BAJO LOS ESCOMBROS

“No, John, lo siento, no era lo que deseaba decir, créeme…John?...John?” – Un silencio atroz fue el preámbulo de una noche solitaria mientras las bombas caían a no lejos de distancia. Mis mayores temores se veían cada vez más ciertos a medida que avanzaban las horas.

En el exterior, en aquella avenida antes poblada de saqueadores y uno que otro poblador que buscaba desesperadamente la salida hacia lugares lejanos, no había más que un paisaje muerto, mudo por la desolación y negro por la falta de energía eléctrica. Los bombardeos habían ocasionado serios daños a las plantas generadoras y todos teníamos que alumbrarnos con candelas, sin que nadie pudiera detectar nuestra presencia en aquel pequeño cuarto al fondo de la recién estrenada casa.

Hacía diez años que mi padre la había adquirido, en una exclusiva urbanización de la capital, exactamente el mismo tiempo en que vine al mundo, y aún no comprendía porque los hombres comían hombres. En pocas ocasiones que logré acompañar a mi padre para buscar parte de lo que se requería para la familia, un pedazo de jabón para lavar ropa, aceite o papel higiénico, realizábamos los recorridos, a veces en vehículo otras a pie. Lo importante era regresar a casa con algo que comer.

La odisea podía durar unas cuantas horas y en otra ocasión el día completo. Había que salvar varios obstáculos, incluso atravesar las barreras que había instaurado la guardia para evitar los saqueos y detener a cualquier subversivo. Eran épocas dantescas, donde se podía encontrar en cualquier calle el cuerpo agujereado de un individuo que resultaba ser el padre de familia en busca de provisiones pero que no se había detenido a la voz de alto de uno de los gendarmes.

Mientras los guerrilleros se escondían entre las ruinas de algunas casas destruidas por las bombas, y los policías le buscaban con intensidad, aquellos ciudadanos que habían logrado salir de la ciudad podían disfrutar de una relativa calma, el resto de nosotros aún procurábamos sobrevivir en ese caos.

Lennon, vendría al mundo bajo esas mismas circunstancias, ante la incesante lluvia de explosivos de los aviones alemanes, en cuyas alas se podía apreciar la esvástica, símbolo insigne de una política anti-semita y discriminatoria. Ese niño, al igual que yo no tendría el deseo de vivir en un mundo envuelto en fuego, grito y llanto. Gente muriendo cada noche, cada día, sin un día especifico. Por ello la vida era el elemento más relevante y apreciado para quienes aún respirábamos.

Los juegos infantiles se limitaban a realizar imágenes con nuestras manos a la luz de la vela, y en el día mantener silencio en el fondo del patio, debajo del alero para que un francotirador no quisiera probar con nosotros su puntería. Había que estar quedito, callado, y bajar la voz cuando era necesario responder algo a mi madre, quien se había ingeniado realizar de tripas chorizos, con lo poco que mi padre podía conseguir en el mercado negro o donde fuera, ya que no importaba cuánto dinero se tuviera, ante la escasez de lo más necesario.

Se notaba la diferencia entre aquel mundo que conocía donde abundaba los manjares y las golosinas, a este infierno en que se había convertido mi mundo, con privaciones y zozobra de cuanto acontecía en el exterior. A veces la radio de la pequeña estancia al lado de la cocina nos permitía sintonizar alguna transmisión lejana, más por la pobre baterías del radio transistor rojo que me habían regalado en mi último cumpleaños así como el abandono de las radiodifusoras quienes habían terminado sus funciones meses antes de la ofensiva final en la capital.

Si, efectivamente, un niño de 10 años, junto a sus hermanos, no podrían tan siquiera imaginar que en menos de lo que uno lo piense se ven envuelto en un trama bélico cuyos origines no pueden ser comprendidos ni tampoco responden a los intereses de unos infantes que un año antes jugaban con sus vecinos, y ahora ellos habían huido con sus familias a otros países para evitar caer en las garras de la guerra.

Muchas familias y amigos se habían separado y ya nada iba a ser lo mismo después de que aquello finalizara, si es que llegará a pasar, pero como luego me enteré de un adagio popular, nada dura mucho tiempo.

Hacía poco llegué a conocer al gran John Lennon, con su característica mística y sin los lentes tan curiosos que lo identificarían en su edad adulta. A sus cinco años cuando la guerra había finalizado en Europa, se encontraría en una disyuntiva familiar entre su padre Alfred y su mamá Julia.

Debe ser difícil para un niño tener que lidiar con la separación de sus padres, quienes nos traen al mundo pero sin preguntarnos si realmente queremos llegar. Tampoco hemos sido consultados si ellos pueden vivir a distancia sin importar que tienen hijos cuyo único lazo con esta vida son esos adultos a quienes llamamos papá o mamá.

