Chapter 4: Capítulo II: Reuniones Inherentes (2)

–Discúlpanos–exclama la diosa–. Hemos estado un poco alteradas últimamente.

–Habla por ti, diosa–dice la joven mujer–. Sin embargo, esta no es la manera en la que me comporto, tampoco. Te pido unas disculpas, igualmente amigo–¿Cuál es que era tu nombre?

–Amsiret–responde el joven hombre–. Y no se disculpen. No debe ser fácil para ustedes vivir tanto tiempo a solas.

–No lo es Amsiret–responde la mujer–. Y menos con una humana.

–No, no lo es, Amsiret–exclama Emérita–. Y menos con una diosa egocéntrica, maníaca, solt–

–¡¿Sabes qué?!¡Ya me cansé de ti! – dice la diosa.

Marlina tenía tantas ansias de explotar el pequeño cuerpo de la joven mujer, pero recordó las palabras de Elgoneth sobre ella. Además, la presencia del hombre que de alguna manera había suavizado su corazón, no favorecía para que ella se descontrolase.

No le quedo otra opción, más que levantarse de la mesa, y retirarse de su propia cabaña. Abrió la puerta con tantas fuerzas, que la partió en pedazos a su salida, y se alejó en las afueras.

–Es una histérica–responde la joven mujer–. Ya estoy harta de ella.

–Entiendo–responde Amsiret–. Creo que iré a verla. No parece estar bien. De igual forma, te agradezco por la comida. Ha sido un gran gesto de tu parte.

La mujer solo inclinó la cabeza un poco, mientras seguía reordenando la desordenada y quebrada mesa. Agarró alguno de los trastes, y empezó a lavarlos mientras Amsiret salía de la nuevamente desquebrajada choza.

Cuando el dios del aire salió hacia las afueras, un claro hermoso relucía en el prado amarillento. La caída del alba se aproximaba, y unos destellos rosados se combinaban con el misticismo de una estrella anaranjada. Las lunas del planeta se asomaban anticipadas, entre un degradado único de sus colores blanqueos y violetas.

A la distancia de los manglares, en dirección a un montículo solitario, se encontraba la diosa de la luz. Pensativa, caminante. Sus dudas se perdían en la frescura de los aires; respirando fe de nuevo, en dirección a hacia un tronco caído y lejano. Observando el horizonte, y adentrándose, al éxtasis de la noche.

–Es un hermoso atardecer–dice el hombre.

–El más hermoso que he visto–dice la mujer–. Y he visto miles de ellos aquí.

–¿En este lugar?

–En este mismo lugar–responde la mujer–. Es lo único que alivia esta soledad.

–No debe ser fácil–dice el hombre, mientras se sentaba con ella–. Ya sabes, estar sola, esperando a un hombre. Seguro quieres ser libre, desprendida de esto.

–No lo es–responde la mujer–. Y para ser honesta, creo que ya ni siquiera lo quiero. Solo quiero estar tranquila, y no presa de este sentimiento.

–¿Cuál sentimiento?

–Este sentir, que me hace falta algo, que me hace falta alguien–dice la mujer–. ¿Por qué debemos sentir esto? ¿Por qué debemos sentir que nos hace falta alguien? ¿No somos completos ya como somos?

–Sí lo somos–responde el dios–. Pero todos necesitamos compañía en esta vida, amor. Sobretodo nosotros, como dioses.

–Vivimos una vida muy solitaria–continúa el dios–. Y entre más dones nos regala Elgoneth, más somos responsables de los cursos en esta vida.

–Es lo que me aterra–continúa la mujer–. Mi hermano es muy perfeccionista. Me ha aislado durante decenas de años, sola. Esperando una promesa olvidada de un hombre que ya no lo estoy esperando. Y encima, me enjaula con la responsabilidad de esa niña, que no la soportó más.

–¿Por qué eres responsable de ella?

–Porque así me lo ha pedido mi hermano–dice la hermosa mujer–. "Ella está protegida por los bosques. Auxiliada por los ríos divinos, bendecida por las corrientes de los mares del este. Coronada con los rugidos de las ventolinas del sur y del norte. Es la propietaria de las naciones de lo salvaje. Ella es la elegida, aquella que realzará la semblanza de la tierra. La promulgada del nombre sagrado de los iracundos conquistadores del miedo, de las dudas; permitiendo la consagración de su espíritu derramado como el oro repartido sobre las fuerzas de su raza terrenal. Es la princesa de los prados rosados, y con sus encantos erigirá un liderazgo inolvidable, una hegemonía en un imperio inolvidable.

– Es la iniciada, para toda su raza terrestre– continúa Marlina–. Y al principio, la quería mucho. La he acogido como mi hermana menor, como la pequeña princesa, pues es como el mismo me la ha inducido. Pero después de veinticinco años, he llegado al límite con ella.

–He llegado al límite de todo–continúa la mujer–. Es demasiado para mí, me siento agobiada, impotente, irascible. Me siento muy mal, y me siento muy sola.

–Te sientes sola, porque así lo quieres–dice el hombre–. Yo estoy aquí, y también he esperado una eternidad como tú, para esto. No te estoy pidiendo que me entregues tu corazón, no de inmediato. Solo te pido que te des la oportunidad, de que alguien más te acompañe a estar sola. Quiero conocerte, quiero ser tu mejor amigo, y créeme, será lo mejor para ambos. Pues yo también he estado muchos años en soledad.

–Se lo que es cargar con alguien–responde el dios–. Mi hermano, es el más inmaduro de todos. Nacimos el mismo día, unos instantes antes que yo, y sin embargo ha sido una carga desde el momento en que hemos estado juntos. Inclusive antes, cuando éramos mortales.

–Pero por fin, me he desprendido de él–continua el hombre–. Por fin, la vida me ha desprendido de esa carga. Por fin, estoy haciendo mi camino como yo lo he querido. Por fin, tengo la oportunidad de manifestar el futuro que siempre he soñado. Y ahora, por alguna razón divina, el universo me ha traído aquí, contigo. Sé que puedo crear un futuro contigo, pues creí que eras mi reina. Pero realmente eres mi diosa.

–Te agradezco–dice la mujer, mientras se sonrojaba–. Pero, después de tanto tiempo, ¿por dónde podemos empezar?

–Creo que debes empezar desde tu corazón–responde el hombre–. Y desprenderte de todo aquello que retrae tu amor. Empezando por tu hermana menor. Creo, que es momento de que siga su camino por ella sola.

–Tienes razón–responde la mujer.

El hombre entonces, le dio un beso en la mejilla a la mujer, y se levantó del tronco donde estaban sentados. Se dirigió hacia la bajada del montículo donde estaban, pues sabía que debía dejar a la diosa un momento a solas. Pero justo antes de que este se retirara. Esta voltea su mirada del horizonte, y vuelve a observar al dios de los aires, desde su lado derecho.

–Amsiret–exclama en voz alta la mujer.

–Dime, preciosa–responde el dios.

–Gracias por estar aquí–dice la mujer

–Gracias a ti, por permitirme estar aquí.