Chapter 33: Entrega

—Me encanta esa casa, Ulises. ¿Cómo la compraste? —Eli preguntó con emoción en su voz. Era de noche y ambos estaban acostados en la cama de la posada.

—Pues, en una de mis misiones sin ti, vi este lugar. El dueño, como pudiste apreciar, lo tenía abandonado. Me dio curiosidad porque hay muchas plantas curativas allí y pregunté a uno de los propietarios de los terrenos que están alrededor. Él me puso en contacto con el titular y simplemente la compré.

—¿De dónde sacaste el dinero? Lo que nos dan como guerreros, apenas nos alcanza para sobrevivir.

—Pues, enana; sabes que tu novio es un genio con las plantas. Simplemente, hice muchos fármacos y lociones y vendí las fórmulas. Me pagaron muy bien, ya que ellos le van a sacar mucho dinero a mis creaciones. —Sonrió airoso. Por supuesto omitió el hecho de que se la dieron a muy bajo precio, gracias a la fama que se estaba ganando debido a sus ojos verdes y la leyenda del elegido.

—¡Vaya que me sorprendiste! —Acarició su mejilla. Ulises sonrió satisfecho de verla tan feliz.

—Esa era la idea. —Sonrió—. La casa y el terreno necesitan varios arreglos y provisiones; así también, quiero contratar a un cuidador temporal para que nos la cuide y le dé mantenimiento por un mes. Esa es la razón de pasarnos unos días aquí. Cuando dejemos todo listo, regresaremos al campamento y prepararemos nuestra boda. Eso sí, amor de mi vida, no vamos a hacer una gran celebración. Me gustaría hacerte una gran fiesta, pero con la compra de la casa me quedé sin dinero.

—No importa —lo interrumpió—. Lo único que quiero es casarme contigo ya e irme a vivir a nuestra casa. Amor, no te imaginas lo feliz que estoy. —Acarició su mejilla y lo miró con un brillo especial en los ojos. Él estaba alegre y satisfecho, por fin le estaba dando a su amada lo que le había prometido, aunque no con los lujos que él esperaba darle.

***

Ulises tomó a Eli de las manos con gran entusiasmo. La llevó al enorme patio para mostrarle todo el terreno que tenían a su disposición.

—Te dije que en un futuro podremos agrandar la casa. Mira —corrió emocionado por el lugar haciendo ademanes como forma divisoria—, aquí podemos poner un laboratorio y allá, un consultorio médico. Aún nos queda mucho espacio para poner lo que tú quieras.

—Pues me gustaría poner un gran dojo para enseñar artes marciales. —Eli respondió con entusiasmo. Ambos se tiraron sobre la grama y dejaron salir un suspiro. Eli recostó su cabeza sobre el hombro de Ulises y él rodeó su espalda con su brazo. La pareja observaba aquel lugar en un armonioso silencio, con sus miradas idas en sus sueños y metas. Eran jóvenes y fuertes, no tenían mucho dinero, pero sí una amplia visión y deseos de salir adelante. Juntos, trabajarían para cumplir sus objetivos y crecer como pareja.

—Te amo, Eli —Ulises rompió el silencio y Eli lo abrazó con fuerza.

—Yo también te amo, Ulises.

—Siempre te voy a amar, aunque te pongas vieja y arrugada y se te caigan los dientes. Aun así, Enana, te voy a desear y te besaré con la misma intensidad y amor, aunque tu dentadura falsa se te caiga en mi boca.

Eli lo golpeó en el hombro, mas él estalló en carcajadas.

—¡Eres tan infantil, imbécil! —Bufó molesta—. Tenías que arruinar nuestro momento romántico, tarado.

—¡Qué más romántico que decirte que te amaré hasta que la muerte nos separe! —replicó haciéndose el inocente.

—No dijiste eso, tonto. —Se cruzó de brazos.

—Ya deja de pelear tanto. Pareces una de esas tías viejas y solteronas.

—Y tú pareces un niño retrasado.

Ambos estallaron de la risa.

—Es hora de irnos. —Ulises anunció. Al cabo de unos segundos, Eli salió corriendo.

—¡Seré la primera en salir, tortuga! —Eli le sacó la lengua y Ulises entornó los ojos.

—Y eso, que yo soy el infantil. —Bufó ante de correr tras ella.

***

Todos los guerreros que habían seguido a Eli se pusieron de acuerdo para prepararles una gran celebración de bodas a ella y Ulises, pues ellos los apreciaban mucho. También, le dieron regalos y dinero. Ulises recibió a Eli como su esposa frente a todos los líderes restauradores, guerreros, ciudadanos y aldeanos. La celebración se llevó a cabo en la ciudad Estrella Verde. Todos comieron y bailaron toda la mañana y parte de la tarde con gran algarabía.

—Enana, debemos irnos —Ulises se acercó a ella con impaciencia.

—Lo siento, es que Ana me estaba... —Hizo una pausa y se sonrojó.

—No importa lo que diga Ana, debemos irnos. Sabes que la casa está un poco alejada y no quiero llegar muy tarde en la noche —advirtió.

