En medio de un sembradío de tomate de una de las mejores haciendas de la zona de Caño Largo, entre un grupo de trabajadores recogiendo los frutos del primer corte de la roja hortaliza se encuentra una niña de trece años, Mariana, de piel acanelada, cabello largo y ondulado, ojos negros como el azabache, con la alegría y la belleza de la inocencia brotando por sus poros. Se esmera en su trabajo el cual está ejecutando por primera vez, acompañando a su padre, el popular Peruchote, sobrenombre con el que se conocía a Pedro Vicente Chirinos, un moreno claro de gran estatura a lo cual se debía el superlativo de su mote, hombre corpulento con la piel curtida por el inclemente sol soportado con el paso de los años en sus labores de obrero de toda su vida, de edad superior a los cincuenta años, estando los últimos veinte años al servicio de la finca La Avileña, propiedad de don Negro Ávila, en la cual ejercen la faena. Peruchote, padre de una única hija, Mariana. Tuvo muchos problemas para concebir su matrimonio con Eustaquia, se dice que lograron gestar esa niña gracias a la miel de la abeja conocida como “matoa”, a la cual se le atribuye una extraordinaria propiedad para mejorar la fertilidad femenina.
–Así no, mija, tiene que fijase bien, esos tomates tan verdes toavía, tiene que agarrá de estos que están pintones.
–Ay Dios pá’, es que yo creía que eran esos los que iba a echá en el guacal –respondió Mariana a su padre, haciendo un leve gesto de desagrado.
A lo lejos se escucha el ruido de un vehículo que se adentra en las instalaciones de la finca.
-¡Ah Peruchote!, porai como que viene el patrón, tenía días que no venía don Negro a da una vuelta –dice el alegre “mano” Rafa, hombre parrandero y buen amigo, quien aprovecha de ganarse el día en la cosecha del cultivo.
–A según Micaela parece que el patrón se estaba haciendo unos chequeos en la capital, como que no anda muy bueno del relocito –refiriéndose a problemas del corazón que aparentemente estaba experimentando últimamente el propietario de esas tierras.
Don Negro, apodo que se le daba al poderoso Julián de los Santos Ávila, hombre de avanzada edad y dueño de la Avileña, finca multipropósito destinada a la cría de ganado y a la siembra de importantes extensiones de cultivos. Lo acompañaba su hijo Ramón y sus nietos Luis Alejandro y Juan Pablo, dos adolescentes que vivían en la ciudad y rara vez visitaban la zona.
–Fíjate Ramón, ya hoy se llevan la primera carga de tomate, se dio bien bonito el condenado, mira allá como se ve el ganado en el potrero vale, ¿vas a dejar que se pierda mi trabajo de toda la vida chico?
–Papá, no es eso, tú sabes que es por mi desarrollo profesional que me quiero ir, además a los muchachos les vendrá bien otro mundo, un mundo mejor, otra cultura, eso es lo mejor que podemos hacer, en este país las cosas cada vez se ponen peor y yo no quiero eso para Luis y para Juan.
–Cónchale hijo, es que yo me imaginaba otra cosa, yo hubiese querido que tú y los muchachos siguieran mejorando cada vez más estas tierras que tanto me costó levantar, pero bueno Ramón, que sea lo que Dios quiera entonces.
–Sí papá, yo creo que esta sea la última visita que le hago a La Avileña en un buen tiempo.
Ramón Ávila, un joven empresario con un gran porvenir ha preferido enfocarse en el desarrollo de sus negocios fuera del país, para lo cual tiene previsto viajar próximamente junto a su esposa y a sus dos hijos para radicarse definitivamente en suelo europeo. Serán unos pocos días para la despedida de unas tierras que le hicieron pasar días felices en su niñez y quería compartirlo con sus hijos.
Luis Alejandro y Juan Pablo, dos jóvenes de 16 y 15 años respectivamente eran los únicos nietos de don Negro por lo que eran muy consentidos por su abuelo quien les daba todos los gustos. Eran de personalidad superficial y poco dados a la vida del campo. Su visita a la hacienda fue más por presión de su padre que por gusto de ellos. Luis Alejandro era altivo y presumido, sintiéndose superior a la gente que vivía en esos caseríos alrededor de la finca mientras que Juan Pablo era un poco más humilde que su hermano aunque de poco carácter, siendo dominado por su hermano mayor en todo lo que le decía. La misma tarde que llegaron salieron a pasear a caballo por los alrededores de la finca y se encuentran con Peruchote que se dirigía con Mariana a su humilde casa luego de terminar sus labores en la recolección del tomate.
–¡Peruchooooteee!, tiempo sin verte chico, ¡estás igualito! –le dice Luis Alejandro.
