Capítulo 7

La sencillez con la que puedo caer en las tentadoras propuestas de James, sólo es comparable a lo difícil que me resulta, salir de ellas.

Lo único en lo que pensaba era que aquello me podría catapultar al éxito en cualquier universidad que eligiera, él tenía mi futuro en sus manos y yo me ocuparía de utilizarlas a mi favor.

—No pretendo ningún tipo de relación personal y tampoco llegar a sentimientos profundos. Si eso ocurre, te desearía buena vida, Alma—me dijo él, dándole un sorbo a su café, sosteniéndome la mirada.

—Creí que éramos amigos—le recordé, extrañada.

—Pasamos a un nivel más alto que eso Alma ¿no crees?

Asentí con lentitud, en silencio.

—Este tipo de relación… ¿implicará follar?

Su acaramelada vista se abre sorprendida ante mi pregunta, le da un sorbo más y agrega sonriendo

—Debo admitir que esa palabra saliendo de tu boca suena tan dulce y delicada que podría escucharla todo el día.

—Si decir follar suena bien saliendo de mi boca como tú dices, imagínate lo que puedo hacer con ella— ataqué para ver cómo se embobaba aún más.

Se levantó de golpe y eso me asustó. Temí que se hubiera enfadado por ser tan directa.

—Ven.

Me tomó de la mano, sin darme tiempo siquiera para tomar mi bolso. Por suerte logré alcanzarlo, pegándolo contra mi pecho.

—Apenas tocaste tu desayuno.

—¿Crees que el puñetero desayuno me importa luego de lo que me acabas de decir? Lo que voy a tocar es otra cosa, Grey.

Sus ojos se oscurecieron y me miró con tanta intensidad que mis piernas se sintieron como gelatina. No sé a qué demonios estaba jugando, pero cuando me di cuenta, ya estaba participando.

Me arrastró lo que parecía el baño de damas, frente a la puerta de ella.

—Ingresa para ver si hay alguien adentro — dijo con voz seria.

Fruncí el entrecejo, e hice lo que me pidió. Ingresé al pequeño baño de damas que sólo era para una sola persona, así que no habría personas dentro.

—Es sólo para una persona.

James miró a las esquinas de cada pared que daba al baño, con cierta mirada ágil y me adentró, a ese baño de la cafetería Tiffany, sin que nadie se enterara ya que había una pared que funcionaba como barrera para no ver quienes ingresaban al cuarto de baño.

—No hay cámaras en las paredes que den al baño, eso nos da ventaja.

Apenas nos adentramos en el baño, cerró la puerta y me acorraló a la pared más cercana. Mi respiración se contuvo, ya que estaba demasiado cerca de mí.

Sus ojos de caramelo me miraban ardiendo, siento la punta de su nariz contra la mía, y prácticamente rosa sus labios con los míos. Sujetó mis muñecas, pegándolas contra la fría pared blanca.

En ese dulce sometimiento me pareció más hermoso, luciendo orgulloso su hombría, y sólo yo sé cuánto lo odié por eso, pero también recuerdo el deseo que me produjo.

—Voy a besarte Alma Grey —dictaminó el ardiente hombre que me apresaba en el baño, entre susurros con sabor a café.

—Bésame de una jodida vez, James.

Su beso me contagio su sofocante ardor, y que creí que me prendería fuego si no lo tenía dentro mío de inmediato. Abrí mi boca para darle paso a su lengua que no tardó en entrelazarse con la mía. Sentí sus insaciables manos recorrer mi cuerpo, presionándome contra el suyo, atrapándome contra la pared.

Sentí una de sus manos acariciar mi muslo y no tardó en meterse debajo de mi falda amarilla, llegando fácilmente a mis partes íntimas, arrebatándome el aliento. Uno de sus fuertes dedos comenzó acariciarme.

Los besos se habían detenido ya que mis labios se encontraban entre abiertos y cerré los ojos, disfrutando de su atrevido contacto.

—Tus pezones están tiesos, creo que lo estoy haciendo bien.

Quise responder, pero su dedo, dibujaba las circunferencias de la libido en mi esfera del placer con tanta maestría que solo pude abrir aún más mis labios. Entonces sentí cómo uno de sus dedos corría traviesamente mi braga blanca para introducirlo en mi interior. James rápidamente me tapó la boca al ver que estaba a punto de gemir.

