COLOMBIA CONTINENTAL
IPIALES
Septiembre 1990
En Ipiales, corrimos hacia la estación de los buses conocidos como Galgos, compramos los boletos hasta Cali. Max, Walter y yo, agradecimos al tipo que nos acompañó hasta allí, y antes de subir al carro, fuimos a comer algo en un restaurante cercano. De regreso a la estación, tomamos asiento en el bus. Me senté junto a una señora que viajaba con un nene en sus brazos, el nene no era pequeñito lo que significaba que no iba a estar llorando a cada instante, por lo que no iba a ser un gran problema para mí, así que aproveché para echar una siesta y pensar en nuestro siguiente movimiento (mejor dicho...el mío).
Con respecto al nene, me llevé un tremendo chasco, porque un manotazo que me dio logró despertarme abruptamente; aproveché entonces para entablar conversación con la señora, quien me dijo que era ecuatoriana, de la ciudad de Guayaquil pero que vivía en Machala, que estaba haciendo este viaje a Colombia en plan de comercio. Me sinceré con ella, rogando que no me considerara un charlatán que la quería molestar, le pregunté si podía confiarle un mensaje para mi familia: debía decirles que me encontraba bien, que ya estaba en camino hacia el Norte; me contestó que sí, que me haría ese favor (o al menos eso me lo pareció), le di el número de teléfono. Nunca supe si me hizo el favor, pero más parece que no, lo que comprobé cuando estuve en la isla San Andrés, porque en la casa ni siquiera creyeron que estaba viajando.
El viaje pues, había comenzado; en mi casa no sabían nada, es más, no lo sabrían con certeza hasta meses después; seguimos avanzando en el bus y llegamos a Pasto. No bajamos al terminal, porque debíamos seguir directo hacia Cali, así que esperamos sentados hasta que el carro se pusiera en movimiento otra vez. Colombia estaba en conflicto con la guerrilla y luego con el narcotráfico (lo ha estado desde hace 50 años) pero tampoco este es un tratado político, así que no hablaré mucho sobre ello.
A Cali llegamos en la tarde y todavía alcanzábamos a tomar un bus para Medellín, el terminal de Cali es grande y bonito, moderno para los noventas que empezábamos a vivir. Paseamos un poco por él, admirando su práctico diseño, hasta que tocara el turno de partir hacia Medellín.
MEDELLÍN
Esa misma tarde de septiembre de 1990, partimos rumbo a la hermosa ciudad de Medellín; tampoco salimos de su terminal aquella primera vez, y la imaginamos hermosa, trabajadora, febril, porque dentro del mismo veíamos la inmensa cantidad de locales comerciales que exhibían los productos que la gente de la ciudad trabajaba; esta ciudad colombiana es francamente laboriosa, tiene gran cantidad de factorías, las cuales le permiten sostener a sus ciudadanos alejados del contagio del gusanillo migratorio de todos nosotros, los latinoamericanos. El hecho de no haber salido del terminal fue como medida de precaución; estábamos en la ciudad núcleo donde predominaba uno de los carteles más poderosos del comercio de estupefacientes del país, las candentes noticias que guardábamos en nuestras memorias eran suficientes para mantenernos con desconfianza siempre.
La gente es bullanguera (al menos la que vimos en el terminal), se estaba haciendo de noche y no teníamos todavía una pista de dónde ir; estábamos allí, tratando de hablar con cualquier persona que pudiera darnos alguna luz acerca del camino que debíamos tomar. Nos separamos para tratar de hablar con la mayor cantidad posible de personas; era como estar dando palos de ciego, ni siquiera sabíamos qué hacer; se podría decir que yo era un ciego tratando de guiar a otros ciegos; pero seguíamos en el intento de encontrar en cualquiera de los diálogos, la palabra que nos impulsaría ir un paso más hacia delante.
