Chapter 5: Capítulo 4 - Pesadillas
El hiperbóreo pueblo había sido fustigado por la tempestuosa ola polar, la que cubría todo de nieve, dejaba los caminos gélidos y a los caminantes helados como cuerpos en la morgue. Las pocas personas que salían a la calle parecían guardarropas andantes, el atroz frío era peor que años anteriores. Consumir alimentos calientes era esencial para no solidificarse como todo lo que permanecía a la intemperie.
Jonathan había prendido la lumbre y puso un viejo futón frente al hogar, la única parte de la casa que no lo hacía tiritar. Era consciente del enfriamiento constante y de la molesta neblina que obnubilaba la visión en su totalidad. Se acostó sobre la colchoneta y se puso a leer uno de sus libros de balística que siempre lo entretenía un buen rato, de un póstumo autor que había pasado la mayor parte de su vida en soledad y que luego murió como un perro. Había disfrutado un banquete de postín, post merídiem, elaborado con merluza, trucha, frijoles, arvejas, choclo y verduras.
La latosa mialgia había disminuido hasta tornarse una molestia pasable, entre tantas otras, que podía ignorar. Cavilaba sobre las huellas del supuesto monstruo que había rayado la camioneta y el remolque, lanzaba vaho cada vez que exhalaba, buscaba respuestas a las preguntas en un sinfín de ideas atornilladas a su subconsciente, creía que la desaparición del desafortunado corredor y la aparición del animal salvaje estaban relacionadas de alguna manera que nadie había calculado.
Mientras las incompetentes autoridades trastabillaban en sus aciagas investigaciones forenses, él trataba de concretar la desgreñada suposición que tanta reverberación le producía en la mente. Le dieron ganas de dormir una breve siesta para ahorrar energía; de esa forma, se acomodó frente al fuego y cerró los ojos, listo para dejarse llevar al mundo de los sueños.
***
Sobre terreno húmedo, pantanoso y caliginoso, despertó, con el estómago revuelto y la visión borrosa. Tenía puesta la muda de ropa con la que salía a cazar, a excepción de los tapones para los oídos. Tenía el rifle semiautomático y los adminículos en orden. No recordaba cómo había llegado ahí ni por qué había salido de la vivienda. Se había adentrado en lo más profundo de su inconsciente, el cual le ofrecía pase libre a la más espeluznante alucinación que podía tener.
Incapaz de distinguir entre realidad y ficción, el incauto cazador siguió adelante, exploró el entorno de manera flemática, el estrambótico bosque nocturno en el que se encontraba era de lo más grotesco. Los árboles podridos con ramas caídas imitaban patas de arañas, las picudas piedras estaban enmohecidas, las pálidas plantas parecían estar agonizando en la densa oscuridad suplicando luz natural, la acuosa tierra blanda se desprendía del suelo y se unía a la rojiza sustancia líquida que emanaba de un extenso lago, repleto de cadáveres pútridos y supurantes vísceras que desprendían una pestilencia emética.
Los gruesos alambres de púas en los laterales daban la mera impresión de que se encontraba en una de las áreas limítrofes del pueblo, quizás más lejos de lo normal, en contacto directo con la ladera que señoreaba sobre la pradera del inmundo matadero ya carcomido por las llamas.
Iluminando con intensidad, la linterna de bolsillo le ofrecía un panorama más claro del luctuoso contexto enmarañado entre sombrías figuras que daban mala espina. Cada paso que daba era un acercamiento más al ingente abismo terrenal, que le producía más incomodidad que gratificación, tenía cuidado de no resbalarse y caer. Sus resistentes botas de cuero estaban llenas de fango, desplazarse entre tanta mugre no era fácil, en especial cuando la luz era tan escasa. Los perspicaces movimientos que hacía eran fragorosos en comparación al absoluto silencio que avasallaba esa horrenda región. La suave brisa noctívaga era un tanto sospechosa, la temperatura era mucho más cálida aun estando bajo las condiciones invernales más frígidas de su vida, su rostro era azotado con latigazos indoloros que le agitaban la barba y las orejeras del gorro.
