Juanito, en plena adolescencia, conversaba mucho con su gran amigo Timoteo sobre los vaivenes de la vida, observando y aprendiendo de ella.
En una de esas conversaciones le dice Juanito a su amigo:
–Hay que ver “casi hermano”, que la vida si da vueltas. Aquí me ves a mí, huérfano de padre y madre, aunque gracias a Dios con unos inmejorables abuelos. Un muchacho sin poder disfrutar mucho de la vida, pudiendo haber sido una de las personas con más plata en este pueblo y sin embargo no dejo de ser uno más del montón.
–Ah pues, así son las cosas “casi hermano”. Si tantas cosas no se hubiesen puesto de acuerdo, ahorita vos fueras un patiquincito en un carrote y seguro que me estarías pasando por el frente en estos mismos momentos sin saludar siquiera.
–Arresgando mano, arresgando. Así como pasa en su camioneta Ricardo, el hijo de los musiús de la tienda de ropa. Ese como tiene platica cree que los peos no lo hieden. Un tripón igual que uno pero ya anda por ahí con carro y plata, y con las muchachas más bonitas siempre, porque pa’ ellas si uno no anda en carro uno no tiene vida.
–Pues mano, pero ¿qué vamos a hacer? Nada. Uno tiene que buscar es una muchacha que se interese en uno por lo que uno es y no por lo que tiene. Y también uno tiene que arroparse hasta donde le alcance la cobija.
–También es verdad Timoteo, pero es que a veces me da medio arrecherita la vaina chico. Yo debería de tener mucho cobre, pero no tengo na’. Pero eso sí te lo aseguro manito, yo voy a ser hombre de bastante plata, ya vos vas a ver.
–Dios mediante Juanito, Dios mediante. Uno lo que tiene es que fajarse y más nada. Entrarle duro a la vida. Yo la verdad es que no me veo como un doctor ni nada de eso porque la verdad es que la mente no me da pa’ mucho en ese liceo, pero trabajando duro puedo salir pa’lante.
–No seas conformista Timoteo, hay que mirar bien alto.
–No chico, es que si me pongo a mirar muy alto lo que me puedo es echar un tropezón con alguna piedra que esté atravesada en el piso y la caída puede ser muy dura, jejeje.
–Jeje, pero hay que ver que a vos si te gusta echar vaina vale, jeje.
Mientras tanto, Peruchote y Eustaquia seguían su vida rutinaria de siempre, atendiendo su negocio, el cual se había mantenido relativamente igual, viviendo de manera tranquila, sin lujos pero sin carencias importantes. Sentían como el anochecer de sus vidas ya los empezaba a cobijar, pero con la satisfacción de haberle podido brindar a su nieto-hijo Juanito una vida mucho mejor de la que pudo haber enfrentado en Caño Largo.
–Ya el tripón se nos está haciendo hombre, negra. Y como que salió a su papá viejo porque el condenado ya me está alcanzando. Ya está que me pasa de largo.
–Ya va grandote mi hijo querido, pero yo siempre lo veo como mi chiquitico, mi pedacito de Mariana que me mandó nuestro Señor pa’ que no nos pusiéramos viejos solos. ¡Jum!, pero ese pajarito ya pronto va a queré volar y de esa soledad que le tengo tanto miedo no nos va a salvar nadie Peruchote.
–No hombre negra, ya la vida ha sido demasiado buena con nosotros y él tiene que vivir la suya. Si él se va o se queda ya es decisión de él mismo. Yo no creo que nos deje pero en caso que así sea, nosotros nos tenemos a nosotros mismos, y si nos quedamos solos no va a ser por mucho tiempo porque según la ley de la vida ya pronto nos tocará irnos a vivir en la ceiba –dijo Peruchote con la mirada perdida refiriéndose a un árbol centenario que era el símbolo principal del cementerio de Churuguara.
Los viejos abuelos de Juanito no se encontraban lejos de la verdad en lo que respecta al temor que les infundía una próxima partida de su nieto, pues ya estaba por finalizar sus estudios en el liceo de la localidad y por el deseo que él tenía por iniciar estudios universitarios, para lo cual tendría que dejar el pueblo y radicarse en alguna de las ciudades del país en las cuales sí era posible asistir a un centro de educación superior. Por otro lado, eran conscientes que la crianza que le habían dado al muchacho quizá no había sido la mejor en saber apreciar las cosas que tenía y en valorar el esfuerzo y el sacrificio que se debe realizar muchas veces para llevar una vida digna. Juanito amaba a los padres que el destino había colocado en su camino y al pueblo que lo había visto crecer, sin embargo él siempre quería más.