Eli y Ulises agradecieron a todos y se marcharon cabalgando sus caballos. Dos horas después, habían llegado a su nuevo hogar que se veía mucho mejor que la última vez.

Eli entró al baño nerviosa e hizo todo lo que Ana le aconsejó. Se bañó con flores de la pasión, afeitó sus áreas íntimas, lavó sus dientes y peinó su lacio y corto cabello. Se puso un poco de brillo en los labios, pero no se vistió con la batita que Ana le regaló. Le daba mucha vergüenza usarla. Sentía que su cuerpo no la llenaba y temía hacer el ridículo delante de Ulises. Después de un largo rato salió del baño con timidez y se sentó sobre la cama con su pijama de siempre. Una bata larga que le llegaba a los tobillos. Ulises, a diferencia de Eli, no duró mucho tiempo en el baño. Él salió con un pantalón desahogado y su torso desnudo. Estaba secando sus rizos cuando descubrió a Eli comiéndoselo con la mirada.

Él se sentó a su lado y la miró de arriba a abajo.

—Creí que te pondrías... —Se sonrojó y sonrió—. Vi que Ana te dio...

—¡No me pondré eso! —Bajó el rostro llena de vergüenza.

—Bien, no importa. —Sonrió con picardía—. De todas formas, no durarás mucho vestida.

Eli sintió que explotaría. No entendía aquella tensión, si ellos estuvieron a punto de hacerlo varias veces. Ulises trataba de disimular su nerviosismo molestando a Eli, tenía miedo, nunca había estado con una mujer virgen y que le importara tanto como ella.

—¿Estás nerviosa? —Masajeó sus hombros para relajarla, pero no pudo evitar que su voz saliera temblorosa.

—Nunca he hecho esto... No sé si te guste estar con alguien tan inexperta como yo... —Dos lágrimas recorrieron sus mejillas. No era solo eso lo que la preocupaba. ¿Cómo desnudarse delante de él y quedar tan expuesta? La ropa siempre había sido ese refugio para ocultar sus inseguridades y complejos.

—Tengo tanto tiempo fuera de acción que creo que olvidé como se hace —bromeó, aunque en realidad se sentía de esa manera—. Créeme que no te haré daño. ¿Confías en mí, Enana?

Ella asintió y ocultó su rostro en el torso desnudo de él. Su aroma masculino, su cálida y firme piel y los latidos rápidos de su corazón eran una mezcla deliciosa que le daba ganas de aferrarse a él y nunca soltarlo, se sentía segura y protegida allí.

Ulises empezó a besar sus labios despacio, sin ninguna prisa. Acarició su nuca con delicadeza y trataba de que sus roces fueran suaves, provocando cosquillas agradables y placenteras a su esposa. De a poco, fue intensificando el beso y sus dedos empezaron a deshacerse de esa bata horrenda, dejando besos cortos sobre la piel que iba descubriendo. Eli respiró profundo varias veces, la vergüenza y el temor no la dejaban relajarse y sentía que se ahogaba por la falta de aire. Ulises perdió el miedo desde que empezó a besarla y tocarla, la deseaba tanto que solo quería disfrutar de ella sin limitaciones, pero era consciente de lo alterada que ella estaba.

—Eli.... —Tomó su mentón y la miró a los ojos con ternura—. Te amo, eres la mujer más hermosa que he visto. ¿Sabes, por qué? Porque solo tengo ojos para ti. Me gusta cada centímetro de tu ser y disfruto tanto de tus besos y caricias que no pienso en otra cosa que no sea estar a tu lado para siempre. Lamento mucho haberte hecho sentir insegura en algún momento, créeme cuando te digo que me encantas tal y como eres. No cambiaría nada de ti, mi enana bella.

Eli empezó a llorar. Él la abrazó con fuerza y no podía evitar sentirse culpable. Cuando estaban en Zafiro, la hirió y humilló por su gran estupidez y cobardía. Si pudiera cambiar el pasado, nunca le hubiera dicho esas palabras hirientes.

—Eli, esposa mía, te amo. —Su mirada intensa la estremeció por completo y poco a poco le fue permitiendo que la desnudara.

Ulises le quitó la anticuada bata al fin y se quedó observándola unos segundos. Le encantaba esa mujer con locura y se lo demostraría con hechos, ya que las palabras suelen ser inconstantes y cambiantes y después de una herida, es difícil volver a creerlas. Ulises besó su cuello con deseo y sed. Eli se fue relajando y empezó a disfrutar sus caricias tiernas y atrevidas al mismo tiempo. Sus manos juguetonas hicieron todo un recorrido deteniéndose en esos anhelados frutos que él tanto deseaba probar. Sus besos y mordidas la hacían temblar de placer, nunca había sentido tal goce. Su respiración estaba agitada y su corazón latía con rapidez. Ulises se aferraba más a ellos mientras Eli le acariciaba el cabello, haciéndole entender que le gustaba la sensación. Él la recostó sobre la cama y se desnudó por completo. Conoció y saboreó toda su piel y simetría.

