Chapter 8: Capítulo 7 - Encuentro cercano

La frívola tormenta, distinta a las anteriores, había parado al amanecer, momento en el que Jonathan ya se disponía a levantarse. El connatural plañido cristalizado del burdo cielo ya no estragaba como en ciernes de la temporada, o al menos eso parecía. El cierzo se entremezclaba con la ingrávida frialdad del albarizo entorno y chocaba contra los rígidos árboles, enhiestos postes inmovibles, convirtiéndose en un somero céfiro, bastante idílico para los insumisos transeúntes.

El agorero pronóstico insistía en que la peor parte todavía no había llegado, en muy poco tiempo la inestable estación se volvería draconiana, la tribulación iba a proseguir hasta los inicios de la sublime primavera.

El apresto para salir a cazar estaba en proceso, el esquivo cazador barruntaba que iba a tener una jornada rocambolesca, repleta de emoción. Se había levantado con el pie derecho, con su reciedumbre en el pináculo, lo contrario a la paroxística astenia del domingo en la que había quedado baldado. Había hecho abstracción de sus veleidosos deseos para sumergirse de nuevo en el malhadado bosque.

El acicate era tan vivificante que no tenía ningún problema para preparar todo con celeridad. Le esperaba un apoteósico día de trabajo. La irritante apraxia, típica de su edad, no estaba presente ese día. Desayunó tocino y zoquetes con jalea acompañados de un buen café colombiano. Con su vestimenta lista, salió del cubículo, tomó la mochila con las herramientas y abandonó la cabaña.

En cuestión de minutos ya estaba en la parte profunda del tácito bosque, con la mirada atenta, los oídos protegidos, la espalda recta, la mente clara, las manos tiesas y las piernas desentumecidas. Librado a su suerte, iba aplacando la ansiedad con cuentagotas, como cuando fumaba un cigarro, hasta el punto de palpar la irrefrenable excitación del contexto.

Ante sus ojos, amontonados alrededor de un interfecto cervatillo, una víctima inocente que se había alejado de su madre a causa de la presencia de hambrientos invasores montañeses para escapar, en lo que parecía un conclave de druidas, una docena de lobos árticos esperaba ansiosa la siguiente orden a acatar. Como toda manada, había un macho alfa que estaba a cargo. Para sorpresa del protagonista, se trataba del montaraz adversario que estaba en las antípodas de su desiderativa ínfula. Con el simple hecho de verlo asomarse detrás de la empalidecida hojarasca, Jonathan se puso furibundo.

Desde la elevada loma en la que se encontraba, sacó el rifle sin pensarlo y lo cargó. Las orejas del enorme lobo negro, que resaltaba entre la espesa blancura del albero entorno, reaccionaron al instante para captar la presencia del latoso intruso, a quien no dudó ni un segundo en eliminar. Orquestó el ataque grupal, los doce lobos blancos leyeron el mensaje que emitía con sus pertinaces gruñidos y corrieron en la dirección indicada para atrapar al humano que los espiaba.

—¡Maldita sea! —refunfuñó al ver que se le venía encima la jauría y se preparó para el perentorio combate.

Jonathan conocía la psicología canina, sabía que los perros se envalentonaban cuando estaban en grupos, algo que también sucedía en otras especies depredadoras. Arremetían desde diferentes ángulos para que la presa se quedara sin escapatoria, de esa manera, el botín estaba asegurado.

Con su destacado conato, el cazador tomó a los atacantes por sorpresa. Tan pronto como comenzaron a escalar la loma, recibieron disparos en el cuerpo y fueron empujados con fuerza. Tres cayeron enseguida, dos más cayeron después, uno más cayó a pocos metros de él. Como el rifle era difícil de manipular, recurrió a la escopeta de doble cañón, que manoteó con rapidez y cargó en un parpadeo.

Los dos lobos que tomaron la delantera fueron los primeros en sentir los perdigones en la carne, los demás corrieron por los costados para atacarlo por los laterales. La desesperante situación requería de mucho ingenio y sagacidad, razón por la cual tuvo que recurrir al revólver.

