Chapter 3: Cap. 2
La nieve comenzó a desatarse sobre la aldea, fue lo primero que vio Samara a través de la ventana al levantarse bien temprano por la mañana, una vista impresionante al apreciar toda aquella nieve delante de ella, el contemplar el cielo encapotado le recordó aquellos ojos de aquel hombre misterioso. Vistiéndose de blanco, abrigada con pieles color ceniza, Samara se enfila para pasear por los jardines, un sirviente dio anuncio de que una carroza había hecho parada delante de la gran casa, por ende, los gritos de advertencias de los sirvientes pasaron a ser ignorados por los oídos de Samara; corrió hasta al frente de la casa para ver quien había llegado, tenía su corazonada, pero quería estar segura, y así fue, su corazonada no le mintió, su amiga Sophie Gerald había llegado esa misma mañana tal cual como había dicho en sus cartas a principio de año, su vestido gris y azul pálido con encajes dorados le resaltaban los rizos de su cabello dorado, sus labios carnosos ligeramente rosados, sus cejas finamente delineadas y unos ojos hermosamente azules, asemejándose a la reina de las nieves. Ambas corren al encuentro de la otra, sumergiéndose en un gran abrazo; euforia, gritos y risas de alegría. ─ ¿Cuánto tiempo, Sophie? ─ Yo, también, te he extrañado mucho, no has cambiado nada desde que vine a vuestro cumpleaños ─ Tampoco habéis cambiado nada ─ De hecho, Samara, si he cambiado en algo ─. Charlaban de camino a la casa, una prendida del brazo de la otra, el acento extranjero de su tierra natal, Francia, no podía ocultarlo así no más; caminando hacia el calor del hogar, Sophie se quita el guante que le mantenía la mano tibia para mostrarle el anillo de diamantes más hermoso que jamás había visto, una sortija de compromiso, Samara se queda sin aliento, con la boca abierta llena de asombro. ─ ¿Te vas a casar? ─ En primavera, con Sir Rowan D`pardeu ─ el rubor se subió a las mejillas de Sophie demostrando que no podía ocultar su emoción, Samara no tenía palabras para expresar lo que sentía, su confusión, su sorpresa, ¿fue arreglada su boda?, ¿fue amor a primera vista?, no sabía si sentir lástima por su amiga o felicidad, solo parpadear ante aquella joya en su dedo con las cejas enarcadas, Sophie inclina un poco su cabeza en busca de los ojos de Samara en espera de alguna respuesta. ─ Yo… yo… wau, es impresionante de verdad… hem… me alegro por ti, Sophie ─ Samara abraza muy cariñosamente a su amiga por la noticia y Sophie le corresponde al abrazo dándole las gracias.
Pidiendo a sus sirvientes traer algo de té y panecillos a su habitación, Samara y Sophie se ponían al día con chismes y cosas de chicas; por una vez en la vida, Marie sintió un alivio en el pecho al ver a su hija sonreír de verdad después de mucho tiempo. ─ ¿Cuándo regresa tu hermano? ─ pregunta Sophie tomando un sorbo de té, Samara no dejaba de lanzar miradas disimuladas a la mano donde su mejor amiga tenía la sortija de compromiso. ─ A decir verdad no lo sé, (sorbo de té), ya debería haber respuesta de él antes de las festividades ─ Admito que tu hermano me encantaba ─ ¿Pero…? ─ Las cosas cambian, supongo… (Suspiro de melancolía), ¿Aun no se ha comprometido? ─ Su compromiso es con la corona por los momentos y con padre ─ Se lo ha ganado, pero ya debería considerar una esposa o llegará a viejo sin herederos ─ Dejemos que mi hermano decida, él sabrá cuando ─ Y veo que vos ha seguido su ejemplo ─ ¿Qué quieres decir? ─ Samara toma un sorbo de té disimulando una sonrisa. ─ He oído rumores que habéis rechazado a todos los pretendientes que vuestros padres os han fijado ─ Samara desvía la mirada por la ventana, como si viera algo en particular. ─ ¿Acaso ninguno os cubrís vuestras expectativas o sentís que no estáis a la altura de ellos? ─ Samara lanza un bufido al aire con una amplia sonrisa restándole importancia a la pregunta. ─ Para nada, Sophie… es que… no lo sé… ellos son… son tan… vacíos… tan llenos de nada… y a lo mejor dirás que estoy soñando demasiado, pero… ─ ¿Pero...? ─ Samara agita su cabeza quitando todo pensamiento de su mente. ─ No, nada, olvídalo ─ A no, ahora vos tenéis que contarme, es de mala educación dejar un chisme a la mitad ─ protestó Sophie levantando el mentón con solemnidad permitiendo que ambas soltaran una carcajada cómplice.