—Ya cantarás para mí, pero no aquí Grey —Dijo casi en silencio, penetrándome con sus ojos, susurrándome imperativamente, hasta casi provocarme llegar al clímax.

— ¿Qué pasaría si grito aquí mismo? —lo desafié, con una sonrisa y apenas podía hablar, ya que estaba demasiado ocupada sintiendo uno de sus dedos en mi interior.

—No —metió el dedo aún más adentro —, me —otra embestida —,desa… —más rápido que deseaba que fuera él el que estuviera en mi interior —fíes, Grey.

Entonces, con su otra mano empezó acariciar mi clítoris mientras que con la otra metía ahora dos dedos. Mis piernas se sentían débiles, quería gritar, estallar. Demonios, que bien lo hacía. Lo hacía bien, maldita sea, lo hacía cómo a mí me gustaba y eso era peligroso. Su erección era cada vez más grande, lo sentía contra mi puente de venus.

Estaba demasiado húmeda, tanto que mi braga ya estaba toda empapada. Él sonrió al notarlo. Me obligó a separar más las piernas, empujando con cuidado mis talones con sus pies.

James jugó insaciablemente con mis labios, hinchando mi clítoris, dibujando insistente círculos alrededor, estimulándolo con una velocidad que cada vez aumentaba más. Si el pecado se personificara, tomaría la forma de James sin lugar a duda. Un hombre adulto que podría darme incluso el mundo si lo quisiera, él ya me tenía completa y yo era dueña y provocadora de aquel miembro erecto que amenazaba con romper sus pantalones. Eso me hacía sentir deseada, superior a él, siendo jefa de su placer.

Tiene el vil descaro de rosar con la punta de su lengua mis pezones cubiertos por mi camiseta blanca, haciéndome estremecer. El silencio era lo más difícil que podría pedirme en esa situación. Humedece mi ropa, estremece mí interior y siento que estoy a punto de perder el control, queriendo llegar con mucha ansiedad al clímax que él quiere provocar tapando mis gemidos con su mano.

Entonces, cortando con todo aquel rollo, alguien toca la puerta, despertándome de la ensoñación y golpeándome cruelmente con la realidad. Pero James no para, no se detiene, continua masturbándome.

— ¿Está ocupado?—pregunta una señora por detrás de la puerta.

Tengo el instinto de querer sacar a James pero no quiero que pare.

— Sí—logré decir, con toda la voluntad posible por sonar normal.

— Oh, lo siento muchacha.

Y sin decir nada, escuché los pasos alejándose. James se detiene bruscamente y me levanta en el aire, para sentarme en el lava manos.

—Quiero hacerte acabar con la lengua—me dijo, serio y con la voz ronca.

Sin que lo esperara, abrió mis piernas de par en par con agilidad y su rostro se hundió en mi sexo. Apreté mis labios para no gemir al sentir como pasaba su lengua como si estuviera chupando un maldito helado.

—Oh mi Dios.

Me precipité a la sensación de un orgasmo que estaba cerca, creado por el roce de sus manos inquietas y su lengua juguetona.

James para, poniéndose de pie y mirándome con un rotundo deseo y yo allí, abierta de piernas ante él, mirándolo con la respiración trabajosa y sin poder creer lo que acababa de ocurrir. Me frustró demasiado que parara.

—No voy a hacerte acabar en un baño público—sentenció, dándome un casto beso en la frente—. Esta noche, a las diez, te espero en mi apartamento. Si te ausentas, quedas despedida ¿entendido?

Asentí, en silencio y mirándolo con mis ojos empañados debido a la excitación.

Entonces, se marchó, dejándome sin aliento, con la entrepierna empapada y con el corazón latiendo con fuerza.

No le faltaba demasiado para hacerme acabar así que completé el trabajo yo misma utilizando mis propios dedos.

Agendé el número de celular de James en el mío, pensando si enviarle un mensaje, o no luego de lo sucedido.

Todavía sentía sus manos recorriendo mi cuerpo, sentía su tacto con desesperación carnal, sabiéndome adicta a sus besos. Nadie me había besado de aquella forma, nadie había logrado averiguar por si solo dónde me gustaba ser tocada.

Llegué a mi apartamento y me topé con una persona instalando una nueva puerta en mi apartamento.

Pero qué demonios…

— ¿Qué está haciendo? Yo no he llamado a ninguna persona para instalar una puerta—me escandalicé, consternada.