Eli dejó salir un gritico y abrió los ojos del asombro. ¿Qué era aquello tan delicioso? Ulises estaba extasiado con su sabor y quería más. Eli aferró sus manos temblorosas a su cabello, indicando el ritmo de esas estimulaciones que la estaban enloqueciendo y por primera vez supo lo que era llegar al clímax.

Ulises se recostó a su lado con una sonrisita de satisfacción al verla tan embriagada de placer. Respiró profundo, pues tenía miedo de lo que seguía.

—Nunca había hecho esto antes. Me gustas demasiado, toda tú eres deliciosa, Enana.

Eli lo miraba atolondrada, pues todavía sentía los corrientes de placer recorrerla, evidencia de eso eran los espasmos que aun azotaban su cuerpo.

—¿Nunca se lo hiciste a Anya? Ella te gustaba mucho. —Otra vez tenía que mencionarla. Cerró los ojos de la pena, estaba arruinando el momento y temió que Ulises se molestara.

—No como me gustas tú. —le sonrió con naturalidad—. Nunca confíe en ella Eli; sabes la fama que se gastaba y no me iba a arriesgar a poner mi boca allí. Ella se lo imaginaba, así que nunca me lo pidió; sin embargo, ella sí me lo llegó a hacer. Creo que me volví adicto a ello por un tiempo. —Rio.

—¿Quieres que te lo haga? —Eli lo preguntó avergonzada.

—No amor. —Ulises sonrió divertido—. No, por ahora. Déjate llevar, enana, y no te presiones a ti misma. Irás descubriendo poco a poco y abriéndote a la sexualidad.

Ulises besó sus labios y empezó sus caricias otra vez. La necesitaba relajada para poder culminar. Él se puso encima de ella y ambos estaban temblando con sus respiraciones agitadas. Trató de ser lo más delicado que pudo, sin embargo, entrar fue difícil. Hizo un poco más de presión por lo que Eli tembló del dolor.

—¡¡Aaaaaah!! —ella dejó salir un alarido. El sonido de una cachetada se escuchó en la habitación—. ¡Me duele, imbécil! —Eli le dio una patada que lo hizo caer de la cama. Ulises se puso más rojo que un tomate y golpeó el colchón por la impotencia y frustración.

Se sentó sobre el suelo y empezó a reír como loco. Eli frunció el cejo al percatarse de la sangre sobre la sábana.

—¡Eres un animal! Mira lo que me hiciste —dijo con lágrimas en los ojos. Ulises paró de reír y la miró conmovido. Se sentó a su lado y acarició su cabello.

—Lo siento, no fue mi intención. Pero Eli, sabes que todas las vírgenes... o casi todas, sangran su primera vez. Es normal y no es mi culpa. Perdón si fui rústico, intenté no serlo. Tú eras la que me dabas clases de sexualidad cuando éramos adolescentes, sabes todo eso.

—No es lo mismo decirlo que vivirlo. Soy una tonta, lo siento. —Bajó el rostro abochornada.

—No, amor. Perdóname a mí. Debí ser más delicado. Si quieres lo dejamos para otro día. —Acarició su mejilla.

—Quiero hacerlo ahora, si tú quieres, claro —dijo con timidez. Ulises besó su frente juguetón y volvió a acariciar y a besar su cuerpo. Con sus dedos, trazaba círculos obre los pezones de ella mientras besaba su cuello y clavícula, la idea era hacerla lubricar bastante para que la intromisión fuera más llevadera. Eli dejó salir un suspiro que la relajó un poco, no obstante, aun sentía temor. Esta vez no fue tan difícil entrar, aunque ella se quejó de dolor y hasta arañó su espalda. Con movimientos lentos, susurros cursis, besos y caricias, Eli se fue entregando a él.

—¿Quieres que pare? —le preguntó en broma y ella frunció el cejo.

—No te atrevas a hacerlo... —Eli gimió de placer, provocando una sonrisa de suficiencia en Ulises. Minutos después, los movimientos fueron más rápidos y menos delicados; los gruñidos de Ulises era un afrodisiaco para su esposa, quien disfrutaba verlo jadear y fruncir el ceño del placer. Los dedos escurridizos de él acariciaban entre sus pieles, estimulando su punto de placer, puesto que necesitaba que ella terminara porque no sabía si podría contenerse más. Espasmos placenteros contraían su pelvis asimismo su corazón latía frenético. Nunca había sentido algo tan peculiar y delicioso, esa mezcla de dolor y placer la estaba enloqueciendo. Fue así, como entre sudores y temblores ambos llegaron al clímax. Estaban sofocados y extasiados. Se miraron a los ojos impresionados, con olas de diferentes sensaciones: complicidad, alegría, apego, satisfacción y más deseo y amor.

—Nunca había sentido algo similar... —Ulises balbuceó tembloroso y sonriente, aún estaba en la misma posición, mirándola a los ojos con desconcierto—. Eres increíble... Yo... te amo… —Besó sus labios como si no hubiera un mañana y las lágrimas en sus rostros se mezclaron, de igual manera que se mezclaron sus almas.