Samara vuelve a fijar la vista en el horizonte muy reflexivamente. ─ No lo sé, Sophie, pero… siento que un mundo se me está negando más allá de estas tierras, siento que yo no pertenezco aquí ─ Es normal cuando no te la llevas bien con tus padres (media sonrisa) ─ No es eso, no sé como explicarte… siento que hay algo allá afuera… algo que espera por mi ─ Un hermoso caballero con una resplandeciente armadura esperando por vos para llevarla lejos ─ Samara casi se ahoga con su té. ─ No te burles, Sophie, estoy hablando en serio ─ Sophie suelta una carcajada por la reacción de su mejor amiga, haberla tomado con la guardia baja fue lo mejor. ─ ¡Aja!, si ya tienes a tu caballero, cuéntame, ¿Cómo es él? ─ Mi… ¿Mi caballero? ─ en ese instante se le vino a la mente la imagen de aquel hombre, las mejillas se le llenan de rubor ante la idea, lo cual Sophie sonríe con complicidad y picardía. ─ Con que te lo quieres guardar para ti sola, eso es muy egoísta de tu parte… ─ No, no, para nada, es que yo… ─ ¿Temes a que vengan y te lo quiten? ─ ¡No! ─ Sophie enarca una fina y delicada ceja sonriendo en complicidad, desde luego para Samara las conclusiones de Sophie no tenían nada que ver con lo que realmente sentía, pero por alguna razón en especial, creía que parte de ello tenía que ver con aquel hombre misterioso. ─ Está haciendo calor de pronto, ¿Quieres dar un paseo? ─ Okay, pero creo que estás evitando la conversación ─ Es solo que, (Samara susurra) las paredes tienen oídos ─ Ha… okay… entiendo ─.
La conversación se profundizó en los jardines, le habló del caballero de ojos azul-plata y el momento en que se cruzaron de miradas, omitió el punto de diferencias de edades, desde luego, Sophie quedó encantada con la descripción, sacando conclusiones del como haría Samara para conocer a su misterioso amigo, todas conduciendo a un romance seguro.
En la noche se planificó la fiesta en conmemoración a la visita de Sophie, invitados de varias partes de Bristol asistieron a la celebración, el mesón del gran salón fue cubierto por una gran variedad de comida, tartas de frutas, cordero, entremeses, música para amenizar el momento, y ambas amigas bailando con los invitados, Samara con su vestido de seda y gasa amarillo pálido y blanco, adornado con pequeñas piezas de brillantes piedras en los bordes y el corsé haciendo juego, portando un peinado clásico francés para dar honor a su amiga que la visitaba de tan lejos, ambas vestían de la misma manera para jugar a ser hermanas, sin embargo, la asistencia de alguien inesperado y no deseado frustró la amena noche. ─ Me honraría si me permite ésta pieza ─ una mano tendida aparece delante de Samara, ésta frunce el ceño con los labios tensos en una fina línea, levantando su vestido con una mano, Samara aparta a un lado a aquel joven que quedó plantado en pleno salón de baile aun a la espera de que su invitación fuese concedida. Aquel joven de facciones arrogantes y prepotentes, de ojos negros y barbilla afilada de cabello negro bien peinado, enarca una ceja tratando de disimular su sorpresa y ver sobre su hombro como se alejaba Samara a zancadas del salón, Sophie se percata de ello dejando su copa en una de las mesas para seguir a su amiga por los pasillos de la gran casa señorial. Los oscuros corredores revelados por la luz de la luna que se filtraban por los grandes ventanales, Sophie llamaba a su amiga llena de preocupación, sin embargo, su raudo caminar no se vio sosegado hasta llegar a los jardines del ala sur y sentir como el frío se le colaba por debajo de la falda.
