UN VIAJE ALUCINANTE
Victoria, sabía que su matrimonio le había dejado secuelas que podrían ser imborrables si no hacía nada por disiparlas de su mente y corazón. Ella había contraído nupcias con el Padre de Carmen, como una buena opción que como partido le habían impuesto sus padres. Su esposo provenía de una buena familia de alcurnia, y ella era de clase media. Su padre era dueño de la única ferretería cuarenta años atrás, y eso le origino grandes ventajas para abrir el mercado en la ciudad y le proporciono elevar su condición de vida y codearse con la crema y nata de la sociedad.
Ahí conoció a quien sería su futuro consuegro, un banquero que al igual que el hijo, era un mujeriego empedernido que aprovechaba el costumbrismo de sumisión de las mujeres que eran permisivas para mantener las apariencias en su círculo social, aunque realmente las infidelidades eran la comida diaria entre sus amistades. Como era la costumbre, las dos familias se emparentaron con la boda entre sus hijos, aunque ella no lo amaba.
De esa unión nació Carmen, quien no fue el orgullo de la familia del Padre, al tratarse de una niña y no de un varón. Su abuelo desheredó al Padre por no haber sido capaz de engendrar un primogénito, para perpetuar el apellido. Esto marcó para toda la vida al esposo de Victoria, quien se tuvo que hacer de la idea de trabajar como los demás maridos de la clase media obrera.
Para mermar su dolor, se entregó a los vicios mundanos de las mujeres y la botella, pero siempre manteniendo las apariencias de que su hogar era estable y donde reinaba la felicidad conyugal. Más lejos de la realidad, ya que Victoria, quien no había obtenido más que el título de secundaria, según las normas que regían la época, se dedicó absolutamente a la crianza de su menor hija, siendo una de sus obligaciones personales evitar conociera lo que su padre hacía y de esa forma no repetir el sufrimiento que ella cargaba encima.
A lo largo del crecimiento de su hija Carmen, ella se propuso a brindarle todo su amor y cariño, que el Padre le negaba, y referirse al Padre, como un excelente hombre y comprometido progenitor. No tenía muchas opciones, pero el compromiso con su hija era todo lo que ella ahora tenía. Así, que en el lecho nupcial, procuraba que las llegadas nocturnas del padre, no fueran percibidas por su hija, así que le recostaba en la cama, y le quitaba los zapatos. Muchas veces salía del dormitorio para no tener que compartir los aromas fétidos del alcohol y el cigarro que invadían todo el derredor que expelían los poros de su esposo.
Cuando él quería intimidad, ella sabía que los labios y manos de su marido habían acariciado otra mujer. Eso no solo le disgustaba sino que la asqueaba, incluyendo que la penetrara donde sabía que ya él había estado en el interior de otras extrañas. No lo podía soportar. Cuando Carmen, se enamoró de quien luego fue su marido, ella pensó que en su hija podría vivir lo que ella no pudo con su esposo y se sentía feliz por ella con la esperanza de que al menos una de ellas pudiera disfrutar de lo que la otra no pudo. Fue así que la preparo durante la adolescencia de Carmen, a estudiar y a evitar tropiezos y distracciones con muchachos.
Por lo que había ocurrido con su esposo, el licor no era un medio de disfrute en la casa y estaba prohibido y supo enseñárselo a su hija para que no cayera en ese vicio. Lleno en la cabeza de su hija, el respeto a sí misma y las advertencias de cuidarse con todos los varones del colegio y la universidad para no caer en las garras de actos sexuales que le impidieran coronar sus metas como mujer. Todo ello era su compromiso para convertir a su hija en alguien mejor que ella.
El día del matrimonio, Victoria, le regaló un relicario como señal del éxito conseguido por Carmen, al llegar pura y virgen ante el altar con un buen partido que significaba Arturo. Lo que no se conocía antes de ese evento, era que éste, de modo alguno, era una joya de virtuosidad y al contrario de lo que pensaba Victoria, Arturo, había aprendido de las prostitutas en sus revuelos juveniles durante la secundaria junto con la pandilla de compañeros que lo incentivaron a recorrer los diferentes burdeles de la zona rosa del centro de la capital.