Circuló por la más profunda penumbra hasta llegar a las deformadas ruinas de lo que había sido un recinto de suplicio y muerte para el ganado bovino, porcino, equino y caprino durante más de media centuria. Tenía que taparse la nariz para no aspirar el nauseabundo olor putrefacto que desprendían los rancios cadáveres decapitados que colgaban de los sucios ganchos del techo. El suelo era un mar de sangre y deshechos descompuestos que le producían náuseas.
Resaltaban con la luz de la linterna varios instrumentos y máquinas de tortura, como las empleadas en la Edad Media para atormentar a los herejes de la forma más sádica posible, donde se desollaban los cuerpos y se retiraban cuernos y pezuñas. A pesar de la inquebrantable osadía del hombre, estar dando vueltas allí era desagradable.
Más adelante, frente a la oxidada carcasa de una antigua nevera, herrumbre por doquier, halló varios purulentos miembros mutilados atiborrados de moscas y gusanos que se estaban dando un festín inigualable. Entre tanta carne pútrida y huesos molidos era imposible descubrir a qué especie pertenecía cada parte. Supuso que había transcurrido una eternidad desde la destrucción de ese mortuorio matadero.
Una vez afuera, ya palpando algo aproximado a un ejido, la linterna comenzó a fallar, titilaba de forma constante, varios golpes le dio para que recobrara la compostura, de nada sirvió. Quedó a ciegas dentro del tenebroso escenario en quién sabe dónde, bastante intranquilo y molesto.
Mientras trataba de hacer que los focos volviesen a rutilar como antes, oyó un ruido extraño a sus espaldas que lo obligó a voltearse. Una sombra amorfa cruzó, entre la incontable cantidad de cadáveres de bóvidos que colgaban uno al lado de otro, marcando el suelo con sus alígeras pisadas. Un gruñido fuera de lo común alcanzó a oír, motivo por el cual no dudó en preparar el arma. La luz retornó, aunque con menor intensidad, y el pesado rifle cargó con rapidez.
Al ver de cerca, vio las mismas huellas gigantescas que había visto frente a su casa esa misma mañana. Todo indicaba que había hallado al causante de los rasguños de la camioneta y los empellones en la puerta de la cabaña. Más atento que nunca, se agachó un poco y ajustó la mira para ver si podía divisar a la criatura que se estaba ocultando en las impenetrables tinieblas.
Todo se mantuvo en mutismo durante varios minutos. El sendero de huellas creaba un trecho que iba hasta la parte externa, rumbo a la empinada colina que terminaba sobre una mugrosa laguna saturada de sanguijuelas.
Unos cuantos pasos dio, un estridente aullido sonó muy cerca, una orquesta de aullidos espontáneos le hicieron creer que una jauría lo había encontrado, cuando en realidad era el eco del mismo sonido. Las ondas sonoras eran capciosas, no viajaban de la misma manera, en cada rincón se escuchaba de una forma distinta, en sus oídos amortiguaban todas ellas. Por más que recorría de una punta a la otra con la linterna, no veía nada. Los aullidos iban ganando potencia, empero nada había allí que probase la existencia de una jauría de lobos.
En el momento menos oportuno, iluminó el blanco que tanto buscó, con la luz de la linterna refractó los ojos amarillentos de una bestia de pelaje oscuro que tenía las fauces repletas de sangre y restos de carne descompuesta, sus colmillos resaltaban como un farol en pleno novilunio, sus puntosas orejas parecían cuernos torcidos, su apariencia era de un lobo con el tamaño de un león, era una aberrante combinación biológica jamás antes vista.
La mira estaba en el centro del animal, el cazador estaba en posición, su dedo estaba paralizado ante el liso gatillo a punto de ser apretado. La cordura perdió por un instante y su visión se opacó, todo se distorsionaba como si le hubiese agarrado un ataque cerebral que lastimaba los nervios. Aun así, disparó sin ver, ninguna de las balas lastimaba el cuerpo del estrafalario espécimen que se iba acercando de a poco.