Samara no supo donde estuvo hasta que el frío comenzó a azotarle los huesos, Sophie con abrigo en mano cubre a su amiga, ella llevaba ya uno puesto sobre sus hombros. ─ ¿Qué ocurre? ─ Nada ─ contestó Samara disimulando su frustración y la respiración agitada. ─ Samara, soy tu amiga y puedes confiar en mi, puedes contarme lo que sea ─ dijo Sophie frotando sus brazos para hacerla entrar en calor, sus alientos y sus respiraciones se volvían niebla delante de sus narices. ─ Es… es Darrel Morrel, papá insiste en que debo casarme con él ─ ¿Por qué? ─ Prefiero besar a un cerdo que casarme con… Darrel ─ Pues ese cerdo tendrá que hacer fila, mi querida Samara ─ una voz masculina resonó desde el otro extremo del jardín, Samara observa con el ceño fruncido, llena de ira, era Darrel Morrel caminando con pasos lentos y perezosos, con una amplia sonrisa arrogante en su rostro, apreciando y devorando con la vista lo que tenía en frente de él, a Samara Staghorn. ─ ¿Qué haces aquí?, hasta donde recuerde, no te invité a la fiesta de Mi amiga ─ Me invitó tu padre… que considerado de su parte en que Yo asistiera ─ Darrel se detuvo a pocos pasos de Samara y Sophie de por medio. ─ Pronto, mi amada Samara, muy pronto aprenderás cual es tu lugar ─ Darrel prosiguió su camino hacia la fiesta con su barbilla en alto con toda su arrogancia dejándola flotar a flor de piel.
Cuando la figura de Darrel desapareció de los jardines, Samara soltó un respiro de alivio, sus rodillas le traicionaron tiritando por el miedo y la impotencia, pero sobre todo por rabia. Logrando a duras penas sostenerse de unas de las columnas que comunicaban con el resto del jardín, apretando sus puños, deja escapar un sollozo, Sophie trata de consolarla llevándola a su habitación. Una vez allí, Samara le cuenta a su amiga el motivo del arreglo de la boda con Darrel Morrel, por un instante, Sophie sintió pena por su amiga, estar atada a alguien que desprecia era lo peor que podía pasarle. La noche de la fiesta prosiguió sin la presencia de la invitada de honor, ella fingió sentirse algo mal, pero solo para hacerle compañía a su amiga, ambas durmieron en la misma cama de la misma forma de cuando eran pequeñas, recordando cuando una se fugaba de su habitación, escabulléndose para dormir en compañía de la otra, risas llenas de añoranzas resonaron en la habitación, obviamente Sophie era dos años menor que Samara. ─ ¿Cómo conociste a Rowan? ─ pregunta Samara con la mirada perdida en el dosel de la cama. ─ Bueno… fue en una cena familiar, mi tío Claude lo presentó como un invitado inesperado, eso fue hace cuatro años, lo recuerdo como si fuera ayer, (risa risueña), el cómo me miraba, esos ojos verde mar que me inundaron y me desnudaron el alma, fue… unique, magnifique. Inteligente, fuerte, caballeroso… con el tiempo se dieron cuenta de las cartas que nos enviábamos y mis padres arreglaron todo ─ Ten envidio ─ No te niego… estoy asustada ─ Samara buscó la mano de su amiga apretándola con fuerza. ─ Tu boda será la mejor del mundo… todos te envidiarán lo feliz que serás ─ consoló Samara apretándole la mano dulcemente, ésta sonríe en respuesta. ─ ¿Cómo lo sabes? ─ Simplemente lo sé ─.
