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CONOCIENDO LA FELICIDAD

Una de las hermosas tardes que adornan el cielo de Churuguara con un crepúsculo de esos que quitan el aliento al dirigir la mirada hacia a lo más profundo del oeste, se observó un movimiento poco usual diagonal a la bodega, en la casa donde vivía la familia Delgado Franco, que se había mudado a San Luis del Cariagua un par de meses atrás. Se trataba de una camioneta pick-up blanca y un camión de estacas. Ambos vehículos venían cargados con muebles y distintos enseres. Del camión se bajaron dos señores de mediana edad y de la camioneta un señor, una señora y dos jóvenes mujeres. Los tripulantes de la camioneta se dirigieron hacia la casa antes mencionada y el señor sacó un fajo de llaves de su bolsillo y entró a la casa vacía. Acto seguido, los dos señores del camión empezaron a bajar los objetos de los vehículos y a introducirlos en la casa.

–Como que te llegaron vecinos nuevos Peruchote. ¿De dónde vendrá esa gente? –le dice Baldomero al viejo Peruchote quien estaba en la bodega junto al resto de los integrantes de las “reuniones vespertinas”.

–Así parece Baldomero. Ya como que le salió comprador al señor Manuel.

Todos, incluyendo a Juanito, estaban con la curiosidad a flor de piel, observando a aquellos hombres entrando y saliendo de la casa hasta dejar completamente vacíos los dos vehículos de carga. Cuando ya estaba oscureciendo, partió del lugar el camión quedando sola la camioneta frente a la vivienda.

Al siguiente día, los nuevos vecinos se presentaron en la mañana en la bodega. El señor Braulio Giménez, un hombre campechano, de elevada estatura, muy corpulento, con gran bigote y sombrero de paja, de modos bastante ordinarios, siempre con un tabaco en la boca. Su esposa, la señora Dilcia, una señora de carácter suave, aparentemente sumisa a su marido, de pocas palabras. Las hijas de la pareja, Ana María y Alma Lucía, de 17 y 15 años respectivamente, muchachas de buen porte, altas y esbelta la mayor y un poco más baja pero con un cuerpo más voluptuoso la quinceañera, ambas también con la timidez que se les notaba por encima de la ropa. La familia Giménez Gutiérrez se presentó y se puso a la orden, ante Juanito y sus abuelos. Lo mismo hizo con otros vecinos de su nueva casa.

Estaban recién llegados de Campo Elías, un caserío cercano a la población de Suruy, donde vive gente dedicada a la cría de caprinos y a la siembra de hortalizas. El señor Braulio era dueño de una hacienda dedicada a la producción de queso de cabra, y ahí habían vivido hasta el día anterior, pero decidió buscar nuevas alternativas para su familia mudándose a Churuguara, sin embargo, él seguiría atendiendo su hacienda los días de semana dejando a su esposa e hijas en la nueva casa. De esa forma, pensó él, sus hijas podrían tener mejores oportunidades para formar familia.

–Parecen buena gente –dijo Juanito a sus abuelos, más pensando en los ojos color verde aceituna de Ana María y en las caderas de Alma Lucía que en lo buena gente que parecían.

–Tienes razón mijo –le respondió Eustaquia, –Se les ve que son gente sencilla y de buenas costumbres. Siempre es bueno tener gente así cerca de uno.

A partir de ese momento, las muchachas comenzaron a frecuentar la bodega para realizar las compras que les mandaba a hacer su mamá, y a medida que pasaba el tiempo y se iban conociendo más Juanito y las hermanas Giménez, más tiempo se demoraban en el negocio entretenidas con el dependiente, lo que usualmente les ocasionaba algún regaño de parte de su progenitora.

–¿Y cómo es posible que ustedes todavía no tengan novio? –les soltó Juanito dirigiendo su mirada hacia Ana María.

–Es que en Campo Elías todo el mundo es familia –saltó rauda a contestar Alma Lucía para acaparar la atención de Juanito.

–Ah, claro. Ya había oído hablar algo de eso de por allá –dijo Juanito.

–Y tú tampoco tienes novia, ¿verdad? –soltó Alma ante la mirada recriminadora de Ana María sobre ella con los ojos muy abiertos.

–No señoritas, yo estoy solito, solito. Y sin compromisos –les respondió Juanito tomándose las dos puntas del cuello de la camisa agitándolas hacia arriba y hacia abajo un par de veces. Las muchachas sonrieron, sonrojándose un poco sus mejillas.