Los cuatro caninos restantes fueron muy rápidos para su velocidad de reacción, lo tomaron desprevenido. Al primero que le saltó, le atravesó el torso de un disparo, al siguiente golpeó con la cantonera del rifle y lo lanzó al suelo, el tercero, que lo quiso tomar de la pierna derecha, su faca le clavó en la cerviz, provocándole una herida mortal, al último pudo quitárselo de encima dándole una patada frontal en el esternón.

El primero que había lanzado al suelo, se levantó y le mordió la mano izquierda, le roció los ojos con alcohol para que aflojara y le suministró una apuñalada en la quijada con la que le perforó la lengua y las encías. Al último sobreviviente, le voló los sesos de un disparo antes de que se pusiera de pie.

—¡Mierda! —se quejó al sentir el intenso dolor en su mano mordida.

A pesar de llevar guante, los colmillos del lobo le habían perforado la carne, podía ver con claridad los sangrantes agujeros que le había dejado. Sus dedos estaban intactos, podía mover la mano con libertad. Tomó la botellita, humedeció el trozo de tela y se vendó. Como la herida no era grave, podía seguir adelante con la actividad.

Bajó al sitio de encuentro cuan pronto pudo para ir por el líder de la manada. El lobo negro ya se había esfumado con el cadáver del cervatillo entre sus fauces. Las pisadas en el suelo señalaban su sendero, iba en línea recta hasta el fondo del bosque. Hacer semejante viaje para perseguirlo era una total pérdida de tiempo y esfuerzo. Entonces, el cazador tomó la cuerda de la mochila y amarró los cuerpos de los lobos de espeso pelaje níveo para arrastrarlos hasta su morada.

Desollar a toda la jauría fue un trabajo que le tomó toda la mañana, escindir la piel para luego despegarla de la carne demandaba clarividencia e imperturbabilidad que no cualquiera tenía. Lo bueno de ello era que podía conseguir un dineral por las pieles de esos especímenes tan difíciles de hallar. La docena de cadáveres quedó en la batea, dentro de una bolsa de basura.

Pasado el mediodía, llevó los cuerpos al arroyuelo donde se deshacía de la basura, desanduvo, retornó a la ruta, se metió por la rotonda, se dirigió a la curtiduría, se detuvo frente a la entrada, apagó el motor y bajó. Al ver la camioneta marrón, el peletero bisojo se dio prisa por ir a avisarle a su patrón que el reciente abastecedor de la zona estaba de vuelta.

En pocos minutos, apareció la encorvada figura de un vejestorio de un metro ochenta, de extensa cabellera blanca, piel llena de arrugas, sienes manchadas, ojos turquesas, párpados caídos, cejas gruesas, orejas grandes, nariz aquilina, pómulos salpicados con lunares, labios claros, lengua de chupamirto, comisura poco definida, hueco de mentón hundido, barbilla desprolija, cuello plagado de diminutas verrugas, hombros caídos, bandullo inflado, extremidades debilitadas, manos y pies con poca carne. Llevaba puesta la misma ropa de siempre: camisa cian, suéter gris, chaqueta parda, pantalón negro y zapatos blancos. Se notaba a la legua las secuelas de la insoslayable senectud en su ser, los trazos de la longevidad grabados en su cuerpo como vetas en una pared mal pintada.

Gervasio, con su ropa impregnada de blancura, lo acompañó hasta la parte de afuera para presentarle al destacado cazador del pueblo, que le iba a ahorrar gastos innecesarios para la manufactura de sus costosas prendas que tanto esfuerzo ponían para hacer.

—Es un verdadero placer, señor Jonathan —introdujo el viejo con su afónica voz al momento que le pasaba la mano para estrecharla—. Estaba ansioso por conocerlo en persona.

—Lo mismo digo —respondió con tono sensato, recurriendo a su gentileza.

—Le conté sobre su oferta —musitó Gervasio con emoción—. Le pareció una gran idea lo que propuso. Es más, el mismo día que se lo conté se repuso como por arte de magia.

—No estaba tan grave. —Lanzó un gesto socarrón—. Necesitaba descansar un poco. Tenía problemas para respirar. Ahora me siento mucho mejor.

—Me alegra saber que se encuentra bien —admitió con una leve sonrisa—. El día de hoy le traje un botín completo. Me costó trabajo desollar a todos.

