Chapter 7: Derian

San Salvador, 2017

Cuando cumplí los 12 años de edad, recuerdo muy bien, como una vez mi hermana entró a casa haciendo un escándalo sobre un pequeño artículo de noticia publicado en un antiguo periódico del país. Esta noticia por mucho tiempo se sostuvo dándole la vuelta al mundo.

En Inglaterra, durante 1901, dos mujeres, Charlotte A. Moberly y Eleanor Jourdain experimentaron un salto en el tiempo al Pequeño Trianón de Versalles, desde el verano de ese año hasta un periodo indeciso de la Revolución Francesa, a finales del siglo XVIII.

Como bien mencioné, durante mucho tiempo esta pequeña noticia le dio la vuelta al mundo llegando hasta el rincón más pequeño de la tierra. Fue tanto el impacto que genios de la industria científica comenzaron a llenar las columnas de los periódicos más importantes del mundo con artículos científicos sobre los saltos en el tiempo. “Verdad o mentira, viajes en el tiempo”, “¿Qué esconde el tiempo?”, “Viajes a través del tiempo”, “Cierto o falso, Máquinas del Tiempo”, “H, G. Wells predijo los saltos en el tiempo con su obra”.

La fascinación por la ficción en aquella época me liberó de mi triste realidad. Me refugie entre libros y grandes escritores de la literatura de ciencia ficción. Julio Verne e Isaac Asimov destacaban en mi mente y en mi vida. La literatura me ayudó a olvidar la hambruna y angustia familiar de aquel entonces. Me liberó de llegar a tener una mente cerrada y un tanto machista como la tenía mi padre. Me ayudó a imaginar cómo sería el futuro en mi pequeño pulgarcito cuando quizá yo estuviere muerto; pero, también me ayudó a forjar el hombre que soy.

De niño imaginé demasiado de cómo podría ser el futuro, más nunca imaginé poder estar en una parte de ese.

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Cuando el tornado nos alcanzó a Próspero y a mí en una avenida de San Salvador, lo único que recordaba era como mi pequeño amigo y yo jamás nos soltamos. De hecho, nos aferramos a la vida, esperando el momento en el que el suspiro fuera el último detonante que marcara el final de nuestras vidas.

Dentro de aquel embudo de aire sin fin, veía líneas esporádicas de colores que iban y venían como relámpagos. En mi mente se filtraron escenas sobre una vida que ni siquiera había vivido o recordaba. Fueron tantas las escenas que solo logré recordar una. Una que siempre había estado allí en mis sueños. Constante. Convincente. Era Ella y yo corriendo a la orilla del mar. Cuando desperté aquel día no desperté en un San Salvador de 1978, donde lo único que sucumbía en aquel entonces era el tenue silencio por una guerra que se avecinaba; sino, en un San Salvador de 2017. En donde los autos iban y venían y la moda era un caos.

¿Cómo supe que era 2017?

Mientras trataba de entender el mundo que me rodeaba, me encontré un periódico del día en el suelo, con la fecha inscrita en la esquina de la portada era más que lógico. Luego le pregunte a una joven de uniforme escolar supongo, que fecha era. O el año.

-2017. Estamos en 2017 señor. –me observó extrañada.

Casi pierdo la cabeza por lo ocurrido, quería una explicación, la necesitaba. Por eso desde hace tres días ambulaba sin rumbo con la moral enterrada por el subsuelo. Tres días rondando como una rata por las calles de San Salvador hurgando sobras de comida entre los basureros que encontraba.

“Ni siquiera sé cómo asimilar lo ocurrido”

“¿Un salto en el tiempo?¡En serio!”

Cada vez que vuelvo a la realidad siento como la voluntad por seguir adelante se me sale del cuerpo. Le doy ventaja a la depresión y a la angustia que me consumen poco a poco.

Si bien, llevo tres días sin rumbo me detengo cerca de lo que parece ser un contenedor de basura.

-¡Dios! Ten misericordia de nosotros por favor. No quiero volverme loco.

Remuevo la basura y entre tanto zarandeo de aquí para allá en hora buena encuentro algo.

-Gracias Dios- digo casi entre lágrimas.

Dentro de una bolsa de papel de empaque, encuentro lo que parece ser un pan con ajonjolí. En la severa necesidad de poder comer algo, Próspero comienza a removerse entre mis brazos para poder alcanzar un pedazo de pan. Lo coloco en el suelo mientras divido en buenas raciones lo que sería la comida del día. La gente que pasa por allí solo nos observan extrañados y otras pues simplemente ignoran la necesidad que atravesamos.

