El Inicio
Daniel
Hoy hace casi seis meses que nos instalamos en esta pequeña cabaña de la playa que Samuel nos había entregado. Era propiedad de su padre así que arregló los papeles correspondientes colocándole a su nombre y asignándole una mayor cantidad de dinero para los gastos, como le había prometido, como habían acordado.
Para mi sorpresa igualmente me entregó una asignación mensual producto del fideicomiso en el que colocó el dinero de la venta de aquel edificio del centro, aquél donde lo había conocido, porque según él era mi derecho por ser un Villalobos además era una forma de agradecer el tiempo, la dedicación y la compañía que siempre le había dado a Carlos, su hermanastro.
Ahora pasé de ser un chico de la calle a un ciudadano respetable, de ser un huérfano de la vida a tener una familia y una herencia que me garantiza una vida cómoda. ¿Quién lo diría? Haber decidido quedarme con aquel muchacho de escasos dieciocho años aquella noche de lluvia y acompañarle, aunque me desesperara verle beber sin control y sin razón alguna, me había ayudado a encontrar mi camino a mi verdadera casa. Con ese dinero decididamente iniciaría mi carrera de médico y podría ayudarle si recaía, aunque debo confesar que espero que ese mal no vuelva a él nunca más.
Carlos, este Carlos, tranquilo y feliz me agradaba mucho más que aquél maltrecho lleno de rabia y desilusión. Era como aquel chico de dieciocho años cuando le conocí, había un brillo especial en sus ojos, que ahora tenía. Hasta me parecía que todos aquellos años de bebida habían desaparecido y sencillamente se levantaba de una noche de celebración para continuar su vida como si nada de aquel horror hubiese pasado. No siempre te encuentras con sorpresas gratas y verdaderamente lo es.
Carlos se alimentaba con moderación, se preocupaba por sus alimentos y no bebía de nuevo, o al menos no en mi presencia. Poco a poco siguió recuperando peso, corríamos todas las mañanas y nadábamos lo que le devolvió el peso y la vida a su cuerpo, hasta me parecía que su cabello crecía más de lo normal, parecía un adolescente lleno de vida.
La enfermera que vino a vivir con nosotros era especial. María no era difícil de encariñarse con ella, era amable y muy consentidora, su soledad había mantenido dentro de ella tanto amor que ahora que tenía a quien darle, lo daba sin temor a que se acabara. Parecíamos verdaderamente una familia, una madre con sus dos hijos, una familia de soledades como nos describe Carlos. Me sentía verdaderamente amado por esa mujer.
Todo parecía haber tomado el rumbo adecuado, teniendo cuatro meses aquí me preparé para tomar el examen de admisión y luego de aprobarlo iniciaría en dos meses más mi carrera de médico. Mientras terminaba mis estudios de socorrista asistía a las prácticas en una de las clínicas cercanas a la cabaña de la playa.
Esta cabaña no era como aquella donde había vivido con Inés, o por lo menos, lo que recordaba de ella. Aquella era una cabaña pequeña pero muy acogedora, diría que con aroma a hogar. Esta tenía un pequeño jardín, frente a la casa, y una escalera de unos diez escalones que la separaban de la calle. Estaba hecha en madera, con forma de chalet, el techo estaba pintado de verde y con un pequeño balcón. El pasillo que llevaba a la cocina iniciaba en la entrada dejando a mano derecha un enorme ventanal que daba a la orilla de la playa con un sofá blanco con dos sillas forradas en piel cubiertas con colchas de color rojo y beige acompañadas de cojines de muchos colores. En una de sus paredes había un televisor enorme, debajo un mueble de madera con un equipo de sonido, y en medio de la sala una mesa de vidrio con un enorme jarrón de cristal con flores frescas.
La cocina era igualmente espaciosa, tenía una ventana que daba a la orilla de la playa, pero de menor tamaño cubierta con una cortina transparente, un gran mueble de granito blanco rodeado de taburetes de madera claro, ese era el comedor. Los artefactos eléctricos eran todos de acero y había una pared de piedra blanca donde estaban colgados envases de cobre brillantemente rojizos.
