Capítulo 11

El teléfono de James empezó a sonar y la llamada se reflejó en el tablero digital. El nombre de Merry figuraba en él. Miré hacía la ventanilla, tratando de que no se me notara el enfado en mi rostro.

James atendió, relajado. Supuse que no tendría nada que esconderme, sino la hubiera atendido por privado.

—Hola Merry ¿ocurrió algo en relación con la oficina? Recuerda que a esta hora no recibo llamadas de nadie.

—Hola James ¿está contigo Alma? Sólo quiero saber eso, no volveré a molestarte, precioso—su voz chillona me taladró la cabeza, pero no me centré en eso, sino en que había preguntado por mí.

Precioso, ella le decía precioso. Maldito Gollum.

James me miró, sin decir una palabra ya que su gesto fue: ¿Le digo que estás conmigo o no? Rodeé los ojos, sintiendo que aquella noche prometía ser la peor.

—Y vuelves a joderme y a tocarme las pelotas, Merry —le dije, finalmente.

—Vete al diablo. Sólo quiero recordarte que no te hagas ilusiones y sabes de lo que hablo.

Trato de mantenerme tranquila. Pero decido pasar de ella. Sé que James no comprende el mensaje de Merry, pero yo sí.

—Eso no pasara.

Corté la llamada apretando el botón rojo táctil del tablero de James, resoplando. Si mi madre estaba ansiosa por encontrarme, debía hacerlo ella, yo no iba a mover ni un pelo.

—Siento que tuvieras que escuchar eso—le dije a James, avergonzada.

Tomó mi mano por encima de mi muslo mientras manejaba, dándole un ligero y delicado apretón.

—No te preocupes, ahora entiendo que son enemigas naturales. Algún día quiero saber qué ocurrió entre ustedes dos. Ahora ¿qué tal si abres la cajuela del coche? Seguro con eso te olvidaras de todo—me preguntó, con una sonrisa pícara en los labios, manteniendo su buen humor.

Fruncí el entrecejo. Sin decir nada, abrí la cajuela pequeña y me encontré con unas llaves de lo que parecía una moto...ya que suelen ser distintas a las de un coche. Lo miré a él y luego volví a mirar las llaves.

—¿Qué significa esto, James? —le pregunté, en su susurro.

—Espero que sepas manejar una moto porque si no es de ser así, tendré que ser tu profesor particular y no me molestaría serlo en absoluto. Es más —se inclinó a mi oído —, sería un placer ser tu profesor, Grey.

Me quedé hecha una piedra, no sabía que decir. Estaba en shock. Me llevé las manos a los labios, y chillé de felicidad. Me reí con fuerza, sin salir de mi asombro. Ay por Dios. No podía dejar de ver la llave, que tenía un llavero en forma de pompón rosa.

—¡Ay James, no sé qué decir! —exclamé, extasiada —¡Quiero abrazarte, pero estás manejando, no quiero provocar un accidente!

Le llené de besos la mejilla más cercana, acunando en mi mano en su firme mandíbula. Su perfume era tan adictivo, olía tan bien y tenía el rostro tan suave que podría besarlo hasta la eternidad.

—¡Demonios! —carraspeó él, borrándose todo rastro de carisma y con los ojos bien abiertos.

Entonces, todo sucedió demasiado rápido, James pegó un volantazo contra la izquierda, esquivando un camión que venía por el camino contrario. Aquel volantazo provocó que nos subamos a una acera suertemente vacía y frenáramos de golpe. Escuché el ruido de las llantas contra el cemento y como mi cuerpo se embistió contra el asiento de un golpe.

James apagó el coche. Nuestros cuerpos se encontraban inmóviles, con nuestra respiración agitada. No podía entrar en razón, pero algo me dijo que revisara a James, quién no tardó en desabrocharse el cinturón, revisandome.

—¿Estás bien? Dios mío, Alma —me preguntó, desgarrado, con mucha intensidad en su voz y recorriendo mi rostro con sus manos.

—Sí, sí ¿y tú? —le pregunté, con un hilo de voz y con un enorme nudo en la garganta que me impedía hablar.

Lo miré, y asentí, aún espantada por lo que acababa de pasar. Por primera vez... le temí a la muerte, aunque sentía que la misma podría estar a la vuelta de la esquina. De una forma inesperada.

James encendió el coche, maldiciendo por lo bajo a aquel conductor que casi nos mata y paró en la primera gasolinera que encontró, quizás sólo para tratar de recuperarnos por lo ocurrido.

—¿Ya no quieres ir a comer? Porque se me fue el apetito —le dije, acariciándole el cabello en un intento tonto de consuelo.

