Juan Pablo y Luis Alejandro reunidos en su habitación de la hacienda y preparándose ya para dormir, conversaban de lo acontecido durante el día:
–Ya no aguanto este fastidio Juan, estoy loco porque llegue pasado mañana para largarme de este monte. No hay con quien conversar, no hay fiestas, no hay muchachas a quienes cortejar, no hay adonde salir de compras, sólo hay silencios que atormentan, mosquitos que no te dejan tranquilo y si uno sale a pasear hay que estar viendo hacia todos lados no vaya a salir una culebra a picarlo a uno. Yo sabía que era mala idea venirnos para acá, así fuese por cuatro días nada más –le suelta Luis a su hermano.
Juan Pablo, en cambio, se sentía pleno, emocionado, con una sonrisa que no podía disimular, con el pensamiento fijo en una sola visión: Mariana, la muchacha que le había despertado a un sentimiento nuevo en él, que le abría una nueva ventana hacía un mundo que él veía como algo maravilloso, repleto de nuevos y bellos colores. Algo dentro de Juan Pablo le decía que Mariana era la compañera que él quería, que él necesitaba, sin dudas tenía que ser ella, sin embargo, aquella conversación con su hermano lo despertaba de ese sueño con una brutal bofetada con la que reaccionaba de lo inminente de su viaje de regreso; no podía creer que el más hermoso sentimiento que había experimentado podría estar naciendo y muriendo al mismo tiempo por una enorme distancia geográfica que pronto lo separaría de lo que, desde ya, él consideraba como el amor de su vida.
–Luis, yo en realidad me siento muy contento de haber venido. No sabes lo diferente que veo la vida desde que llegué a estas tierras. Si por mí fuera me quedaría aquí para siempre hermano.
–¿Cómo es la vaina? –le replica Luis, –pero bueno vale, ¿tú como que te volviste loco?, aquí no hay nada chico, un poco de vacas y monte es lo que se ve por aquí vale. No, no, no, no, no. Que va mano, yo sí es verdad que me quiero ir ya. ¿Qué fue lo que viste hoy por ahí pues?, hoy estuviste perdido porque casi ni te vi. A mí hoy se me hicieron larguísimas las horas.
–Como tú digas Luis, como tú digas. Yo me voy a dormir de una vez hermano. Ya quiero que llegue mañana.
–¿Por qué?, ¿qué vas a hacer mañana, pues?
–Mañana voy a seguir siendo feliz –le responde Juan Pablo con una sonrisa dibujada en su rostro mientras se daba la media vuelta y se arropaba por completo. –Buenas noches Luis.
Apenas llegó la mañana, Juan Pablo tomó inmediatamente su desayuno y salió apresuradamente hacia La Aguada, para encontrarse con ese nuevo y limpio amor que había descubierto de manera tan inusitada en un lugar tan apartado de su querida ciudad. Salió antes que se despertara su hermano, tanto por la ansiedad de ver a Mariana como para evitar preguntas incómodas que le pudiese formular Luis Alejandro. Se despidió de su abuelo y de su papá con la excusa de hacer un buen recorrido por La Avileña, pues al día siguiente partirían para quién sabe cuándo volver. Mientras tanto, en la casa de Peruchote, Mariana también se preparaba para salir al encuentro de Juan Pablo. Se llevó una carga de ropa sucia para lavarla en La Aguada como solía hacerlo y dos envases de agua para llenarlos en el lugar y usarlos en la casa.
Al llegar al sitio indicado, Juan Pablo se encontró con un par de pobladores cercanos que se proveían del preciado líquido y se escondió entre los árboles esperando a que éstos se fuesen del lugar y al mismo tiempo manteniendo la mirada en el camino con una gran ansiedad porque apareciese la bella campesina con su cuerpo de guitarra y su melena un poco descuidada dejando que el viento juegue con ella. Luego de veinticinco minutos de espera Juan Pablo empezaba a sentirse incómodo, y cuando aparecían pensamientos de frustración entremezclados con tristeza y furia por el desplante que le hacía Mariana, apareció ella en el reborde del angosto camino, tal como se la había imaginado, con un caminar cadencioso, con la dosis perfecta de belleza e inocencia, sí, definitivamente ella era la mujer para él, tenía que ser ella.