–¿Cómo le va joven Luis?, caramba, usted y su hermano sí que han crecido bastante caraj, ¡hasta que se acordaron de los pobres!
–No digas eso hombre, es que no tenemos tiempo de venir vale, las clases en el liceo no nos dejan apartarnos mucho tiempo de la ciudad. Y, ¿cómo va todo por aquí?, ¿no me digas que esa muchacha es la niñita fastidiosa hijita tuya?, jaja.
–La misma, joven Luis, la misma. Todos ustedes eran unos carricitos la última vez que se vieron por aquí mismito. Salude Mariana a los nietos de don Negro que nos visitan nuevamente.
–Hola –les dice Mariana con tímida expresión sin alzar la mirada.
–Hola Marianita, ya casi no me acordaba de ti –le dice Juan Pablo con una mirada resplandeciente en su rostro.
Mariana y los nietos de don Negro se conocían desde hacía cuatro o cinco años cuando jugaban junto a otros niños del caserío cercano en épocas anteriores cuando las visitas del joven Ramón eran un poco más frecuentes a la hacienda. Ya no eran los niños de antes. Mariana se había convertido en una hermosa señorita, quizá con una figura más desarrollada de lo normal para su edad. Luis Alejandro y Juan Pablo, dos jóvenes de gran porte, bien vestidos y con una gran educación que saltaba a la vista.
No va más allá el encuentro y cada quien sigue su camino luego de una breve despedida.
–Está bonita Marianita, ¿cierto? –comenta de manera picaresca Luis Alejandro a su hermano menor al llegar a la casa, quien con la mirada lejana como pensando en la bella campesina le responde con un sostenido suspiro:
–Umjú.
La noche envolvió el lugar entre aromas de una especie de amor incipiente que aparecía entre dos seres que apenas empezaban a vivir pero que ya estaban entrando a una zona inexplorada por ellos y que tenía un dulce encanto que los atraía para develar todos esos secretos que ya de alguna manera los apasionaban.
En casa de Peruchote, una humilde vivienda hecha con barro y paja y techo de zinc, con un sol ansioso por iniciar su rutina diaria, ya estaba frente a su fogón la negra Eustaquia, esposa de Peruchote, moliendo el maíz para preparar la tradicional arepa pelada, y con el café montado en la candela.
–Negra, apure esas arepas pa’ dilme a trabajá temprano, con los patrones en la finca seguro que hoy va está movida la cosa por allá.
–No me apure mijo, no me apure. Esto está en un momentico. Ve Peruchote y ¿qué dijo don Negro ayer cuando llegó?
–A nosotros no nos dijo na’. Pa’ la siembra no fue, debe sé que como anda con la tropa estaba ocupado con ellos.
–Ah, verdad que vino con el joven Ramón y los muchachos también.
–Esos muchachos ya están espelichaos. Se echaron una tremenda estirá.
–Ah pues, esos ya son unos hombres. Mariana me dijo que estaban muy cambiados.
–Sí chica, ya son unos hombres. Jum, la Mariana casi ni habló por to’ el camino después que los vimos.
–Esa no está acostumbrá a vé gente estraña, por aquí siempre tamos los mismitos cuatro pelagatos. Por cierto, voy a levantala pa’ que vaya a buscá una agüita en la aguada.
–Mariana mija levántese que ya es más de medio día, vamos, ¡vamos!
–A la broma má, ¡ni ha salí’o el sol!
–Párese mija que ya es tarde, jeje.
Mariana inicia el día con alegría, cantando en voz baja una bonita melodía, recordando el encuentro del día anterior con los nietos de don Negro, con su pensamiento fijo en el joven Juan Pablo, por quien siempre había sentido gran empatía en sus primeros años de vida y por quien ahora al verlo sintió una serie de extraños sentimientos que surgían de su interior y que le generaban gran emoción. Rápidamente se encontró lista para buscar agua que le había solicitado su madre en La Aguada y para ayudar en las labores propias del hogar a su progenitora y desocuparse lo más pronto posible.
Mientras tanto, a media mañana, mano Rafa llegaba a la casa de Peruchote, su “compadre de agua” por Mariana y por Joche, el menor de los seis hijos de mano Rafa, además ya le tenía ofrecido el séptimo que venía en camino.
–¡AH COMADRE! –gritaba mano Rafa como era su costumbre al ver a algún conocido, –¿qué va a mandá a comprá pa’l pueblo?, ya voy saliendo con mi mula cargá.
–No mano Rafa, Peruchote dijo que va mañana domingo pa’llá pa’ Churuguara y él va a traé lo que necesitamos, Dios le pague de todos modos compadrito.