Se quedó sin balas en poco tiempo, fue entonces cuando la monstruosa figura se agazapó y le saltó para despedazarlo con sus dientes y sus garras. El dolor más lancinante el hombre sintió, apuñaló al animal con la faca en los laterales, no se lo podía quitar de encima ni utilizando toda su fuerza muscular. Las tarascadas más feroces recibió, sentía cómo se le desprendían la piel y la carne de los huesos, algo más que horroroso.
***
Llamas ardientes moviéndose a casi un metro fue lo único que vio cuando despertó. Se tocó la cabeza, sentía la frente más caliente que antes, a causa de la exposición al calor emanado del hogar. Estaba algo tenso, como si se hubiese asustado. Tenía un mal sabor de boca que podía mejorar con unas buenas gárgaras.
Se puso de pie, sin necesidad de calzarse, se dirigió al baño y buscó el enjuague bucal que siempre le dejaba la boca fresca. Notó que el cuarto de baño estaba bastante húmedo, cerró bien el ventiluz para que no ingresara el aire frío. Al ver su reflejo en el espejo, notó que tenía los ojos enrojecidos como si le hubiese subido la presión arterial de golpe, cosa que no le sucedía con frecuencia.
Tras haberse enjuagado la boca, volvió al futón para tirarse de nuevo, tenía ganas de seguir durmiendo un poco más. Puso dos leñas secas al fuego para que siguiera ofreciéndole calor. Retrajo su cuerpo como había hecho antes y cerró los ojos, en cuestión de segundos se dejó caer en los brazos de Morfeo.
***
De regreso en el indecoroso mundo de los sueños, donde los pesarosos horrores engendrados en su inconsciente salían a relucir, comenzó a vivir su segunda pesadilla, sólo que esta vez estaba en un lugar distinto. Prendió la linterna, se llevó una gran sorpresa al ver que su cuerpo no estaba herido luego del ataque que había sufrido.
El feroz ataque del monstruo se sintió demasiado real como para ser una mera ilusión, una mala pasada que su mente le había jugado para advertirle de una acuciante catarsis. Él era consciente del portentoso poder de la mente humana para crear todo tipo de efigies cuando se topaba con una tesitura o circunstancia peliaguda, en la que el temor paralizaba el cuerpo y entorpecía los sentidos.
Siguió adelante por un humedecido sendero pastoso colmado de noctilucas y cascarudos que volaban sin rumbo, en medio de la oscuridad más inquietante. Se había apartado del terrorífico matadero para dirigirse a algo incluso peor, la granja de pieles que había pasado al olvido.
Se sumergió de lleno en una dimensión desconocida donde cualquier acaecimiento era factible. Carcomidas paredes amurallaban el entorno, pieles ensangrentadas colgaban del techo que no se alcanzaba ver, trozos de vidrio y herramientas oxidadas abundaban en el frío suelo. Mantenía el paso a ritmo invariable, no quería ir muy rápido ni muy despacio.
Clavó los ojos en las tétricas máquinas utilizadas para extracción forzada de piel, en muchos casos con el animal todavía vivo. Era un recinto en el que la crueldad no conocía límite alguno, el sufrimiento más horrendo del mundo las inocentes criaturas lo vivían en carne propia, agonizar hasta la muerte era lo único que podían hacer. Era el infierno de los animales y los humanos eran los demonios que los atormentaban.
Un extraño ruido, algo similar a la caída de una cubeta metálica, llamó la atención del cazador y se puso en guardia. Con el revólver en mano, apuntó al blanco que se le venía acercando con apresuramiento. El cadáver desollado de un zorro se le venía encima como si tuviese vida propia, listo para morderle. Con un simple disparo lo detuvo, dándole una muerte instantánea. Con un giro repentino, iluminó uno de los muros de concreto, la grotesca figura de un simio desollado se hizo presente, a la que también disparó sin pensarlo dos veces, condenándola a su sueño eterno. Se hizo a un lado puesto que no le generaba mucha confianza quedarse quieto.