Al llegar Mariana, sonriente, frente a él, ella saluda alegremente:
–Hola Juan Pablo, buenos dí… –Juan Pablo la interrumpe bruscamente tomándola por las mejillas y cortando su saludo con un largo beso en los labios.
–Estás preciosa Mariana, ya no podía esperar más por besarte, no he dejado de pensar en ti ni un solo instante.
Mariana, completamente sonrojada y tomada de manos le responde que también lo ha pensado mucho, que nunca le había sucedido algo como eso con nadie más. A lo lejos divisan la llegada de una mujer del caserío que se aproxima hacia el nacimiento de agua por lo que deciden moverse hacia otro lado para evitar las habladuría de la gente. Mariana le indica el camino hacia un lugar solitario cercano en el que la muchacha solía pasar horas con su imaginación al vuelo, con el pequeño riachuelo formado por la aguada corriendo lentamente a su lado, allí podrían conversar sin problemas y contarse todos sus sentimientos de manera más abierta. Hablaron alrededor de una hora, cada uno mirando en el alma del otro por turno cuando cada quien tomaba la palabra, luego, un beso siguiendo a otro, una caricia subiendo cada vez más de tono, comenzaba a incomodar la ropa y el amor se encargó de manifestarse en su forma más apasionada llevándolos al éxtasis atravesando todos los límites que podrían haberse imaginado. Fue la primera vez para ambos, una primera vez maravillosa, que los llevó a conocer la magia del amor.
–Siento que ya no puedo vivir sin ti –dijo un Juan Pablo exhausto.
–Yo me siento igual Juan, mi Juan –le dijo Mariana ya en voz alta y más enamorada que nunca.
–Le voy a decir a mi papá que no me voy a ir. Me quiero quedar contigo para siempre, mi amor.
Mariana, viéndolo fijamente, con la mirada ansiosa le contesta:
–Sí Juan, quédate, quédate conmigo.
Juan Pablo salió con rumbo a la casa de la hacienda dispuesto a no irse jamás de aquel paraíso escondido en esa remota región. El sentimiento que lo cobijaba hacía que viera todo más hermoso, desde las abejas que laboriosamente polinizaban las flores hasta las montañas con su espectacular verdor que adornaban los alrededores del lugar.
Cuando se encontró a solas con su hermano, conversan entre ellos de manera más franca:
–Gracias a Dios que mañana nos vamos de este peladero Juan, estoy loco por regresar a mi casa y ansioso porque emprendamos ese viaje a Europa.
–Luis, yo no me voy a ir. Yo me quedo. Antes de acostarme le voy a decir a papá que me voy a quedar con el abuelo Negro.
Luis Alejandro, completamente perplejo, le replica:
–Pero bueno chico, ¿vas a seguir con tus locuras tropicales? Ahora sí es verdad que se te volaron los tapones.
–No hermano, nunca había estado más cuerdo que ahora. Estoy completamente enamorado. Mariana me ha enseñado la belleza y la pureza de su amor y no pienso alejarme de ella jamás.
–Ah, pero la vaina como que es en serio, tú te piensas quedar en este monte. Pero bueno vale, ¡reacciona! ¿Cómo carrizo vas a cambiar Europa por este poco de culebras?, y menos por una mujer. Mira Juan, yo en cierta forma te entiendo. Seguramente es la primera vez que te enamoras, pero esto nos pasa a todos; uno piensa con el primer amor que es lo más grande, que no va a venir otro igual, que sin ella no se puede vivir. Pero, escúchame bien, eso es pasajero, que te lo digo yo que tengo un poco más de experiencia que tú con las mujeres. Mariana es una muchacha muy bella, no se le puede negar, pero también es una muchacha muy inculta Juan Pablo. A nosotros no nos han educado para vivir con gente así. En la ciudad hay cientos de mujeres más bellas que Mariana, sólo date un poco de tiempo para que recorras mundo, no te ciegues.
