El jardín de los huesos I
Una deidad descansó en una roca, le tomo tanto tiempo que perdió el camino.
Extrañó, día y noche, hasta que una lágrima cayó de su rostro. La tierra se volvió fértil y de los restos nació una plántula de carne y hueso. Inicio la vida. La leyenda era real.
Ese era el trasfondo de Riat.
Sus paredes blancas cambiaron a paisajes dibujados por sus manos, su soledad se cubrió con más brotes de carne y su depredador nació con una melena rojiza.
En realidad, todo seguía igual.
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No muy lejos de Kiara y Alecksz, Koréen abría sus ojos con lentitud, un molesto zumbido se situaba en sus oídos, pero creía oír que alguien le llamaba a lo lejos. Cuando sus ideas se acomodaron notó que estaba a unos metros del suelo. Para ella ya era habitual despertar en un lugar y no tener idea de que había sucedido, por lo que solo vio lo que le sujetaba.
El pequeño ruiseñor de madera la observaba desde una rama cercana, ahí supo que debía estar en un árbol, con sus extremidades apresadas, notaria que los hilos de su peculiar cometa se habían envuelto alrededor de sus brazos y enredado en las ramas más bajas.
— ¡Koréen! — el llamado se hizo claro y con una mirada al suelo se encontraría con los ojos preocupados de Rosario. Parecía que ella había tenido una caída más aparatosa, su rostro fue cubierto de rasguños. — ¡Me alegro de encontrarte! Déjame ayudarte a bajar.
Mirando a los lados dejo caer “algo” delante de sus pies. Un dolor agudo provino de la sien de la joven, aún veía las coas con un halo borroso, siendo incapaz de enfocar con claridad a Rosario, de manera instintiva trato de zafarse de las ataduras, sin éxito alguno.
Rosario pondría sobre su boca dos dedos, provocando un silbido, y la pequeña ave se moviera entre ramas para liberar a Koréen, quien se deslizaría de las ataduras hasta caer sobre las raíces del árbol. Un descenso no muy aparatoso que froto su piel, logrando despertarla por completo.
— Lo siento, lo siento; creí que saltarías— Rosario se le aproximó, brindando su mano para ayudarla a ponerse de pie.
Su oferta era amable, pero las puntas afiladas de los dedales de sus guantes decían otra cosa. Si eso se incrustaba en la piel debía de ser similar a agarrar un trozo de carne con un palo lleno de clavos. Horrible.
— ¿Qué paso? — preguntó extrañada, negando la ayuda con su cabeza, parecía debilitada hasta el punto de no poder ponerse de pie. Mirando confundida la densa arboleda que les rodeaba, la pregunta paso por sus ojos.
— Kiara nos salvó.
— ¿eh? — Koréen centro su atención en la figura preocupada de Rosario, que sostenía a la pequeña ave, apoyando sus patas en su dedo índice.
— Sus flechas, la punta de estas eran doradas— afirmó, sorprendiendo a la castaña, pues solo había visto que iban en su dirección, cualquier otro detalle desaparecía— existe un grupo que usa el oro como símbolo y créeme, ni siquiera nosotras queremos negociar con ellos.
— ¿bandidos?
— Asesinos— Rosario se adelantó a la siguiente pregunta— ¿Por qué? Es posible que siguieran los rumores de las moras Zardan… Fue una verdadera lástima el que nos encontraran en un sitio tan oculto.
¿Quién los había llevado ahí? La sugerencia se leía en los ojos claros de la mujer, más no se apresuró a decirla.
—…Asesinos— susurró al recordar la mirada profundad de Zan— ¡espera! ¿Y el resto? ¿Dónde estamos? ¿Qué es este lugar? Solo vi luces y de pronto…
Una punzada detuvo su parloteo, llevándose las manos a la cabeza, encontraría una zona húmeda con una textura peculiar. Antes de ser capaz de ver la sangre en sus dedos, Rosario tomo las muñecas de Koréen, con el debido cuidado de no lastimarla con sus guantes.
— ¡Calma! Es normal sentirse perdida después de un viaje así. En un momento estás ahí y de repente apareces en otro lado. Ese criminal nos hubiera matado si le damos la oportunidad, ¡Kiara es capaz de eso! Con los tatuajes de su piel puede transportarnos a otro lado.
—… ¿y ellos?
— Kiara no es muy hábil con los aterrizajes, pero tampoco es descuidada, han de haber caído un par de millas más allá. — sentándose para estar a su nivel le hablo con voz dulce— lo importante es que estamos lejos del campamento de mercenarios.
Koréen miro a los alrededores, algo le decía que aquel sitio era familiar, solo que no encontraba el motivo.
— Tal vez recuerdes este lugar, está cerca de las Colmenas (de cuevas).
La cueva de Uroboros estaría entre ellas y de añadido, el jardín de las moras Zardan.
— ¿y Alecksz? — murmuro con cierto temor.