El hombre barbudo y de sonrisa risueña me miró al instante, sin perder su ánimo y levantándose del suelo. Le estaba dando unos últimos retoques a la nueva puerta que era demasiado similar a la vieja; madera oscura y con el número dorado en el centro.

—El señor James Voelk me ha contratado para hacerle la instalación, señorita—me informó de lo más tranquilo.

Así que James…mierda. Creo que ya me estaba asustando que se preocupara tanto por mí pero a la vez algo me decía que lo dejara pasar y me centrara en cosas más importantes, cómo escoger una universidad.

— Lista para usar, señorita—me dijo el hombre, de uniforme de trabajo azul y en donde en su placa figuraba el nombre Jerry.

— ¿Y la vieja puerta?

— La llevamos a la administración del edificio para que la arreglen.

— Muchas gracias.

— Que tenga un bonito día, señorita Grey.

Y dicho eso, tomó su caja de herramientas y se marchó.

Me detuve frente a la puerta, con el entrecejo fruncido y pasé mi mano sobre ella.

— ¿Qué haría sin ti, James?—pensé en voz alta, en un susurro.

Me duché, me preparé el almuerzo, y finalmente me senté en el horrible sofá verde vómito para buscar una universidad en la cual estudiar. La universidad privada de Seattle fue una de las que captó mí atención en el buscador de Google.

Me quedé fascinada por el rústico edificio y fue allí donde algo en mí me pidió a los gritos que estudie allí, quedaba cerca de mi apartamento y solo tenía un bus de distancia.

La ansiedad me atacó y la emoción por empezar me decía que lo haga, que estudie allí y salga adelante como tanto había soñado.

Pronto sería una gran, prestigiada y admirada psicóloga. Con mi propio consultorio, atendería a estrellas de cine, sería fantástico. Daría entrevistas, saldría en la televisión para consultas sería…

Alguien tocó la puerta, interrumpiendo de forma brusca mis pensamientos.

Fui hacia ella y no tardé en reconocerla.

— ¿Merry? ¿Qué demonios haces aquí?—fue lo primero que solté, consternada.

Cabello rojo teñido recientemente y ojos azules hipnotizantes cayeron sobre mis ojos grises. Llevaba un saco color marrón claro, unos shorts azules que parecían rasgados y unas botas cortas.

— Tanto tiempo sin vernos, hermanita—soltó, con una sonrisa falsa y mascado chicle ruidosamente.

Tuvo la intención de entrar pero no sé lo permití.

— No eres mi hermana ¿Qué haces aquí?

— Fuimos criadas en el mismo orfanato, vivimos una infancia juntas ¿Qué te hace pensar que no tengo derecho a llamarte así?

Ahora comprendía por qué traía una maldita maleta a su lado.

— Merry ¿qué demonios haces aquí? —insistí, ignorando lo que acababa de decir.

— No tengo dinero sabes, además el orfanato eligió un apartamento asqueroso, del que ya me han echado. Vamos, Alma, sálvame de esta y alójame en el tuyo.

La desesperación se refleja en sus ojos, aun así su corazón es tan horrible que me daban ganas de vomitar, esa es Merry, una persona que despreciaba ver por múltiples motivos. Ella no era una buena persona.

— Dos semanas y te largas —sentencié, con muy mal humor.

Una sonrisa floreció de sus labios pintados de rojos y no tardó en darme un falso abrazo. Le permití el paso en silencio, escuchando solo las rueditas de su maleta que hacían un espantoso ruido.

— Qué asco tu apartamento, chica —soltó, con descaro y arrugando la nariz mientras sus ojos se paseaban por toda la casa.

— Si no te gusta puedes irte a la mierda, Merry, así que mejor te callas.

— Soy sincera, no te lo tomes a mal —dijo, llevándose una mano al pecho mientras masticaba horriblemente su chicle.

Dos semanas con ella, hubiese sido mejor que me den un tiro en la cabeza, o dos.

— Dormirás en el sofá.

Me miró como si le hubiese vomitado encima de su abrigo.

— ¡No voy a dormir en ese asqueroso sofá, desde aquí veo las ratas!

— No tiene ratas—sí tenía, pero no en el sofá, casa tanto veía a alguna pasear por aquí como si nada. Abrí la puerta nuevamente —. Duerme en el sofá o lárgate, Merry.