Juan Pablo se quedaba mirando a Luis Alejandro, analizando cada una de sus palabras que a medida que las iba pronunciando en esa medida iba sembrando una duda en su corazón. Sin embargo, éste le responde:
–No manito, yo sé que tú quieres lo mejor para mí, pero mi corazón no puede estar equivocado, Mariana es la mujer de mi vida y yo ya estoy decidido a quedarme con ella.
–Mira Juan Pablo, hay una muy remota posibilidad que tú tengas razón, y que Mariana sea la mujer de tu vida, como tú dices, pero no tomes una decisión tan importante así a lo loco, vale. Vamos a hacer una cosa, quédate tranquilo, no hables con papá todavía para que no le vayas a hacer agarrar una arrechera sin sentido. Analiza las cosas. Vamos a Caracas y en los días que vamos a estar allá antes del viaje pones en orden tus pensamientos. Si sigues pensando igual, pues te regresas antes que partamos y listo. ¿Qué me dices?
Juan Pablo se quedó pensando largo rato la reflexión de su hermano con la mirada en el piso. Luego lo vio directamente a los ojos y asentó con su cabeza.
–Quizá tengas razón Luis. Mañana quedé con ella en vernos a las diez en La Aguada. Junto a ella tomaré mi decisión.
–Bueno vale, espero que tomes la mejor decisión al respecto. Recuerda que tú no tienes como mantener a nadie, ni siquiera a ti mismo, y espero no vayas a ser tan sinvergüenza como para aspirar a vivir del abuelo aprovechándote de él. Además recuerda que al mediodía salimos, no te vayas a tardar más de la cuenta que yo estoy loco por irme de aquí.
Juan Pablo no había pensado en aquello último que le dijo su hermano. ¿Cómo haría para poder producir dinero por su cuenta para él y para Mariana? Esas últimas palabras de Luis fueron de gran peso para el apesadumbrado Juan.
Al día siguiente, justo a la hora convenida, se encontraron los jóvenes amantes y luego de conversar largamente el asunto entraron en razón y decidieron que su amor, a pesar de lo inmenso que se sentía, podía esperar un tiempo.
–Yo te voy a esperar Juan, mi Juan. Yo siempre te voy a esperar. Estoy segura que regresarás a mi lado para ya nunca partir –le dijo Mariana a su enamorado con las lágrimas lamiendo sus mejillas y con voz entrecortada.
–Nunca olvides que te amo –le dijo un Juan también con los ojos humedecidos, –Te voy a escribir todo el tiempo y te voy a estar pensando siempre, trataré que el tiempo necesario sea lo más corto posible para que tengas a tu lado a un hombre que siempre vele por ti, mi Mariana.
Finalmente, la familia Ávila partió de la hacienda con rumbo a Caracas, junto al dueño de todo, el gran don Negro, quien acompañaría a su hijo, nuera y nietos para despedirlos en el puerto de La Guaira de su viaje a Europa.
Noche a noche se reúnen algunos habitantes del caserío en la casa de don Marcos Rodríguez, un octogenario habitante de Caño Largo que había perdido hacía pocos meses a su esposa después de casi sesenta años de casado y quien recibía la visita de familiares y allegados que sentían que debían acompañarlo para distraerlo de la enorme pena que le había dejado en su corazón la desaparición física de su eterna compañera. En su vieja casa de tejas y bahareque compartían en esas tertulias diarias los hechos de la jornada, pero sobre todo, rememoraban las historias de épocas pasadas, de mejores tiempos cuando la juventud no se veía en un horizonte tan lejano. Como ocurría todas las noches, las historias eran acompañadas por un rico y caliente café que preparaba la hija de don Marcos y servía, a pesar de sus limitaciones visuales, la vieja Moncha, quien acompañaba a los asistentes en sus remembranzas descansando en su vieja silla de cuero de chivo.
