Quien persigue los mitos
Antes de la plaga, los pueblos se mantenían unidos bajo el manto de la prosperidad, las cosechas habían sido recogidas, el trigo y la avena se intercambiaban con maíz. Mientras que en cada punto de canje se alzaba un modesto horno de barro, ofreciendo sus cenizas para azar papas o carne, teniendo en su interior lotes de pan recién horneado.
No muy lejos, unos cuentistas se agruparon para dar un espectáculo a los más jóvenes, su labia era tan atrayente que hasta los viajeros más mayores se acercaban a oírles, más si se trataba de un cuento popular en el reino. La deidad y el nacimiento de su mundo, que decía así:
— El manto dorado sobre sus hombros era tan pesado que buscaba un espacio pequeñito para descansar, ¡que deidad tiene que admitir su fatiga! Sin el deseo de avergonzar a sus hermanos y hermanas eligió este pedazo de roca árida para reposar.
Una ola de asombro de los más pequeños se expandió, siendo una liebre de rasgos humanos la primera en levantar la mano.
— ¿y esa piedra somos nosotros?
— ¡Tú y todos los demás! — subiéndose a una roca de un salto señalo al público— Una explosión, un fuego fatuo y una lágrima creo la vida ¡Más que una deidad, los primeros habitantes fueron sus hijos! Como nietos que somos, nuestro deber es tener la frente en alto y no avergonzarle.
La gente adulta dio una ronda de aplausos, el cuentista arrojo una lluvia de margaritas del fondo de sus mangas.
— Las flores, el agua y los cielos nacieron de esta deidad, podemos encontrar un poco de su divinidad hasta en nuestros cuerpos de carne, aun en los momentos más oscuros ha de hallar la manera de guiarnos, solo como una madre lo haría.
El hombre vio al público que mantenía una mirada cálida y gentil, se preparaba para el siguiente acto; de la amabilidad a una trágica aventura, pero una pequeña voz preguntó.
— Mi mami es hermosa, ¿nuestra deidad también lo es? — antes de que el hombre respondiera, la liebre se adelantó.
— ¡No seas tonta! Nuestra señora es mucho más guapa que cualquiera
— ¡lo dices porque no tienes madre! Mi mami es la más hermosa
— ¡tú! ¡Fea!
Los adultos ahogaron la risa en sus manos, la cara del cuentista era la más graciosa, buscando a los padres en la multitud para separar a los niños, que divididos en bandos parecían iniciar su propia batalla.
Una delicada mano se interpuso, tomando a la pequeña de los hombros, sus ojos se hallaban ocultos en su melena desprolija. Su cuerpo largo y sin gracia era propio de un vagabundo nómada, solo la pulcritud de sus manos era una delicia a la vista. Aun así, su presencia fría retuvo a los niños.
—Gracias señorita— el hombre le sonrió, aunque encontró estremecedor ver su sucia apariencia. En épocas de prosperidad, sobre todo.
— ¿La deidad es realmente hermosa? — preguntó al joven con voz rasposa, recibiendo el apoyo inmediato del grupo de niños.
— ¿eh? — confuso, noto la mirada de anticipación del público— ¡sí, solo como una deidad puede serlo! No solo su manto era de oro, su propio cuerpo era dorado, con un acabado exquisito, tal, que uno olvidaría que se trataba de un metal frio, de ahí el calor de una madre
— Si nosotros somos los nietos ¿Qué paso con los hijos? ¿Por qué nos abandonó?
El cuentista trago duro, la historia iba por ahí, pero dicho por la joven vagabunda sonaba crudo, el rostro del público lo reflejaba. Incómodos y con señales de partir. Siendo la vocecita de la liebre quien reprendió a la chica.
— ¿No lo oíste, hermana mayor? El viejo dijo que está hasta en nosotros, esa cosa de la divinidad ¿Cómo puede abandonarnos si está aquí? — el muchachito se palmeó el pecho con fuerza, inflándolo al creer su respuesta ingeniosa.
— ¿entonces no sabes dónde está? Quiero verle.
La voz lenta y desganada le dio una idea al cuentista, la mujer estaba enloquecida, era común que las familias abandonen a sus hijos más difíciles de criar.
— Mi mami dijo que puedes buscar en un templo, un dios debe estar ahí; dice que iremos a uno para la noche de la cosecha.
—…No sabes dónde está— palpando la frente de la niña murmuro en un gruñido— un ser de dorado cuerpo ¿Por qué es tan difícil hallarlo?
Sujetando la cabeza de la pequeña, pronto se oiría un quejido de dolor por su parte junto a un débil intento de librarse del agarre. El hombre se acercaría para detenerla.