— Siempre tan fastidiosa. Seguro tu madre fue igual. Sigues teniendo su fotografía, seguro.

Sin pensarlo demasiado le propiné una bofetada, sacando lo peor de mí. Merry cayó de espalda contra la pared más cercana, con su mano en la mejilla y con varios mechones en su cabello.

— ¿Quieres empezar una pelea que no puedas terminar, pedazo de mierda? ¡No me hagas echarte a la calle! —le grité, con los nervios de punta.

Merry, furiosa, tomó la manija de valija y se fue dando un portazo de muerte. Intenté normalizar mi respiración, pero me fue imposible, tenía la mirada sobre la puerta y mi corazón desembocado. No sabía qué demonios acababa de ocurrir, pero de lo que sí me había dado cuenta es que Merry era mi pesadilla.

Faltaba una hora para las diez de la noche, así que ya estaba maquillándome, con la lencería que él me había regalado unos días atrás. Era color blanco, de tejido fino y transparente, tenía unas lijas sujetando mis muslos y varios detalles de infarto que irradiaban elegancia. No podía imaginarme a James eligiendo algo así para mí.

Repasé mi labial rojo, poniendo la boca en forma de O. Volví a pasar rímel por mis pestañas y un poco de rubor rosa sobre mis mejillas. Dejé mi cabello corto suelto y no me tomé la molestia de alisarlo, ya que tenía miedo de quemarlo al no tener un protector. Lo añadí a la lista de compras.

Me coloqué unos vaqueros azules ajustados, con la idea que marcar bien mi trasero, unas botas negras que me llegaban por debajo de mis rodillas y que tenían una plataforma bastante cómoda (gran decisión cuando las compré).

Colocandomé una blusa oscura y una campera de jeans clara, tomé mi bolso, lista para salir.

A las nueve y cincuenta ya estaba cruzando la calle, e ingresando al lujoso edificio en donde James vivía. Fui directo a recepción, donde un hombre de cabello castaño y ojos oscuros estaba detrás del mostrador, con la mirada perdida en su monitor.

— Hola, tengo una cita con el señor James Voelk pero no sé qué número de apartamento tiene ¿usted podría ayudarme?

El joven, que por cierto era muy apuesto, me sonrió tras levantar la mirada hacía mí.

— Su apartamento es el número siete. Se encuentra en la planta cinco ¿desea que le avise su presencia?

— No, está bien.

Con un saludo de mano, sentí como sus ojos se posaron descaradamente sobre mi cuerpo. Le enseñé el dedo del medio para que lo mirara también.

Tomé el elevador hasta el piso cinco y un enorme pasillo con luces blancas se hicieron presente ante mí. Las paredes eran de un color salmón y el techo era altísimo. Había varias mesitas con flores y obras de arte colgadas. Había varias puertas, pero la de James estaba al final del pasillo.

Le envié un mensaje en vez de tocar: “estoy ante tu puerta ¿piensas abrirme o cambiaste de idea?”

Entonces antes de que apretara Enviar, la puerta se abrió de par en par y lo que salió del apartamento me dejó sin aliento.

—Hasta la próxima James, eres grandioso—lo saludó Merry, dándole un descarado beso cerca de la comisura de sus labios y haciendo puntas de pie para llegar a ellos.

James tenía su mano en la espalda de ella y la otra en la manija de la puerta. En cuanto los dos se dieron cuenta de mi presencia, quise echarme a correr, pero sin embargo me quedé helada.

Merry me ignoró completamente, pasando por mi lado tras darme un empujón de hombros y con una amplia sonrisa en la cara, mientras que James veía como se marchaba. Tuve que obligarme a mí misma a no abrir la boca por la sorpresa que me había encontrado. Múltiples escenas sexuales sobre ellos dos se me cruzaron por la mente. Y eso, aunque quise negarlo, me dolió bastante.

¿Por qué con todas las chicas que seguro estaban en su entorno, debía chocar con Merry? ¿Cómo demonios terminó ella en su apartamento?

— No te bastó con meterme los dedos a mí, sino que también lo hiciste con mi compañera de orfanato. Grandioso James, veo que no pierdes el tiempo —se me escapó decir, sin filtro alguno.

Abrió los ojos, sorprendido.

— ¿Qué? ¿Conoces a Merry? Acabo de contratarla como mi ayudante.