Esa curiosidad temprana, lo condujeron a conocer una sexualidad mundana más allá del disfrute que el placer comercial de las cortesanas ofrecían como parte de una empresa instaurada siglos atrás, que la convivencia con una chica de su edad, que comparten juntos la iniciación al juego sexual acompañado de la combinación de sentimientos y mutuo descubrimiento. Así que cuando Arturo, llevó a Carmen, de luna de miel, su mente se enfocaba en los juegos sexuales aprendidos con las llamadas mujeres de la vida alegre.
Durante el trayecto del vuelo hacia una isla tropical, sostenía de la mano a su esposa, la mimaba y ofrecía palabras tiernas, pero dentro de él, solo privaba el deseo de utilizar aquella relación para poner en práctica sus experiencias libertinas en la bella mujer que ignoraba su pasado.
Al descender el avión, no perdió tiempo recogiendo el equipaje, y trasladándose al hotel designado por la agencia de viajes, deseaba llegar a aquella habitación que atestiguaría todo un día de placer y lujuria desenfrenada. Como fue costumbre, levantó a su mujer en brazos y atravesó el lumbral nupcial. La habitación era una belleza artística, debidamente decorada para los recién casados con una antesala y un dormitorio. Luego de entregarle la respectiva propina, busco a su amada, y la abrazo con una bella sonrisa en sus labios.
Ella, no tenía idea de qué hacer en esos momentos, realmente estaba nerviosa y en su mente pululaban las tantas conversaciones con sus compañeras de la oficina de auditores en que tenía poco tiempo de laborar cuando se enamoró de Arturo, quien era socio fundador de la firma. No era tan ingenua en lo que a realizar el acto sexual se refería pero si en cuanto a lo que una mujer debía hacer para satisfacer los deseos de su marido. Como su madre le había confiado, debía dejar que su marido tomara la iniciativa.
Arturo, comenzó a desvestirla, pero las luces de la habitación la intimidaban por lo que se apresuró a apagarlas. Arturo y ella quedaron en tinieblas. Un golpe en la rodilla por parte de una pequeña mesa, provoco que Arturo, lanzara un improperio al aire. Al fin encontró una lámpara sobre una mesita esquinera, la cual encendió para tener al menos luz tenue en el lugar.
Ella, se frotaba las manos. Él la condujo a la habitación nupcial, que comprendía de una enorme cama, un espejo en el cielo raso y un balcón de donde se podía divisar toda la ciudad. El baño estaba acondicionado con jacuzzi y una tina, todo bellamente decorado. Sin embargo, nada de eso por el momento era algo que le interesara admirar a Carmen. “Me permites ponerme más cómoda” fue lo que sugirió a su esposo. Éste acepto, para que no existiera más excusas y poder consumar el acto conyugal.
Ella, ingreso al baño con una pequeña maleta, de donde escogió un negligé oscuro que le había regalado una de sus amigas de trabajo. Se sentó sobre el sanitario mientras miraba aquella prenda, no podía creer lo corto y transparente que era. Su complejo por sus enormes senos, no le permitía poder utilizar aquello esa primera noche, así que se decidió por su pijama de una sola pieza que le cubría de cuello a tobillos, color rosado, que se trajo para el viaje. Eso pensó que le proporcionaría mayor documentación a su marido de su condición de primeriza en el tema del sexo.
Mientras, Arturo, ya se encontraba en bóxer dentro de las sábanas, y ansioso que sus sueños se convirtieran en realidad al ser el primero con su virgen esposa. “¿Todo bien ahí adentro?” preguntó un poco inquieto por la tardanza. “Si, amor, ya voy a salir” fue la respuesta que obtuvo de la indecisa esposa. La puerta del baño se abrió y lo menos esperado por Arturo, nada de sensualidad ni ropas sexys, ella ataviada con un camisón de abuelita atravesó los centímetros que la distanciaba de la cama. Pero eso no le importo a él, que igual la ropa era más bien un estorbo para dar rienda sueltas a sus ansias. Una vez que ella puso pie dentro debajo de las sábanas, inmediatamente fue atacada por Arturo.
