LOS QUE CRUZARON EL ABISMO (III)

La conmoción de atravesar el abismo tuvo los mismos efectos tortuosos que antes. Los cuatro convictos aterrizaron esta vez sobre una superficie fría y nevada. Quizás por el temor a ser acechados por algún elemento de la fauna local, o porque ya habían experimentado aquel dolor antes, se recuperaron un poco más rápidamente.

—¿Qué es eso? —preguntó Kane observando hacia la distancia. En el horizonte nublado y bajo una copiosa nevada que dificultaba la visión, se podía observar una siniestra silueta aproximándose. De lejos parecía un gigante antropoide con tres cabezas, aunque cuando estuvo suficientemente cerca como para ser distinguido se dieron cuenta que esa criatura distaba mucho de ser simiesca.

Para empezar no tenía cabeza realmente, sino tres ojos que brotaban directamente de los hombros y que se extendían como los pedúnculos de un caracol. La boca estaba situada en donde un humano tendría el abdomen y era una boca vertical cuyos colmillos estaban formados por el mismo tejido orgánico que los labios. Caminaba mediante cuatro extremidades terminadas en garras curvas como garfios y emitía unos alaridos escalofriantes.

Sin mayor trámite los cuatro tomaron sus armas; Harrison la metralla, Meredith el rifle recién ensamblado que le dio Harrison y los otros dos una pistola cada uno, y comenzaron a disparar llenando de plomo al monstruo que cayó de espaldas acribillado.

—Gracias a Dios —dijo Hasán limpiándose el sudor de la frente— al menos a estas bestias de acá si les afectan las balas.

—¿Qué le hace pensar que su dios no está ayudando, Doctor? —le preguntó Kane.

—Porque sólo hay un Dios y está en todas partes —respondió—, es el creador del Universo.

—Exacto. Dios creó nuestro universo. ¿Qué le hace pensar que creó todos los universos? Quizás haya un dios diferente controlando cada universo.

A pesar de que sus uniformes estaban diseñados para darles calor, el frío empezó a calarles así que sacaron de sus equipajes la ropa especial que les había suministrado el ejército para abrigarse.

—¡Esperen! —dijo Harrison alerta, y desencasquilló su metralla— no estamos solos…

De entre las tenebrosas inmediaciones surgieron innumerable cantidad de ojos rojos y redondos que los observaban con curiosidad. Todos prepararon sus armas.

Las criaturas salieron de entre la oscuridad. Parecían una mezcla entre cerdo, lobo y rata, aunque bípedos. Le llegaban a la altura de la cintura a un humano y estaban cubiertos de grueso pelo. Sus hocicos eran alargados y colmilludos pero sus narices eran chatas como de porcino y sus ojos iridiscentes redondos y rojizos. Tenían orejas grandes como de murciélago y se cubrían por pieles de animal. En cuanto estuvieron cerca se postraron ante ellos de cuerpo entero y comenzaron a hacerles reverencias.

—¡Que me jodan! —sonrió Harrison— estos tipos nos ven como dioses.

—Evidentemente son primitivos —dijo Kane— y nos acaban de ver saliendo del aire y matando a la distancia a un monstruo gigante.

Los seres llevaron a los cuatro viajeros hasta una serie de cavernas en donde se guarecían. Las cuevas en su interior habían sido notoriamente labradas y trabajadas para hacerlas más espaciosas y cómodas. Adentro tenían una fogata que les brindaba calor y luz.

Sentados sobre lo que parecían ser troncos, las criaturas les ofrecieron alimento pero el olor del mismo era desagradable así que lo rechazaron. Luego les llevaron un líquido en unos recipientes hechos en metal.

Harrison lo olfateó. No olía mal… así que lo probó tímidamente.

—¡Hijos de perra! —dijo felizmente— ¡pero si es alcohol!

—¿En serio? —preguntó Meredith probándolo. En efecto era una bebida fermentada que tenía buen sabor y provocaba un efecto similar al del licor. —Sabe bien.

Kane también la probó, pero el Dr. Hasán no lo hizo pues el Islam prohíbe consumir bebidas alcohólicas, sin embargo, para no ofender a sus anfitriones, derramaba la bebida en el suelo disimuladamente cuando nadie lo veía.

Las criaturas empezaron a tocar tambores y a bailar.

La fiesta se extendió por horas y horas y los invitados de honor empezaron a ponerse notoriamente borrachos, salvo por el médico. Harrison y Meredith hicieron una parodia de baile al son de los tambores y en poco tiempo terminaron abrazados y besándose. Una cosa llevó a otra y finalmente Harrison llevó a Meredith a una caverna donde tuvieron sexo por largo rato hasta quedarse dormidos.

