Daisy Novel
HomeGenresRankingsLibrary
HomeGenresRankingsLibrary
Daisy Novel

The leading novel reading platform, delivering the best experience for readers.

Quick Links

  • Home
  • Genres
  • Rankings
  • Library

Policies

  • Terms of Service
  • Privacy Policy

Contact

  • [email protected]
© 2026 Daisy Novel Platform. All rights reserved.

INTENSO VERANO

Cuatro años habían pasado ya desde la muerte de don Negro. Los moradores de Caño Largo aún lo recordaban con cariño y a la vez no dejaban de asombrarse de cómo se desarrollaron los acontecimientos. Todo transcurrió de una manera vertiginosa. Muerto don Julián, la Avileña quedó a la deriva, sin una cabeza visible. Sin herederos y sin testamento la gran hacienda, que era un paradigma de la buena gestión y de esmero en sus cuidados, había quedado acéfala. Al correrse el rumor que la finca quedaría en manos del Estado, los campesinos de la zona y de más allá de los alrededores comenzaron una intensa y voraz invasión de sus tierras, dividiéndola en cientos de pedazos de manera desordenada y creando un caos entre los mismos invasores que se peleaban entre ellos por tomarse la mejor parte posible para cada quien, luchando por obtener los mejores potreros con los que contaba y con las fuentes de agua tan necesarias tanto para cultivo como para ganadería. Peruchote, fiel a sus principios, ni siquiera hizo intento en posesionarse de alguna de las áreas de la hacienda, evitando también así crearse pleitos innecesarios, y menos ahora que tenía un nuevo comienzo en la crianza de un “hijo”. Comenzaba una nueva etapa en su vida a una edad ya bastante madura, junto a su negra Eustaquia, con la tristeza que le penetraba hasta lo más profundo de su ser por la pérdida de Mariana pero con la esperanza de la nueva ilusión que representaba Juanito. Ya no tenía su viejo trabajo de siempre junto a su extrañado patrón, ni siquiera contaba con un justo arreglo que le hubiese correspondido luego de tantos años dedicados a la familia Ávila. Sin embargo, Peruchote tenía una inquebrantable fe en la vida y muy rara vez se le observaba cabizbajo o pesaroso. Al no tener su trabajo de siempre, decidió concentrarse en trabajar para sí mismo en su conuco, que contaba con poco más de dos hectáreas de terreno y a las cuales no le había podido sacar todo el provecho necesario por dedicarse en cuerpo y alma a las labores en la ahora dividida y ultrajada tierra de don Negro.

Con mucha pasión, Peruchote, preparaba la tierra, sembraba, abonaba y mantenía libre de maleza buena parte de su conuco, sin embargo, parecía que todos los males posibles se habían puesto de acuerdo para azotar la vida del pobre obrero: La muerte de su amada hija, la muerte de don Negro y de su familia, la pérdida de su trabajo de tantos años en La Avileña y ahora un intenso verano que azotaba la región y que en los años que él tenía de vida jamás había observado.

–La tierra se está muriendo negra –le decía Peruchote a Eustaquia, –pareciera que Dios se olvidó de nosotros mija.

Al fondo se oía el llanto del pequeño Juanito, con el hambre castigándolo fuertemente en su pequeño estómago.

–No digas eso Peruchote, chico, cómo vas a decir que Dios se olvidó de nosotros. Estas no son más que pruebas que nos pone el Señor, que sólo Él sabe por qué lo hace.

–Yo nunca había visto un verano así tan largo, mujer. Ya no quiere crecé ni el monte. Año a año he perdido las semillitas que con tanto trabajo consigo. La Avileña no es ni la sombra de lo que era antes, esos muérganos la han convertido en un rastrojal. Ya nadie contrata peones por aquí cerca y la mayoría de los dueños de fincas han mudado su ganaíto pa’ otros lares porque aquí se les están convirtiendo en esqueletos andantes. Y nosotros vamos por el mismo camino. Parece que la muerte se nos estuviera acercando poco a poco, matándonos un poquito más cada día.