Él, imprudentemente la besó sin cuidado el cuello y los pechos, y sin esperar que Carmen, se acomodara, le rompió la pijama desde arriba, ella intentó cubrir sus pechos con sus brazos, pero la fuerza de Arturo era descomunal en ese momento, y se las aparto, y su boca se posesionó como endiablado en aquellos grandes senos. Carmen, estaba indefensa y sin entender lo que ocurría pero en sus adentros confiaba que aquello era normal y debía acceder a lo que consideraba era el acto de consumación de la luna de miel. Y debía ser una esposa complaciente.
Simplemente estaba inmóvil. Arturo, llegó al abdomen, y con sus brazos literalmente la levanto para quitarle su calzón por las piernas. Él se desprendió de su bóxer, y fríamente comenzó a penetrarla. Aquel dolor le hizo gritar, lo que excitó a Arturo, y continuó sin detenerse. “Amor, espera un poco, me dañas” fue lo que le dijo con un rostro compungido. Pero la súplica no tuvo respuesta alguna.
Arturo, sentía que no podía entrar, y las piernas de Carmen, se tensaban, haciendo imposible consumar el acto. Él, se detuvo y la miró fijamente. “Amor ¿no me quieres?” fue su pregunta. “Claro, que te amo” respondió. “Entonces, ¿Por qué te resistes?” volvió a apelar a la cordura. “Es que realmente me duele amor” ella le replicó. “Voy a intentarlo nuevamente, así que trata de mantener abierta tus piernas para que sea más sencillo” y ella asintió.
Nuevamente, su miembro erecto volvió a colocarse en la abertura, que ya se encontraba lastimada, y sujetando sus brazos al respaldar de la cama, intentó nuevamente introducirse, pero esta vez lo que le ocasionaba a Carmen, era mucho más dolor, que para evitar gritar ella mordía sus labios para que todo aquello funcionara, aunque ella realmente esperaba que aquel suplicio finalizará pronto.
“No, amor, no me ayudas. No entiendo. Pensé realmente que me amabas” era la voz frustrada de Arturo. “No sé qué más puedo hacer, yo no me muevo para que tú lo hagas amor” fue su única respuesta. “Pero, las demás mujeres gozan de este momento” refiriéndose a las prostitutas. “¿Tuvistes otras mujeres?” fue la pregunta obligada de Carmen. “Me refiero a mis compañeras de trabajo, que me cuentan que sus esposos fueron felices en su luna de miel” pretendió ocultar sus aventuras previas.
El fin de semana que duró la luna de miel, no se logró mayor avance y el dolor siempre estuvo presente. Así, que Arturo, pretendiendo sentirse lesionado en su amor propio, la dejo la segunda noche a solas mientras visitaba los lugares turísticos de la zona, entre ellos los centros nocturnos. Ahí, conoció a una chica oriental que bailaba en los tubos. Desde que la vio, no la aparto de la vista y la mujer que conocía bien su oficio, una vez que termino de bailar, se fue al tocador mirándolo coquetamente. Al rato regresó, y se sentó a su lado.
Logró que la invitara a un Martini seco, y que él la acompañara a beber. Ya entrada la noche, ella bailo una vez más, pero esta vez bailo para él. Arturo, realmente había olvidado que en el Hotel, su recién esposa, se encontraba sola y desconsolada por no cumplir con sus responsabilidades matrimoniales. La chica, le propuso al oído salir a otro lugar más íntimo. Él, canceló la suma que la propietaria del lugar exigió para que pudiera llevarse a su empleada fuera del negocio. Así se enrumbaron hacia un motel cercano donde ya ella era conocida, pues le entregaron sin mayor pregunta una llave para abrir la puerta del cuarto 203 en el segundo piso.
“¿Y dime guapo, eres casado?” le consultó la emperatriz. “No, soy completamente soltero, y estoy de negocios en la isla” le contestó Arturo. “Y, ¿entonces, esa sortija en tu mano izquierda?” le desafió la chica con una risa burlona. “Esto es un regalo de mi madre cuando se caso, ella acaba de fallecer y me pidió que no me lo quitara para recordarla” fue lo que se le vino a la mente. A la chica no le importo la mentira que le compartía, total, lo que le interesaba era cobrar por su trabajo. “Amor, son 200 dólares” le dijo a Arturo.