Kane los miraba recelosamente mientras bebía tragos del licor, hasta que empezó a darle sueño y finalmente perdió el conocimiento.

El Dr. Hasán estaba suspicaz. Fingió estar cansado y se fue a dormir a una cueva.

Algunas horas después los nativos llegaron a la cueva de Kane y lo sacaron a rastras. Estaba totalmente inconsciente por la bebida, así que le ataron las manos a la espalda. Hicieron lo mismo adentrándose a la caverna donde dormían juntos y abrazados Harrison y Meredith y también les apresaron. Pero cuando penetraron la cueva donde se había recostado el Dr. Hasán no encontraron a nadie… estaba vacía.

El primero en despertar fue Harrison. Cuando recobró la consciencia se percató de que no estaba en la cómoda y cálida cueva donde se había recostado, sino en medio de la nieve y de frente a un vasto lago o mar congelado. Se encontraba a los pies de un horripilante tótem hecho en piedra y que tenía una forma extraña como la de un gusano con múltiples ojos y tentáculos. Tenía además las manos fuertemente atadas a la espalda.

—¡Hey! ¡Hey! ¿¡Que están haciendo!? —bramó furioso. Los seres se encontraban recitando una especie de letanía ininteligible en su lengua inhumana y uno de ellos, que parecía ser el sacerdote pues tenía el pelaje teñido de colores, sostenía un cuchillo y reverenciaba al fetiche.

Meredith y Kane se despertaron también poco después encontrándose igual de alarmados que Harrison. El sacerdote se les aproximó con el cuchillo en la mano listo para hacerles un corte mortal en el cuello y desangrarlos ahí mismo.

Súbitamente los disparos emitidos por una metralleta los distrajo. Se trataba del Dr. Hasán quien había escapado de los efectos soporíficos de la mortal bebida y se había logrado escabullir de las cavernas asiendo antes el arma de Harrison.

Pero las criaturas no se inmutaron ante la amenaza de los disparos o quizás no entendieron cómo funcionaba el arma. Más bien pareció instigarles más rabia ya que el sacerdote se acercó a dar el mortal golpe y el resto de seres se lanzó contra el médico, quien entonces abrió fuego contra ellos.

Harrison aprovechó la distracción para levantarse, y aunque tenía las manos atadas le propinó al sacerdote una contundente patada en la cabeza. El ser colapsó sobre el hielo del lago, Harrison se encaminó para finiquitar el asunto y le empezó a patear la cara hasta quebrarle el cráneo aplastándoselo contra el hielo.

Los seres que no murieron acribillados por el Dr. Hasán escaparon y el médico se aproximó a sus compañeros y los liberó cortando las sogas con un cuchillo.

—Malditos bichos supersticiosos —escupió Harrison.

Sintieron entonces un temblor. El hielo empezó a agrietarse por lo que corrieron hasta tierra firme a toda prisa. Una vez en la ladera del lago congelado observaron con pavor como el hielo se resquebrajaba en grandes bloques y de él emergía un monstruo aún más grande y espantoso que nada que hubieran visto antes. Era idéntico al tótem; un gusano viscoso con una boca babeante repleta de colmillos y de la que brotaron decenas de lenguas, incontables tentáculos y cientos de ojos en la cabeza. La abominación emitía unos rugidos chirriantes y ensordecedores.

Corrieron tan rápido como pudieron. A tanta velocidad como les fue posible para alejarse rápidamente de aquel espantoso engendro. En poco minutos llegaron hasta el monolito y escuchaban a lo lejos el eco de los rugidos del ser aproximándose.

—¡Rápido! ¡Rápido! —suplicó Meredith. Harrison se cortó la mano con un cuchillo y embarró de sangre el monolito. Este vibró, relampagueó y finalmente abrió la compuerta interdimensional. Saltaron uno a uno…

Pero del otro lado llegaron solo tres personas; Harrison, Meredith y Kane. Se recuperaron relativamente rápido del dolor y notaron la ausencia del Dr. Hasán.

—¿Dónde está el Doc? —preguntó Harrison. La puerta se cerró y nadie más atravesó por ella.

—Quizás lo alcanzó el monstruo —sugirió Kane.

—¡Pobre Dr. Hasán! —lamentó Meredith llevándose las manos a la boca.

—Pobre tipo… —dijo Harrison con rostro de luto— pobre, pobre tipo. Ese buen Doctor nos salvó la vida a todos. Espero que no haya sufrido.