En cuanto a las habitaciones estaban en el piso de arriba, distribuidas en un pasillo, solo que gracias a Dios cada una tenía su baño privado. Hasta esto me parecía una exageración y un lujo que muy pocos tienen. Con solo el hecho de tener un techo que me cobijara y me protegiera de los peligros de la noche, era más que suficiente para agradecerle a Dios por todo lo que me había dado.
En ese pasillo largo donde el techo de madera nos guiaba hasta el final, donde una pequeña ventana te permitía ver la orilla de la playa y el azul del cielo, había cuatro habitaciones. La primera era la de María, al lado izquierdo luego de subir las escaleras, en frente a ella había otra que llamamos de visitantes y no tenía baño, el baño estaba en el pasillo. La mía quedaba frente a la de Carlos que era la más grande.
En su habitación tenía una enorme cama que veía a la ventana de vidrio que te permitía ver la orilla de la playa y la vista era particularmente espectacular, ahí estaba el balcón. Además, una silla mecedora, una mesa al entrar que mantenía siempre con flores frescas, María se encargaba de cambiarlas y las traía de regreso de su guardia. En el otro extremo, al lado de la cama, había un escritorio con una laptop y una pequeña biblioteca que armarnos llena de libros de poemas y de cuentos.
Mi hermano Carlos comenzó de nuevo a escribir, pasaba los días en su habitación escribiendo, prácticamente solo nos veíamos bien temprano, cuando salíamos a correr por la orilla o a nadar, a la hora del almuerzo los fines de semana y en las noches que religiosamente cenábamos los tres cuando María no estaba de guardia.
Sus escritos eran más ligeros, no apesadumbrados como antes, eran limpios y liberados del dolor. Me gustan de verdad y no ha vuelto a escribir sobre sus fantasmas, habían desaparecido por fin. Fue tanto así que una de sus visitas al hospital con su psiquiatra, Samuel, le pidió que buscara en la casa de su padre un porta retratos con la foto de sus padres cuando era pequeño y su hermano Javier. Con eso entendimos, María y yo, que los había perdonado, que ahora sí se había liberado de las cadenas del odio por su familia.
Intuyo que sigue pensando en ella, aunque no me atrevo a preguntarle nada, pero sé que la extraña porque lo he visto viendo el atardecer por la ventana de la sala contemplarlo cómo tomando nota de cada detalle y suspirar profundo varias veces.
No teníamos auto, no quisimos comprarlo, pero Samuel nos asignó a un conductor que estaba disponible cada vez que lo necesitábamos, especialmente porque María había que llevarla y traerla para que siguiera cumpliendo sus guardias en el hospital. Por mi parte sigo con mi bicicleta, eso me mantiene en forma y me permite disfrutar del recorrido mientras me traslado, liberando el estrés de mis estudios y las prácticas.
Sólo lo acompañé una vez a una de sus sesiones y lo esperé afuera. Estaba cansado y sin nada que hacer, había sido una guardia muy movida la de la noche anterior, recosté la cabeza a la pared, quedándome dormido. Desperté pues sentí que alguien se acercó a mí, al abrir los ojos Inés estaba sonriéndome.
─ Hola Daniel, ¿cómo estás?
─ Bien, disculpe es que tuve una guardia muy extenuante.
─ Sí supe que hubo mucho movimiento con eso de las fiestas nocturnas por las graduaciones. Siempre hay eventos y accidentes.
─ Sí, sobre todo por el alcohol. Y usted, ¿cómo está?
─ Bien, bien. Dime y Carlos, ¿cómo lo ves?
─ Muy bien doctora, se ha recuperado muy bien. Pero, ¿no lo ha visto?, ha venido varias veces, una vez cada mes, y llevamos casi cinco meses desde que salió. Muchas gracias de nuevo por regresar a mi hermano.