—¿De veras? —El pálido rostro del viejo se iluminó—. Me muero por verlo.

El cazador le mostró las pieles de los doce lobos que había asesinado en una de las batallas más riesgosas y emocionantes de su carrera, para que viese con sus propios ojos la prolijidad con la que extraía las pieles de las presas. Demás está decir que don Gregorio quedó estupefacto, casi se le aceleró el débil corazón al ver las espesas pieles de los caninos albinos. Las tocó para chequear que fuesen legítimas. Al entrar en contacto con sus arrugadas manos se llevó una gran sorpresa, una que no esperaba.

—Hizo un excelente trabajo, señor Jonathan —le felicitó por su eficaz intervención manual—. Pocos saben desollar bien. La mayoría de los que conocí eran bastante brutos. Usted nos facilita el esfuerzo.

—Es cierto. No hay muchos que sepan hacerlo bien.

—¿Qué le pasó en la mano izquierda? —Gervasio se apercibió del vendaje oculto detrás de su guante.

—Gajes del oficio.

—¿Uno de ellos le mordió? —Su rostro se llenó de inquietud, como si eso afectase en su vida.

—La jauría se me echó encima. Tuve que matarlos con rapidez. Recibí una tarascada en un descuido —explicó con impotencia. No le gustaba demostrar flaqueza en el ámbito en el que se especializaba, eso tocaba un punto sensible de su orgullo.

—¡Qué mala suerte! —exclamó con desvelo—. Supongo que la sacó barata.

—El líder de la manada se fugó —mencionó y tragó saliva—. Tuvo suerte de que no lo perseguí. Pero no hay de qué preocuparse. Mañana mismo lo atraparé —prometió, metiéndole cizaña a su rivalidad con el monstruo de sus pesadillas—. Ya lo tengo todo planificado. Es un lobo negro de gran tamaño. Se sorprenderá cuando lo vea. Debe tener una piel muy gruesa.

—¡Qué extraño! —susurró don Gregorio—. Nunca he visto lobos negros aquí. Debe ser de otra región.

—Sea de donde sea, ya es parte de mi botín.

—Si es grande, deberá tener cuidado —le aconsejó Gervasio—. Nunca sabe cómo puede reaccionar un animal atufado.

—Ese infeliz fue el que me destrozó la pintura de la camioneta. No dejaré que se salga con la suya.

—Veo que tiene mucha seguridad de sí mismo, como un legítimo cazador.

—Muerto el perro, se acaba la rabia.

—Tal cual.

Se quedaron conversando un buen rato, estaban todos contentos con el resultado obtenido. Don Gregorio accedió a la petición del cazador y le pagó la suma que le pidió, era casi la mitad de lo que costaría si fuese un envío del extranjero. Una vez que todo se acordó, Jonathan se fue feliz y contento, consiguió lo que tanto había esperado. El fajo de billetes en su mano siempre lo ponía eufórico, con eso podía comprar cigarrillos y bebidas. Como estaba de buen humor, se metió al pueblo para ir al bar a saciar su apetito.

De nuevo en el bar con la botella de absenta en la entrada, el célebre cazador, con razones para actuar como pelotilla, se sumergió en un ambiente cálido y agradable, y se dirigió a la banqueta de la esquina para ponerse cómodo. El hombre que estaba al lado se parecía a Leopoldo Luis Felipe María Víctor de Sajonia-Coburgo-Gotha. Era un locuaz carnicero que se había aunado para conversar con sus congéneres.

Todas las mesas estaban ocupadas, sobraban pocas sillas, un cuantioso grupo de hombres de clase media estaba reunido, disfrutaban el día de farra, intercambiaban cosiacas, mociones, cotillas y disidencias al mismo tiempo que escanciaban las bebidas sobre sus traslúcidos vasos de vidrio. Intercambiaban palabras de toda clase, argüían en sus brumosos debates, decantaban según sus preferencias, muñían cuestiones políticas, lanzaban alaridos, farfullaban admoniciones, se reían a carcajadas, recurrían al argot de su entorno laboral, dirimían sus discrepancias, enjaretaban propuestas, urdían a discreción, hacían chanzas, se mofaban con ludibrio de otros botarates y berzotas, se inmiscuían en charlas ajenas, degustaban sus fardes tragos.