Juanito, lo primero que hacía al abrir la tercera puerta del local de la bodega muy temprano en la mañana era dar un paso hacia la acera y enfocar su vista hacia la casa de los Giménez Gutiérrez, con la esperanza de ver la delgada figura de la muchacha de pelo ondulado y ojos “rayados” como decía Juanito para referirse a los ojos claros de la jovencita. Además, el tema “Ana María” era el primero que sacaba a relucir con su “casi hermano” Timoteo, cada vez que se encontraban.

–¡Ay mi madre “casi hermano”!, ahora sí es verdad que como que me estoy enamorando.

–Jeje, no hombre Juanito, es que eso no es raro en vos, te echás unas madres enamorás pa’ después anda vomitando en las esquinas de tanto tragá aguardiente.

–No Timoteo, pero esta vez la cosa como que sí es fuerte chico. Yo he tenido algunas noviecitas, pero con ninguna me he sentido como me siento con Ana María, chico. Fíjate que el domingo nos encontramos un ratico después de la misa y cuando la vi sentí como si mi alma fuese acariciada por tiernos y sedosos pétalos de la más hermosa flor. Chico, pero estás viendo lo que me hace esa mujer, si hasta poeta me estoy volviendo.

–Al diablo chico, pero como que es verdad la cosa. Yo no te había oído hablar así nunca. Y bueno, la verdad es que está bonita la flaca esa. Y la hermanita no está para nada mal tampoco. Ah viejo Braulio que sabe pintar las hijas, vale.

–Sí “casi hermano”, las dos están muy bien, pero Alma Lucía está como que muy pollita todavía, en cambio Ana María ya es toda una mujer. Me carga loco la condená’.

–Compa pero ¿sí le hace caso la muchacha o es que estás enamora’o solo? –le preguntó Timoteo a Juanito viéndolo de reojo.

–Timoteo, yo creo que sí siente algo por mí. Yo de todos modos voy a salir de dudas. Este mismo domingo le pregunto si quiere ser mi novia.

La tarde del domingo, después de la misa, la familia Giménez completa solía dar un recorrido por la plaza antes de partir a su casa. Juanito se situó al lado de una ceiba de la plaza y le hizo una seña a Ana María, quien subrepticiamente se alejó de la familia y asistió al llamado de Juanito. Éste, con las manos sudorosas y frías como un témpano de hielo, se hizo el fuerte, tomó las manos de Ana María y le propuso que fueran novios a partir de ese momento. La muchacha, abriendo mucho los ojos, lanzó una mirada rápida hacia el sitio por donde iban caminando sus padres, volteó hacia Juanito y le dijo que sí aceptaba la propuesta con un corto “sí”, seguido por un beso en los labios relámpago que Juanito casi ni lo sintió, e inmediatamente se fue corriendo a reunirse con su familia. Juanito estaba que no se aguantaba la felicidad en el pecho. A punto estuvo de dar un grito de alegría pero se contuvo y se mantuvo firme en el sitio un rato más con una sonrisa que no podía disimular así lo quisiera.

La primera persona que supo la buena noticia fue Eustaquia, quien se sintió muy complacida pues en esos tres meses que llevaba conociendo a la muchacha le había parecido una joven muy tranquila y muy de su casa.

–Te felicito mijo, tienes muy buen gusto. Ya era hora que tuvieras una relación seria. Pero ya sabes que para hacer las cosas como Dios manda, tienes que pedirle permiso al señor Braulio para poder ennoviarte con la muchacha. Ese señor es muy buena gente pero yo he oído que cuando se pone bravo es un hombre de temer.

–Claro mamá vieja. No te preocupes. Yo pronto me voy a poner en eso. Tengo que ponerme de acuerdo con Ana María para eso. Apenas hoy fue que nos ennoviamos.

–Muy bien mi negrito, serio como siempre, y sobre todo respetando a la muchacha. ¡Mucho cuidado! –le dijo Eustaquia a Juanito con el dedo índice apuntándolo con un vaivén de la mano derecha pero con una sonrisa en su rostro.

–Mamá vieja y… tú te encargas de papá viejo, él me tiene que meter la mano –le concluye Juanito en alusión al hecho de tener que ir a casa de los padres con alguien que lo representante o padrino, como también se les decía al acompañante del novio para solicitar visitar a una muchacha.