─ Sí sé que lleva ese tiempo, pero no he coincidido, por eso te pregunto por él.
─ ¿Tiene prohibido verle, acaso?
─ Bueno no quiero causar problemas. Es todo.
─ No creo que los cause doctora. Disculpe, sé que no debo meterme en estos asuntos, pero ¿usted está segura de su matrimonio? No se ofenda, pero sé lo mucho que ustedes se quieren aún.
─ Bueno a veces las cosas se nos escapan de las manos y aprendemos a vivir con ellas, así, lejos de nosotros ─ dijo con tristeza, lo noté en sus palabras y en su gesto de bajar la mirada al suelo al terminar.
─ Tal vez a lo que salga de la consulta la visitamos en su oficina ¿Le parece? Puedo decirle a Carlos ─ le respondí mirándola a los ojos, estaban tristes era como ver los de él cuando contemplaba el atardecer por la ventana.
─ No es buena idea. Debo dejarte, me alegra verte y saber que está bien.
Ella se levantó de la silla perdiéndose en el pasillo cuando Carlos salía de la oficina de Samuel. Como siempre con su prescripción en la mano nos dirigimos a la farmacia para retirar las medicinas, esta vez iba callado sin decir nada. Cuando pasamos frente a su oficina pensé en decirle que la había visto, pero él siguió de largo como si en ella no hubiera nadie, o como si ahí no estuviera nadie que conocía.
Decididamente ambos se mantenían alejados el uno del otro, pero siguen amándose, lo sé. No volví con él a su siguiente sesión pues esa era la última, la próxima sería dentro de tres meses. Significaba que estaba bien y lo celebraremos en casa con pizza y con refrescos, luego que María llegará de la guardia para compartir con ella su liberación del yugo de Samuel.
Mis amistades cambiaron cuando entré a la escuela de medicina, y debo reconocer que nunca había estado tan nervioso en mi vida, el día que presenté la prueba. Mis estudios de socorrista me han ayudado, y mucho, en ese examen y la experiencia que había adquirido en mis prácticas. Me sentía como pez en el agua cuando empecé a asistir a mis clases, eso era lo mío, era embriagador mejor que una fría cerveza, que era lo único que me permitía tomar. Además, Carlos no podía celebrar conmigo con alcohol, solo tomamos sangría de vez en cuando.
Cuando cumplió un año fuera del hospital celebramos en casa con una fiesta entre nosotros y mis nuevos compañeros de la escuela. Pensé que invitaría a su hermano, pero no lo hizo y María trajo a uno de los camareros del psiquiátrico que acababa de perder a su esposa y estaba pasando por un mal momento. Hablaba muy seguido de él teníamos que conocerle y para nuestra sorpresa era un hombre maduro como de su misma edad, muy educado y caballeroso; Carlos y yo nos reíamos al verlos parecían unos tortolitos, qué graciosos se veían juntos, se veían felices.
No me había llegado el amor aún, tenía muchas amigas, pero ninguna como para decirle ‘Te amo’. Sin embargo, había una de las chicas con las que estudiaba que estaba en semestres más avanzados, pero traía a rastra una materia y era evidentemente mucho mayor que yo. Quedó prendada de Carlos cuando le conoció, justamente ese día de la fiesta por su salida del hospital. Hicimos una fogata y nos reunimos a la orilla de la playa: María y José, su amigo, Carlos, Roberto, mi compañero de clases, y Elena, la chica que quedó prendada de Carlos. Nos reímos a más no poder, hasta dolernos la panza, como solía decir Carlos.
Cominos pizza, bebimos sangría y una deliciosa torta de vainilla que habíamos preparado esa tarde del domingo con María. Cuando se hizo de noche, viendo las estrellas, le pedimos a Carlos que nos leyera uno de sus poemas. A la luz de la fogata estuvimos durante horas escuchándole, eran buenos sus poemas, y Elena en toda la noche no dejó de mirarle. Desde ese día no deja de preguntarme cómo está, cada vez que nos vemos, mientras le sonrió diciéndole un simple: Muy bien, gracias por preguntar.