-No es de menos- le digo a Próspero mientras acaricio su pequeña cabeza. - No sé con qué propósito hemos llegado a este mundo. No es de extrañar que al no pertenecer a un mundo la gente siempre te mirará mal. Así seas un animal o un humano.

El día que llegamos a este nuevo mundo intenté comprar una porción de pollo con el dinero que cargaba en mis pantalones. Mis esperanzas se espumaron cuando me dijeron que con el peso y el colon no se podía comprar. Que esa moneda había perdido su valor desde el 2001.

Quería ponerme a chillar y tirar al contenedor de la basura la característica principal del hombre. Esa cualidad innata que por nada del mundo se debe tener: debilidad o sensibilidad. “Los hombres no lloran” decía mi papá.

¿Qué importancia guarda la hombría cuando estás solo y perdido?

Por supuesto.

Ninguna.

Levanto a Próspero del suelo y seguimos a paso lento el recorrido por el nuevo San Salvador. Sin embargo, por cada paso que doy y avanzamos sin un rumbo determinado las calles se van atestando de más y más personas hasta decir ya no. Lo que antes parecía una vía peatonal ahora es una chorrera de negocios a cada extremo, negocios lado a lado que surten infinidad de mercadería. Desde ropa hasta alimentos. Para mi suerte reconozco un poco el lugar cuando llego a una cruz calle en donde se ubica a mi lado izquierdo el Teatro Nacional. Este al parecer sigue conservando la exquisitez y el fulgor con el que se construyó. Antes de que el tornado nos tele transportara a El Salvador moderno, durante todo el año del 78 se corrieron rumores sobre un proyecto que funcionaría como Cine Metro en una transitada cruz calle de San Salvador. Específicamente sobre la calle delgado. Mi asombro es tan grande que le doy cabida a la nostalgia cuando observo a un costado aquel rumor hecho realidad.

-Y creer que nunca pude ver su comienzo, pero si su final. -susurro.

Trato de imaginar como aquel edificio pudo haberse abarrotado durante un cierto tiempo de muchos jovenes y adultos que visitaban el lugar para disfrutar de alguna película alocada. Por consiguiente, las temáticas en aquel entonces solo era el romance. Imaginé tanto que solo siento morriña en mi interior.

Ahora, aquel lugar era nada menos uno más de entre otros edificios que por allí yacían olvidados. Desapercibidos.

Continúo el camino, pero esta vez hacia el Teatro Nacional. Tal y como recordaba aún mantenía su vivo esplendor y vigor. Claro que con un poco de pintura todo se ve diferente. Próspero observaba atónito aquel lugar, como si se tratara de un niño que admirara un juguete. Aquello si bien no era un juguete era una vivida obra maestra que comenzó desde el año 1911 hasta 1917. Aún recuerdo muy bien el nombre del arquitecto francés que diseñó este hermoso edificio. Su nombre era Daniel Beylar. En la desesperación de poder tener contacto con algo tan antiguo que me llevara a unos cuantos minutos al pasado, me topé con la sorpresa de que el lugar estaba cerrado.

-Cerrado por remodelación- se leía en su entrada principal.

Las demás entradas del teatro, o lo que una vez fueron entradas principales estaban repletas de señores o adultos de tercera edad sentados. Muchos sostenían en sus manos bebidas que hasta cierta vista podía deducir que se trataba de alcohol. Otros, fumaban y jugaban a las cartas. Las entradas se mantenían con rejas, pero eso no era obstáculo para las personas que pasaban por allí se sentaran a leer el periódico.

-¿Qué periódico es el más importante en el país en este siglo XXI?- me pregunté.

- El Periódico de El Salvador- contestó una voz.

A mi lado descubro a un muchacho. Me llevo tremendo susto al verlo. Iba maquillado de pie a cabeza de color plata. Su sombrero, su camisa manga larga, su corbatín, sus pantalones, sus zapatos, todo él era de plata.

-Disculpe. ¿Quién es usted? ¿Qué es? –pregunto nervioso.

Próspero esconde su cabeza en el ala de mi brazo por el susto que se ha llevado. No es para menos.

-¡Oh! Perdone usted. Pensé que hablaba conmigo. Me llamo Stan y trabajo como una estatua humana frente al teatro. - sonríe.

-¿Ah sí?- respondo extrañado. – ¿Qué estatua representa?

