Chapter 4: Capítulo 3 - Desaparición
Jonathan se despertó a media mañana, sentía que la cabeza le daba vueltas sin parar, estaba mucho más mareado que el día anterior. Le dolían las piernas de tanto caminar y los brazos por el inmenso esfuerzo que había hecho al arrastrar el oso. Al tocarse la frente, no percibió signos de estar afiebrado, la temperatura era normal, pero el dolor muscular le impedía moverse con plena libertad. Como era domingo, podía tomarse el día libre para reposar. La fuerte tormenta de nieve no cesaba, tenía que quedarse adentro sí o sí.
Se puso la bufanda y se dirigió al hogar para chequear los restos de la última fogata, prefirió dejar todo como estaba, el brazo derecho estiró para alcanzar la botella de licor, sus piernas se arrastraron hasta llegar a la sala donde se sentó en la mecedora y bebió con lentitud, saboreando la menta que le refrescaba la garganta con vigorosidad.
La opulencia de paz que había dentro de la casa era extraordinaria, ideal para ponerse a leer un poco. Tomó un libro de anatomía animal, se centró en buscar sobre animales salvajes de clima frío. Él, a diferencia de otros párvulos cazadores, era culto y se mantenía bien informado antes de aventurarse en desconocidas áreas de trabajo. Había aprendido un montón de cosas interesantes de los libros que le servían para su vida práctica y su profesión. Engarzaba difusas reminiscencias, tratando de recordar con claridad cuándo fue lo última vez que había cazado un cérvido.
No muy lejos de la cabaña, varios perros siberianos de espeso pelaje y ojos zarcos, iban y venían mientras olfateaban los rastros de un hombre que había desaparecido recientemente. La ola polar dificultaba la búsqueda, los pocos policías que estaban trabajando en el caso no podían pasar mucho tiempo a la intemperie bajo ese desgarrador clima que los convertía en muñecos de nieve.
Había muy pocos crímenes en esa región, las autoridades apenas tenían que actuar debido a la escasa, o más bien nula, cantidad de crímenes cometidos. La última vez que la policía se había movilizado fue durante un accidente de tránsito que dejó tres víctimas fatales. La desaparición de un miembro de la comunidad era algo importante que no se podía pasar por alto, sin importar la edad o el sexo. La implacable búsqueda debía continuar hasta que se encontrase a la persona.
Algo compungido se encontraba Humberto luego de enterarse de que uno de los amigos más cercanos de su hijo menor había desaparecido del mapa como por arte de magia, como si la tierra se lo hubiera tragado.
Según lo registrado por los familiares, Marcelo, de veintiséis años de edad, había salido a correr durante la mañana del viernes, tenía que estar de vuelta para el mediodía, momento en el que toda la familia se reunía en la mesa para celebrar el delicioso banquete en aras del quincuagésimo octavo cumpleaños de su padre, un conocido violero de la zona. Como nunca regresó, la familia dio aviso al vecindario, y éste, al no hallarlo, informó a la policía de su extravío.
El rastreo inició al día siguiente, varios oficiales tenían que salir a buscar al hombre cuyo paradero se desconocía. Nadie en el pueblo lo había visto, nadie en la ruta se lo cruzó, ningún vendedor ambulante lo vio. Todo indicaba una sola cosa: el área dieciséis. Incluso los más valientes se mantenían reacios a ingresar a ese lúgubre bosque, su mala fama lo había convertido en un sitio terrorífico donde nadie se animaba a ingresar.
Las hipótesis que se manejaban en la comisaría eran pocas: secuestro, homicidio o fuga. Los familiares insistían en que no podía ser la última opción, estaban seguros de que alguien lo había raptado por algún motivo, pero si eso fuese cierto, tendrían que haber llamado para exigir dinero por su liberación. La única opción que quedaba, la peor de todas, era homicidio y ocultación del cuerpo. Fuese quien fuese el culpable, lo tenía que haber enterrado en el bosque, era el lugar perfecto para llevar a cabo el enterramiento disimulado de una persona. Las reticencias giraban en torno al culpable por descubrir y el motivo por el cual habría de matarlo, siendo que se trataba de un individuo común y corriente que no había hecho nada malo.