Fue así como supimos de la conexión Panamá; hablamos con dos señoras maduras que tenían caras de bondadosas, creo que se dieron cuenta de que nos encontrábamos en problemas y nos ayudaron, nos dijeron que iban a ser doce horas de viaje hacia un pueblo de la costa llamada Turbo pero como lo haríamos por la noche, no era problema; en todo caso, a nosotros nos importaba un bledo el horario en que viajaríamos, porque lo haríamos como siempre, al acaso, amparados en la bondad infinita del Creador.
La Costa Atlántica nos esperaba pues; ahora sabíamos por lo menos, que deberíamos llegar a un puerto pequeño, al Noreste de Colombia llamado Turbo, que este puerto era la mejor vía para llegar a Panamá; desde allí teníamos que hacer contacto con lancheros para que, por ese medio (botes o lanchas), nos lleven hasta otro punto llamado Puerto Obaldía; y desde allí, tomar una avioneta que nos trasladaría hasta su capital. Hasta aquí, en teoría, todo lucía bonito, faltaba el enfrentamiento con la realidad; nos habíamos quedado en el terminal, ya estábamos embarcados en el bus que nos llevaría a Turbo. Este bus, era un poquito menos lujoso que los galgos, pero se veía bien todavía. Nos ubicamos en la parte posterior y empezó a rodar; se abría una puerta más en el periplo que recién comenzaba a tomar forma.
Max y Walter se encargaban de comprar los boletos de los buses, porque todavía existían mis dólares. El dinero que le había entregado a Max, estaba alcanzando para estos pequeños menesteres y no me hacía sospechoso de insolvencia hasta ese momento. Caro me costaría eso después, porque cuando se dieron cuenta, yo tenía que asumir (tácitamente) el enfrentamiento de todos y cada uno de los problemas que se nos presentarían durante todo el trayecto.
Durante esas doce horas de viaje, escuché y me enamoré de por vida del vallenato. La música colombiana tiene un fiel representante en ese bellísimo ritmo; las letras de sus canciones son hermosas, llegan hasta lo más profundo del corazón y de la mente. Nos detuvimos algunas veces para cargar combustible, felizmente no hubo problema, aunque había controles militares no nos pararon nunca para requisa; así seguimos avanzando hasta que cabeceábamos de sueño. En una de las paradas, bajamos a estirar las piernas, algunos viajeros comieron algo en un restaurante del sitio donde habíamos llegado; consumido todo lo que pidieron los pasajeros del bus, volvieron a subir y emprendimos nuevamente el viaje.
Más tranquilos nosotros, porque no tuvimos que preocuparnos por mostrar papeles de estadía en el país, lo cual hubiera sido molestoso, ya que nuestros documentos tenían tiempo y limitación de áreas para visitar, no podíamos pasar del centro del país, por lo que corríamos el riesgo de que nos regresaran por el mismo camino por donde habíamos venido, para empezar de nuevo; aunque si eso hubiera sucedido, seguro que lo intentaríamos una y mil veces más, hasta que lográramos pasar el escollo.
TURBO
Casi eran las ocho de la mañana cuando llegamos al pequeño puerto de Turbo, Costa Atlántica de Colombia, Noreste para ser un poco más exacto. Bello, a primera vista, con características de un pueblo folclórico; sus asfaltadas calles eran estrechas y las personas caminaban por ellas llenándolas de gran actividad.
Era sábado el día que llegamos a Turbo, lo recuerdo con certeza porque les dije a mis compañeros Max y Walter que fuéramos a visitar un templo adventista, para pedirles consejo, que nos orientaran respecto a si era segura la ruta que nos dijeron en Medellín que debíamos seguir; además, porque estaba seguro de que cualquier iglesia que se precie de cristiana siempre ayuda a los necesitados y nosotros éramos de los que más ayuda necesitábamos en ese momento así que preguntamos si había alguna iglesia de esa denominación y nos dirigimos inmediatamente hacia allá.