John Lennon, aprendió desde infante que la vida realmente apesta. Los adultos deciden el destino de los menores cuando se olvidan que lo fueron en algún momento. Jugar a la guerra resulta menos peligroso que la que llevan a cabo por razones a las que en realidad no tienen asidero alguno, por donde uno lo quiera ver. Hay que entender porque John, no encontraba el sentido a la lucha armada, aun cuando implicara la liberación de países bajo regímenes totalitarios, o porque se quiere demostrar la supremacía de poder. A la larga era mejor estar más de un día en cama abogando por la paz mundial.

Por el momento, lo único que me interesaba era seguir unido a mi familia y no morir bajo los disparos de los rifles, al que se suponía iba dirigido a los enemigos de la nación. Pero en realidad las balas no tienen nombre, pero si destruyen la vida.

Una noche se sintió un estruendo en el suelo, algo nuevo que no había determinado en los días anteriores de nuestro encierro. Toda la tierra parecía moverse a nuestros pies, y el rostro de alarma de mi madre, nos decía que algo no andaba bien. Ella procuraba mantenernos cerca a todos y evitar mostrar preocupación o temor. Ella fue una pieza fundamental en esos meses previos al término de la guerra. Por ello entiendo lo que Julia significaba para Lennon.

La razón del terremoto era un tanque Sherman que se aproximaba a no menos de cincuenta metros de nuestra casa, haciendo temblar los cimientos y ocasionando cierto grado de histeria entre las personas que se aventuraban a correr por las calles en busca de alimentos. El movimiento se detuvo, un silencio sepulcral vino a continuación. Todos nos mirábamos, no sabíamos que había ocurrido. Mi padre en susurro nos indicó que no hiciéramos ruido y que permaneciéramos en el suelo sentado.

Mi hermanita de tan solo seis años, se aferraba a mi madre en sus brazos. La tensión se sentía en el ambiente. Nuestras respiraciones eran tenues y mi corazón palpitaba a mil por segundo. De pronto, el silencio fue interrumpido por un estruendo que corto el espacio y movió todo el andamiaje de la estructura. El tanque había disparado una potente bola de cañón. Mi hermanita gritó, al mismo tiempo que mi madre la abrazaba. Todos estábamos muy nerviosos.

Mi padre se abalanzó sobre nosotros para protegernos considerando que la explosión podría desboronar literalmente el cemento de las paredes o los forros del cielo raso. Un segundo disparo nos hizo comprender la gravedad en lo que nos encontrábamos. Ráfagas de disparos de metralleta surcaban en el aire. No se podía describir de dónde provenía, más el manto de la noche que se aproximaba, y sería mudo testigo de aquella batalla en la ciudad.

Esa incursión de la tanqueta fue suficiente para que nuestros padres tomaran la decisión de abandonar el país, aquel terruño que nos vio nacer y las esperanzas de que pudiéramos crecer en un entorno de amistad y familia. Atrás quedarían nuestros seres queridos y amigos de infancia. Por alguna extraña razón, la mudanza con pocas pertenencias a otro lugar pero con nosotros seis era mejor que la incertidumbre de lo que podría haber ocurrido de permanecer más tiempo en nuestro escondite. Tomar el último vuelo para escapar fue toda una odisea.

¿Tuvo John, tiempo para disfrutar de sus juegos de infancia con sus amigos?, era algo que no pude preguntarle, pero sé que vivir con su tía y su madre, era mejor consuelo que la travesía que más adelante le depararía el futuro. Muy contento llegó a comunicarme que su mamá le había comprado un instrumento musical, realmente eran de los pocos momento en que lo vi completamente feliz. Creo que la ilusión que su madre, le enseñara algunos acordes para interpretar el artefacto, era más que suficiente para sentir cercana su relación con su progenitora.

- ¿Vas a ser un artista?- Le pregunté

- Me gusta estar con ella, nada más – Me dijo con cierto brillo en sus ojos

- Me gustaría que mi mamá me comprará una guitarra, sabes – le dije con aquella candidez de la edad

- Deberías decirle que te gustaría aprender a tocar y espera ver que responde, pero no dejes de hacerlo – sonrió ante tal propuesta

- Seguro me dice que sí, pero también podría decirme que no – Fue lo primero que se me vino a la mente

- ¿Pero jamás lo sabremos si no lo haces, no crees? – Sentí que era una sentencia final.

Realmente, mi mamá siempre nos apoyó en nuestros esfuerzos por ser buenos estudiantes, pero en temas extra curriculares, realmente aún no había existido por parte de los varones un intento por lograr obtener algo. Así que en realidad, no tuve la confianza para hacerlo sino hasta años después cuando tenía 14 años, que aprovechando que un grupo musical de la iglesia cercana me infundiera la desesperación por aquel instrumento decidí expresar mi intención. ¿Cuál fue la sorpresa? Ella me dijo que habláramos con uno de los integrantes del grupo para que me enseñara mis primeros acordes. Me sentí simplemente extasiado.