Él tenía la mirada al frente, serio y no fue capaz de mirarme. El color de la cara se le había ido. Eso me preocupó.

—A mí también se me fue el apetito —susurró, como si le costara hablar.

—Voy al tocador del autoservicio.

Esperé unos segundos con la espera de que me dijera algo, pero el silencio se adueñó de él, estaba en su mundo. El susto lo tenía acorralado aún. Bajé del coche y fui al baño, con la intención de lavarme un poco el rostro y tratar de refrescarme un poco.

No había nadie, eso me dio la ventaja de estar un momento a solas conmigo misma.

Llegué al lavabo y me miré un instante al espejo, apoyando mis manos sobre el frio mármol, reprimiendo las ganas de llorar. Si James no hubiese doblado a tiempo, nosotros hubiésemos terminado bajo del camión, aplastados...Dios mío.

Me agaché un poco en dirección a la canilla para sentir el agua refrescarme la piel, cerré los ojos para que no me entrara agua. Cuando volví a la postura normal, tanteé con mi mano en busca de algún papel para secarme el rostro.

—Aquí tienes.

—Gracias —dije como si nada mientras lo tomaba y me secaba la cara.

Un momento, yo estaba sola. Abrí los ojos bruscamente y el rostro frio de mi madre no tardó en aparecer frente a mí. Pegué un grito de muerte, retrocediendo, con la mano en mi pecho.

Me miró con un gesto tan enojado que le tuve miedo.

—¿Cómo me encontraste? ¿Cómo sabía que iba a estar aquí? —tartamudeé, sin dejar de mirarla y queriendo huir.

Ay no ¡¿por qué a mí?!

Su melena rubia le llegaba hasta la cintura, tenía el cabello ondulado. Llevaba un vestido blanco que le destacaba la figura, pegado al cuerpo y unos zapatos de tacón que le hacían juego al igual que la cartera de mano. Su belleza era inexplicable, casi incandescente.

Se me cruzó por la mente qué pasaría si James se cruzara con ella.

Era como verme a mí, pero ella claramente aparentaba ser más joven a pesar de su edad.

—¿Creíste que no iba a encontrarte, Alma? —me preguntó, seria y cruzándose de brazos —Te creía más inteligente, pero veo que eres capaz de lo que sea.

Me clavó sus ojos grises, furiosa.

—No voy a regresar allí. Necesito más tiempo ¡déjame en paz!

—¿Por qué demonios te niegas a regresar a lo que tú elegiste?¡Lo tenías todo!¡Tu decisión fue absurda! —me gritó, con aquella voz que a veces me causaba pesadillas.

—No voy a regresar allí, yo estoy bien, he conocido a alguien, mamá —espeté, haciéndole frente y con la voz firme.

—Sí, los vi.

—Debes regresar a donde perteneces ¡no aquí!¡Quedaras atascada!

De espaldas hacia ella, me paré en seco. Cómo se atrevía...

—¡No, mamá!¡No!

—Vanidosa como tu madre, siempre supliqué que no te volvieras en alguien así —me reprochó, entre dientes.

—Lo hubieras pensado antes de abandonarme—carraspeé.

Su respuesta fue una bofetada descarada, quien me hizo tambalear contra la pared más cercana. Me tomé la mejilla, mirándola, desconcertada.

—Sé con quién andas —me dijo, acercándose a mí a paso lento y apuntándome con el dedo acusador—, sé con quién te revuelcas y sé cómo terminara todo esto. Sólo pretendo evitar el desastre, Alma.

—No sé de qué me estás hablando, mamá.

—Sabes la realidad de James. Sabes todo lo que está ocurriendo aquí ¡Lo sabes!

—¡No te tengo miedo, mamá! —le exclamé, a la defensiva —¡Procura brindar amor en el mundo, follate al dios de la guerra, a tus amantes, a los que quieras, pero déjame en paz!

Se echó a reír, de una forma tormentosa.

—¿Dejarte en paz?¿Eso es lo que quieres?¡No voy a permitir que te equivoques una vez más!¡¿Por qué Alma?!¡Puedes tener la paz en otro lado, no aquí, hija!

Me eché a llorar, no la soportaba, no podía estar así, me tenía contra la espada y la pared.

—Por favor Afrodita—supliqué en un susurro —, déjame en paz.

La miré atentamente, con lágrimas en mis ojos y la ira carcomiéndome, y me fui, deseando no volver a verla nunca más. Desapareció y pude volver a respirar.

Me encontré a James llevándose un cigarro a los labios e inhalando el humo que no tardó en expulsar, estaba fuera del coche, apoyado en él.

—No sabía que fumabas —le dije cuando aparecí, tratando de borrar con el dorso de mi mano toda lagrima rebelde.