El día pasó muy rápido, tan rápido que Jonathan ni cuenta se dio. El garrafal frío lo obligó a prender fuego en el hogar y sentarse frente a las llamas para calentar su helado cuerpo. De noche, la temperatura descendía muchísimo, parecía que se encontraba en un iglú, o en medio de la Antártida; la postrimería del insulso otoño había sido invadida por la anticipada llegada del atroz invierno. Él al menos tenía dónde refugiarse, los pordioseros y los desempleados eran los que más padecían las calamidades climáticas que hacían estragos en la región.
Se deshincó del suelo, irguiéndose con pesadumbre, y se dirigió al refrigerador. Tenía pensado prepararse un estofado con verduras y un poco de carne blanca para saciar el apetito. Estaba aburrido en su casa, quería que la tormenta finalizara para poder salir a explorar el bosque de nuevo. Tan pronto como acabó la cena, se dirigió al baño para darse una ducha caliente, una que le devolviera la calidez a su cuerpo.
Mientras se bañaba, una oscura figura peluda llegó al recinto, se desplazó en cuatro patas hasta la entrada y olfateó el inconfundible aroma pestífero de un humano que se encontraba en el interior. Se dirigió a la camioneta, raspó la pintura reiteradas veces, luego se dirigió al remolque, apenas visible bajo la espesa oscuridad, rasguñó los laterales con sus filosas garras, dejó su marca territorial en uno de los neumáticos y se desplazó hasta la parte trasera. Empujó la puerta lanzando fuertes coces que produjeron ruido, sus pesadas pisadas hacían crujir las crepitantes tablas del piso. Como no había manera de ingresar a la cabaña, tuvo que irse.
Jonathan había acabado de salir del baño, con su bata blanca puesta y un par de pantuflas marrones, se aproximó para ver qué sucedía. Le parecía sospechoso que el viento hiciera tanto escándalo, estaba seguro de que alguien había golpeado la puerta trasera. Exploró las dos puertas, ambas estaban cerradas con llave, era muy difícil que un desconocido ingresara. Las ventanas también estaban cerradas, protegidas con sus respectivas celosías. Pasó por alto ese hecho y se dirigió a la cama para echarse, se sentía mucho mejor después de haberse dado un baño con agua caliente. No pasó mucho tiempo hasta que le agarró sueño y cerró los ojos, se tapó con una colcha y en posición supina se durmió.
Golpes incesantes en la puerta de entrada lo despertaron, ya era de día y la tormenta había cesado. Se puso de pie con rapidez, se vistió, se puso las botas, se mojó la cara en el baño y salió a ver quién lo buscaba. Al abrir la puerta, se encontró con dos policías que habían encontrado su cabaña en plena búsqueda. Ambos tenían uniforme azul, placas frontales, las típicas gorras identificadoras, fornitura gruesa con sus herramientas de trabajo, borcegos negros y guantes blancos.
A la derecha, se encontraba Romualdo Catamarán: cuarenta y cuatro años, un metro ochenta y cinco, piel bronceada, ojos cafés, nariz chata con aletas apenas visibles, calvo, marcado arco de Cupido, labios oscuros, dentadura destellante, hombros anchos y cuerpo atlético. A la izquierda, se encontraba Antonio Salcedo: treinta y ocho años, un metro setenta y seis, piel rosácea, cejas tupidas, pómulos porosos, ojos verdes, nariz extensa con tabique hundido y un pequeño lunar en la punta, corto cabello azabache, dentadura biliosa, mentón protegido con vello facial, fisonomía delgada y pies grandes.
—¡Buenos días, señor! —retumbó la autoritaria voz del oficial Romualdo—. ¿Es usted Jonathan Mardic?
—Sí, soy yo —respondió al instante—. ¿Sucedió algo malo, oficial?
—Mi compañero y yo —lo señaló con el dedo pulgar—estamos trabajando en un fortuito caso de desaparición y quisimos pasar a ver si podíamos contar con su colaboración —le explicó. Su mirada denotaba cierta vacilación—. El señor Humberto nos dijo que usted había llegado hace poco así que pensamos que podíamos hacerle algunas preguntas al respecto.
—Ah, ya veo —suspiró y se rascó la cabeza—. ¿Les gustaría que les prepare algo para beber?
—No, gracias. Ya tomamos un vaso de café con donas antes de venir.
—Pasen, por favor —les dio permiso de ingresar a la morada.
Los policías entraron enseguida y examinaron cada recoveco de la cabaña, sus ojos iban y venían de un rincón a otro, estudiaban y analizaban cada ínfimo detalle que percibían. Al llegar a la cocina, notaron un fuerte olor a madera quemada. Jonathan se sentó en su silla y apoyó los brazos en la mesa, poniéndose cómodo.