Me doy cuenta de que la supuesta estatua humana le falta un brazo. Los latidos de mi corazón comienzan a descender. Me siento un poco avergonzado por mi actitud y reacción.

-Al Catrín. Ese. Que sale en la lotería. Como verá usted en el país hay muchas formas de ganarse la vida. Diferentes maneras. Hoy en día la juventud se ha perdido, quizá un 20%. Los demás, cómo pueden, salen adelante incorporándose en áreas como del arte, la cultura, deporte. A mí me gusta el arte. Pero enfocado al teatro.

-¿En serio?

-Claro. Verá, si usted decide quedarse unas horas en este lugar entenderá lo que digo. ¿Había visto alguna vez una estatua humana?

- En realidad no.- digo anonado. Quería añadirle que no era de esta época que necesitaba ayuda, pero desistí.

-Es raro. Si todo el mundo que pasa por aquí, incluso desde el extranjero nos conocen.

-Sí, pero yo…

-No se preocupe, está bien. Mejor quédese a ver. Lo invito yo.

Sin más se pone en marcha, y a unos dos metros se para sobre un cajón de madera que llevaba en su mano izquierda. Observo pasmado como la muchedumbre en cuestión de segundos lo rodea sacando de las bolsas de sus pantalones unos objetos rectangulares.

“¿Qué son esas cosas?”

-Es un teléfono celular. - dice una mujer de mediana edad.

“Dios, ¿me estás oyendo?”

-¿Qué es un teléfono celular?- pregunto curioso.

La mujer saca de su delantal el mismo objeto que todos tienen, pero en otro color. Esta vez en blanco.

-Esto es un celular, joven. Con este pequeño dispositivo puede llamar a quien sea y desde donde sea hasta donde sea. Entiende. También puede interactuar con millones de personas alrededor del mundo con un solo clic.

La señora desliza sus dedos encima del dispositivo de donde surgen imágenes y cosas que aun no entiendo cómo se llaman.

Inmediatamente recuerdo lo que Isaac Asimov describía en sus libros de la Fundación sobre el futuro de la tierra.

-De casualidad ¿puede con esos pequeños dispositivos hablar con otra persona, pero verla a su vez? Así como relataba Asimov en los libros de la Fundación.

-Para empezar, no sé quién carajos es ese tipo de Asimov. Segundo, sí. Se puede ver y hablar a la vez con otra persona desde este dispositivo. Se llama videollamada. -contesta la señora en un tono burlón.

-¿También hay hologramas? ¿Ya?

-¿Qué cosa? – la señora arruga la cara. – ¿Qué putas es eso? -pregunta.

Su vocabulario me impacta a tal nivel que decido inmediatamente ignorarlo.

-Un holograma es como una imagen óptica tridimensional.

La mujer me mira extrañada estudiándome de pies a cabeza.

-Joven, ¿de casualidad usted viene de Marte o qué? Es que hace unas preguntas tan raras. ¿Qué no es usted del siglo XXI?

-En realidad no, señora. Soy siglo XX.

-¡Ah, ya sé!. Usted es un actor.

-No señora, le digo en serio. Vengo del siglo XX de este país.

La señora solo ríe.

-Por su vestimenta le creo, veo que es un buen actor. Solo por eso le daré algo.

Esta, mete sus manos en su delantal. En cuestión de segundos saca un puñado de billetes.

-Tenga. Le regalo cinco dólares por su buena actuación. Mire que hoy en día no se ve a los jóvenes interpretando personas del viejo San Salvador. Aunque a decir verdad…

La señora hace una pausa mirándome de pie a cabeza. Se acerca un poco más a mi rostro ojeándome los ojos y la boca. En mis adentros, las entrañas me comienzan a dar vuelta. Sintiendo una oleada de nervios.

-¿De casualidad es usted pariente de algún escritor salvadoreño?

-No. Que yo sepa no.

-Es que, viendo bien su carita, se parece mucho al escritor Salarrué. Solo fíjese en su cara, muy bien cuidada, fina. ¡Sus ojos Dios mío!, son como el cielo y la tierra juntos. Yo nunca había visto ojos color turquesa.

Esbozo una sonrisa nerviosa.

-Le agradezco mucho el halago señora. Es una bendición tener unos ojos no tan comunes. Sin embargo, le aseguro que no soy ese escritor que menciona. ¿De qué año es ese escritor?

- Pues nació en 1899 y murió en 1975 ¡Muchacho! No creo que no sepa quién es Salarrué. Si hasta en la escuela se ve a este señor que vino a levantar a El Salvador con su literatura. Léase Cuentos de Cipotes, verá lo que le digo.