El itinerante camarero no podía quedarse quieto ni un instante, iba y venía de un lado a otro para reponer lo que faltaban en las mesas, era muy cuidadoso con sus movimientos.

Arturo Estrada era un hombre treintañero de cabello castaño, cejas apenas visibles, ojos marrones, nariz pequeña, notable barbilla, cuello fino, cuerpo de atleta y reflejos de guardametas. Se vestía formal como todo camarero, nunca defraudaba a su tío cuando de hacer un buen trabajo se trataba. Sabía cómo lidiar con tipos rudos sin hacerlos sentir mal.

Carlos apareció para atender al recién llegado cazador que ya había pensado qué escoger para beber. Con tono zalamero y un beatífico gesto, pidió una medida de ron mezclada con jugo de piña para sacarse el mal sabor de boca. El bartender le preparó el trago con apremio para que no lo considerase un blanco de sus críticas negativas. Con el reluciente vaso en su mano derecha, Jonathan suspiró y bebió el trago como si fuese agua.

—¿Qué le parece, señor Jonathan? ¿Es de su agrado? —preguntó, con los codos sobre la barra.

—Nada mal para ser una mezcla —contestó con la garganta fresca tras haber degustado el extravagante gatuperio—. ¿Puede prepararme algo para comer? Hoy pienso quedarme un poco más.

—Desde luego —accedió a su petición con regocijo—. ¿Qué quiere almorzar?

—Hoy me apetece un omelet de atún con cebollas, ensalada de tomates y un poco de pan integral para acompañar.

—Se lo prepararé enseguida. —Se dirigió a la cocina para prepararle lo que le había pedido.

La plétora de entreverados diálogos y ruidos desagradables mezclados con la música de fondo, una especie de blues de los años ochenta, no distraían a Jonathan, cuyo cansino cerebro no tenía ganas de pensar en las estratagemas efectuadas para derrotar al avieso rival que se le había escapado de las manos, sino que lo envolvían de lleno en memorias del pasado, a la sazón donde solía aglutinarse con otros cazadores y contar sus experiencias de vida. No tenía ningún inconveniente en esperar a que le sirvieran el plato de comida, podía entretenerse con su bebida mientras tanto.

Cuando Carlos apareció con el platillo en mano, los ojos del inexpugnable cazador se dispararon hacia el crujiente trozo de huevo revuelto con forma de ostra que envolvía trozos de atún y cebolla picada, rodajas de tomate al costado y fetas de pan con semillas.

—Esto ya parece un restaurante —susurró Jonathan al momento de tomar los cubiertos.

—Servimos platillos ligeros, no podemos darnos el lujo de cocinar ollas completas para los clientes. Para ello se necesitaría personal especializado en gastronomía.

—Entiendo. —Probó el omelet para darle el visto bueno.

—Oiga, ya que está aquí, ¿me podría aclarar algunas cosas?

—¿Qué quiere que le aclare?

—Por la manera en que lo vi hablar con el señor Pancracio, me dio la impresión de que ya lo conocía. Su conversación me pareció llamativa. Bueno, no es que quiera meterme en su vida privada ni nada.

—Me enteré de su existencia en este bar. A decir verdad, me pareció un sujeto agradable.

—¿Él no le contó nada sobre mí?

—De usted sólo habla maravillas. Le tiene mucho aprecio.

—Es que como dijo que me tenía en la mira, pensé que sospechaba de mí. Lo que sucedió la otra vez fue un incidente que nos incluye a todos. Lo sé porque también tengo hijos y perderlos sería horrible. Cuando de buscar culpables se trata, los detectives se ponen paranoicos.

—Pancracio es un hombre de palabra, incapaz de conculcar la ley. No lo puede acusar sin pruebas. —Tragó antes de seguir—. Es el principio de presunción de inocencia.

—A veces me da la impresión de que quiere hollar mi buen humor con cuchufletas irónicas.

—Él es así con todo el mundo. No se lo tome personal.

Los comentarios de Pancracio, como los de cualquier desgarbado cabrito, eran difíciles de escrutar. La anfibología era parte de su repertorio lingüístico, siempre presente en sus pullas, chirigotas y aseveraciones.