Juanito y Ana María hablaban todos los días un rato en la bodega, aprovechando cualquier oportunidad al hacer los mandados de la señora Dilcia. Alma Lucía, que al principio se sintió un poco celosa por lo que le había contado Ana María, terminó aceptando la situación rápidamente, y hasta le “cedía su turno” a su hermana para que fuera ella la que saliera a hacer las compras en la bodega. Juanito siempre le guardaba un suspiro o dulce de merengue, como también se le conoce, de regalo a su enamorada, suspirando al entregárselo y diciéndole “Te regalo este suspiro”, cosa que le parecía gracioso a Ana María. Tuvieron que mantener el noviazgo en secreto para los demás por una semana, dando tiempo a que el señor Braulio llegara el sábado de Campo Elías, para hacer la petición formal y poder cortejar a la muchacha de acuerdo a los estándares de la época.

Finalmente llegó el esperado sábado. Juanito se llevó de padrinos a Peruchote y al señor Baldomero, quien conocía desde hacía tiempo al señor Braulio pues también poseía una finca cercana a la del papá de Ana María. Los nervios mataban al joven Juanito, quien miraba con angustia a su enamorada ubicada al otro lado de la sala de la casa de los Giménez. Los padrinos se encargaron de hacer la petición de visitas al recio señor Braulio, quien muy serio estuvo escuchando atento a su amigo Baldomero y a Peruchote, quienes daban su palabra que Juanito era un muchacho serio, respetuoso y responsable. El señor Braulio, sentado en una gran silla de madera hecha por los lados de Campo Elías, se acariciaba insistentemente su gran bigote utilizando los dedos índice y pulgar de su mano derecha. Juanito estaba sudando a pesar de ser una noche fría, como era lo normal en el poblado. Una vez culminada la petición, le dice el señor Baldomero a su amigo Braulio:

–Y entonces Braulio, ¿qué nos puedes decir al respecto? ¿Cuál es tu respuesta?

El señor Braulio se quedó pensando, mirando fijamente a un Juanito muy nervioso. Se levantó de su silla, dio siete pasos sonoros con sus botas de cuero y se paró en frente de Juanito que más tenso no podía estar.

–Mire jovencito, mis hijas son el tesoro más grande que tengo yo y no me gusta compartirlo con nadie, ¿usted me entiende?, –le dijo mirándolo muy seriamente. –Sin embargo, a pesar de no ser un hombre estudiado, yo comprendo que cuando yo no esté alguien más tendrá que proteger a mis muchachas; además, usted la pensó bien al traer de padrino a mi amigo Baldomero Ramos, hombre de mi alta estima y que yo sé que no me va a venir con embustes de nadie, y suyo me habló muy bien. En otras palabras, lo que le quiero decir es que si mi niña Ana María también lo quiere a usted y si su comportamiento dice lo que dijeron los señores, pues cuente con mi permiso para que visite a mi hija Ana María.

Juanito respiró aliviado al escuchar la respuesta de quien quería fuera su futuro suegro. Su rostro cambió y se relajaron sus músculos faciales, sonriendo de felicidad, sin embargo, el señor Braulio ripostó:

–Pero eso sí, más le vale que me la trate bien, porque si no es así Josefina se va a encargar de evitarle una futura descendencia, ¿me entendió? –le dijo muy serio el señor Braulio poniendo su mano sobre un enorme cuchillo con empuñadura de hueso que le colgaba de la cintura. Juanito nuevamente se puso muy serio y agarrando valor le dijo:

–No se preocupe señor Braulio, yo a su hija la quiero mucho y voy a hacer todo lo que esté a mi alcance por hacerla muy feliz. Le agradezco mucho su permiso señor Braulio, le aseguro que no se va a arrepentir –le dijo extendiéndole la mano, la cual se la estrechó fuertemente el recio hombre del campo, finalizando con un:

– Más le vale amigo, más le vale.

Juanito se encontraba tan feliz en esos primeros días oficiales de noviazgo que se olvidó por completo de la aventura que tenía planificada y para la cual hasta fecha se había puesto.

Las cosas habían cambiado con la llegada de la “muchacha de los ojos rayados”. En las visitas a casa de su novia, Juanito apenas tenía permitido conversar con su enamorada, siempre con la señora Dilcia sentada entre ellos en el sofá. Era la tradición de la época. Por supuesto que cuando la chaperona por alguna causa justificada se veía obligada a dejarlos solos un momento, ese momento era aprovechado por la pareja para tomarse aunque fuese un momento de la mano y darse un furtivo beso en los labios. Los momentos en la bodega de Juanito también eran momentos esperados por los dos para tener roces imposibles de tener en casa de los Giménez. Por supuesto que Juanito quería más, por lo que el noviazgo duró solamente un año, ya que Juanito aprovechó de utilizar el dinero que había ahorrado con mucho sacrificio en los últimos dos años y realizó la petición de mano de la muchacha, la cual fue aceptada por el señor Braulio. Hicieron una boda sencilla, con una pequeña reunión a la que asistieron familiares de los Giménez Gutiérrez, provenientes de Campo Elías y Suruy. Por parte de Juanito, la asistencia fue más reducida puesto que su familia sólo la conformaban sus abuelos, Eustaquia y Peruchote, pero también lo acompañaron su padrino mano Rafa con su esposa y todos sus hijos, incluyendo por supuesto a su gran amigo Timoteo quien se presentó con su esposa y su pequeño hijo que había convertido también en compadres a Juanito y Timoteo, sin embargo el trato entre ellos seguía siendo el de “casi hermano”.