Más adelante, olfateó carne quemada, como si alguien estuviese haciendo una barbacoa veraniega, con la diferencia que no había animales en llamas sino humanos. Los desesperados gritos de hombres en aprietos oyó, todos ellos estaban padeciendo el peor suplicio: se estaban quemando vivos. Intentar ayudarlos era muy difícil dentro de semejante negrura. La intranquilidad comenzaba a volverse más y más notable.
De los laterales surgió, como por arte de magia, un círculo de fuego, que daba lugar al pirólisis que derretía todo lo que tocaba. Nada podía sobrevivir al poder de las elevadas temperaturas, ni siquiera un sujeto con ropa especial. Cinco alborotadores hombres aparecieron de los costados, corrían con desesperación mientras la carne se les derretía como si fuera de cera, en antorchas humanas se habían convertido, rodaban por el suelo, lanzaban gritos de auxilio, sus gemidos eran desgarradores incluso para alguien temerario como Jonathan que poco le importaba el bienestar ajeno.
Le daba impresión ver cómo esas personas se calcinaban, su carne rojiza estaba expuesta, la sangre se les evaporaba, los huesos se les ennegrecían, a cenizas se iban reduciendo. Presenciaba una verdadera escena de horror que nunca en su vida había imaginado, un orfeón infernal.
Discurría detrás de las poderosas llamas una figura de gran tamaño que había cobrado venganza prendiendo fuego a sus víctimas. Era, para sorpresa del cazador, su temible archienemigo, el monstruo de sus pesadillas materializado. Fue entonces que el más intenso temor se apropió de él, convenciéndole de lo débil y vulnerable que era en realidad.
Sabía que intentar matar a esa horrorosa bestia no era posible bajo ningún método, sin importar cuánto esfuerzo hiciese o qué plan idease para lograrlo. Ni las balas ni el afilado cuchillo le perforaban la carne, parecía un espeluznante fantasma que buscaba, persistentemente, transmitirle el mismo temor traumático que había sentido cuando estaba bajo el dominio del doctor Torres, atrapado en una sucia jaula maloliente en la que apenas podía moverse unos pocos centímetros.
Una esquelética figura chamuscada que se arrastraba por el suelo se le prendió del tobillo, se pegó un susto tan tremendo que casi gritó. Los hombres que se habían incendiado seguían sufriendo aun después de habérseles derretido casi toda la carne. Ya no emitían sonidos propios, ello no quitaba que fuesen aberrantes. El tórrido calor empezaba a sentirlo cada vez más real, el humo le taponaba los pulmones haciendo que tosiera con pujanza, la vista se le nublaba y oía con dificultad.
El guardián del bosque no hizo más que observar cómo el temor hacía de las suyas y lo ceñía, llevándolo al flamante muro ígneo. Las llamas se extendieron de una punta a la otra, Jonathan sintió su calzado arder, luego su pantalón y luego su camisa. Lo más feo era que no podía hacer nada para extinguir las incontrolables llamas que lo consumían. Se sofocaba en el mar ardiente en el que se encontraba, llegando a la ignición a causa del sobrecalentamiento. El flamígero monstruo lo vio retorcerse ante su presencia y emitió el último aullido en señal de victoria.
***
Se despertó de nuevo, esta vez más asustado que antes por lo que había vivido en ese turbio sueño, se preguntó a sí mismo si en verdad estaba perdiendo la cordura. Lo que veía en sus sueños era una mezcla de imágenes que él mismo había creado con sus experiencias de vida.