Encontramos a los miembros de esta congregación reunidos en el culto devocional; estaban ocupados, no quisimos interrumpir en ese momento, así que nos dimos vuelta para retirarnos y volver luego, pero dos jóvenes salieron a nuestro encuentro, nos dijeron que ellos también estaban viajando, habían llegado allí por asistencia también, luego nos dijeron que eran ciudadanos peruanos; preguntaron sobre cuál era el punto final de nuestro viaje, sus nombres eran Jorge y Manuel.
En principio nos mostramos con bastante cautela, porque no sabíamos qué clase de personas eran, estaban en la Iglesia Adventista de Turbo, buscando ayuda como nosotros, pero no podíamos estar seguros que eran miembros. Aparecieron algunos jóvenes más, ellos nos indicaron que en la tarde se reunirían en el programa que se llama Sociedad de Jóvenes, y planearían la forma en que nos ayudarían; les agradecimos por su amabilidad y nos presentaron con sus padres, quienes nos condujeron a una casa que quedaba frente al templo...allí, nos permitieron descansar, hasta aclarar un poco la situación, porque ahora éramos cinco personas a quienes ayudar.
Nos pusimos de acuerdo entre nosotros tres (los ecuatorianos), para aceptar la integración con los peruanos que habían estado en Turbo antes que llegáramos. Según certificamos después, ellos solo quisieron llegar a Panamá, o por lo menos eso fue lo que se vieron obligados a hacer, debido al tremendo esfuerzo económico que implicó la estadía en la isla San Andrés.
Por la tarde, después de la reunión con los líderes de los jóvenes, se nos permitió permanecer, divididos en dos grupos, en las casas de estas buenas personas. Así estuvimos tres días, pero luego, tuvimos que salir, para no seguir ocasionando más molestias a esta pobre gente que tan maravillosamente se había portado con nosotros. (Para esa gente de Turbo, mis más gratos recuerdos). Fuimos a una residencial, la cual no era una cosa como para decir ¡Qué bestia, cinco estrellas!, pero tampoco tenía su piso cubierto con cucarachas...y eso ya era bastante.
Por favor, ya no se pregunte cómo manejé el asunto pago, porque le voy a recordar que solo tenía 5 dólares remanentes...el resto (los $ 20) los cargaba Max. En todo caso, pasamos bien, no nos molestaron; y teníamos chance de salir a recorrer en la noche las calles del pequeño Turbo. Nos recogíamos temprano, porque queríamos aprovechar todo momento de sueño que podíamos perder en el resto del viaje.
Los amigos adventistas, mientras tanto, habían hecho sus contactos (en ellos sí se podía confiar sin ninguna duda) y nos conversaron que había una forma de seguir para el Norte. Teníamos que llegar a Panamá, en bote o lancha, llegar a otro puerto que estaba del lado panameño, y de allí deberíamos embarcarnos en una avioneta, para llegar a la capital. El resto se daría por inercia, solo tendríamos que cruzar la frontera con Costa Rica...y... (Hasta allí...parecía la cosa más fácil del mundo). Este razonamiento coincidía con el mío, en una de las planificaciones que había hecho antes de salir, por lo tanto, lo dimos como válido. Ahora solo faltaba conseguir unos papeles migratorios que los militares colombianos acantonados en Turbo expedían a todo viajero que pasara por su puerto.
Para llegar al destacamento, caminamos, íbamos todos (ecuatorianos y peruanos), llegamos a una playa preciosa, la cual no habíamos visitado. Había algunas cabañas, de corte típico, con techo como el bijao nuestro, y su construcción era de madera, pintados de diversos colores que alegraban este camino. Llegados a la entrada del destacamento militar, estuvimos un breve tiempo esperando afuera y en el ínterin, entablé conversación con dos soldados que hacían guardia. Sin ninguna duda ellos contestaron mis preguntas acerca del conflicto armado que se estaba desarrollando en el país, respecto a la insurgencia; quería conocer el punto de vista de estos militares, y una de mis preguntas fue sobre el caso de enfrentamiento entre ellos y algún hermano de sangre que estuviera en el otro bando y tuviera que actuar bajo parámetros de obediencia militar:
- ¿Qué pasaría si vieras a tu propio hermano en el lado de la guerrilla o del narcotráfico?