El tiempo de visita de Sophie, para los ojos de Samara, fue algo tan efímero que lo pudo comparar con un parpadeo, la diversión y los chismes no parecieron ser suficientes, su estadía terminó en las vísperas del año nuevo, ella ya debía regresar a su país natal para compartir el año nuevo con su familia y su prometido, esa misma noche, justamente después de que Sophie se marchara en la mañana, para Samara esa noche algo andaba mal, los grillos y animales nocturnos, de un momento a otro, dejaron de cantar y de pulular sus típicos ritmos, las estrellas se apagaron, era como si el mundo se hubiera detenido. Nada de viento, nada de ruido, nada de nada. Su primer pensamiento de preocupación fue para Sophie, pero su corazón se calmó, ya que iba escoltada, luego de un momento a otro, todo volvió a la normalidad, ¿Cuánto tiempo pasó?, nunca lo supo, sin embargo, varias noches se fue repitiendo lo mismo. Recibió el año nuevo junto a sus padres en una gran celebración, y esa misma noche, cuando se fue a la cama después de celebrar y todos se habían ido a descansar, el silencio volvió, ésta vez fue más prolongado, sin embargo, Samara tuvo la osadía de levantarse para contemplar el silencio tan ensordecedor de la noche, ni una rama se movía, con la respiración acelerada y una presión en su pecho, le indicaba de que algo grave estaba pasando, de que su instinto más profundo gritaba que corriera, pero una luz, luz que iluminaba el horizonte, muy, pero muy lejos de aquel lugar, brillaba tanto que lo confundió con un amanecer, lo curioso era que aún faltaban horas para que el sol rompiera el alba. La luz se apagó, dejando que el mundo volviera a su normalidad, en cambio Samara sintió un fuerte agite en su pecho, que le hizo tambalearse tanto que tuvo que sostenerse del umbral que comunicaba con el balcón, le faltaba el aliento, como si lo que hubiese pasado le quisiera arrancar el alma.
La noche siguiente no se sintió nada, transcurrió con normalidad, llegó el año nuevo y todo se encontraba en calma, sin embargo, esa calma se asemejaba a una calma fúnebre, oscura, ya no había algarabía, los aldeanos más callados que de costumbre, inclusive, algunas personas parecían apresuradas para llegar a sus casas a refugiarse por miedo. El mundo se volvió a silenciar, sin embargo, un fuerte viento acompañó el silencio, azotando tan fuerte que todos tuvieron que aferrarse a algo, Samara y su madre se apresuraron y se resguardaron en la catedral junto a algunos feligreses que iban a recibir la misa de año nuevo, el viento solo duro unos segundos, tiempo suficiente para hacer algo de estrago y poner nerviosos a los pueblerinos, ¿Qué rayos estaba pasando?, días después, se corrió el rumor de que una aldea galesa había desaparecido por completo, nadie supo que o como, no hubo testigos, solo unos comerciantes que pasaban por allí, a dicha aldea, y lo que encontraron fue… nada, ni una pared, ni un cuerpo, nada, solo tierras áridas y muertas, como si la peste y la muerte hubieran hecho sus festividades en ese lugar, ni rastros de animales en los alrededores.
