Chapter 42: Capítulo Cuarenta y Dos
Leyendo el mensaje me hizo sentir tan bien, la sensación de soledad se iba, por lo menos contaba con ellos, aunque el Señor James no sabía nada de lo que estaba pasando. Lo volví a guardar cuando escuchaba el sonido del picaporte, ingresaba el doctor Thompson y los latidos de mi corazón se aceleraron, mis manos comenzaron a sudar de nuevo.
—Bueno, Señora Evans, los resultados dieron —. Se quedaba callado mirando los papeles que tenía en la mano, en ese pedazo de papel estaba sentenciado mi futuro —. Dieron negativos, lo siento —. Su expresión cambiaba y al escucharlo mis ojos se llenaron de lágrimas, no era de felicidad, ¿Qué sucedía conmigo? Eran los resultados que yo deseaba porque me ponía así, él se acercaba para consolarme —. No se preocupe, ustedes son jóvenes y tendrán muchas oportunidades —. Negaba ante lo que decía secando mis lágrimas, opte por levantarme de la silla.
— ¿El Señor Evans, lo sabe? —. Él solo asintió y salí del consultorio caminando decidida para buscarlo, lo encontraba en un lugar solitario del hospital, me acerqué a él y me quedé parada para que él se diera vuelta y darle “las buenas noticias”.
—Dio negativo… Es un alivio para ella, yo nunca podré ser lo que ella desea. Es lo mejor para Lizbeth… La mierda mía solo quedará para mí. —. Pasaba su mano libre por el cabello —. No, no sé qué haré… Te dejó. —. Escuchándolo hizo que saliera corriendo de ese sitio sin que él se diera cuenta, pensando que él estaría desolado por el resultado, pero no todo lo contrario. Me sentía una idiota por suponer así caminé en otra dirección, buscando una salida de emergencia al encontrarla salí y la brisa me devolvía un poco a la realidad, todavía no caía en todo lo que sucedió, sabía que cuando entendiera sería totalmente desbastador para mí, corrí rápido por un camino que no habíamos venido para escapar de Thomas debía ir a un lado que él no supiera, era lo más lógico.
Corriendo hasta más no poder me detuve en una plaza sentándome en una banca, no contaba con ningún soporte económico y fue cuando me sentí sola, todo, se me venía como una balde de agua fría, abrazaba el bolso que la Señora Collins me entrego, mis lágrimas brotaban de mis ojos fueron unas horas que estaba lejos de casa.
—Te extraño Amelia, también a Jaime y sobre todo al protector Zachary… ¿Por qué tuve que encariñarme tanto? —. Soltaba el bolso para cubrir mi rostro con ambas manos, mi obligación era mantener la calma, entonces recordaba que la misma Amelia se cansaba de repetirme que ya no estaba sola, enseguida busque en el bolso el celular, para mandarle un mensaje de texto.
Mensaje de Lizbeth Lloyd:
Para: Señora Collins:
Amelia, necesito tu ayuda… acabo de huir, necesito esto, ya no soporto esta situación. Pero no tengo a donde ir, ni mucho menos dinero. ¿Tú no tendrías un sitio para mí? El resultado fue negativo, no estoy embarazada y para mí y sobre todo para Thomas, es un alivió por eso no quiero alargar más las cosas, es mejor cortarlo aquí.
Antes de enviarlo, lo leía de nuevo, en sí este mensaje se estaba convirtiendo en un desahogo personal con la única persona que conocía toda mi verdad y por lo cual estaba muy agradecida con Dios, presione enviar llevando mi celular a mi pecho, rogando al cielo que me ayudará.
En unos segundos fue instantánea la respuesta de Amelia.
Mensaje de Señora Collins:
Para: Lizbeth Lloyd
Quédate a donde estás, Zach ya salió para buscarte y llevarte a un lugar seguro.
Por favor mi niña no te muevas de allí.
Al leerlo una sensación de alivio me invadía por completo, entendía que ya no estaba sola, pero un vacío en mi pecho no se iba, no lograba entender, era la mejor decisión que podía tomar, ya no era sano estar con alguien como Thomas; sin embargo, cada vez que pensaba en su nombre o en él o solamente algo referido a él, ese dolor, ese vacío existencial me devoraba por dentro.
—Dios mío, basta con esto… Debo olvidarlo con mis propios oídos, escuché que jamás sería lo que yo deseaba de él, cuando lo único que esperaba de él era que confiara en mí. Odio este sentimiento, odio el amor… es lo más difícil que pude haber pasado —. La congoja se apoderaba de mí, ni siquiera me importaba que la gente me mirara al verme hablar sola, yo solo quería desaparecer o irme lejos donde ya no supiera nada de Thomas, me secaba las lágrimas y veía que alguien me ofrecía un pañuelo enseguida me puse a la retaguardia.