Éste, extrajo los dos billetes de 100 de su cartera. “Y ahora, soy todo tuyo” le declaró a la mujer. “¿Todo, todo, todito mío?” le pregunto cariñosamente. “Así es, haz conmigo lo que quieras” fue la respuesta a tan picara pregunta. “Bien, entonces déjame quitar mi vestido”. Acto seguido, al desprenderse del vestido negro, debajo de éste tenía un uniforme de cuero cuyas tiras rodeaban sus medianos pechos y poco cubría su cuerpo, atravesando por su entrepierna. Ella, tomo del cuello a Arturo, y lo abofeteo. “Ahora eres mío, animal” le amenazó con un tono de voz desafiante.
Arturo, sintió temor pero no deseaba aventurarse a enojar a aquella mujer amarilla. “Ven aquí abajo, de rodillas ante mi” le gritó al hombre. Éste hizo caso y como un débil cordero se arrodillo. La mujer, le volvió a bofetear. “Ahora besa mi calzado, ve, hazlo o te castigo” Arturo prefirió hacerlo porque era algo nuevo para él toda esa violencia. “Así es, eres mi esclavo, ¿oistes?” le preguntó la mujer con ferocidad. “Si, soy tu esclavo, lo que quieras” casi sollozando le contestó Arturo. “Eres un niño llorón ¿verdad?” le grito la mujer.
La mujer, comenzó a instruirlo para que él se desnudara completamente y se mantuviera arrodillado. De pronto, tocaron la puerta de la habitación, y de pronto una pareja ingresaron. Ella latina y el otro un descomunal hombre de raza negra se hizo detrás de la oriental. “¿Te gusta ella?” le preguntó refiriéndose a la recién llegada. “Si, es linda” le contestó. Y nuevamente lo abofeteo a lo que parecía una respuesta equivocada. “No la mires a ella, solo responde cuando te hablé y baja la mirada por nada del mundo la mires perro” fue la sentencia de la chica.
La latina se desnudó y se puso frente a Arturo. “Lámeme la concha” le ordenó la latina. Arturo, fue lo que hizo, mientras el negro comenzaba a desnudarse. “Lámesela bien, esclavo, o te golpeare, te juro que lo haré” repetía frenéticamente la oriental. Arturo, como pudo, lo hacía, mientras la latina se retorcía del placer. Eso excito a la otra chica y entre las dos se besaron. Arturo, trato de mirar lo que ellas hacían pero fue notado por la latina, quien le dio un puñetazo. “No mires huevon, te dijeron que no miraras”.
Los ojos de la otra chica destellaban de la ira, así que tomo de los hombros a la latina y la viró para que fuera el trasero de ella quien estuviera acomodado frente a la boca de Arturo. “Continua lamiendo” le impuso la mujer. Con un poco de asco, él no tuvo más remedio que hacerlo, mientras ella se entrelazaba con su amante latina.
Esto ocurría sin percatarse Arturo, que el acompañante de la latina, ya estaba detrás de él, y con sus imponentes brazos le levanto la cintura y ante el miedo que aquello le provocaba, sintió como le penetraban por detrás, con un desgarre que le hizo gritar, pero que no conmovió para nada al tipo, que continuaba hasta lograr su cometido. Arturo pensaba que se desmayaría del dolor. Sintió un hilo caliente que le recorría por debajo de la comisura del orificio mientras aquel africano con un rostro de lujuria, se deleitaba con aquella penetración desenfrenada que rompía todos los esquemas de la sexualidad a la que estaba acostumbrada Arturo hasta ese entonces.
“Métesela bien profundo” era la consigna de la oriental. “Cojéelo, cojéelo” gritaba la latina mientras sonreía frenéticamente. Arturo, no lograba dar crédito a lo que estaba ocurriendo. Y como si fuera un acto planeado, las dos mujeres se miraron y luego se sumaron a su amigo esclavo quien llevaba la parte dura de la actividad. La latina comenzó a chupar los pezones a Arturo, mientras que la oriental se arrodilló para hacer lo propio con su pene. Esto, de alguna forma, cambió el panorama a Arturo.