Ya las noticias de su hermano la llenaron de preocupación, él no tardaba mucho tiempo sin enviarle una carta, su silencio le angustiaba, y aún más al saber de qué toda una aldea había desaparecido. Otra reunión se convocó, ésta vez con la intención de enviar una carta a su Majestad demandando alguna respuesta de lo que estaba ocurriendo, el mensajero partió dejando a todos con la esperanza de recibir respuesta. Ni respuesta, ni mensajero, dando a entender que se encontraban totalmente aislados. Roland Staghorn dio la orden de tomar previsiones y un toque de queda por precaución, a la mañana siguiente enviaron un pequeño grupo de avanzada para verificar los caminos y las fronteras con las otras aldeas y contactar a los otros señores, pasaron semanas y el pequeño grupo de avanzada no regresó; Sophie, fue el primer pensamiento de Samara al sentir de que todo comenzaba a torcerse, ya no le dejaban salir, ni siquiera acercarse a los establos, la guardia fue redoblada. De pronto, en horas de la noche, una visita inesperada llegó, un hombre, un hombre portando una túnica con capucha cubriendo parte de su rostro, apareció en los portones de la casa de la familia Staghorn.
Arqueros con sus armas listas y apuntando desde los barracones en dirección a aquel forastero vestido con túnica negra, este levanta sus manos en señal de rendición y… ─ ¡Santo y seña! ─ ¡Vengo en paz!, ¡necesito hablar con el señor de ésta aldea! ─ ¡¿Quién solicita?! ─ (silencio) ─ ¡¿Quién solicita?! ─ ¡No tienen mucho tiempo!, ¡tienen que dejarme entrar!, ¡solo soy un emisario con un mensaje para su señor! ─ solo hubo silencio en respuesta. Los grandes portones se abren dando a relucir a un hombre en armadura con el blasón familiar en su pecho, era el general de los guardias de la familia Staghorn. ─ Si eres un emisario, ¿De qué tierras provienes? ─ Unas tierras muy lejanas ─ ¿Lugar? ─ Del norte… muy al norte ─ Mientes, hemos enviado cartas al norte y no hemos recibido respuestas prácticamente en meses ─ Yo soy su respuesta ─ Nombre de quien sirves ─ exigió el general con los dientes apretados. ─ Sirvo a Samara Staghorn, y el mensaje es para ella ─ el hombre levanta un poco la mirada descubriendo un poco de su rostro, el general empalidece y sale despavorido a entregar el mensaje, a los pocos minutos, sale Roland a recibir al mensajero. ─ ¿Cuál es el mensaje? ─ Su hija debe salir de aquí cuanto antes ─ ¿Quién lo ordena? ─ (silencio) ─ Mi hija está bien protegida ─ No podrá protegerla con lo que se avecina, deben salir de aquí ─ ¿Me está amenazando? ─ No, solo les estoy advirtiendo, si hacen caso omiso o si tardan, lo lamentarán ─ el padre levanta la mano para ser asistido por sus hombres en arremeter contra el mensajero.
Samara presenciaba todo detrás de su madre, y sin pensarlo dos veces, y sin saber el porqué, corre hasta al mensajero al ver quien era, logrando así interponerse entre el mensajero y su padre dando su argumento entre jadeos por la repentina carrera. ─ Padre, por favor, aunque sea permita escuchar lo que tenga que decir. ─ Vino aquí a amenazar a mi familia y amenazarte a ti. ─ Samara mira sobre sus hombros y se da cuenta de que el extraño hombre no apartaba la vista, ni un segundo, de su padre. ─ ¿Y si fue Tristán quien lo envió? ─ Ya lo hubiera dicho… ¡Aparta Samara! ─ ¡Creí haber escuchado que venía del norte!, ¡Tristán está en el norte! ─ ¡Samara!, ¡hija! ─ gritó su madre con la voz quebrada por la angustia. Samara sintió como el mensajero respira profundamente, aun con las manos al aire. ─ Vengo en son de paz, vengo del norte con un mensaje de advertencia, deben huir de aquí cuanto antes, lo que le pasó a esa aldea, pronto pasará aquí también ─ ¿Cómo sabes lo de la aldea en Gales? ─ Si me permite pasar, le contaré con todo y detalles, aquí afuera hay muchos oídos interesados ─ la mano de Roland bajó lentamente para permitirle el paso, debido a ello, Samara suelta un suspiro de alivio.