—¿Pueden contarme de qué se trata el asunto? —exigió saber.
Antonio, el más curioso, le mostró una fotografía del joven desaparecido, en la cual llevaba puesto un chándal, y le preguntó si lo reconocía. Él negó con la cabeza, seguro de sí mismo. El oficial Romualdo no dejaba de explorar con la vista el interior de la vivienda.
—¿Quién es ese joven?
—Es hijo del señor Inocencio Corrales, el que fabrica violines en su depósito, en el barrio Herberton, cerca de la estación de ómnibus —introdujo el oficial Antonio—. Salió a correr el viernes por la mañana, el mismo recorrido de siempre, pero nadie más volvió a verlo. Solía dar un recorrido completo, partía desde el acceso hasta la fábrica de colchones, y de ahí se metía al pueblo para volver. Todo el mundo lo conocía. Era un joven amable que se había ganado el aprecio de la gente.
—¿Era? —Su rostro cambió de golpe—. ¿Por qué habla en pasado?
—Suponemos que ya no sigue con vida —interrumpió el oficial Romualdo, colocándose al lado de su compañero—. Creemos que alguien lo asesinó y enterró su cuerpo en algún rincón del bosque.
—El bosque es grande —aseveró y se cruzó de piernas—, mucho más de lo que parece. ¿Creen que van a poder encontrarlo entre tanta nieve?
—No es ese el problema, señor Jonathan. —Le devolvió una mirada fría y petrificante—. Lo que pasa es que no hay nadie en el pueblo capaz de hacer algo así, solamente alguien de afuera podría haber cometido un crimen de tal magnitud. ¿Por qué cree que vinimos a verlo?
—¿Me considera a mí un sospechoso? —Se incomodó un poco.
—Cuando de crímenes se trata, cualquiera puede ser sospechoso, pero más aún alguien que posee armas de fuego en su domicilio.
—Es irónico que diga eso cuando yo ni siquiera conozco el pueblo ni a la gente de aquí. Anteayer estaba por ir a dar una vuelta por el centro, quería conocer algún bar, pero al final no fui a ningún lado por la tormenta.
—¿Ya fue al bosque? —Antonio le preguntó, para que no se sintiera incómodo con la pesquisa.
—El día sábado fui a cazar.
—Usted llegó aquí el mismo día que Marcelo desapareció.
—No me crucé a nadie cuando venía por la ruta —admitió con franqueza—. A decir verdad, ni siquiera vi un carro en el camino.
—¿Anduvo por el área dieciséis ese día? ¿Se detuvo en algún momento del viaje? ¿No vio nada extraño? —Romualdo no dejaba de lanzar preguntas.
—No me detuve en ningún momento ni vi nada fuera de lo común —negó al instante y acomodó cada pierna en su lugar—. ¿Qué es eso del área dieciséis, algún territorio prohibido o algo por el estilo?
—No exactamente. —Antonio intercambió una ligera mirada con su compañero, pensando en qué responder—. Aunque podríamos decir que es propiedad vedada.
—No tenemos autorización de entrar ahí. El comisario no quiere que corramos el riesgo.
—¿De qué están hablando? ¿Acaso necesitan un permiso especial para salir a buscar una persona desaparecida?
—No es eso, señor Jonathan —Romualdo le corrigió—. Lo que pasa es que esa área le pertenece al señor Augusto Torres, el científico loco.
—¿Cuál científico?
—El señor Torres ya no está aquí, lo metieron en un hospital psiquiátrico hace varios años. Después de la destrucción de su laboratorio, perdió la cordura. Insistía una y otra vez con la misma historia del guardián del bosque. Honestamente, no sé qué le habrá pasado a ese pobre hombre para quedar así. Supongo que no podía lidiar con los aberrantes hechos.
—¿Guardián del bosque? —Frunció el ceño, mostrando desconcierto.
—Según contaba, un feroz monstruo experimental escapó del laboratorio y se refugió en esa área. Empezó a asustar a la gente con narraciones terroríficas y advertencias de toda clase, las autoridades no tuvieron otra opción más que medicarlo y llevarlo a un lugar seguro. Me cuesta creer cómo terminó así alguien con semejante intelecto.
—No había remedio. El tipo estaba mal de la cabeza —interrumpió Romualdo, viendo a su compañero.