–Tamos a la orden comadre, tamos a la orden. Voy a seguir mi camino entonces. ¿Y dónde anda la ahijá porai?
–Ahí tá lavando una ropita.
–A güeno, me le echa la bendición. Hasta mañana mi coma.
Así salió mano Rafa de Caño Largo con rumbo a Churuguara con su mula cargada de pimentón cosechado en su conuco para venderlo en el pueblo.
Caño Largo, un caserío conformado por no más de cincuenta dispersas viviendas, muy humildes la mayoría, rodeado de varias haciendas agropecuarias; basa su economía en el trabajo del campo, personas dedicadas al ordeño, al cuido de ganado vacuno, a la siembra de distintos rubros agrícolas como tomate, pimentón y cebolla. Gente humilde dependiente de los dueños de fincas, únicos empleadores de los alrededores. Cuenta con una pequeña escuela donde los niños pueden cursar hasta el tercer grado de primaria, un dispensario rural de salud y con unas tres casas donde venden algunos de los víveres indispensables para el día a día. Se proveen de agua desde un nacimiento natural del vital líquido que todos llaman “La Aguada”. Está situado a unos diez kilómetros del pueblo más cercano, Churuguara, centro poblado pequeño pero con mucha mayor actividad comercial y de transporte que Caño Largo. A Churuguara la gente de Caño Largo acude los fines de semana para provisionarse de los alimentos y enseres que no se consiguen en el caserío y allí los obreros deseosos de una recreación distinta acuden a los diferentes bares existentes en el pueblo gastando en alcohol y mujeres el poco dinero que ganan en las haciendas donde trabajan en recias faenas de sol a sol.
En el corral de La Avileña, toda la mañana se fue en la desparasitación de más de doscientas cabezas de ganado de ceba bajo la supervisión del patrón, don Negro, quien junto a su hijo y nietos observaba orgulloso como había crecido su rebaño de ganado vacuno, encabezando la labor con los toretes se encuentra el fiel Peruchote, quien siempre se encuentra atento a las órdenes de don Negro.
–Este Peruchote sí que es un gran trabajador papá, se faja duro de verdad verdad –le dice Ramón a don Negro.
–Claro chico, ese si yo le digo que se tire por un barranco, se tira, jeje, como Peruchote quedan pocos trabajadores.
Un poco alejados, Luis Alejandro le comenta a Juan Pablo:
–Que aburrimiento tan grande Juan, por eso yo no quería venir para acá, esto es un fastidio y no hay nadie en los alrededores de la finca con quien uno pueda conversar, alguien que esté a nuestra altura.
–No hombre, Luis, la cosa tan poco es tan así. Disfruta de este paisaje, de este verdor que nunca vemos en la ciudad. Yo no la estoy pasando tan mal.
–Claro, porque tu desde que llegaste nada más estás es pensando en la campesinita, en la hija del peón, jejeje.
–Respeta, Luis, respeta. Yo no estoy pensando en nadie, y además, no tienes por qué estar metiéndote con esa pobre gente, ellos lo que son es humildes y buenas personas.
–Ay sí, ay sí, esos son es unos pata en el suelo, vale, nunca estarán a la altura de un Ávila.
–Bueno vale, allá tú, yo me voy a dar una vuelta a caballo, acompáñame para que se te pase el aburrimiento.
–No chico, yo no voy a andar hoy otra vez cabalgando por ahí, todavía estoy adolorido de la montada de ayer. Si quieres ve tú sólo. Yo me quedo con papá y con mi abuelo conversando.
–Bueno, si es tu gusto, quédate entonces.
Dirigiéndose a Ramón, su padre, Juan Pablo le comunica:
–Papá, voy a dar una vuelta por la finca.
–Juan Pablo, ya estamos a hora de almuerzo, quédate mejor.
–No papá, yo no tengo hambre, desayuné tarde y bastante. Nos vemos luego.
–Está bien, anda pues, con cuidado por ahí, nos vemos en la casa de la finca más tarde.
Don Negro, sintiendo ya la hora del almuerzo próxima le dice a sus obreros:
–Muchachos, terminen rápido con esos pocos que quedan y nos vemos más tarde para indicarles otras cosas que quiero que se hagan hoy mismo. Peruchote, quedas encargado.
–Sí patrón, lo que usted ordene; le responde el fiel obrero.
Se retiran los tres Ávila, don Negro, Ramón y Luis Alejandro, tres generaciones reunidas de los propietarios de aquellos terrenos, y entre los peones comentan:
–Tres personas que se ven tan diferentes a pesar de ser familia tan cercana, bueno, digo yo.