Una vez dentro de la casa, Roland le ordena a su hija ir a su habitación inmediatamente, sin embargo, Samara protesta ante aquella demanda, desde luego el mensajero se pone a favor de Samara ya que el tema como tal le concierne a todos, el hombre entra al gran salón comedor, toda la familia o lo que queda de ella, conformados por Samara, su madre Marie y su padre Roland; el mensajero se quita la capucha ocultándola detrás del cuello alto de la túnica, a la final no era una túnica como Samara pensaba, era el abrigo de cuero negro, una vestimenta extraña, nunca la había visto, por lo tanto, lo veía fascinante, una túnica que no necesita trenzado, y la capucha se le convertía en aquel cuello alto. Roland y Marie toman asiento y Samara al lado de su madre, el mensajero los escudriñaba a cada uno como si viera sus almas, un cazador, con sus ojos azul – plata brillando con el fuego mortecino de la chimenea. ─ Demonio ─ dijo la madre de Samara en un susurro casi inaudible, el mensajero levanta la mirada enfocando toda su atención en Marie, mierda él la escuchó. ─ ¿Qué dijo, madre? ─ el mensajero ladea la cabeza con los ojos bien fijos en Marie, la mujer traga saliva con dificultad, luego mira a su hija. ─ Nada hija… nada ─ Si, dijiste algo ─ Solo musitaba cosas inútiles… no me hagas caso ─. El mensajero certifica lo ocurrido en la aldea Galesa, desde luego recomienda nuevamente en empacar solo lo necesario para partir cuanto antes de Bristol. ─ Lo que se avecina a éstas tierras, sus hombres no podrán frenarlo, sus armas solo los retrasarán, nada más ─ ¿Qué son? ─ pregunta Roland con el ceño fruncido. ─ Legiones. ─ ¡Bah!, tonterías ─ dijo Roland con un bufido, el rostro impasible de aquel mensajero no dejaba de observar a Samara, en cambio, Marie no dejaba escudriñar aquellos rasgos de su rostro. ─ Deberían comenzar a empacar de una vez ─ No nos iremos a ningún lugar ─ Entonces su hija vendrá conmigo ─ Roland empalidece de la ira. ─ ¡¿Viene a mi casa a dar un mensaje y termina ofendiendo a mi familia, pasando por encima de mi autoridad?! ─ No tendrá autoridad si es hombre muerto ─ ¡GUARDIAS! ─ Roland da la orden de arrastrar al mensajero a la celda, los cinco guardias bien armados intentaron sujetarlo, pero los guardias ya estaban inconscientes casi en un abrir y cerrar de ojos, los movimientos de combate que demostró aquel mensajero parecían no ser de este mundo. Por un segundo, la furia bulló en los ojos del extraño mensajero, cuando todos los guardias quedaron fuera de combate, el extraño habló con sus dientes apretados en un tono bajo y amenazador. ─ Si los quisiera muertos, señor Staghorn, ya lo estarían y no se hubieran dado cuenta, solo vine advertir, si no escucha, tendré que llevarme a su hija, haré lo que sea necesario para ponerla a salvo ─ Roland ahora se encontraba pálido, pero del miedo, ¿Quién era éste hombre?, al verlo combatir, era obvio que no era un simple mensajero, derribó a cinco guardias en pocos movimientos y sin moverse mucho de su lugar, sus guardias estaban armados, en cambio él, no tenía ni un cuchillo de untar y aun así los derribó con mucha facilidad y rapidez.