Me dolía hasta el rincón más pequeño de mi ser que me trataran por ignorante. Pero, si este es el país de donde vengo ¿por qué ese famoso escritor no existe en mi mundo? Nunca, ni siquiera de niño o en la escuela lo escuché alguna vez.

-Disculpe, señora, como le dije no soy de esta época. Como puede ver ni siquiera mi atuendo encaja con la vestimenta de este siglo. Vengo de otro mundo, de muchos años atrás.

-¿Quiere diez dólares por eso?- entrecierra los ojos.- ¡De acuerdo! Solo por eso se los daré. Me ha convencido con su buena actuación. Tome- coloca el dinero en mi mano- Sígale metiendo más a su personaje. Si bien es una estatua humana yo que usted me fuera al costado del teatro. Allí se gana más.

Me da una palmada en el hombro y se marcha.

-¡No soy una estatua!- repongo- ¡Mi cara no está pintada!

Quería aclararle que no era una estatua. Que era una persona común y corriente, más cuando le busqué con la mirada no estaba. Había desaparecido.

“Se espumó”

Extiendo la mano con el dinero, afirmando que definitivamente son diez dólares lo que hay allí.

-Con esto podría comprar algo y comer supongo.

Miro con cuidado y a detalle el billete.

-¿Quién es el hombre en el centro del billete?

Acerco el billete un poco más. Justo debajo de la imagen de aquel hombre en el billete se encontraba un grabado que decía Hamilton.

-De seguro es alguien importante y por eso representa este billete.

Observo a mis alrededores en busca de algún pequeño lugar en donde pueda invertir un poco de ese dinero.

-Allí está el diez. Que es su valor. Así que hay que buscar algo cómodo que no valga tanto. –le digo a Próspero.

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Cerca del teatro, a unos metros más abajo, por la Catedral Metropolitana, encontré a un señor de mediana edad vendiendo una cuestión que llamó mi atención desde que las vi: tacos. Estas las preparaba en una carretilla por lo que entendí él mismo la había construido para ganarse la vida. Cuando nos vendió el plato con cuatro tacos, Próspero y yo no esperamos demasiado y optamos por comernos los tacos en dos patadas.

El hambre nos había hecho perder la vergüenza o la compostura frente a todo aquel que nos veía o pasaba de largo. El señor de los tacos admirado por el hecho se apiadó de nosotros y nos regaló un plato extra con cuatro tacos más. Ni siquiera nos percatamos del momento en que se marchó de nuestro lado consumidos por el hambre.

A nuestro alrededor la gente nos seguía observando con molestia, recelo y desdén.

-No me sorprende – le dije a Próspero mientras lo cogía del suelo. - la gente siempre te juzga. Como sea, por donde sea y por lo que sea.

Sin tener un curso fijo de hacia dónde ir, en el centro de la capital, abarrotado de personas, con un poco de dinero en los pantalones camino hacia lo que parece ser el Palacio Nacional.

Sin esperar nada más asombroso de lo que llevaba viviendo en estos tres días me encuentro con los ojos más preciosos que pude haber visto en mi vida. Mi ser se congela y el tiempo se detiene con estrepito entre ese ser que me observa con asombro y ternura. Ella.

Con la poca fuerza que se alberga en mi interior cruzo los límites y barreras entre el espacio y el tiempo que nos separa a ella, a mí. Doy un paso, y luego otro. Ella, como una estatua encantada solo espera y sonríe. Y es real, toda ella es real. Doy otros pasos, pero esta vez más ligeros para poder llegar a ella. Estoy tan cerca que parece un sueño el hecho de verla allí. De pie, frente a frente.

“Este ser no se desvanece, ni es producto de mi imaginación. Este ser existe, y es real, pero es real aquí”

Estoy a punto de abrazarla y de poder sentirla viva cuando un viento fuerte se levanta. Cierro los ojos fuertemente para evitar que el polvo llegue a mis ojos. Sobre mi cabeza vuela una bandada de palomas que se alborotan con el viento. Escucho solamente el aleteo de las aves y el murmullo del viento. Al descubrir la vista mi corazón se detiene.

- ¿Qué? -digo asombrado. Mi alma se cae y todo está perdido.

Próspero y yo habíamos regresado al punto de partida. En la calle donde me despedí de Leyda. Al pasado, pero mi presente.

“Ella fue lo último que mis ojos pudieron admirar”