Creo que esa noche descubrimos a un Carlos maduro, tranquilo y emocionalmente estable con una capacidad enorme de hilar las palabras con tal dulzura que parecían una canción. Bueno parece que también tengo lo mío, aunque ella suele decir que solo mis manos inyectan con tal suavidad que parece el beso de un ángel. ¡Qué graciosa descripción!
Elena era alta, delgada, con un rostro alargado y unos labios carnosos, muy serena y de andar suave, parecía que no tocaba el piso, sino que flotaba. Muy pocas veces la vi con vestido, excepto esa noche, descubriendo que tenía unas lindas y largas piernas. Tal vez una mujer con esa suavidad y amabilidad podría darle la oportunidad a Carlos para pensar en formar una familia. Sería muy bueno, ya necesitábamos una criatura corriendo por esta casa, hay demasiados adultos ocupados cada uno en hacer sus deberes y muy libres para pensar en tonterías demasiado seguido, pero con muchas ganas de hacer reír hasta que te doliera la panza.
Todas las noches de los sábados, cuando María no está de guardia y no tengo exámenes la semana entrante, nos reunimos a ver películas y comer palomitas de maíz. María para los sábados hacía esa torta de vainilla con naranja y después de la cena, que usualmente tomamos temprano, nos reunimos a las ocho de la noche frente al televisor. Preparaba las palomitas y llamábamos a Carlos al que había que sacar de su habitación porque parecía que los fines de semana, la musa no lo abandonaba ni lo dejaba libre fácilmente.
Recuerdo que ese sábado comenzó a llover como a las nueve de la noche y por unos segundos la energía eléctrica falló hasta que nos quedamos a oscuras, casi por dos horas. Sentados conversando bajo la luz de las velas María inició la conversación sobre su esposo y cómo el cáncer poco a poco lo consumió.
─ Henry fumaba mucho y a pesar de que siempre le pedí que lo dejara, nunca lo hizo. Nos conocimos cuando tenía seis años, ya él era un hombre de dieciséis, ya había comenzado a fumar y ya a los setenta y cinco años había demasiada nicotina en él.
─ ¿Eras enfermera entonces? ─ le pregunté observando cómo se acomodaba en el asiento recostando su espalda a la silla y arreglaba el doblez de su falda con sus manos.
─ Estaba estudiando cuando nos reencontramos después de la guerra y la pospuse cuando me casé con él. Tenía diecisiete años cuando acepté casarme y él rondaba los veintisiete. Después con su trabajo no era necesario la abandoné, era un hombre muy fuerte su organismo se mantuvo durante casi diez años, hacía ejercicios y comía sano, lo único que le hacía daño era el cigarro. Pero cuando le diagnosticaron retome los estudios, había cosas que recordaba, pero decidimos que era buen momento. Compartía su cuidado con su hermana, mientras asistía a clases y a las guardias, su hermana lo cuidaba.
─ ¿Lo amaste mucho? ─ preguntó Carlos visiblemente conmovido con la historia
─ Desde que nos conocimos y hasta que murió en mis brazos. Esa noche llovía como hoy, regresé de la guardia muy cansada y su hermana tenía un compromiso al otro día, por lo que nos quedamos solos los dos. Después de darle su medicamento y limpiarlo para dormir, le gustaba que le leyera, pero esa noche me dijo que buscara la biblia que quería escuchar el Sermón de la Montaña. Acerqué una silla a su lado verificando que el oxígeno estuviera bien y la mascarilla ajustada. Pasaba mucho tiempo dormido y cada movimiento le producía dolor, así que procuraba tratarlo con cuidado para no lastimar.