El dolor que antes sentía poco a poco se fue transformando en placer. El hombre de ébano cesó por un instante su jornada mientras las mujeres continuaban con su trabajo. Arturo, queriendo olvidar lo sucedido, se entregó a besar a la latina, acariciar sus pequeños pechos, mientras la oriental ya le había endurecido el falo. El moreno, sintió el momento para reiniciar aquel placer que le originaba poseer a aquel hombre. Pero esta vez, a diferencia de lo ocurrido inicialmente, Arturo, sintió un gran estímulo la penetración de aquel enorme espécimen, y se abandonó a la sensación, que le relajo los músculos de las nalgas.
Luego de un rato, la oriental fue bombardeada del espumoso líquido lanzado por Arturo. Los tres vieron que aquello fue un trabajo bien cumplido. Arturo, exhausto se dejó caer en la cama, mientras la oriental, absorbía con un pequeño algodón los rastros rojos de la violación de la que fue objeto Arturo. “Bien, amor, lo hicistes bien” fue el comentario de la chica oriental. Arturo, exhausto no tenía fuerzas para hablar mucho. “Que sensación” fue lo que pudo decir al exhalar su aliento, con signos de excitación por lo erguido de sus pezones. Los tres se vistieron y salieron de la habitación dejando a Arturo, descansar un rato no sin antes avisarle que el cuarto debía ser desocupado en una media hora más.
Sintió que todo el cuerpo le dolía, muy lastimado se vistió y bajo las escaleras del motel para luego levantar el brazo y detener un taxi y dirigirse al hotel. Carmen, lo escuchó llegar, y no se movió de la silla en la que estaba hace horas, sentada afuera del dormitorio, propiamente en el balcón. Arturo, la miró pero no dijo nada, simplemente se encerró en el baño, donde tomo una ducha caliente y luego al salir, fue a la cama y durmió como un lirón.
Carmen, estaba meditando qué pudo haber ocurrido durante toda la madrugada en que su esposo se ausentó y el por qué no le llamo para informar su paradero, ni tampoco por qué no regreso luego de un tiempo razonable para conversar sobre lo sucedido en el lecho nupcial y tratar de resolverlo como pareja. En lugar, de ello, simplemente regreso y sin decir palabra alguna, se bañó y se metió a la cama. Al rato, consideró que era mejor acompañarlo e ingreso a la habitación y finalmente se deslizó debajo de las sábanas, pero no pudo conciliar el sueño como quiso, ya que al aliento a licor de Arturo, y de un perfume barato le delataba que había tenido una noche de farras y mujeres, y eso no auguraba un feliz final de la luna de miel.
Casi un silencio se vivía entre la pareja desde que salieron del hotel hacia el aeropuerto, pero jamás se hizo un solo comentario sobre lo sucedido. Al llegar al hogar que habían designado para iniciar su vida de casado, Arturo, procuraba no llegar temprano a casa sumando a su rutina encender la televisión y mirar una película para luego lanzarse a la cama, sin tocarla. Mientras tanto, ella se refugiaba en su trabajo y no le quedaba más remedio que mentir a sus amigas que su luna de miel había sido algo inolvidable, y lo que si mostraba a sus compañeras eran las tarjetas postales que ella adquirió en el aeropuerto, ya que jamás existió un momento compartido de pareja durante el viaje. Ni siquiera había reunión alrededor de la mesa para cenar como pareja.
Algunas de las compañeras le hacían broma sobre el importante momento de cada recién casada en su lecho nupcial, y al ser un tema obligado entre el circulo de compañeras, Carmen, trataba de evadir el mismo, dejando un sin sabor a sus amigas de que algo no estaba bien. En menos de seis meses, la relación se deterioraba. “Arturo, necesitamos hablar” interrumpió el camino de su marido que como siempre regresaba directo al cuarto para cambiarse de ropa y mirar la televisión sin mediar palabra.
Ni siquiera cenaban ya que él venía cenado, sin que ella supiera donde había estado. “¿Realmente no hay nada de qué hablar?” fue su respuesta un poco esquiva y tosca. “Por favor Arturo, es importante que hablemos y no sigamos pretendiendo que nada ocurre entre nosotros” fue casi el ruego que le solicitaba a gritos que aquello debía cesar.