Aquel aspecto suyo me había sorprendido. Me miró y me sonrió levemente.

—Fumo cuando me encuentro nervioso, no es muy recurrente en mí —me dijo, con voz gruesa y encogiéndose de hombros —¿Cómo te encuentras, belleza?

Me puse a su lado, abrazándome a mí misma, mirando los coches pasar en aquella noche tan miserable. La casi muerte, la visita inesperada de mi madre y el hecho de existir, ya me daba pánico.

—Estoy bien —mentí, pero no quería profundizar en mi drama.

Afrodita era la diosa de la belleza y del amor sexual. Había nacido del mar y su belleza era superior a la de cualquier criatura. Todos los que la veían, dioses y mortales, quedaban prendados de su hermosura y ella lo sabía. Tan superior que cualquier ser humano caía ante sus pies...un día se enamoró incondicionalmente de uno y de aquel fruto nací yo...una tal Alma Grey.

No quería pensar en los dioses ni en el mar, ni en la belleza, por más que estuviera culminada en ella.

Miré a James, quién estaba sumergido en su mundo, observando algún punto de la carretera, fumando, pensante, misterioso.

Lo tomé de la mano, tirando de él y sacándole el cigarro de la boca.

—¿Qué haces? —me preguntó, confundido y serio.

Lancé el cigarrillo al suelo, y lo pisé con mi zapato para apagar el fuego. Al ver que no había nadie, lo guie hasta el baño de hombres, él no decía nada, seguía hipnotizado debido a mis ojos.

Abrí la puerta del cubículo más cercano, y agradecí que no hubiera nadie. El único ruido que había era el de la luz tenue que daba la lamparita que parecía estar en corto. Eso no me preocupó, ya que sólo tenía la atención puesta en James. Quien me estaba mirando de una forma atontada y no paraba de morderse el labio inferior, curioso por lo que haría con él.

Me encerré con él, en aquel espacio tan diminuto y me agaché, a la altura del cinto de su pantalón, el cual no tardé en desabrochar. Él soltó el aliento, deseoso, suponiendo lo que estaría a punto de hacer.

—Eres tan impredecible, Grey...

Cuando dejé a la vista la tira de su bóxer, vi algo que capturó toda mi atención. Sentí que toda intención de hacer que la noche mejorara, se había desvanecido. El nudo en la garganta había vuelto aparecer.

—Veo que alguien ya te ha entretenido hoy —solté en seco, levantandome nuevamente al ver marcas de pintalabios en su abdomen marcado cuando saqué la camisa de adentro de su pantalon.

—¿De qué demonios estás...? —miró el camino de besos rojos se perdía por debajo de su bóxer, entendiendo por qué me ponía así — Carajo, Merry. —pensó en voz alta.

Lo sentí como una bofetada. Él se había percato tarde de sus palabras.

—No sé por qué demonios continuo esta relación contigo, cuando no soy suficiente para satisfacerte—le dije, abriendo la puerta del cubículo hecha una furia y saliendo de allí, con la intención de pedir un taxi.

—¡¿Qué?!¡Alma, por todos los cielos!¡Deja esos celos estúpidos!¡Creí que eras lo suficiente madura como para tener este tipo de relación! —gritó James detrás de mí, tratando de alcanzarme.

—¡Vete con Merry, seguro ella es mejor chica de compañía que yo, maldita sea! —le grité, furiosa.

Sentí su presencia cada vez más cerca de mí y James me agarró del brazo, impidiendo que me vaya. Lo miré con la peor cara.

—¿Y qué problema habría si la quiero a ella también cómo mi chica de compañía? —espetó, enojado —Tú y yo tuvimos un acuerdo, eso no lo olvides, Alma. Yo puedo acostarme con quien yo quiera, no tengo dueña.

Me quedé helada ante su confesión, fue como si mi corazón se hubiese hecho añicos ante lo dicho. Me zafé de su agarre, sin dejar de mirarlo, rota. Es como si hubiera bajado la temperatura, no sabía qué hora era, pero sabía que era tarde y estaba con un hombre al que no le estaba dando suficiente placer como para que se contentara solo conmigo.

—Me estoy arrepintiendo de ese acuerdo, James —sentencié, con la voz rota y mirándolo de pies a cabeza —. Y quiero que también algo te quede claro; yo tampoco tengo dueño y esta noche voy a encontrar a cualquier imbécil al que desee follar conmigo y que sólo tenga ojos para mí.

Él me apretó bruscamente contra una de las puertas del coche y pegó su nariz contra la mía, sujetándome por las muñecas. Su aliento golpeteaba contra mi rostro, su enorme cuerpo me tenía acorralada.

—Yo quiero ser ese imbécil que te folle.