Él dijo” - es una cuestión muy difícil de responder pero siempre le pido a Dios que nunca se me diera ese caso, porque de verdad…no sabría qué hacer.
Entramos a la oficina del militar encargado de otorgar los permisos, los cuales nos fueron entregados sin problema (después del pago obligado para estos menesteres). Salimos de allí, fuimos a buscar a uno de los amigos que habían hecho contacto con los lancheros, para tratar de llegar a un acuerdo con respecto al pago; llegamos al muelle, y encontramos al lanchero quien nos dijo que saldríamos de Turbo al día siguiente, por la mañana. Nos dirigimos a la residencial para descansar temprano, porque queríamos estar muy despiertos en lo que iba a ser una nueva aventura, esta vez…en el mar. Ya es difícil imaginar una fuerte caminata en lugares que uno no conoce, como para ponerse a pensar en tener que viajar por mar, en lancha.
Al rayar el alba, avanzamos hacia el muelle, vimos que había mucha gente en espera de turno para embarcarse en las lanchas. Las había de todo tipo, la nuestra era a motor, supuestamente era más grande que las otras, nos embarcamos junto con otras 8 personas, con la tripulación éramos 15 en total. Y partimos...lo que sabíamos hasta el momento era: que deberíamos atracar en un puerto llamado Obaldía; que allí mismo teníamos que tramitar un permiso de estadía en Panamá, y avanzar hasta un destacamento militar, donde funcionaba un aeropuerto pequeño, desde donde tomaríamos una avioneta hacia la capital. Esa era toda la información que manejábamos, además era lo único que teníamos a mano, no podíamos pedir más.
Pensaba esto, cuando restos de una ola golpearon mi rostro que me hicieron regresar al tortuoso presente en que nos encontrábamos; sin embargo, la vista era maravillosa. Pronto olvidé que estaba en tránsito ilegal y pensé optimistamente, Panamá... ¡allá vamos!
PUERTO OBALDÍA
Los temores del inicio del viaje fueron vencidos, el paisaje que se estaba presentando ante nuestros ojos era sencillamente fantástico. Las olas golpeaban rítmicamente la madera de la lancha, y las gotas que se dispersaban llegaban hasta nosotros, refrescando un poco nuestros acalorados rostros. Entramos a un golfo pequeñito, alcanzamos a divisar una hermosa casa, construida con materiales del lugar. Esto parecía ser el paraíso, era la casa del cónsul de Panamá, un arquitecto que nos acogió allí muy amablemente y nos hizo a todos los pasajeros de la lancha, preguntas de rigor. Mientras que el cónsul hacía sus entrevistas y extendía los permisos, di la vuelta alrededor, para admirar completamente la belleza del lugar. La casa tenía una planta superior...donde se alcanzaba a ver una hermosa terraza.
Cuando llegó mi turno el cónsul-arquitecto (quien había observado mi curiosidad) me preguntó si me había gustado la casa, le respondí que sí y mucho, porque la zonificación había sido muy bien lograda, que las fachadas habían aprovechado parte del entorno para mimetizarse en el ambiente, y que toda su belleza estaba cimentada en la sencillez y buen gusto del diseñador (yo sabía que el mismo había diseñado y construido esa hermosa casa en medio de la naturaleza), por lo que sería ocioso decir que no tuve que pagar absolutamente nada por el permiso de entrada a Panamá.
Una vez realizado los trámites para el ingreso, el cónsul nos despidió muy amablemente. Regresamos a la lancha, porque habíamos recorrido solo la mitad del camino, teníamos que llegar a Puerto Obaldía, donde estaba el campamento militar que nos recibiría, para permitirnos el nuevo viaje desde allí al interior del país, estaba tan optimista que mi gozo era absoluto e inocentón, tanto, que contagiaba a mis compañeros de viaje.