—¡Qué estupidez! —A Jonathan le parecía inverosímil, no podía tomárselo en serio—. Los monstruos no existen. Ese tipo debió haberse traumado con algo.
—Dicen que el peor monstruo de todos es el ser humano, y por mi experiencia de vida, lo puedo confirmar —adicionó Romualdo en sentido figurado.
—Me refiero a la idea de aceptar algo así —Jonathan farfulló.
—No sabemos muy bien qué hacían dentro de ese laboratorio, los activistas alegaban que llevaban a cabo macabros experimentos con animales salvajes. No sé hasta qué punto pueda ser cierto eso. No tenemos pruebas fehacientes que indiquen eso.
—Pues déjenme decirles que yo no confío en esos imbéciles. ¿Qué pueden saber ellos al respecto?
—Tenían un miembro infiltrado en las instalaciones del científico. Él fue el que hizo público sus experimentos al llevárselos a la prensa —Romualdo agregó.
—Los experimentos con animales son necesarios, les guste o no les guste.
—El plan para derruir el laboratorio fue ingenioso, aunque no apoyo a ese movimiento de rebeldes anarquistas —dijo Antonio.
—Le arruinaron la vida a un hombre brillante —adicionó Romualdo.
—Sea como sea, yo no tengo nada que ver con lo sucedido. Lo mejor que pueden hacer es seguir buscando, si llego a saber algo al respecto, se los informaré de inmediato —declaró Jonathan y se puso de pie para tomar su licor y beber un ligero sorbo. Su garganta estaba seca.
—Habla como si no le interesara —Romualdo le dijo de forma desafiante. Algo en él no le agradaba.
—No hay nada que yo pueda hacer por el momento, oficial. —Puso la botella en su lugar—. Ni siquiera conozco ese lugar que mencionó —dijo y se apoyó en la encimera.
—Antes de dejarlo, nos gustaría que nos mostrara los alrededores —Antonio insistió.
—No hay problema. Siempre y cuando sea para bien de la comunidad. —Se arrojó de lleno a la parte del fondo y lo siguieron.
Con aprontamiento, enfocándose en cada fragmento, los policías inspeccionaron el entorno, en lo que parecía una encerrona en la que el cazador no se sentía intranquilo de llevarlos consigo. Revisaron la zotehuela y el galpón, no vieron nada que les llamara la atención.
—¿Tiene usted alguna mascota? —Romualdo le preguntó.
—No tengo mascotas —contestó.
—Vimos huellas en la parte de enfrente. Supusimos que tenía alguna mascota.
—Déjeme echarles un ojo. —Cambió de dirección y se dirigió a la parte delantera de la cabaña.
Se aproximó al remolque y notó marcas de arañazos, como si un oso las hubiera hecho a propósito. La camioneta también tenía varios arañazos en ambas puertas y en la compuerta trasera.
—¡Mierda! —exclamó con enfado. Enarbolarse era ineludible—. Esto no puede ser cierto.
Echó un vistazo a las huellas en el suelo y se dio cuenta de que eran de canino, pero eran más grandes de lo normal. Se acordó de uno de los libros de anatomía que tenía, sabía qué tamaño tenían las patas de caninos, y lo que tenía enfrente era algo fuera de lo normal. Supuso que algún perro salvaje de gran tamaño anduvo por allí.
Los oficiales llegaron y revisaron el interior del remolque. Todo revelaba que Jonathan lejos estaba de ser sospechoso. No parecía un hombre peligroso con deseos de cometer delitos, aunque el oficial Romualdo mantenía ciertas dudas al respecto. Un sujeto solitario que tenía armas de fuego bajo su poder siempre era un tanto peligroso para la sociedad.
—¿Esas marcas ya estaban? —Antonio le preguntó, apercibiéndose de los arañazos.
—Recién acabo de verlas —afirmó el cazador, todavía indignado—. Esto tuvo que haber ocurrido anoche.
—¿A qué se refiere?
—Anoche, justo cuando salía de la ducha, oí ruidos extraños provenientes del fondo. Como no vi a nadie, supuse que había sido el vendaval. Al parecer, un animal salvaje anduvo por aquí.
—Lo más probable es que un oso haya intentado refugiarse en su casa.
—Vea bien las huellas, oficial —le pidió—. Esas no son patas de oso, son patas de perro —las señaló.
—Parecen huellas de oso.
—Yo soy un cazador profesional. Sé lo que digo —declaró con envanecimiento—. Sé diferenciar una huella de oso de una huella de perro —lo encaró, levantando el tono de voz.