— El peligro ha pasado, podemos decidir desde aquí— Rosario se levantó, palmeando la cabeza de la joven con cuidado, intentando. Reconfortarla— no todos los que compartimos viaje son sinceros, pero guardar sus recuerdos con amargura es innecesario.
Koréen no le dio más atención, por suerte de la mujer, ya en ese instante sintió el tiro agresivo de uno de sus hilos, parecía que Kiara trataba de localizarla con urgencia, pero no había necesidad de encontrarla, por ahora, lo más importante era hacer tiempo para esperarla.
Rosario desconocía del acompañante adicional.
— ¿No la buscarás? — preguntó Koréen, quien había fijado su atención en la piedra que dejo caer antes la mujer— las llaman “hermanas Jade”
Rosario soltó una risilla aguda. —No somos hermanas de sangre, pero esos títulos floridos se te dan después de pasar el tiempo con una persona— su voz parecía nostálgica, y antes de que la castaña se apresurara a preguntar, añadió—buscarla será ir en círculos, lo mejor a hacer es reunir objetos para que se nutra de información después; su don es útil, a pesar de devorar datos. Estará muy débil en ese entonces.
Dicho y hecho, Rosario dio la espalda a la chica, buscando entre la maleza y apartando un par de piedras con grabados naturales y colores llamativos.
Koréen sintió un regusto de incertidumbre, las preguntas se sumaban en su cabeza, y la sugerencia de que todo podría ser una coincidencia debía ser aceptable. Pero una parte le repetía que pensase las cosas un poco mejor. Aquel lobo Zan la conoció en la plaza de los tres reinos y aunque fue tirado de lado por el pequeño zorro bailarín, eran muy pobres sus razones para buscarla
Un lugar oculto.
Poner la duda sobre la cabeza de Alecksz era difícil, no, no era que creería a ciegas sus palabras por el llamado “confianza perpetua del primer encuentro”, no, el hombre fue directo con ella de principio a fin… Quizás y hasta un poco demás. Si quisiera tomar su vida, podía hacerlo desde su primer encuentro, es más, ¡casi lo hizo!
— Iré a buscarlos en los alrededores— los hombros de Rosario se tensaron.
— Será mejor si nos quedamos aquí, es más sencillo para Kiara el encontrarnos, es seguro.
— ¿y el lobo? Sera mejor moverse de aquí
Rosario vislumbro una piedra mediana muy cerca. La tentación era grande, solo un impulso y podría acabar con todo esto, así, justo entre medio de los ojos.
No.
La necesitaban viva.
A lo lejos creyó oír el crujido de las hojas, alguien se acercaba, los asechaba. Una idea atrevida pasó por su mente, ¡eso era! Koréen ya tenía un pie hacia atrás, dispuesta a correr.
— ¡Tienes razón! No es seguro aquí— tirando lo que recogió se giró a apresurar a la joven— debemos irnos lo más rápido de esta zona
En su voz se podía entrever un hilo de miedo, logrando que Koréen bajara la guardia a la par que se preocupaba. Si estaban cerca de las cuevas, Colmena solo podía significar los asentamientos de ladrones que habían rodeado con Alecksz.
— ¿oyes eso? — el miedo en el rostro de Rosario era más notorio, tomando a Koréen del brazo la empujo un par de pasos hacia atrás; el bosque no presentaba cambios, pero la duda ya había sido instalada ¿Qué eran esos murmullos que arrastraba el viento?
De hecho, sí. Se podía oír una discusión a lo lejos. Con un poco más de atención, Rosario logro descifrar la voz, reconociéndola, su rostro palideció genuinamente. No estaban a salvo. Señalando a Koréen que guardase silencio, ambas se adentraron en la arboleda a paso rápido. Correr las delataría.
Al alejarse del origen del sonido, creyéndose a salvo, pronto se escuchó un grito enervado.
— ¡Las vi!, ¡eh, están ahí! ¡Por aquí!
No miraron atrás, ambas tuvieron la misma idea, corriendo a todo lo que sus piernas podrían dar, el sentimiento de urgencia es genuino. No podía saber cuánto habían recorrido, Rosario aprovecho para apretujarse debajo de las ramas sobresalidas de un gran árbol, llevando a Koréen hasta el fondo, se miraron en una especie de complicidad.
— ¿los conoces?
— Son estafadores— susurró, para garantizar su huida había dejado atrás los troncos de madera— se establecen en campamentos disfrazados de circos, roban las pertenencias de los viajeros y luego los venden.
Rosario maldijo en su interior, esa calaña tendía a mirarla por debajo de Kiara, en su momento dado la habían atrapado con esas intenciones. Muy a su disgusto, su compañera logro presionarlos para liberarla. Ellos le temían, pero solo por la presencia de Kiara… En esta situación, se podría decir que era desfavorable.
Al ver a Koréen aferrándose a su libro vino una revelación algo cuestionable.
— Tengo una idea