Avistamos el largo muelle, y la lancha acoderó en uno de sus lados. Bajamos todos los viajeros con nuestras maletas y mochilas, para dirigirnos hasta la oficina del oficial a cargo de la revisión. Íbamos alegres. Entramos con la confianza del que nada hace, nada teme (como el proverbio popular); pero allí empezaron nuestros primeros conflictos: los ecuatorianos y peruanos fuimos separados de los colombianos; los militares permitieron que estos últimos pasen, a nosotros nos dejaron para una revisión más detallada. Por último, airadamente nos pidieron que regresáramos por donde habíamos venido si no queríamos terminar encerrados en las celdas que se veían a sus espaldas.
Con el temor propio de la circunstancia, muy comedida, calmadamente les pedí que nos explicaran la actitud que habían tomado especialmente con nosotros y el jefe del destacamento respondió que desde Ecuador hacia abajo, no podía pasar ningún ciudadano nativo de esos países, porque sus presidentes habían apoyado a Noriega cuando éste empezó a tener los famosos problemas por el narcotráfico, era por eso que su nuevo presidente (Endara) había dado tal orden con respecto a la corriente migratoria que venía de los países sureños. Vimos a la distancia, despegando la avioneta que llevaba a los colombianos, con rumbo a la capital, y nos quedamos como los parientes pobres viendo el viaje de los parientes ricos que tienen la suerte de salir del embrollo.
Cabe señalar que, con tal clara explicación no nos quedó más remedio que tomar las de Villadiego y volver para atrás con el rabo entre las piernas (dicen nuestros ancestros) rumbo a Turbo nuevamente. Por supuesto que había que volver a pagar pasaje, pero ese casi no era mucho problema, comparado con el pensamiento de que se nos había cerrado el paso Panamá. El regreso pues, fue tremendamente triste, el “paseo” en lancha se nos hizo lento, ni siquiera nos mirábamos para no contagiarnos unos a otros nuestras desesperanzas.
¡TURBO...OTRA VEZ!
Llegados a los muellecitos de Turbo, bajamos de la lancha y nos dirigimos a la residencial de donde habíamos salido el día anterior, dispuestos a buscar otras alternativas. Nos dirigimos nuevamente donde nuestros amigos adventistas quienes nos ayudaron la primera vez a contactar con el lanchero, para tratar de encontrar nuevas ideas y entonces surgieron varias, unas más descabelladas que otras, pero ideas al fin...hasta que a alguien se le ocurrió decirnos que se conocía de un paso migratorio, “clandestino” (?), por supuesto, desde la Isla San Andrés, allá en el Mar Caribe, isla que pertenecía a Colombia. Luego sabríamos a ciencia cierta que se trataban de dos islas, y no solo la que mencionaban (San Andrés).
El problema era que teníamos que regresar a Medellín, ¡porque para nosotros, la única manera de llegar a la isla...era en avión! Tardamos un día más en Turbo, recogiendo más información que pudiera servirnos después, contando siempre con la ayuda de esta buena gente (los adventistas) quienes nos proporcionaron direcciones de amigos en Medellín, para que los contactemos y nos ayuden en lo que pudieran; específicamente de alguien llamado Carlos quien era naturista.
Por supuesto que el asunto del boleto de avión era un “pequeño” detalle del cual me preocuparía en su debido momento...por ahora solo teníamos que llegar a Medellín. Fuimos a la estación de buses y nos preparamos para el viaje de regreso, otras doce horas de viaje.
¡MEDELLIN...DE NUEVO!
El viaje de regreso a Medellín lo efectuamos del mismo modo que en el primero, sin ningún inconveniente; llegamos en la madrugada y nos dirigimos en taxi, directamente a la casa del amigo adventista-naturista, porque con dirección en mano era más fácil el asunto, teníamos la esperanza de que Carlos nos recibiera. Era una casa grande, estaba ubicada en un bonito vecindario, se accedía a ella, por una calle (carrera) estrecha e inclinada, pero bien pavimentada lo cual la hacía más bonita. La casa tenía dos pisos, con grandes ventanales, estas no eran de aluminio y vidrio, sino parecidas a las que tenemos en nuestro país (en la Sierra), las rejas, de varillas de hierro cuadradas; marcos de hierro, pintados de color blanco protegiendo los vidrios que tenían forma cuadrada.