Lo que más le llamaba la atención era que nunca recordaba sus sueños. Por alguna extraña razón, ahora los estaba viviendo como si fuesen un mal presagio que le advertía de una inminente confrontación épica al estilo Marduk contra Tiamat. Había garabateado en uno de sus libros la figura del supuesto canino salvaje que había imaginado mientras analizaba las huellas de afuera, supuso que era un lobo feroz, de pelaje obscuro, ojos dorados y morrocotudos miembros. No sospechaba que esa suposición iba muy acorde a lo real.
Se levantó, se dirigió a la alacena, cogió un vaso de metal inoxidable, colocó un poco de agua de la canilla y bebió con rapidez. Un repentino choque produjo un ligero ruido en la puerta delantera, no dudó ni un segundo en actuar.
Se dirigió a la sala, tomó la escopeta de doble cañón, puso las municiones en su lugar, preparó el arma, se aproximó a la entrada, tomó el llavero, seleccionó la llave correcta, destrabó la cerradura, dejó la mano quieta un instante y esperó el momento exacto para abrir la puerta. Ante sus pies, occiso por causas desconocidas, yacía el frío cuerpo de un cuervo albino. Lo tomó con cuidado y lo lanzó a la nieve para que recibiera un entierro natural.
Retornó a la casa, cerró la puerta con llave y guardó el arma. Se sentía algo confundido luego de haber dormido tanto, no frecuentaba dormir siesta, lo hacía porque no podía salir de la casa. No tuvo mejor idea que sentarse en la mecedora y fumar un poco, a gusto con la encantadora soledad.
No pasó mucho tiempo hasta que la oscuridad se apoderó del entorno y todo se volvió tenebroso. El silbido del viento, la nieve cayendo del firmamento, los árboles sacudiéndose, los arbustos moviéndose, el estremecimiento de las celosías: todo eso constituía la clásica sinfonía invernal de la zona. Bastante había descendido la temperatura, todo lo que estaba afuera se había congelado.
—Qué clima de mierda —murmuró mientras trataba de sintonizar una estación en su vieja radio. Movía la antena de un lado a otro para ver si podía conseguir algo, intento tras intento, el resultado era nulo.
Sentado en la silla de la cocina, con los brazos apoyados sobre la mesa, suspiró con decepción, en un intento desesperado por recobrar el ánimo. Cada veinte minutos metía un trozo de leña al fuego para que la estufa tradicional siguiera activa. Se percató de que se estaba quedando sin leña, había suficiente para que durase hasta la noche. La distorsión que emitía el aparato empezaba a molestarle, no había forma de enganchar nada. Tuvo que apagar la radio para no seguir oyendo el fastidioso ruido.
Al no tener con qué entretenerse, se puso a pelar patatas y cortar zapallos que tenía en la bajo mesada para hacerse un puré con el que pudiese llenar su exigente estómago. Colocó una olla en la cocina, encendió la hornalla con un fósforo, puso agua para calentar, metió las patatas con los trozos de zapallo y estiró el brazo derecho para alcanzar la sal que estaba en la alacena. Se acercó al refrigerador para tomar una botella de jugo y ponerlo sobre la mesa.
Estar en la cocina le traía gratos recuerdos de su esposa, ella amaba la gastronomía, sus platillos eran un manjar exquisito que merecían su debido aplauso, los libros de cocina y los programas culinarios, que presentaban singulares recetas, siempre estaban presentes cuando ella estaba de buen humor. Esa mujer había sido una auténtica bendición para un sujeto amargado como él, siempre le pareció disparatado tenerla como compañera de habitación, y más considerando que ella de cacería sabía poco y nada. Se amaban aun siendo muy distintos.
Cuando estuvo lista la comida, apoyó las nalgas en el asiento y engulló el alimento de manera acompasada y tranquila. Sentía intensos deseos de tener a su amada esposa al lado, disfrutando de un delicioso gazpacho con bogavante o salmón rosado. Fuera lo que fuera, sus platillos siempre eran una exquisitez para su paladar. La nostalgia lo oprimía cada vez que pensaba en ella, eran recuerdos hermosos que no quería olvidar. Lo peor que le podía suceder era sufrir de una amnesia severa, perder de su mente las reconstituyentes escenas más bellas de su juventud.