Junto con dos chicos más, empezamos las clases en la casa de uno de ellos, cada quien llevaba su guitarra y el profesor me prestaba la suya, por cierto, al final esa misma fue la que terminó en mis manos, luego que mi querida madre negociara comprársela. Fueron tres meses hermosos aprendiendo a rasgar las cuerdas de la guitarra y a entonar música popular.

Un adolescente John Lennon, se dirigía con sus amigos de colegio a presentar su último material de artistas británicos en una fiesta. No se cobraba pero se divertían. Me encantó verlo feliz y realizando bromas, parecía que la tragedia que le había arrancado la vida a su madre lo había dejado atrás y ya era cuestión superada. No es fácil llegar a los 18 años, solamente cargando una guitarra. Están de por medio también las chicas.

Creo que cuando él conoció a Cintya, no sabíamos si sería la única o habría más, siempre nos veíamos cerca de la barda del cementerio junto con otros compañeros. Ahí estaba junto a la tumba de mi abuelo materno, preguntándome qué habría más allá de la muerte.

- Nadie ha regresado para contarnos que hay más allá – me dijo mientras fumaba un pequeño cigarro

- ¿Será por qué vienen transformados con otra cara? – Le pregunté ingenuamente

- Si fuera así, entonces me gustaría cambiar mi nariz la próxima vez que venga .- y el comentario nos hizo reír a carcajadas

- Pues yo no tendría queja si me hace más alto, pero si me gustaría saber si esto no es el final – me refería a la vida misma

- Creo que eso no lo sabremos en realidad – se bajó del muro y mirando al horizonte prosiguió – pero qué importa si lo que es importante es que somos jóvenes y tenemos mucho tiempo adelante

Corrimos entre el césped verde hasta que desaparecimos de esa ciudad silenciosa.

Mi turno para saltar al escenario llegó a final del colegio enfrentando a una horda de impacientes párvulos que deseaban escuchar la lista de invitados al evento final del año, entre ellos, un compañero que me embauco agregando mi nombre a la lista pero él no se presentó, lo que al parecer se debió al pánico escénico. Mi interpretación de La Bamba, de Ritchi Valens, fue desastrosa, me sudaron las manos, que como jabón se deslizaban en todas las cuerdas, y copiosamente me sudaba la frente, y el sonido era horrible. La realidad era que deseaba que aquel suplicio finalizara cuanto antes. Los minutos fueron horas y cuando al fin había terminado la última frase, con desnutridos aplausos, me aleje lo más pronto del escenario. Obvio que mis compañeros me saludaron, pero sabía en lo más fondo de mi corazón que había sido la peor de las interpretaciones.

Me alegro saber que a John, le había ido mejor, por lo menos pudo conseguir un contrato en Hamburgo, para salir de Liverpool, y explorar nuevas emociones. Para entonces había conocido a un larguirucho Paul Mcartney, y a un nuevo amigo, George Harrison. Mientras él se dirigía a ingresar al mundo del espectáculo, mi futuro era entrar a la universidad porque mis padres no veían en la música una estabilidad económica a futuro. Cuantas veces John, tuvo rechazos y menos aceptación para tocar y cantar, pero eso no lo detuvo. Claro, tal vez su tía Mimi, no era un obstáculo para él, y podía ser más rebelde para tomar sus propias decisiones.

Los años pasaron, y cuando cumplí los 19 años, mi novia se embarazó. Una mañana me comunicó que necesitaba conversar conmigo, y quedamos de vernos en el parque, y ahí sentado en una banquita me reveló su mayor preocupación. Sentí una especie de mezcla de sentimientos, que no se podían describir, desde el susto hasta los nervios. Todo se le viene a la mente como esa ola gigantesca que amenaza con destruir todo a su paso. Ella comenzó a sollozar y la abracé y le dije que todo estaría bien, que era una noticia positiva y que ambos lo solucionaríamos. Mi primer paso era informarlo a mis padres y luego ver que hacer para no salir de la universidad.

Tal vez en ello, Lennon, tuvo una situación diferente, cuando a sus 22 años, sabía que sería padre. ¿Lo esperaba? Por supuesto que no.

- ¿Qué se siente? – Me preguntó

- Mi hija tiene cuatro años y es una preciosura – le comenté para animarlo

- ¿La querías tener? – Me consultó con una mirada fija

- Si, por supuesto que quería tenerla – le respondí inmediatamente

- No se, no se… - dijo con tono preocupado – no se si este preparado

- Ya estás haciendo camino en la música, imagínate, ya tus canciones se escuchan en todo el Reino Unido

- Pero, ¿llegare a ser un buen padre? – Me inquirió insistiendo en el tema

- No hay nada absoluto, lo sabes, depende de uno, depende de… - me interrumpió

- Bien, si las cosas deben hacer así, no hay nada que podamos cambiar, ¿no lo crees? – termino de fumar y tiró el cigarro

- Tranquilo que todo estará bien