Arturo, miró al suelo, y luego se retiró al dormitorio para cerrar la puerta tras él. En todo ese tiempo, él salía del trabajo y se reunía con sus amigos a quienes les compartía aventuras con su esposa que no eran ciertas, pero que había experimentado con otras mujeres a quienes veía dos veces por semana en un burdel cercano a la oficina. Por un momento, según Arturo, Carmen, era frígida, no funcionaba en la cama y por otro lado, él era el salvador del matrimonio, ya que paulatinamente le había estado enseñando a su esposa el arte del sexo.
Los amigos cada vez más interesados, al calor del licor, le hacían una y más preguntas sobre la intimidad de la relación de pareja de
Arturo. A las semanas siguiente, Carmen, tenía náuseas y cansancio extremo. Acudió a un médico para que la examinara y luego del chequeo, el diagnostico era inverosímil, pero ella estaba embarazada. “¿Pero cómo?” se preguntaba ella. Posteriormente se conocería, que parte del líquido pre seminal había sido suficiente para fecundar un ovulo de ella. Carmen, estaba nerviosa, no sabría cómo podría reaccionar su marido.
En la oscuridad de la Sala le espero. Cuando Arturo, llegó al hogar, ella se levantó para entregarle los resultados del test ginecológico y la prueba de embarazo. Arturo, lo tomo en sus manos, y dejando su portafolios en el suelo dio lectura a aquellos documentos. Se paralizo. “¿Cómo es posible que estés embarazada?” la miró fijamente. “Dímelo, hasta hoy no te he tocado, ¿Cómo puedes estar embarazada?” y la tomo de los hombros mientras lanzaba al suelo los resultados. “No lo sé, te juro que no lo sé” sollozaba Carmen. “No mientas, esto tiene una sola explicación” le dijo levantando la voz. “Has dormido con otro hombre” sentenció. “no, te juro que no hay nada de eso” fue la respuesta nerviosa de la mujer.
“Y yo que pensaba que se trataba de un nerviosismo de novata que no deseabas dormir conmigo, pero ahora todo está claro, eres una cualquiera, todo fue una falsedad para verte con tu amante, el padre de esa criatura que lleva ahora en tus entrañas” le grito Arturo. “¿Cómo puedes decir eso? El único varón con quien he estado has sido…” no pudo terminar la oración porque la mano fuerte de Arturo, le cruzaba el rostro como un látigo. “Maldición, eres una ramera, la peor escoria que existe en la sociedad. Lárgate, no quiero tenerte más aquí ni tampoco al fruto de esa infidelidad” y se metió al cuarto, cerrando violentamente la puerta.
Ella, lloraba en el suelo donde cayó por el golpe. Llamó a su casa para contarles lo sucedido a sus padres. Su madre estaba al teléfono y en la otra extensión escuchaba su papá. “Mira hija, debes ser honesta con tu marido y con nosotros y decirnos quien es el padre de esa criatura” se escuchaba la voz del Papá en tono desafiante. “Papá, te juro que…” trataba de decirles la verdad. “Dios mío, has deshonrado a esta familia, Carmen” y se escuchó como colgaba el teléfono. “¿Papá?” preguntaba angustiada. “Madre, te juro que…” trató de buscar refugio en su progenitora. “Mira hija, tu padre me pide que corte, así que hablamos luego” y luego la línea enmudeció.
Ella estaba desconsolada porque no tenía la ayuda y apoyo de sus seres queridos. No tenía más familia, no tuvo hermanos, no había primos y no deseaba acudir con las compañeras. Simplemente se quedó sentada en el suelo sin saber qué hacer.
Al amanecer, Arturo, salió arreglado de la habitación. Miró a Carmen, durmiendo en el sofá. “Ahora puedo hacer lo que quiera sin que tenga que criticarme” se dijo en sus adentros. Salió de la casa y subió a su vehículo y se marchó al trabajo. En la noche, regresó temprano, y encontró a Carmen, acostada en la cama. “He tomado una decisión. Voy a perdonar tu infidelidad, pero desde hoy no dormiremos como pareja, viviremos en la misma casa para mantener las apariencias, pero no quiero que controles mis llegadas y salidas de casa porque ya no hay respeto en esta relación. Tú fuiste la primera que rompió ese vínculo tan sagrado del matrimonio, ahora, ¿lo tomas o lo dejas?” le dijo con una postura de hombre íntegro.