Pocas semanas después del matrimonio, Ana María llamó a su esposo Juanito al interior de la casa de Peruchote donde la joven pareja había fijado su residencia.

–Ay amor mío, tengo algo que decirte –le dijo con tono entre preocupado y ansioso.

–¿Qué fue Ana?, ¿no me digas que Canelo volvió a romper algo de mamá vieja? –le responde en forma de pregunta Juanito refiriéndose a un pequeño perrito criollo que recién les había obsequiado Timoteo y que accidentalmente el día anterior rompió un florero de Eustaquia al morder y halar el mantel sobre el que estaba apoyado el adorno.

–No chico, no es nada sobre el travieso ese. –Seguidamente le tomó la mano y continuó: –Es que creo que estoy preñada mi amor, mi mamá me dijo que como no me ha llegado la regla y por los mareos,… ¡parece que voy a tener un muchachito! –le dijo con voz emocionada haciendo énfasis al final de la oración y con una gran sonrisa que proyectaba la gran felicidad que la embargaba en ese momento.

Juanito se le quedó viendo incrédulo sin saber cómo reaccionar, cuando por fin logró decir:

–¿Un muchachito?... ¿Un muchachito? –y soltándole a Ana María se puso las manos en la cabeza y las levantó sobre la misma dando un salto al mismo tiempo, gritando y corriendo por el pasillo:

–¡UN MUCHACHITO, UN MUCHACHITO, VOY A SER PAPÁ… MAMÁ VIEJA, PAPÁ VIEJO, VOY A SER PAPÁÁÁÁ!

La felicidad se apoderó de todos en la casa, así como en la casa de los Giménez. Al señor Braulio le mandaron a avisar a su hacienda y esa misma noche llegó al pueblo con un chivo completo que asarían esa noche, contratando cuatro músicos del pueblo para alegrar con violín, cuatro, maracas y tambora la gran celebración por el primer nieto que le nacería. Peruchote, que era poco aficionado al alcohol, esa noche tomó sin medida dando rienda a la felicidad que tenía en ese momento y hasta la señora Dilcia y Eustaquia degustaron algún traguito en medio de la fiesta improvisada pero sabrosa. Alma Lucía se lució bailando esa noche. La perfección rozó la festividad.

Seis meses después la cosas cambiaron de manera drástica en el seno de la familia Giménez Gutiérrez pues la joven Alma desapareció sin dejar ningún rastro luego de salir de su casa un lunes. Los comentarios del pueblo fueron que se había ido con algún enamorado secreto:

–Anoche se robaron a la hija menor de Braulio Giménez –comentaba la gente del pueblo.

El señor Braulio sufrió intensamente la pérdida de su hija, pues era la consentida de la casa, la niña de sus ojos, y como Ana María se había casado, tanto él como la señora Dilcia habían volcado todo su cariño en ella.

–¿Pero cómo nos va a echar esa vaina Almita? –le preguntaba el afligido padre a su esposa. –Hay que encontrarla mujer, hay que encontrarla rápido.

A ciencia cierta nunca se supo que fue de la vida de la hermosa muchacha, su padre se sumó en una profunda depresión. A partir de ese día, ya no fue el mismo. Se dedicó a buscarla, gastando casi todo el dinero que tenía, descuidando su hacienda en Campo Elías. Unos decían que había muerto, otros que se la había llevado un hombre a vivir con ella fuera del país. Lo cierto es que la joven no fue vista nunca más en el pueblo ni en sus alrededores.

Mientras tanto, el embarazo de Ana María seguía su desarrollo normal, dentro del caos que había ocasionado la desaparición de Alma Lucía.