–¡Ave María Purísima, negro!, ¡dejate de decir tantas zoquetadas chico!, vos no sos así, coge ánimo Peruchote –le replica Eustaquia persignándose tres veces consecutivas.

Luego de un profundo cavilar con la mirada puesta en el infinito, el viejo obrero replicó:

–Tenés razón negra, pero es que esta situación hace que se me enfríe el guarapo de golpe. A esta situación lo que tenemos es que meterle el pecho y más nada. Dámele un cambur de esos que nos trajo mano Rafa a Juanito, que ah mundo chica, me da un dolor cuando lo veo llorar de hambre al porecito. Yo voy a salí un rato a ver si se me aclara la mente.

Peruchote llega a casa de su compadre mano Rafa, a quien encuentra descansando en su chinchorro bajo dos cujíes en el patio dándose fuertes mecidas.

–Epa mi compadre, ¿cómo va todo?, ¿qué me cuenta porai? –saluda Peruchote a mano Rafa.

–¡AH PERUCHOOOOTEEEE! –le responde mano Rafa de manera altisonante a su compadre según su fiel estilo. –Pase pa´cá mi compa, aquí seguimos esperando la agüita del cielo. Y usted ¿qué me dice?

–Cada vez más preocupa’o chico. Este caserío ya parece un cementerio. La mayoría se han ido a probar suerte a otros lados, las tierras están abandonadas, ya nadie las quiere trabajá pues tan cansaos de tantas pérdidas. Aquí el único que nos puede salvar es el mismo Dios, si es que se apiada de nosotros.

–Así es mi compa, así mismito es. Y si ese es el que nos puede ayudá, pa’llá mismo es que hay que cogé. Ya Venancio propuso que empezáramos con unas rogativas con los pocos que quedamos. Dijo pa’ que saquemos los santos de la capilla y hagamos unas rogativas. Además, ya se acercan los rosarios de mayo también. Pero yo le digo una cosa compadre, yo esto lo veo muy feo, es más, ya yo tengo la cobija en el garrote.

–¿Cómo es la cosa compadre?, ¿no me digás que tenés ganas de irte?

–Ah pues compa, ¿qué más voy a hacé? Ya cada vez necesito menos cabuya pa’ amarrame los pantalones. Aquí en la casa tamos to’ envainaos, y esa muchachera que tengo yo lo que los tengo es pasando el hambre hereje.

–Y como ¿pa’ dónde se piensa ir pues?

–La semana pasada cuando subí pa’ Churuguara me estuvo comentando Ulacio que ya están a puntico de arrancá con los trabajo de la carretera pa’ Barquisimeto. Es un trabajo largo y están necesitando bastante gente. Parece que van a pagar unos buenos cobritos mi compa. Esta misma semana voy a hablá con esa gente y si cuadro con ellos me voy de una vez.

–Chico, y ¿vas a dejá la casita y el conuco sólo?

–Bueno Peruchote, yo estaba pensando en que, si pego por allá, dejarte todo eso a vos pa’ que me lo cuidés, sembrés ahí para ti y en caso que me vaya mal tené donde llegá otra vez. ¿Qué me decís vos? Claro, a menos que también querás probá suerte como yo por allá.

–No compa, yo no soy tan arriesga’o como vos. Yo voy a hacer otro intento aquí en mi tierra. Yo sé que Dios aprieta pero no ahorca. Aunque ya me estoy poniendo mora’o por falta de respiración pero pa’lante.

Las palabras de mano Rafa hicieron mella en el corazón de aquel hombrón, su compadre también se iría, la soledad cada vez lo acorralaba más y más, sintiendo como las esperanzas se batían en fuga inexorable hacía un lejano y desconocido destino. Sin embargo se mantenía aferrado a su optimismo y a su fe en Dios. Luego de tomarse el infaltable café negro que le sirvió Estela, la esposa de mano Rafa, se puso en camino para hablar con Venancio. Cualquier carta que jugara sería mejor a quedarse inerte en su casa a esperar un milagro.

