Chapter 42: CAPÍTULO FINAL
Una semana después.
Estaba tan cansada, mi cuerpo estaba al límite y mi mente destrozada como jamás pensé tenerla…yo era inestable en estos momentos y no tenía ni la menor idea de cómo volver al camino, no sabía que debía hacer, estaba en un laberinto sin salida y por más que buscaba solo encontraba culpa y lamentaciones.
No veía a mis hijos desde hace una semana y es que, no quería afectarlos, sabía que les transmitiría tanta mierda y oscuridad y ellos no se lo merecían.
No dejaba de llorar, no dejaba de culparme por todo, estaba en mi peor momento y no tenía ningún hombro en quien poder recostar mi cabeza.
—Per-Perdóname, enserio lo lamento tanto —susurré mientras besaba sin parar su mano—. Nunca quise esto, tú sabes que te amo y eres lo más bello en mi vida, perdóname.
—¿De…que? —preguntó en un susurro, viéndome con ojos de amor, no lo merecía.
—Es mi culpa, Noah tiene razón…es mi culpa de que casi mueras y estés así tan mal, es mi culpa que tengas que pasar por tantas operaciones riesgosas para poder estar bien, es mi…
—No Luci —negó, sus ojos se llenaron de lágrimas—. Perdóname por…matar al pa-padre de tu amor, e-es mi culpa por no…encontrar…otra salida, d-debí hacerlo.
Negaba una y otra vez, si solo les hubiera contado, si no me hubiera enamorado, si hubiera elegido por encima de cualquier cosa a Roman, si me hubiera quedado en Alemania… jamás habría tenido aquella conversación con mi madre, jamás nos habrían escuchado, ninguno tenía que haber sufrido.
—No sé qué hacer papá —una nueva ola de lágrimas llegó—. No sé en donde pertenezco…me siento tan perdida, mi corazón está muy herido.
Alzo como pudo su brazo y limpió mis lagrimas delicadamente.
—Donde per-pertenezca tu…corazón, es ahí…donde debes de…de es-estar —fruncí mi ceño ante sus palabras—. Ales…sandro, ve y respon…de sus llamadas.
—¿Cómo sabes que me ha estado llamando? —quise saber, pero solo sonrió en respuesta y sonreí yo también.
—Lo odio por lo que te hizo, no puedo estar con alguien que intentó matarte —él negó levemente.
—Entonces… ¿él no…puede estar con la hija d-del asesino de su padre?
Una muy buena pregunta, su caso era peor que el mío, pero no consentía nada con ese viejo de la camilla, lo amaba tanto.
—¿Desde cuándo te volviste tan sabio? —pregunté entre risas—. No he respondido sus llamadas porque si lo veo, creo que podría hacerle daño y no quiero ser la asesina del padre de Mia.
—¿Roman?
Mi corazón dolió aún más y respiré profundo. Quería decir todo lo que tenía clavado en mi garganta y creía que era el momento. Tal vez, solo así dejaba de doler un poquito menos.
—Me enamoré de dos hombres, papá…totalmente opuestos y esa era la razón por la que no podía dejarlos, necesitaba constantemente el cariño que me brindaba Roman y la rudeza que poseía Alessandro, estoy loca, pero… ¿Cómo puedes elegir entre dos personas tan únicas? —Limpié mis lágrimas, mientras sollozaba como niña pequeña—. Amo a Roman y él a mí, pero se fue, intenté que se quedara, intenté e hice todo para que no me abandonara, pero… ¿Cómo podría quedarse con la autora principal por la que su corazón recibía tantos golpes? Sin querer lo estaba matando por dentro y es algo que no me perdonaré. Dañé lo más puro que tenía y lo convertí en nada y, aun así, soy tan malditamente egoísta que quería tenerlo, quería que estuviera conmigo.
—Cariño, no…no llores, por favor.
Negué, tenía que llorar y sacar todo, quería desahogarme como nunca antes con él.
—Y esta Alessandro, lo amo joder y quiero estar con él, pero… ¿cómo puedo estar con alguien que no me ama? ¿Cómo puedo estar con alguien que te disparó? ¿Cómo sería capaz de dañar a mis hijos al estar en una relación tan toxica?, no podría, aunque todo mi cuerpo, toda mi alma anhele estar junto con él…no puedo.
—Te apoyaré con cualquier decisión que tomes, s-soy tu padre…estaré siempre.