La tarde de un primero de julio de 1968 nació en la clínica del doctor Becerra, médico recientemente instalado en el pueblo, una hermosa niña, morena clara y con abundante cabello, perfectamente saludable. Ana María se sentía agotada pero con una gran felicidad de tener a su niña finalmente en sus brazos luego de vivir con una intensa agitación en su vientre debido a los constantes movimientos de la criatura en los últimos meses de gestación. Juanito estaba que no cabía dentro de sí del orgullo y de la emoción de tener en sus brazos ese pedacito de cielo que le había reservado la vida para compensarle cualquier injusticia que se hubiese podido cometer contra él. Fuese o no fuese el caso, Juanito consideraba cancelada cualquier deuda con la vida y hasta se sentía ganancioso. La ternura y el amor que había despertado en él esa pequeña niña eran inconmensurables. Cada gesto, cada estornudo, cada bostezo, cada movimiento que realizaba la bebé lo volvían loco de amor por ese pequeño ser, por lo que lo primero que le dijo a su esposa Ana María después del alumbramiento fue la palabra “gracias”. Peruchote y Eustaquia también disfrutaron mucho la llegada al mundo de su bisnieta, luego de la estresante espera acompañada de los recuerdos de los terribles momentos vividos inmediatamente después del nacimiento de Juanito, hacían ya veintiún años. Pero esta vez, las cosas salieron perfectamente, y tanto la niña como la madre se encontraban perfectamente de salud. Para los abuelos maternos, la llegada de la niña resultó un bálsamo para los duros tiempos vividos durante los últimos meses por la ausencia sorpresiva de la menor de sus hijas.

Los primeros cuatro años en la vida de Gabriela Lucía, como fue bautizada la hija de Juanito y Ana María, fueron espléndidos para la familia Chirinos Giménez. Juanito estaba al frente de su negocio y sus ganancias le daban para mantenerse sin ningún problema e inclusive dándose ciertos gustos de vez en cuando. Pero después de esa época de bonanza las cosas empezaron a cambiar. La situación económica del país comenzó a complicarse, cosa que por supuesto afectó el bolsillo de los pobladores de Churuguara. Las compras de la clientela fueron cayendo poco a poco. Además, la familia de Ana María estaba experimentando muchas dificultades a todo nivel. El señor Braulio jamás se recuperó de la desaparición de su hija consentida Alma Lucía, lo que lo llevó a abandonar su finca, la cual fue perdiendo su productividad de manera alarmante hasta convertirse en un lugar semidesértico, víctima de robo de animales y muerte por enfermedades del resto del rebaño por falta, entre otras cosas, de atención veterinaria a tiempo. Como si eso no fuese suficiente, la salud del suegro de Juanito también se vio seriamente afectada, a tal punto que aquel hombre que solo al verlo infundía respeto y hasta temor con su presencia se fue convirtiendo en una piltrafa humana que cayó en cama para no levantarse más hasta morir sin conocerse de manera clara las causas de su muerte. Juanito tuvo que encargarse de todos esos gastos y también tuvo que asumir la manutención de su suegra, la señora Dilcia.

–Las cosas se han complicado bastante últimamente “casi hermano” –le comentaba Juanito a su amigo Timoteo. –Fíjate lo que le pasó a mi pobre suegro chico. Venirle a pegar ese tabardillo a ese hombre que se veía tan fuerte. La pobre Ana María ha sentido mucho la ausencia de su papá, y la suegra ni se diga. De paso, las ganancias han caído demasiado y parece que todo se me está complicando.

–Así es mi hermano, la cosa está dura. Esta peladera está fuerte. Ya yo casi no consigo trabajitos por ahí. En este pueblo si uno no tiene una finca o una tienda pues no tiene vida. Ya yo estoy decidido a buscarme la vida para Caracas “casi hermano”. He escuchado que allá el trabajo sobra. Tengo que buscar la comi’íta pa’ esos muchachos.

Timoteo había tenido dos hijos varones y una hembra en los últimos siete años y los trabajos de albañilería se le habían vuelto más escasos cada vez.

–¿En serio Timoteo?, ¿te pensás ir para la capital?

–Claro que si mi compa; estoy organizando unos cobritos para arrancar para allá.

–¿Y te vas a llevar a la familia o qué?

–No chico, ¿vos sos loco? Yo me voy solo primero a tantear el terreno y de allá les mando platica. Y si la cosa camina bueno entonces me los llevo para allá.

–Mira como son las cosas, vale. Me vas a ganar de nuevo entonces, porque el que pensaba irse para una gran ciudad era yo, y ahora resulta que el que se va, y nada menos que para Caracas, sos vos. Caramba, qué de cosas tiene la vida, Timoteo.

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