–¿Qué fue Venancio, cómo me le ha ido al amigo? Me contó mano Rafa que están preparando una rogativa. Cuente conmigo para cargar los santos y pa’ todo lo que pueda ayudar, ¿oyó?

–Saludos Peruchote, gusto en saludarle. Como usted mismo lo ha dicho. Ya debería de estar entrando el agua porque es lo que corresponde pero usted ya sabe que ya llevamos tres años en eso y nada. Hasta la Aguada se está secando y ahí sí es verdad que no va a quedar nadie por estos lados. Nos estamos preparando para empezar en unas dos semanas si la lluvia no comienza. Tengo que ponerme en contacto con Domitila, Simplicia y Augusto para que vengan de sus caseríos y nos ayuden con los rezos.

–Ah bueno Venancio, muy bien, cuenten conmigo pa’ lo que sea. Ya yo estoy llegando al llegadero. Debo hasta la camisa, mi amigo. Ahí me endeudé más con unas semillas que conseguí que creo yo ya sean mi última esperanza. Ya estoy preparando la tierra para sembrarla y, aunque todo el mundo me dice que lo que estoy es loco, voy a sembrarla porque, Dios mediante, la lluvia tiene que caer, esto no puede durar toda la vida.

–Dios te oiga Peruchote, Sin agua todo muere, y a Caño Largo, de agua no más le está quedando el nombre.

Peruchote salió de casa de Venancio de vuelta a su casa donde lo esperaba Eustaquia y el pequeño Juanito, el más preciado recuerdo que le quedaba de su amada hija Mariana. La esperanza que siempre había sido su compañera ahora se convertía en una luz tenue y ligeramente parpadeante. La siembra que estaba por emprender lo hacía soñar pero el recuerdo de ese mismo sentimiento de ilusión en los últimos años seguido con la trágica decepción por los resultados del verano lo hacían dudar, además todos lo aconsejaban que se fuera de Caño Largo, se decía que ese lugar estaba maldito, que nada progresaría en ese lugar. Todo esto hacía que por la mente de Peruchote, a ratos, pasara la idea de emigrar hacia otras tierras con su mujer y su nieto.

Apenas se empezaba a asomar el sol en la mañana y ya Peruchote se encontraba con sus herramientas de trabajo dando los toques finales a su terreno para comenzar su proceso de siembra como tal, trabajando fuertemente y cuidando cada detalle, aflojando la tierra hasta la profundidad adecuada, eliminando cada maleza que pudiese ser competencia para las semillas que estaba a punto de esparcir a lo largo del terreno.

–Bueno mi negra, ya tengo listo todo. Mañana, si Dios quiere, comienzo bien temprano a enterrá la semilla –dice un cansado Peruchote al final de la tarde a su negra Eustaquia al entrar a su casa.

–Todo saldrá bien Peruchote, Dios todo lo puede, todo saldrá bien. Yo me traje unas yuquitas y unos plátanos que me dio misia Tana por la ropita que le lavé. Algo es algo.

–Sí hombre, negra. Mientras las gallinas ten poniendo una que otra ñema, más cualquier cosita que consigamos por ahí, algo resolvemos –le dice Peruchote. –¡Güepa mi negrito!, al diablo chico, a pesar que no estás comiendo bien vas tamaño de estira’o, a su papá viejo Peruchote tenías que salí –le dice a su pequeño nieto que viene a su encuentro con una luminosa sonrisa que le cubre el rostro al pequeño al ver a su querido abuelo.

–Ción papá yejo –dice el pequeño caminando rápidamente hacia su abuelo, al momento que éste lo abraza y lo levanta del suelo apretándolo fuertemente contra su pecho.

–¡Dios me lo bendiga y me lo favorezca mi criaturita querida!

La presencia del pequeño Juanito fortalecía grandemente el ánimo de Peruchote, lo llenaba de alegría cada vez que lo veía y era, quizá, el más importante motor que lo movía para seguir hacia adelante.

Previous chapterNext chapter