—Quiero irme, quiero alejarme y sanar mis heridas y brindarles a mis hijos una madre cuerda y estable. Ayúdame —este asintió de inmediato—. Los volaré cada semana para verlos, tú también podrás visitarnos cuando mejores y tal vez el tiempo me ayude a volver a mi país, porque no veo una vida sin tenerte cerca.
—Te amo, mu-mucho —agarré su mano y la besé.
—Yo te amo aún más, papá.
Le di un beso en su frente y salí de su cuarto, busqué mi teléfono y marqué su número, me respondió de inmediato.
—Luciana.
Me detuve al escuchar su voz y gruñí.
—Una cuadra antes de la universidad, al frente de la pastelería en quince minutos —colgué.
No sabía que pasaría, pero eso sería lo último de los dos, claro que sí. Había logrado que ninguno de mi familia lo matara, ganándome con ello la molestia de Noah, estaba tan enojado conmigo, pero él habría hecho lo mismo si fuera estado en mi situación. Alexander estaba vivo, era lo único que nos tenía que importar… nada más.
[…]
Había tomado los caminos más largos para no llegar al destino, no me sentía lista para verlo, no sabría qué iba a decir, estaba en blanco y era una persona que odiaba las despedidas.
Estuve varios minutos en el automóvil y me bajé cuando vi que habían pasado ya casi media hora. Había estacionado una cuadra antes porque sencillamente quería irme y que él no viera como huía, pero justo ahora no sentía ese sentimiento de irme y dejar todo de esta manera, tenía que verlo.
Cada paso que daba hacía que mi corazón latiera más rápido y mi pecho comprimiera mis pulmones.
Cuando lo vi, varios metros adelante me ericé totalmente y quise llorar por todo. Me había convertido en alguien incapaz de controlar sus sentimientos.
—Luciana —nombró, cuando nos encontrábamos a pocos centímetros.
—Alessandro. ¿Qué quieres? —pregunté secamente.
—Perdóname, porque no quiero perderlas, quiero…
—Cállate y ódiame —lo interrumpí, esto no era lo que imaginaba que diría, no podría venir y cambiar todo, no podía confundirme, no podía pensar siquiera que había un nosotros.
—Sabes que no puedo odiarte —confesó—. No puedo.
—No puedes decir eso, así que ódiame.
—Luciana, no…
— ¡ODIAME! —Grité señalándome, las lágrimas caían de mi rostro sin parar. No podía controlarlas y no quería—. Ódiame como nunca has odiado a una persona, hazlo.
Me miró furioso de repente, su mandíbula estaba tensa y apretada.
—Lo intento, juro que lo hago, pero no puedo ¡no puedo odiarte malditasea! ¡Aunque lo quiera con toda mi alma no puedo! —llevó sus manos a su cabello jalándolo.
—Soy la hija del hombre que asesinó a tu padre, ¡Yo soy su hija!
—Y yo el hombre que intentó matar a tu padre —respondió, señalándose violentamente.
—Y te odio —susurré, asintiendo—. Así que ódiame tú también.
Soltó una risa amarga y negó.
—No, tú no me odias y por eso quieres que te odie. Quieres que lo haga y me aleje de ti, porque eres tan cobarde que no puedes hacerlo por ti misma Luciana Ivanov.
Tenía toda la razón. Era una cobarde, una cobarde enamorada.
—Porque te amo, yo te amo —confesé, por fin lo decía en voz alta.
No se sentía como había pensado que lo haría, decirlo era fijar mi sentencia.
Alessandro se quedó en silencio, mirándome intensamente, como lo hacía cada vez que yo decía algo lindo. Se acercó y tomo mi mano entre la suya, sentí uno de sus dedos dibujar algo en mi palma.
Me aparté abruptamente al ver que se había quedado en silencio.
— ¿Quién es el cobarde ahora? —cuestioné sonriendo, una sonrisa falsa que intentaba esconder lo horriblemente mal que me sentía justo en ese momento.
— ¿Cómo puedes decir que me amas si no conoces ese sentimiento? —cuestionó.
— ¿Cómo puedes pretender que no me amas si tampoco conoces ese sentimiento? —repliqué.
—No puedo decirte algo que no es verdad —indicó.
Abrí mi boca intentando que entrara más aire a mis pulmones, se habían detenido junto con mi corazón, él me estaba destrozando como nunca antes nadie lo había hecho.
¿Aun cuando no sentía lo mismo por mi quería tenerme en su vida?
—Entonces puedes odiarme, hazlo, di esas palabras hirientes que tanto me dañan.
