimas cosas que me sucedieron, fue el cambio de la localidad de la empresa para la cual trabajábamos; ese traslado iba a alterar nuestras vidas, pero sin molestarnos realmente. El jefe preguntó que si la empresa se mudaba a New Jersey nosotros querríamos seguir trabajando con ellos, les pedimos un día para contestar; así que me tocó regresar ese día con los hermanos dominicanos en su automóvil, para conversar e ir tomando decisiones. Tony y José me dijeron que si compartía con ellos el costo de la gasolina podía ser lo más conveniente para continuar trabajando con la empresa.
A siguiente día, dimos nuestra respuesta, los dos gerentes (Senior y Junior) quedaron complacidos porque ya nos tenían confianza, sabían también que no tendrían problemas de ninguna clase, porque nos consideraban como no-problemáticos; además, no faltábamos, no bebíamos, no peleábamos entre nosotros, si nos pedían que trabajáramos horas extra lo hacíamos; por eso había mucha consideración de su parte y por lo mismo fue que cuando planificaron la mudanza, fuimos advertidos, además de haber sido considerados para continuar con el trabajo, lo que también nos contentaba, y fuimos a New Jersey.
¡REGRESO A CASA!
Cuando se cumplieron tres años de vivencia en el gran país del Norte, estaba comenzando el segundo mes del cuarto año; un poco antes del recordatorio de mi nacimiento recibí una llamada desde mi país, era mi familia, el momento de la reconciliación con la vida estaba llegando, lo cual me hizo pensar en el supuesto error que estuve a punto de cometer cuando lo de la propuesta de Altagracia. Aunque no quería aceptar que hubiese sido un error, siempre quedaba la duda de si la aceptación hubiese sido el comienzo de una vida transitoria que a la larga me hubiera servido como puente para legalizar mi estado e intentar integrar a mi familia ecuatoriana al tan ansiado sueño que estaba viviendo.
Lo pensé bastante, estaba de por medio el largo viaje vivido, 9910 kilómetros recorridos desde que salí de mi ciudad natal hasta la ciudad que nunca duerme, con tantas vicisitudes pasadas, entre penas, alegrías, frustraciones y éxitos, no se puede pesar en una balanza porque todo se vivió de acuerdo con cada segundo que transcurría, se daba por descontado que ese lapso lo vivíamos intensamente ya que podía ser el último sin querer ser pesimista sino simplemente realista.
El regreso a casa fue analizado a profundidad, de todos los amigos cercanos con quienes conversé el asunto, recibí recriminaciones agrias justamente por lo anterior ya que se me decía que cómo quedaba entonces el riesgo corrido, para qué hice entonces el viaje si me regresaba a nada habiendo conseguido llegar vivo a la meta, haber conseguido estabilidad laboral, emocional, un sitio donde estar, la posibilidad de la compra de la casa; es decir, si había conseguido convertir en realidad el sueño americano, por qué carajos iba a regresar al país donde no sabía qué me esperaba; esos argumentos eran fuertes, reales, y fueron expresados con el debido respeto ya que todos ellos eran personas que me querían, que me habían demostrado ser amigos de verdad; hasta mi jefe en el trabajo opinó que debía pensarlo con cabeza fría.
Pasé horas sin dormir, las noches se me hacían largas, analizaba todo lo que me decían, hasta que decidí ponerlo en las manos del Dios que me asistió en el viaje, el que estuvo siempre a mi lado, el que me había ayudado a llegar, el que me mimetizó, el que me convirtió en mexicano en México, nicaragüense en Nicaragua, el que me dijo canta para que puedas comer, en la playa de la isla San Andrés; fue Él quien me pidió que escuchara antes de hablar, fue Él quien me enseñó a pedir perdón por mis pecados y a perdonar a los que me ofendieron. Fue Él quien cuando le pregunté qué pasaría conmigo si regresaba me dijo _ ¡Regresa, recupera a tu familia, te daré algo mejor luego!_
¡LA SALIDA!
Tomada la decisión del retorno, empecé a preparar mi partida, todavía tardaría unos meses, porque quería dejar todo en regla; en la empresa donde trabajaba me despedí amigablemente, con los dominicanos me encontraría hasta el último día, porque vivíamos cerca; Juan el dueño de la casa insistió hasta el final su propuesta de la venta de la casa, que no me vaya; compré el boleto del avión terminé de pagar cuentas de algunos objetos que estaría llevando de regreso a casa.
Cuando llegó el día, Mike, el mismo gran amigo que me recogió la primera vez, me hizo el favor de llevarme a mi última fase
. Llegamos al aeropuerto, me acompañó hasta que supo que estaba todo correcto, que no tendría problemas; fui hasta la sala de embarque, nos despedimos agitando las manos y entré. Me senté esperando la hora del embarque, había mucha gente, alcancé a ver un par de policías de migración que estaban esperando también la hora de que nos presentáramos ante el control de embarque; empequeñecí por el temor ya que hasta ese momento no tenía ningún documento legal, ni siquiera la cédula de identidad de mi país.
Cuando nos llamaron me puse de pie y caminé hacia el mostrador; no sé por qué, pero de alguna forma llamé la atención de los policías, se acercaron hasta donde estaba y me preguntaron que hacia donde viajaba, les contesté que a Ecuador; uno de ellos volvió a preguntar, esta vez me pidió documentos, pero le dije que no los tenía; entonces, el otro policía le dijo que yo estaba de salida y que no representaba ningún problema, se dirigió hacia su compañero y le dijo: _Él está dejando nuestro país, no está entrando, no lo molestes, déjalo que se vaya! _ no esperé que se arrepintieran de su sabia y tan oportuna decisión… ¡Me fui volando, literalmente!