Con el apetito saciado, la panza hinchada, y el cuerpo relajado, puso la colchoneta detrás del ropero, se acomodó sobre la cama, estiró las extremidades, sacudió la cabeza, rascó su espesa barba y se puso a leer un viejo periódico hasta que sus ojos ya no quisieron seguir abiertos.
***
El abigarramiento de confusas imágenes, lo que se asemejaba a una especie de arcoíris en constante movimiento, se tornó oscuro, dándole lugar a otra aventura escalofriante en el mundo inconsciente donde los inefables traumas y los recuerdos más íntimos florecían como jardines en primavera. El cazador se puso de pie frente al bosque nocturno más tenebroso de su vida, el mismo que había visto antes, cogió el rifle, lo cargó, y con las piernas prietas se adentró en su peor pesadilla.
La caminata parecía no tener fin, ya había perdido la cuenta de cuántos pasos había dado, sus piernas comenzaban a sentir el cansancio a medida que marchaba entre escabrosos lodazales y apestosos e intimidantes figuras forradas de hojas. Los arbustos de los alrededores estaban medio pelados, las piedritas sueltas apenas eran visibles, la temperatura se mantenía por debajo de los quince grados, el silencio era absoluto.
Varios minutos pasaron hasta que la débil voz de una mujer se hizo perceptible, se mezclaba con el grácil susurro del viento, ahora presente, con llamativas aliteraciones que acariciaban los oídos del cazador, le transmitían una familiar sensación de confianza, casi le resultaban placenteras. No fue necesario pensar mucho para darse cuenta de que esa voz era de su esposa que, perdida en uno de sus recuerdos más queridos, rogaba que la ayudase.
Hacia adelante se dirigió para descubrir el origen de dichos sonidos. Vio su descalzada figura envuelta en un largo vestido blanco, que le daba la espalda. Ella lloraba de tristeza, no quería voltearse. La reconoció por su largo cabello rubio y su fisonomía, cadera ancha y piernas largas. Guardó el arma para iluminar con la linterna de bolsillo, no podía creer que era ella.
—Jennifer, ¿en verdad eres tú? —Se acercó despacio, asombrado de verla después de tanto tiempo.
Verla de frente fue su peor error, vio un rostro pálido muy demacrado, con verdosos ojos que derramaban lágrimas rojizas, labios oscuros, mejillas grisáceas, flequillo caído. Inspiraba más temor que otra cosa. Sus manos estaban tiesas sobre su vientre, sus intestinos colgaban entre sus finos dedos, mucha sangre corría por sus manos. Jonathan casi vomitó al verla, su herida abierta le generaba una inmensa preocupación. No sabía qué era lo que le había ocurrido. Su nombre oyó por última vez antes de que apareciese la bestia a reclamar su botín. Varias lágrimas bajaron de sus ojos, mustio se puso, sentía su corazón acelerarse por el nerviosismo y la turbación.
El monstruoso lobo negro entró en acción, tomó a la mujer entre sus fauces y salió corriendo, lo único que hizo el cazador fue arrodillarse, maldecir y vociferar de rabia. Perseguir al enemigo no le iba a servir de nada, al menos no en un sueño.
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Eran casi las seis de la mañana cuando se despertó, horrorizado por lo que había visto. Esa última pesadilla lo convenció de que estaba volviéndose loco, necesitaba hablar con alguien para desahogarse un poco, tenía que buscar información sobre Augusto Torres y el supuesto experimento que se le había escapado de las manos. Ya no dudaba de la existencia física del guardián del bosque, su mente le estaba advirtiendo de algo que debía llevar a cabo por cuenta propia.
Como ya no quería seguir viendo cosas horrorosas de su inconsciente, prefirió quedarse despierto hasta que se iluminara el entorno con luz natural. Temía que sus espantosos sueños acabasen dejándolo traumado.