—¡Cálmese! —le exigió Antonio—. No es para tanto. Saber eso no aporta nada a la investigación de todas formas.
—Mire nada más cómo me dejó la pintura. —Apuntó con ambas manos—. Sea lo que sea, lo hallaré.
—En este bosque habitan muchos animales salvajes, es esperable que ocurran incidentes como este —le avisó para ahorrarle un disgusto—. No se altere. Esto tiene arreglo.
—No solucionará nada diciéndome eso.
—Le aconsejo que tenga cuidado cuando salga. Lo pueden atacar por sorpresa.
—Siempre llevo un cuchillo a mano por si acaso. —Le enseñó la faca que llevaba oculta en su riñonera.
Romualdo estaba detrás del remolque, escuchando con atención lo que el viejo cazador decía, era información importantísima que no podía ignorar. Algo en un escondrijo de su mente le advertía que no debía fiarse del zafio foráneo, anotaba en su agenda datos relevantes de forma subrepticia. La motivación de Jonathan era ininteligible, no había ninguna razón para estar en pleno invierno buscando animales para cazar en el bosque, y más sabiendo que muchos de ellos hibernaban. El oficial no iba a estar tranquilo hasta que le encontrase la respuesta al escabroso enigma.
Con laconismo, a fin de evitar posibles desvaríos, los dos oficiales se despidieron del cazador y retomaron el camino zanjado hasta llegar al patrullero. Subieron al mismo tiempo, se quedaron en silencio un instante, pensando en lo acontecido. Antonio no guardaba ninguna sospecha del cazador, Romualdo sí. Iban a hablar con el detective del pueblo, el zarandillo Pancracio Quinteros, el petimetre que vivía con la botella en la mano, una copia barata de Hércules Poirot según sus compañeros de la jefatura, para ver si podían avenir y descubrir algo. El vehículo dio marcha atrás y regresó a la ruta.
Jonathan se puso a maldecir al unísono, como pirata cabreado, por los rayones en su preciada camioneta. Le quitó toda la nieve de encima y buscó una lona gruesa para taparla. Eso sí, seguía pensando que un canino había hecho eso, aunque pareciese ilógico. Las huellas en el suelo lo delataban. Calculó las medidas y comparó con una imagen de uno de los libros, el tamaño variaba mucho, era casi el doble de grande que la huella de un lobo adulto. Recordó lo que le habían dicho los policías del supuesto monstruo que había escapado del laboratorio, le pareció racional creer que un canino de gran tamaño podía haber hecho eso. No había otra explicación por el momento.
Ingresó a la morada y manoteó un cigarro que encendió en un periquete, ansioso por sentir el tabaco en su interior. Fumar lo apaciguaba, disminuía el estrés que lo domeñaba. Al ver por la ventana, notó más copos de nieve cayendo del cielo, señal de que la tormenta iba a continuar. No podía hacer nada, tenía que permanecer adentro hasta que el clima mejorara.
En ese ínterin, una figura oscura de casi doscientos kilogramos merodeaba los límites del recinto cercado, un extenso alambrado evitaba la entrada y salida de extraños, esa criatura podía ingresar a través de un agujero que había hecho de tanto morder.
Dentro de esa área no se metía ningún animal, todos ellos percibían el peligro al que se exponían si daban un paso en falso. El único que moraba allí era el guardián del bosque, un lobo negro que había sido utilizado como conejillo de Indias en los horríficos experimentos del doctor Torres para poner a prueba una de sus neurálgicas ideas. Pertenecía a una raza de lobos más grande de lo normal, producto de selección artificial, al que se le suministró varias inyecciones y se le nutrió con alimento especial para fortalecer la musculatura y agudizar los sentidos. El experimento había salido bien, Augusto había creado un engendro tan peligroso como cualquiera de sus congéneres, sólo que más fuerte e inteligente.
Lo que había sido un lobezno común y corriente, juguetón e inquieto, pasó a ser uno de los depredadores más feroces con vida. La anatomía había sido alterada en exceso, las patas y el tórax se habían hinchado como el cuerpo de un fisicoculturista atiborrado de esteroides y anabólicos. Ese grotesco monstruo tenía la fuerza de un oso, la velocidad de un guepardo, la visión de un águila, la agilidad de una nutria y la dureza de un rinoceronte. Deseoso estaba por comerse al cazador cuya morada ya había visitado.