—Nadie destruye a la gran Luciana Ivanov —objetó, negué levemente. Era hora de que fuera lo más sincera posible con respecto a nosotros.
—Eso pensé hasta que llegaste, hasta que me enamoré de ti Alessandro.
—No puedes estar enamorada de mí —gritó, alejándose aún más de lo que ya estábamos, era como si estar a mi lado lo hiriera, lo consumiera.
— ¡Sí puedo! —estallé, señalándolo con ira—. Claro que puedo enamorarme de ti. Las personas tienden a enamorarse del hombre incorrecto, al elegir al villano aun cuando tienen a un príncipe azul a su lado. Yo me enamore de ti Alessandro Sokolov, lo hice teniendo a mi lado a la persona más amorosa, perfecta y buena del mundo, aquel que daría su vida por mí; Y sí, soy una idiota que desperdicio el oro por ir tras el cobre.
—Yo daría mi vida por ti Luciana —gritó también, ambos estábamos al borde.
—No, no lo harías. Solo una persona completamente enamorada moriría por el amor de su vida, pero tú no.
—¿Tu lo harías por mí? —cuestionó.
Fijé mi vista al piso mientras pensaba en todo, en mis sentimientos, en los momentos que pasamos juntos, en nuestra hija, en mi familia, en mi amor, cuando tuve una respuesta alcé mi vista y lo miré. Pude ver lo vulnerable que se encontraba a la espera de mi respuesta.
—Tal vez no te ame lo suficiente, yo te amo, pero... ¿Cómo podría dar mi vida por alguien que no me ama? —dio un paso hacia tras—. Di algo, di cualquier cosa que me haga quedarme... porque justo ahora, estoy renunciando a ti.
Cerró sus ojos y apretó sus labios.
¿Por qué se contenía? ¿Por qué nos hacía esto?
Aun cuando quería verlo lejos de mi vida, quería tenerlo tan cerca.
Supe en ese instante que no podía estar lejos del, no quería y cualquier pensamiento que tuve no era nada.
—Hasta pronto —abrió sus ojos y vi el infierno desatado en ellos.
Se volteó yéndose y contuve mi llanto mientras lo veía como poco a poco se alejaba, esto dolía, lo hacía horrible, pero...un recuerdo llegó a mi mente, uno que me dolió e hizo saltar a mi corazón de la alegría.
Recordé lo que me había contado de su padre, que nunca decía te amo, pero siempre se lo expresaba a su madre en un gesto, un maldito gesto que Alessandro había hecho.
Él me había agarrado la mano y dibujado el infinito en mi palma.
—Me respondió —susurré totalmente sorprendida—. Él me dijo te amo.
Yo nunca hubiera podido dejarlo, así que él lo estaba haciendo, por los dos, aun en contra de sus sentimientos, aun cuando teníamos a una pequeña que esperaba tener a sus padres juntos. Ambos sabíamos que lo toxico terminaba matándote tarde o temprano, lo toxico era una plaga que deberían de extinguir y nuestra hija no podía criarse en un ambiente como ese.
Aunque lo amaba, no quería que mi hija viviera así.
—Alessandro —grité con todas mis fuerzas, esta vez sonriendo.
Se detuvo, pero no se volteó, no me dejo verlo por última vez.
—¡Gracias! gracias por aparecer en mi vida, gracias por ignorarme la primera vez, por apuntarme con un arma, por dejarme amarrada por un día en aquel árbol, gracias por dejarme entrar a tu vida, gracias por llevarme hasta el precipicio y alentarme a tirarme en ese abismo que sería tu vida, gracias por no atraparme, por amarme como solo tú lo podrías hacer, muchas gracias por alejarte y gracias por darme el mejor regalo, a nuestra hija. Nunca…Nunca te olvidaré maldito estúpido.
Me volteé, sintiendo como las lágrimas caían de mis ojos, sollozaba sin parar, mi respiración era escaza. Cada paso quedaba, hacía que un hueco en mí se creara, estaba muriendo por dentro, estaba sintiendo la desilusión y el fin de mi primer gran amor, lo que era lo más parecido a morir sin tener que dejar de respirar.
Cuando llegaba a mi auto, un jalón en mi mano me detuvo. fruncí mi ceño y me volteé dispuesta a maldecir a quien se había atrevido a joderme en plena depresión.
— ¿Qué mierda? —pregunté volteándome.
—Gracias por enseñarme amar.