–Como don Negro no hay, aunque a veces se pone necio, jeje.
–Dejen la habladera de pendejadas y vamos a terminar de una vez, que ya cargo el estómago pega’o del espinazo –les interrumpe Peruchote.
Una vez culminada la faena matutina, los obreros se reúnen en la casa de los obreros para almorzar, allí se encontraba Mariana quien le trajo a su padre la comida del mediodía que le había preparado su mujer.
–Ción pá, aquí le traigo su vianda.
–Dios me la bendiga mija, muchas gracias. Váyase de una vez por si su mamá la necesita.
–Ta bien pá. Nos vemos en la casa más tarde.
Se va caminando de vuelta a su casa mientras que un compañero de Peruchote le comenta en tono de broma:
–¡Al diablo compa!, y ¿usted sólo se va a comé esa madre arepa?, esa sí es una tumba-budare, jeje, la pobre mujé suya taría toa la mañana moliendo pa’ hacésela, jeje.
–No seas exagera’o chico –le responde Peruchote esbozando una sonrisa.
Mariana camina tranquila rumbo a su casa cuando en un cruce de caminos se encuentra con el joven Juan Pablo quien al verla detiene su caballo y se desmonta:
–Hola Mariana, ¿cómo estás?, tomándola de la mano a modo de saludo.
Mariana retira rápidamente su mano de la de Juan Pablo, ruborizándose sus mejillas de un modo pronunciado y bajando la mirada le responde:
–Bien Juan Pablo, ¿y tú?
–Bien Mariana, y ahora mucho mejor. Para serte sincero, pensando mucho en ti desde que te vi ayer, la verdad es que estás muy bonita.
Mariana, impactada por esas palabras que había deseado escuchar pero que jamás pensó que ciertamente fuesen a ser pronunciadas por el joven Juan Pablo, no dijo nada y sólo se quedó mirando fijamente a los ojos de su acompañante.
–Y dime, ¿para dónde vas? –le preguntó el menor de los Ávila.
–Voy pa’ la casa… y en verdad… ¿crees que soy bonita?
–Pero claro que sí Mariana –le respondió mostrando una sonrisa que terminó de cautivar a la campesina adolescente.
Los dos estuvieron viéndose fijamente a los ojos hasta que Juan Pablo, sugirió:
–Te acompaño, vamos a caminar juntos. –Llevando a la hermosa muchacha tomada de una mano y con la otra llevando la rienda de su caballo.
Mariana caminaba sobre las nubes mientras escuchaba lo que había sido de la vida de su compañero de camino durante el tiempo en el que no se habían visto, mientras Juan Pablo igualmente estaba que rebozaba de emoción por la compañía de aquella hermosa e inocente campesina, tan distinta a las muchachas que había conocido en la capital. Cuando estuvieron cerca de la casa de Peruchote, Juan Pablo, haciendo un esfuerzo por vencer su timidez toma a Mariana por ambas manos y mirándola fijamente a los ojos le dice:
–Mariana, en verdad que tú me gustas mucho. Quiero verte de nuevo esta noche, en La Aguada. No me digas que no, por favor, pasado mañana me tengo que ir pero aunque no me lo creas siento que me he enganchado a ti de una manera que nunca pensé en hacerlo con alguien y necesito estar contigo el mayor tiempo posible. Sé que tengo que viajar a Europa con mi familia, pero antes de partir me gustaría pasar contigo la mayor parte del tiempo que sea posible. No sé qué puede ser esto que estoy sintiendo en estos momentos por ti, sin embargo, de lo que sí estoy seguro ahora, es que tu presencia me hace sentir demasiado bien y el sólo hecho de pensar en alejarme de ti hace que me angustie de una manera como nunca antes me había pasado con nadie. Entonces, ¿qué me dices?, ¿nos vemos esta noche?.
Mariana se queda viéndolo con el corazón que se le va a salir del pecho, las manos temblorosas, frías y sudorosas, embargada de emoción al escuchar esas palabras.
–Esta noche no puedo Juan, –“mi Juan” pensó. –Pero mañana en la mañana te voy a esperar ahí, porque yo tampoco sé qué me hiciste pero has llenado todos mis pensamientos de ti. Yo tampoco quiero estar sin ti ni un momento, desde que te vi que llegaste a la hacienda no he podido estar tranquila, puro piensa que te piensa en ti. Mañana Juan, será mañana.
Juan Pablo la tomó de la cintura con fuerza entre sus brazos y la besó en los labios largamente, labios carnosos, labios que habían perturbado con intensidad la mente de aquel muchacho desde que vio nuevamente a aquella niña compañera de juegos infantiles convertida en una hermosa adolescente, en toda una mujer.