—Cambiando de tema, ¿cómo le va en su trabajo? ¿Ya se adaptó al clima?

—Por el momento estoy ocupado en un caso particular.

—¿De qué se trata?

—Esta mañana tuve un encuentro cercano con un lobo negro. El infeliz se me escapó, estuve muy cerca de atraparlo. Lo había visto en mis sueños. El saber que es real me motiva para que lo vaya a buscar. —Doraba la píldora para que pareciese que el encuentro había sido algo irrisorio, cuando en realidad era el principio de su peor congoja, el ignoto sendero que lo conducía hacia su perdición.

—Soñar con lobos negros es de mal agüero según dicen.

—Yo no creo en esas fantasmadas —respondió con tono aireado, incentivado por su firme escepticismo.

—Hay personas que tratan de conectar las cosas que sueñan con lo que viven. Parece tonto si lo vemos desde un punto de vista sesgado, pero lo verídico es que siempre soñamos con cosas de nuestro entorno. Las visiones que tenemos se construyen de acuerdo a nuestras experiencias vividas.

—También puede que todo sea producto de la casualidad.

—No hay nada que funcione por casualidad.

—Pero la probabilística sí existe así que de nada sirve enlazar una cosa con la otra para sacar conclusiones falaces.

—Muy poco sabemos al respecto de nuestra mente y sus reconducciones como para emitir juicios cien por ciento certeros.

El bartender dejó en paz al cazador para que terminara de comer lo que había pedido. Ese último diálogo que parecía inane, algo escondía en su esencia que le daba mucho significado, más de lo esperable. Suponiendo que fuese veraz la indeleble conexión de los sueños y el destino del protagonista, Añangá lo castigaría por haber abusado de su codicia y por haber profanado la exuberante pureza de la naturaleza al arrebatarle varios de sus vástagos.

Una vez que terminó de comer, pagó la cuenta, se puso el gorro y se retiró de forma cachazuda. A su camioneta se dirigió, sin prestar mucha atención al entorno. La serena brisa le acicalaba la nuca como un pájaro en el lomo de un rinoceronte. Se sentía pesado al haber llenado su estómago, tenía los pies callosos de tanto andar con calzado rígido, su mano izquierda estaba adormecida, la ansiedad empezaba a tornarse molesta. Se apresuró por volver a la cabaña y tomarse un respiro.

Con los pies en su hogar, cogió un cigarrillo para fumárselo con toda la tranquilidad del mundo. En un estado de relajación entró, con quietud suspiró, a su cabeza dirigió las manos mientras su inclinado cuerpo se meneaba con el movimiento continuo de la mecedora. Una impróvida disnea lo obligó a retirar el pitillo de la boca para toser, sintió como si se le hubiesen obstruido los bronquios por un momento, bastante tenso se puso. El innecesario maltrato que recibían sus pulmones comenzaba a pasarle la factura.

Se acostó en la cama, boca arriba, respiró con lentitud, hizo sonar los dedos de sus manos y permaneció con la mente en blanco durante los siguientes minutos. Deseoso estaba por salir a cazar de nuevo, ir a buscar al lobo negro que se le había escapado, cobrar venganza dándole una muerte dolorosa como merecido por haberlo torturado en sus sueños. Le sobraban las ganas de estrazarlo con sus propias manos.

La luz del día se fue para dejar que la oscuridad sojuzgara el entorno. El excesivo cansancio tomó desprevenido al cazador, aun sin deseos de dormir, su cuerpo no pudo hacerle frente a la tentación y cayó desplomado ante la modorra. Como un gato doméstico, quedó desparramado en la colcha, a merced del bello silencio.

A varios kilómetros de distancia, una cuadrúpeda figura sombría daba vueltas de un lado a otro dentro de su oscura y cenagosa madriguera infestada de moscas y larvas. El lobo sabía que el humano que le había dado muerte a todos sus esbirros, los doce lobos blancos, iba a ir por él en algún momento. Tenía que estar atento a su llegada, no podía dejar que un miserable humano le arruinara la vida como ya había ocurrido. Los deseos de vengarse estaban presentes en todo momento, bajo ninguna circunstancia iba a dejarse someter.