La madre de Samara, con un profundo suspiro, se arma de valor para preguntar, ─ ¿Por qué mi hija? ─ Su hija debe mantenerse con vida, debe salvarse a como dé lugar, ella es la clave por la que esas legiones se acercan ─ el mensajero se da media vuelta dirigiéndose a la salida, de pronto Roland se pone de pie. ─ Nos iremos al alba ─ No. Deben irse ésta noche ─ contradijo el hombre. ─ Tengo asuntos que ordenar ─ Si mueren, esos asuntos no servirán de nada. Ésta noche partirán ─ refutó el mensajero sin mirar, luego se retiró dejando la casa en silencio; Roland salió en su búsqueda a los pocos segundos de haberse retirado, sin embargo, al abrir la puerta no encontró a nadie, solo un patio con algunos guardias haciendo sus rondas, Roland pregunta a uno de sus guardias si no vieron al mensajero salir, ninguno supo dar respuesta, nadie vio nada, cerró de un portazo, subió las escaleras como alma que lleva el diablo llamando a su esposa, instando en que todos debían irse, incluyendo, servidumbre, cocineros, todos; ordenó a su hija solo tomar lo necesario y empacarlo, y así lo hizo.
Roland dio la orden de liberar a los prisioneros de las celdas, sin importar el delito que hubieran cometido. Subiendo las escaleras a empacar, se detuvo un instante a pensar a que dirección ir, su única familia se encontraba en el norte, sin embargo, esa posibilidad estaba descartada, al sur quedarían atrapados por la costa, así que solo se le ocurrió ir al este, ambas mujeres subieron a sus habitaciones a empacar, Marie junto a su esposo y Samara corrió como nunca antes a sus aposentos. Recogiendo lo más esencial, Samara se fue deteniendo poco a poco, prestando atención al oscuro silencio de la noche, ninguna estrella, ningún grillo, ni luz de luna, nada, solo las luces de las velas eran la única iluminación que acompañaban el lugar, afina sus oídos a los sonidos de la casa, nada, ni los pasos apresurados de sus padres, ni de los sirvientes empacando, simplemente nada. ─ ¿Mamá? ─ llamó Samara desde su habitación tentativamente, poco a poco Samara fue saliendo de la habitación rumbo a la habitación de sus padres, sus pasos silenciosos hacían crujir la madera suelta del piso. Al llegar al umbral, entrecerró los ojos para enfocar sus oídos y tratar de percibir alguna cosa, algún indicio de que sus padres aun seguían empacando. Sujetando con mucho cuidado el picaporte, pudo ver en el espejo a su padre a horcajadas sobre algo, ¿Qué buscaba?, abrió lentamente la puerta para ver que tanto registraba su padre, pero para su sorpresa, su padre no estaba buscando nada, estaba comiendo algo, ¿era su madre a quien devoraba sus entrañas? El crujir de las bisagras reveló su presencia. Roland se giró bruscamente enfocando su atención en su hija, Samara se tapa la boca para ahogar un grito de horror que a la final se volvió un jadeo, el pánico, el sudor y la palidez de su piel eran evidencia e indicios a las nauseas y el terror que le impedía siquiera gritar. Sosteniéndose de la jamba de la puerta, sus piernas tiritaban como palillos flácidos a punto de romperse.
Con su madre allí tendida en el suelo, con su pecho y estomago totalmente abiertos y su padre aun postrado a horcajadas en el suelo con la ropa y boca llena de sangre y vísceras colgando entre sus dientes, sus ojos fríos y vacíos de toda vida, miraban con hambre inhumana a su hija. ─ ¿Padre? ─ dijo Samara en un susurro que pareció más un sollozo; a cada paso que retrocedía Samara, su padre, Roland, se iba levantando lentamente como una bestia acechadora. Samara se enfila a la carrera y detrás de ella, su padre persiguiéndola, lanzando bramidos como una bestia, Samara tiraba cuanto adorno o sillas tuviera a su alcance entorpeciendo el perseguir de su endemoniado padre mientras ella gritaba su nombre buscando la forma de que entrara en razón. Una mano le sujeta fuertemente por el codo, tira de ella tapando su boca y un gran martillo azota contra la cabeza de su padre, cayendo al suelo, inerte, muerto, con todos sus sesos desparramados por todo el suelo de madera y el martillo incrustado en su cabeza dando ligeros movimientos espasmódicos en su pierna y mano, Samara no pudo evitar sentir arcadas, vomitando inevitablemente la mano quien le tapaba la boca.