—Tranquila Lizbeth, soy Zach —. Se ponía de cuclillas para secar mis lágrimas con su pañuelo, al saber que era él y su acción me conmovía aún más.
—Gracias Zach por venir por mí, jamás te podré pagar esto —. Lloraba sin consuelo y sin previo aviso, me cargo en sus brazos y yo me aferré a ello.
Me sentaba en el asiento del acompañante, abrochaba el cinturón de seguridad, cerrando la puerta y luego él subió haciendo exactamente lo mismo.
—Iremos a una casa que tengo, es un lugar seguro, la Señora Collins me explicó todo… Es nuestro secreto —. Escuchándolo asentía y él ponía en marcha el auto formando parte ya del tránsito, me relajé por fin en el asiento, realmente tenía mucha tensión por el maldito día.
—Amelia, ¿está bien? —. Pregunté mirándolo y él solo sonrió asintiendo.
—Está bien, pero a la vez muy preocupada por ti. Pero ella ya sabe a dónde te llevo, así que debe estar tranquila como tú tienes que estarlo.
—De nuevo, gracias por todo Zach si no fuese por ti y Amelia, no sabría para dónde ir. Suena ridículo y triste, pero nunca tuve un hogar, un sitio a donde ir cuando todo se fuera al diablo… Pero ahora cuento con ustedes y es más fácil llevar toda esta carga que llevo encima —. Le confesaba lo que realmente sentía en ese momento.
—En cuanto a…—. Le interrumpía sin dejarlo hablar, él me miraba y luego volvía la vista al camino.
—No me lo nombres, no quiero saber más nada con el Señor… —. Miré en dirección a la ventanilla, ni siquiera debía decirle “señor psicópata” me repetí mil veces que no tenía que agarrar confianza con él, pero jamás hice caso a lo que me aconsejaba, mordiéndome el labio inferior con fuerza para no llorar de nuevo. El llorar se había convertido en una costumbre mía y en eso me traía a la memoria un sueño en donde, Thomas decía que “Nuestro bebé salió llorón por ti” ahora apretaba mis labios hasta que se convirtió en una línea, debía detener de alguna forma u otra pensar en eso “un sueño” era solamente eso, un producto de mi imaginación y guardado para siempre en mis pensamientos, estaba acabada si esto seguía así.
—Lizbeth, toma —. Miraba lo que me ofrecía y agarraba su pañuelo.
—No es justo Zach, estoy tratando de hacer… Todo lo posible para no llorar… Y tú —. Mi voz se quebraba por el llanto, cubrí con ambas manos mi rostro, el hecho de volverme tan débil por amor, me hacía sentir avergonzada y sobre todas las cosas, frustrada conmigo misma.
—No te preocupes, solo estamos tú y yo, no diré a nadie que lloraste. Así que está todo bien —. Sentía las caricias en mi cabeza y lo veía borroso por las lágrimas, asentí, pero decidí secar las lágrimas con el pañuelo.
—Gracias... Zach. —. Fue lo único que pude responder, él siguió manejando y yo mirando por la ventanilla y secando de vez en cuando a las intrusas que salían sin permiso.
—Es lejos… Pero estarás segura y ya deja de agradecer Lizbeth —. Asentía de nuevo sin decir nada, ya me encontraba en manos de Zach, hasta que consiguiera un buen trabajo para poder seguir con mi vida y salir de acá.
Fue un viaje de lo más cómodo para mí, y también uno de los más tristes, pero me distraía al ver que estábamos en Richmond y mi vista se clavaba en el Río Támesis.
—Aquí te quedarás, hasta que encontremos otro lugar. Y de eso me encargaré yo —. Me sorprendía Zach, era un chico lo bastante eficiente, audaz y fuerte. Agradecía a Dios por encontrarlo porque en este momento mi vida, mis pensamientos estaban siendo bombardeados, había perdido la capacidad de pensar para bien. Giraba el auto para ingresar en una entrada para autos.
—Lizbeth, baja, de aquí iremos caminando —. Asentí y él estacionaba, para bajarse del auto, cerrando la puerta, desabrochaba el cinturón de seguridad y abrían la puerta ofreciendo su mano, sujetando el bolso con mi mano capaz sería el último regalo de Amelia me dolía el creer que no la vería más, me aferraba a la mano de Zach que me ayudaba a salir cerrándola detrás de mí.
Nos encaminamos con él sin soltar su mano, agradecía que él me permitiera seguir tomada de su mano. Mirar personas, tiendas y sobre todo el paisaje me distraía. Nunca pensé que iba a sentirme bien con solo caminar y mirar, así llegamos a una casa de lo más linda, era sencilla, él se adelantaba soltando mi mano para abrir la puerta con la llave que sacaba de su campera.