— La fuerza no es necesaria señorita.
La mencionada torció su cuello en su dirección, logrando exponer sus ojos y causando un escalofrío al cuentista. Al igual que en toda historia, le recordó a los monstruosos que propician la desgracia.
— ¿Tú sabes cómo atraparla? Necesito tenerla frente a mí. La mataré si no me saca de aquí.
La ira se disparó desde su pecho, quería gritar “¡hereje!”, pero su voz se vio perdida, al igual que su cuello. El sonido del viento cortado llego después, su garganta fue abierta de lado y a causa del shock se desplazó sobre la paja. Mientras su cuerpo se convulsionaba, los chillidos de los niños y adultos lo acompañaron a su muerte.
Siendo las feroces llamas del incendio, que consumió al pueblo entero, su túmulo funerario.
Desde lo alto, la joven veía su obra, carente de expresión, soltó un suspiro al aire.
— Quiero salir de aquí.
Contrario a ella, Zenda escribía en su libreta con el rostro compungido, ignorando a la razón del porqué tendría que trabajar más aquel día.
El fuego se llevaría el aliento de miles, debilitaría al oro y daría un paso a la leyenda. Cuerpo dorado, una armadura sólida. Belleza, que más hermoso, que los últimos momentos de una vida, y como en el relato; su cabellera roja y toda ella formaba parte de uno solo ¿Por qué no explotarlo? Reunir las piezas suficientes para volver a ser uno.
— ¿No saldrá?
Cyra había lanzado la misma pregunta en una noche de hace muchas lunas. La plaza estaba silenciosa a pesar de que se llevaba a cabo un festival muy importante para el reino, decorando grandes monumentos de paja, imitando las estatuas de las catedrales, representando a su deidad. Deberían guardar vela en silencio hasta el alba, donde continuaría con un festín.
— ¿a quién esperas? — se oyó la voz de Zenda desde la oscuridad.
Cyra trató de librar su espada de la cabeza de uno de los aldeanos, pateando la base del cuello en un intento de zafarla.
— ¿ni siquiera puedes respetar sus cuerpos en este estado? Ya murieron bajo tu mano ¿Qué más humillación deseas?
El crujir del hueso llego pronto, pero la carne… Cyra, aplasto el rostro del cadáver bajo su bota de metal, logrando sacar su espada.
— Tu dios, eso es lo que busco, ¿me hablas de respeto? Es esa deidad que no tiene cariño por sus propios feligreses, ¿y tú? No me detienes o guías.
Sacudiendo la espada en el aire para limpiarla, tomaría el impulso al arrojarla con una bestial fuerza hacia la oscuridad, clavándose en superficie blanda. Los gimoteos de Zenda llegarían a sus oídos como el zumbido molesto de un mosquito.
— Odio a los mirones.
La noche murió con ese susurro.
Sus siguientes encuentros le demostraron a Cyra que aquella mujer, Zenda, podía ser relevante… Solo que ya no era fácil de atrapar.
Decían de Cyra en su niñez, que era un poco cabeza dura, lo suyo era la destreza física, pero el tiempo termino iluminándola lo suficiente.
“Si los aldeanos profesan sobre un ente que los vigilara y cuidara por el afecto en su interior, entonces acabare con cada uno hasta que no tenga más que ira para buscar venganza”
“Si aún no aparece, buscare a aquellos que te representan y les daré caza y si aún no consigo tu atención, llevare esta tierra a la miseria”
La sola idea de que su deidad era inexistente rompería sus esquemas, el caos atrae caos y a su vez las plegarias de aquellos que no pueden defenderse. Los mitos eran reales y los cuentos era resúmenes de los hechos.
En una noche preciosa, Cyra sintió que la alabarda le quemaba la palma de su mano, rechazándola como usuaria desde el primer momento en que la arrebato de la “deidad”. Trayéndola al aquí y ahora.
Separada del grupo de Zan, había emprendido el camino hacia las cuevas de las montañas, donde se rumoreaban ser el cobijo de un par de leyendas de objetos divinos.
Los ratones tienden a volver a sus madrigueras en momento de pánico, si las valiosas moras nacieron de este paisaje, regresaran al verse acorraladas.
Los jugadores murmuraban entre si la obtención de tesoros raros como un camino para encontrar una salida, era lento e ingenuo, pero después de tantos años, del último encuentro con la deidad de este mundo; Cyra no tenía opciones.
Tampoco iba a otorgarlas a los demás.
Pero… viendo a un par danzando al son de débiles amenazas, solo como los infantes podrían hacerlo, a plena luz del día; le provoco el regusto que creía exquisito.
Quizás debería divertirse un poco en este juego.
— “corran pequeñas presas, corran”