Esa noche tomó mi mano entre la suya y la trajo a su rostro para besarla. Me pidió un beso antes de sentarme a leer y después de acomodar la mascarilla. Dijo que me amaba y que había sido un hombre muy feliz a mi lado. Me pidió que siguiera trabajando mientras pudiera porque eso me hacía feliz y lamentaba haberlo impedido cuando era más joven.
Me senté a leer poco a poco y llegó un momento que pude quedarme dormida mientras le leía. Cuando desperté estaba tosiendo, la mascarilla estaba llena de sangre, se estaba ahogando, como pude lo senté y me miró sonriéndome y levantando su mano acarició mi mejilla cerrando los ojos.
No supe qué hacer, lloraba mucho, estaba asustada y a los pocos minutos dejó de respirar. No lo podía mover porque sabía que su cuerpo le dolía y mirándolo noté que dejó de respirar y su sonrisa se desdibujó.
─ ¿Qué hiciste luego? ─ pregunté, Carlos estaba escuchándola atentamente al igual que yo, pero en su rostro había mucho dolor, sin embargo, en el rostro de María sólo había paz.
─ Le limpie el rostro acomodándole despacio en su cama, llame a su hermana y de repente mi casa se llenó de gente y ya no pude tenerlo para mi sola. Henry era un hombre muy bueno, tenía muchos amigos y llegaron a despedirlo.
Después de su muerte vendí la casa y me mudé a la ciudad, alquilé una habitación y comencé a trabajar en el hospital de niños donde conocí al Doctor Samuel, él fue el que me llevó al psiquiátrico.
─ ¿No lo extrañas? ─ preguntó Carlos
─ Claro, todos los días. De hecho, lo saludo al despertar, pero ya forma parte de mí, va conmigo a donde voy y me acompaña siempre.
─ ¿Cómo es eso? ─ intervine para que me explicara.
─ Bueno, es como si ya no fueran dos personas sino una sola. Lo siento conmigo, a veces hasta identifico su olor cerca, recuerdo las cosas que hacíamos juntos y las comidas que probamos. La torta de vainilla era su favorita, desde entonces la hago para quienes les tengo afecto.
─ ¿Le tienes afecto al Doctor Samuel? ─ intervino Carlos
─ Hijo, Samuel no es un mal hombre, pero tampoco es un hombre inocente, tiene hambre de poder, es muy rígido y estricto con los que lo rodean, por eso siento pena por mi doctora porque no la ha hecho feliz.
─ ¿Por qué lo dices? Creo que tienen varios años de casados, no creo que la doctora sino le quisiera, siguiera casada con él ─ concluí yo
─ Carlos entiende la tristeza de Inés. No tiene que ver con las cosas que te dan o las que puedas tener, la doctora no está completa con él, no tiene ese brillo en la mirada de una mujer feliz cuando están juntos. Es como un peso que lleva consigo, una sombra que la cubre, una tristeza que la embarga. ¿Cierto hijo? ─ pregunto mirando a Carlos.
─ Si creo que si te entiendo ─ respondió con una media sonrisa.
─ ¿Puedo preguntarte algo? ─ dijo María acercándose a Carlos que estaba a su lado, asintiendo con la cabeza esperando por ella ─ ¿Te atreverías a pelear por ella desafiando a tu hermano?
─ El problema no es mi hermano, si estuviera seguro que ella quiera lo mismo, no dudaría en estar juntos ni siquiera lo pensaría. Samuel es un extraño para mí, todo lo que he hecho lo hice por ella antes y ahora por mí. Debo ser un hombre completo e independiente para poder ofrecerle otra cosa además del amor que le profeso.
─ Me parece muy bien, hijo. Si tienes una oportunidad aprovéchala, ustedes se aman se le ve a flor de piel. ¿Cierto Daniel? ─ me increpó al verme a los ojos
─ Claro que sí. ─ le respondí sonriendo
─ Bueno, si ella llega a venir por mí, sin temor alguno, la recibiré. Si ella está dispuesta lo intentaremos mejor esta vez. ─ sonreímos los tres mientras María lo abrazó y yo le palmé la pierna.