Carmen, no había dejado de llorar todo el día que se ausentó de su trabajo por la misma razón, y su cabeza se encontraba en blanco. “Lo que tú digas Arturo, lo que tú digas” fueron sus débiles palabras. “En cuanto a esa criatura, le pondré mi apellido pero con la condición que no quiero ver merodeando a ningún hombre, señalando tener derecho de Padre, ¿Entendido?”. Carmen, sentía que todo su mundo se hundía en el abismo más negro de su existencia, y solo asintió con la cabeza. Arturo, se duchó, se volvió a cambiar, se puso perfume y volvió a salir. Su regreso y el de las subsiguientes noches eran hasta el amanecer, con olor a alcohol y perfume barato. El dinero casi no se veía en el hogar, pero Carmen, guardo silencio.
El nacimiento de Patricia, fue todo un acontecimiento. Arturo, hizo una enorme fiesta en la casa. El Padre de Carmen, vio aquello como una muestra de gran amor de parte de Arturo, porque había callado la supuesta infidelidad de su hija y había asumido el rol de padre de una bastarda. Así que a la fiesta asistieron más por Arturo que por su propia hija. Los suegros de Carmen, estaban emocionados, fue la madre de Arturo que sugirió el nombre de Patricia para la pequeña. Carmen, como siempre hacía todos los esfuerzos para sonreír y jugar el rol de madre.
Los años siguientes, Victoria, por presión de su marido visitaba muy poco a Carmen, y ésta se dividía entre su trabajo y su hija. Cada niñera que cuidaba a Patricia, mientras ella asistía a su centro laboral, se convertía en la nueva adquisición del deseo de su esposo. Arturo, llegaba a almorzar a casa y seducía a las empleadas, y mientras la bebé estaba jugando en su encierro, él y la chica de turno se revolcaban en la cama matrimonial.
Una tarde que Carmen, regresó temprano a casa, por disposición de la gerencia de la empresa, encontró a la tercera chica, ebria y desnuda completamente en la tina de baño con su marido mientras la bebé lloraba desconsoladamente en su encierro. Cuando trató de reclamar por aquella escena inmoral, recibió amenazas de parte de Arturo, que las echaría de casa y se quedaría con la niña. Ella, desistió de proseguir y deponía su actitud.
El tiempo volaba y la niña se desarrollaba como una linda señorita, en secundaria, donde fue porrista y a la llegada de la universidad donde debía residir en el campus universitario, por lo que su partida llenaba de alegría a Carmen, pero también de tristeza porque su compañera de charla se le iba de su lado. Sin embargo, no sería por mucho tiempo, pues la carrera de enfermería duraba tres años y regresaría pronto a casa.
La relación entre Arturo y Patricia, se habían tensado años atrás por razones desconocidas pero ella fue la primera en enterarse lo que su padre hacía en las noches, y por tanto decidió ponerse de parte de su madre, a quien la miraba como una mártir. El día de la despedida, Arturo, se fue a su trabajo y le correspondió a Carmen, bendecir a su hija y recordarle los buenos consejos que por mucho tiempo le había regalado en largas noches de conversaciones entre madre e hija. Patricia, sonrió y tomo sus maletas y se subió al taxi que la llevaba a la estación de autobuses. Fue la última vez que miró a su pequeña,
El tiempo paso volando, y la relación entre Arturo y ella, eran insoportables, y ya no existía motivo alguno para continuar junto a él. Ya su hija era mayor y habían transcurrido tiempo suficiente para darse cuenta que ya no había sentido alguno estar en esa casa y era mejor que cada quien viviera su vida. Debía tomar una decisión. A los días una gripe persistente, obligó a Arturo, visitar al médico de la empresa. Éste le remitió a los laboratorios a realizarse unos exámenes para descartar cualquier mal que le estaba aquejando su sistema respiratorio.