Jorge, el nuevo compañero de viaje tocó el timbre, bajó a abrirnos una persona quien desde el principio fue muy amable, su nombre era Carlos, nos preguntó qué era lo que queríamos, le comentamos nuestra situación, le dijimos quienes nos enviaban y nos invitó a subir, sin siquiera pestañear. Situaciones como estas, las viviríamos muchas veces durante el recorrido, aunque también saboreamos de las otras, las amargas.
Carlos nos dio cabida y protección en su casa, era soltero, debía tener alrededor de unos 30 años, era médico naturista, y tenía una especie de laboratorio-fábrica para elaborar medicina natural. Nos cedió un cuarto y colchones para descansar; como no pensábamos quedarnos mucho tiempo, establecimos una especie de convenio para lo del asunto de la comida, nosotros apoyaríamos con dinero para la compra de alimentos y el, con amigos y amigas que llegaban para trabajar en la elaboración de las medicinas, compartían con nosotros lo que cocinaban y comían.
En el segundo día de permanencia en la casa de Carlos, decidimos que iríamos al aeropuerto, para comprar los boletos hacia la Isla San Andrés. Despertamos muy por la mañana, desayunamos, y nos empezamos a alistar para salir. Entonces, sucedió algo inesperado: un dolor terrible empezó a molestarme en el estómago (no era una estrategia por lo del asunto falta de dinero, el dolor era real). Había pasado ya con 5, la barrera de los 33 años, famosa (en mi caso y casa), porque mi padre la tuvo como su límite de vida (aunque tiene piola para rato). Yo, tenía 38 años, y, abusando de la fortaleza de una juventud en vía de desaparecer, no había cumplido con lo de las visitas anuales al médico (aquellas que tanto nos recomiendan hacer y que nunca uno las hace por ignorante, testarudo o ambas cosas); como resultado de este descuido empecé a adolecer de gastritis, de la cual no tuve conocimiento pleno, hasta años después.
Esas eran mis circunstancias en aquel día, por lo que los muchachos decidieron dejarme en casa, al cuidado del amigo Carlos quien ya me estaba preparando un medicamento que consistía en una mezcla con base de arcilla blanca que me hizo mucho bien (creo), al menos calmó los dolores, lo cual ya era bastante. La situación de ese momento, del cuidado que este amigo Carlos me proporcionaba, me condujo a una reminiscencia de hechos relacionados con la organización humanista a la que el pertenecía, porque yo mismo me sentía involucrado con ella aunque estaba en calidad de apartado, como un “cristiano irregular”, sostenido apenas por un hilo delgado que no me dejaba apartarme del todo.
Esta calidad de amigos (adventistas del séptimo día) fui encontrando por todo el camino, exceptuando el tramo final en Matamoros (México), donde se hizo presente la iglesia popular bajo la figura de una casa refugio que recibía a cualquier migrante desde la frontera con Estados Unidos hasta la Patagonia.
Cuando los chicos regresaron tenían cosas importantes que contar: habían sido detenidos en la calle, por una patrulla militar pues los habían confundido con “guerrilleros” (?) o al menos eso fue lo que me dijeron. Inquiridos por el asunto papeles, habían presentados los que nos dieron como permiso provisional para estar en Colombia y los dejaron ir. Entiendo por lo que pasaron mis compañeros, ya que Colombia estaba pasando los peores tiempos en cuanto a la guerra interna sostenida contra los narcotraficantes que se habían mimetizado con los grupos revolucionarios para promover el movimiento de la droga. El presidente del país ese entonces era César Gaviria quien combatía fuertemente (a su medida) los carteles que actuaban en los noventas, época en que Medellín y Cali fueron reconocidas como las ciudades más peligrosas del mundo.