La vieja Moncha, una mujer cercana a los ochenta años, casi ciega por una severa catarata. Según ella misma, su madrina Cirila le contó que nació enmantillada, por lo que según la conseja popular, era una persona especial, con ciertos “poderes”. Decían que los muertos le llegaban cuando recién pasaban al “otro mundo” y que ella los sentía de alguna forma. Fue criada por su madrina quien murió hace algunos años y ahora acompañaba a doña Alcira y a su padre don Marcos, hija y viudo de Cirila respectivamente. Nadie sabe si por casualidad o por ser cierto lo que se decía de los enmantillados, la vieja Moncha tenía unas esporádicas visiones de diferentes hechos que acontecían en lugares lejanos al lugar donde se encontraba, siendo estas visiones realidades simultáneas que pasaban en esos sitios, como la vez que “vio” como el hijo de don Guayo en unas vacaciones rodó cuesta abajo en su bicicleta por un empedrado muy empinado quedando destrozada la bicicleta más sin embargo saliendo completamente ileso del suceso el muchacho, un hecho que había ocurrido a 150 kilómetros del lugar y que se corroboró cuando al otro día de la “visión” llegaron desde Churuguara unos allegados diciendo que habían recibido una comunicación con la noticia del percance.
A la mitad de uno de las tantas historias evocadoras que se contaban en esas deliciosas veladas, los presentes son interrumpidos de manera drástica. La vieja Moncha, completamente pálida grita:
–¡Dios mío, Dios mío!, ¡no puede ser!, ¡pobre gente Dios mío!...
–¡¿Pero qué es lo que pasó mujer?! –le espeta Olinto a la vieja Moncha.
–¡Se ahogaron!, se ahogaron toíticos!, –soltando el llanto, gritando de manera desesperada.
–Pero, ¡¿quiénes pues?!
–¡Dios mío, Dios mío!, ¡tengo que avisarle, tengo que avisarla ahorita mismo!, ¡rápido, rápido, llévenme pa’l pueblo! ¡Tengo que avisarle a don Negro! –dijo la vieja Moncha ante la mirada aterrada de todos por la reacción de la anciana y las dudas rondando en sus cabezas.
–¿Qué fue lo que viste vieja? –le preguntó nuevamente Olinto, a lo que la vieja Moncha le respondió mirándolo fijamente a los ojos:
–La familia de don Negro, Olinto, ¡la familia de don Negro se mató completica santo Cristo! –dijo persignándose tres veces consecutivas.
Todos los que estaban allí se persignaron también quedando boquiabiertos por la visión que acababa de tener la anciana enmantillada que tantas predicciones exactas había tenido de distintos hechos en diferentes ocasiones durante su vida.
Casi de manera inmediata, ensillaron dos caballos y una mula y partieron al pueblo lo más rápido que ´pudieron pues a la vieja Moncha debían llevarla con cuidado, además de ser una noche sin luna para andar por esos caminos polvorientos, pero ella les dijo que tenía que ser ella personalmente quien le diera la noticia al dueño de La Avileña.
Al llegar a la casa de habitación de don Negro en Churuguara tocaron insistentemente hasta que él mismo abrió la puerta y la vieja Moncha le dijo impacientemente:
–Don Negro, don Negro, algo terrible pasó.
–Pero bueno Moncha, ¿qué es lo que pasa chica?, habla de una vez.
–Don Negro, su hijo con su familia tuvieron un trágico accidente, siento mucho tener que decírselo yo pero hace un rato pude ver como su familia se le ahogó.
Don Negro, completamente perturbado oyendo esas palabras de la boca de la anciana reaccionó unos segundos después de manera violenta diciéndole:
–Lárgate de aquí vieja embustera, ¡carajo!, pero, ¡¿por qué me vienes a joder a mi casa?!, fuera de aquí, fuera todos, se me largan, no dicen más que mentiras, ¡laaaargoooo! –gritó cerrando con fuerza la puerta, un hombre que rara vez decía una grosería o se alteraba, estaba completamente fuera de sí, entró tomándose del pecho, dando fuertes pasos con sus botas de cuero, abrió una botella de whisky y se tomó un largo trago directo de la botella.
–¡Mentiras, mentiras, puras mentiras, maldita vieja, carajo!
Los informantes se fueron cabizbajos y tristes, bajo una leve llovizna, pues sabían de la fiabilidad de las visiones de la vieja Moncha y sabían lo mucho que le iba a afectar la noticia al querido patrón que tanto los había ayudado anteriormente.