Pasado ese mal rato, se habían dirigido a una oficina de viajes, para preguntar acerca del costo de los boletos para viajar en avión hasta San Andrés, y como estaban a precio cómodo, los compraron, el mío incluido, porque no habían querido regresar a buscarme para no perder tiempo, y también porque Max estaba seguro que luego le devolvería su dinero ($80,00).
El viaje hacia la isla estaba programado para dos días después, mientras tanto, fuimos a conocer uno de los hermosos miradores que tiene la ciudad de Medellín. Allí van los colombianos, no solamente a admirar la ciudad, sino también a observar y disfrutar de los distintos eventos culturales que se desarrollan en el entorno. No hacíamos turismo, pues queríamos mantener un perfil bajo, para pasar desapercibidos; pero teníamos una cantidad de tiempo que no queríamos desperdiciar y por eso fuimos al Mirador...para disfrutar algo de esa hermosa ciudad mientras podíamos ya que no sabíamos qué pasaría después.
¡ADIÓS MEDELLÍN, ADIÓS CONTINENTE!, BIENVENIDO ¿QUÉ?
Carlos se portó magníficamente; le dimos las gracias, le deseamos lo mejor de la vida, nos despedimos de él y de sus amigos. Este buen amigo cristiano-colombiano nos dijo que si algo sucedía, podíamos regresar en cualquier momento a su casa, lo cual agradecimos efusivamente, despidiéndonos con fuertes abrazos y buenos deseos. Bajamos la carrera (calle) inclinada en dirección al paradero de buses, para tomar el que nos llevaría al aeropuerto. Al llegar, nos dirigimos hacia la mesa de atención, para certificar la salida. Una vez realizada esta operación, nos sentamos en los bancos que están dispuestos en la inmensa sala de espera, y allí empezamos a analizar lo que hasta el momento habíamos hecho.
En breve, Medellín pasaría a la historia, iba a quedar como recuerdo; teníamos una hora para reflexionar y planificar nuestra próxima jugada. Dejábamos el continente, nos dirigíamos al Mar Caribe, las dudas e incertidumbres carcomían nuestras mentes, no teníamos la más mínima idea de lo que nos esperaba, pero no nos aterraba, porque habíamos quemado nuestras naves, y solo nos quedaba lo desconocido por delante, era lo que habíamos escogido hacer, en lo que nos metimos, así que decidimos aceptar el paquete con todo lo que incluía.
La recepcionista anunció por los altavoces nuestra salida, recogimos nuestras mochilas y empezamos a caminar hacia la puerta de embarque; abandonábamos la seguridad de la tierra firme, el continente protector. Íbamos con rumbo incierto hacia el siguiente nivel. Entramos al avión, nos ubicamos en nuestros asientos, ni siquiera sé cuánto tiempo nos tocaría estar en vuelo, o a qué hora llegaríamos, estaba como en trance: era un adiós a Medellín, al continente, decíamos bienvenido ¿qué? Tenía más interrogantes en mi cabeza como: ¿Qué cosa era lo que venía ahora? ¿Cuánto tiempo demorarían Max y Walter en darse cuenta que no tenía un céntimo en el bolsillo? ¿Qué actitud tomarían en ese momento? ¿De dónde rayos iba yo a sacar dinero para pagar a Max el boleto del avión, si los últimos $25,00 que le había encargado, los usó para comprarlo? A esa fecha, mi saldo ya estaba en cero.
Era obvio que en una isla de tal nivel, donde había turismo internacional, no iba a ser nada fácil costearse unos días de estadía, aunque lleváramos una dirección donde supuestamente nos podrían ayudar. La situación se daba como si estuviéramos planificando un viaje a las Islas Galápagos, a lo mejor era hasta más cara, porque sabíamos que la Isla San Andrés tenía Zona Libre y su puerto era internacional, por lo que acoderaban buques de gran calado. Todo eso provocaba un tremendo conflicto en nuestro pensamiento, especialmente en el mío que era el más conflictivo, por eso tenía que pensar cómo saldría del embrollo.