Dos días después de la visita de la vieja Moncha a la casa de don Negro, tocan nuevamente a la puerta del mayor de los Ávila. La señora que le trabaja abre la puerta y lo llama:
–¡Don Negro!, aquí lo busca un señor, dice que tiene un telegrama para usted.
Don Negro al escuchar aquello, palidece pensando en lo que le dijeron hace dos noches la gente de Caño Largo, y luego de un momento se levanta de su silla y con pasos dubitativos se dirige a la puerta principal para recibir la comunicación enviada. Se trataba de un telegrama enviado por la línea marítima en la que viajó su hijo con su familia. Con mano temblorosa firma el recibo al cartero y camina de regreso a la silla adonde llega y manteniéndose en pie abre cuidadosamente el sobre y comienza a leer el telegrama:
“Lamentamos informar trágico acontecimiento. Trasatlántico hundido. Pasajeros y tripulación presuntamente perecieron. Operaciones de búsqueda en acción.”
Don Negro lo lee nuevamente y con ojos húmedos suelta el telegrama que cae al suelo mientras el viejo roble Julián de los Santos Ávila se lleva la mano derecha al brazo izquierdo donde siente un intenso dolor, cae de rodillas y luego boca abajo en el piso ante los gritos desesperados de la señora que le trabaja:
–¡Don Negro, don Negro, ay Jesucristo, ayúdenme, ayúdenme por favor que don Negro está muy mal, ayúdenme!..
La noticia corrió como pólvora por todo el pueblo, el gran potentado de la zona había fallecido, al igual que toda su descendencia. La tragedia se apoderó de la acaudalada familia Ávila engulléndola de un solo bocado en la fauces de la muerte. La gente no lo podía creer, muchos estaban invadidos por la incertidumbre. El joven Juan Pablo había muerto dejando en aquellas tierras algo más que un amor.
Nueve meses después de la tragedia de los Ávila, en la casa de Peruchote, Mariana estaba en plena labor de parto. Renata, experimentada partera de la zona se estaba encargando del nacimiento de quien por derecho propio debió ser el heredero absoluto del legado de don Negro. Como es normal, todos estaban muy nerviosos.
–Negra, ¿qué crees que sea?, ¿niño o niña? –le pregunta Peruchote a Eustaquia en la cocina.
–¡Caracha chico!, ¿qué voy a sabé yo? Lo importante es que nazca bien. Niña o niño lo importante es que va a ser la luz de esta casa. Quien lo iba a decir que íbamos a ser abuelos tan rápido ¿ah?, después de demorarnos tanto para ser padres.
–Al diantre negra, en verdad. Al principio yo estaba medio bravo pero ahora toy más contento que el carrizo.
En aquella habitación empezaban a oírse cada cierto tiempo los gritos que profería Mariana. El parto no estaba transcurriendo con la normalidad que se hubiese querido. La partera llamó a Eustaquia y le pidió agua caliente y algunas toallas. Las acciones se empezaban a tornar complicadas y se estaba demorando mucho más de lo previsto. Mariana pujaba y gritaba, notándose cada vez más débil.
–Puje mija, puje que usted puede. Dele que ya viene saliendo la criatura –le animaba la partera ya en las postrimerías de la labor.
Mariana, haciendo un último gran esfuerzo, pujó con todas sus fuerzas quedando casi desfallecida.
–Es un varón, ¡ES UN VARÓN! –gritó Eustaquia viendo a su nieto en las manos de la partera.
Una muy débil Mariana contempló a su hijo con una tierna sonrisa y con voz baja, casi susurrante, dijo:
–Se llamará como su padre: Juan.
Mariana estaba completamente pálida y mirando hacia la puerta de la habitación esboza una nueva sonrisa y dice con voz débil:
–Juan Pablo, amor mío, por fin llegaste, ¿por qué te olvidaste de nosotros?, ¿viniste a conocer a tu hijo?
Pocos momentos después de pronunciar estas extrañas palabras mirando hacia un lugar que se encontraba vacío y ante el desconcierto de los presentes, Mariana se desmaya provocando la desesperación en Eustaquia y en la comadrona que la atendía.
–¡Mariana!, ¡Mariana! ¡MARIAAAANAAAAA!