La vida de Juanito transcurría compartiendo con un grupo casi fijo de compañeros de clases, lo cuales se reunían noche a noche en la plaza Bolívar de la comunidad en donde conversaban sobre distintos tópicos. Aunque era un grupo de cinco amigos, a quien verdaderamente podía endilgarle ese importante sustantivo era a su “casi hermano” Timoteo, con quien se desahogaba y podía hablar con total franqueza de sus inquietudes y sueños. En alguna que otra fiesta, las cuales no faltaban en la zona, ya probaban nuevas experiencias con la ingesta de bebidas alcohólicas y compitiendo entre ellos por ver quién era el mayor conquistador del sexo opuesto. Juanito, que había desarrollado una estatura mayor a la del promedio, presentaba un rostro que no desagradaba a las muchachas de los alrededores, sin embargo su timidez y falta de confianza, aunado a un orgullo mal entendido, lo hacían uno de los de menos experiencia en cuanto al contacto íntimo con féminas se refiere, sin embargo, contaba historias lejos de la realidad a sus amigos para, según él, no quedarse atrás con respecto a sus compañeros. También inventaba viajes a grandes ciudades del país para hacerse pasar como un muchacho conocedor y “de mundo”.
El grupo estaba conformado por Roberto, José Luis, Timoteo, Alfredo y Juanito.
Roberto era un muchacho alto, delgado, desgarbado, generalmente desaliñado a quien apodaban “supermán” sus compañeros, en alusión al súper héroe que no temía enfrentar nada, por su afición a las muchachas consideradas por el grupo como poco agraciadas.
–“Supermán” se enfrenta con puros mostros, y sin miedo, compas, decía Timoteo al resto de sus compañeros.
José Luis, era de estatura baja, un poco pasado de peso para su tamaño, le decían “sobaco e’ tigre”, desde que en una fiesta una muchacha lo dejo sólo en medio de la pista de baile pues ese día el muchacho había olvidado asearse de manera correcta y sus axilas despedían un fuerte olor el cual también fue captado por sus amigos que también estuvieron en la fiesta.
Alfredo, era el más adinerado de los cinco. Su padre era un reconocido ganadero, sin embargo, se trataba de un joven de trato muy sencillo sin ínfulas de millonario, con porte atractivo para las jovencitas con las cuales no era extraño verlo de manera seguida.
Generalmente, noche a noche, recorrían un par de veces el perímetro de la plaza para luego sentarse dos o tres de ellos en uno de los bancos de concreto del parque mientras los otros permanecían de pie formando una especie de círculo en el cual hablaban de las cosas que pasaban en la comunidad, muchas veces en tono de crítica y burla, por lo que casi siempre al final de la charla resolvían todos irse al mismo tiempo.
–Bueno muchachos, vámonos pues. Ya es tarde y yo no me quiero ir primero porque si me voy ustedes me comen las costillas –dijo en una ocasión Alfredo en tono de gracia pues se sobreentendía que si alguno se iba sólo, el resto del grupo se iba a dar banquete hablando sobre la vida del ausente.
Finalmente llegó el momento de la culminación de los estudios. Cuatro de los cinco integrantes del grupo de amigos de Juanito se graduaron el mismo día. Timoteo se dio por vencido a medio curso y abandonó los estudios de manera definitiva.
–No compa, esto no es lo mío –le dijo a Timoteo a Juanito el día que se retiró del liceo, con lo ojos enrojecidos por la rabia luego que su papá, mano Rafa, furioso por lo que había resuelto, lo había dado un par de azotes con un viejo cinturón de cuero que denominaba el “mandador de tres puntas”, y luego de un extenso regaño en el que incluía: “aquí el que no estudia tiene que trabajar, ahora te vas a tener que poner a echar escardilla bajo el sol, y sin sombrero, ¡carajo!”.
Juanito tenía esperanzas de graduarse junto a su gran amigo y así juntos emprender la gran aventura de estudiar en una gran ciudad y no hacerlo sólo como todo lo hacía parecer. Pronto las visitas nocturnas a la plaza empezaron a ver como el grupo de cinco amigos poco a poco se empezaba a ver reducido pues los integrantes originales comenzaban el recorrido por una nueva ruta que los llevaría a distintos destinos. El primero en dejar el grupo fue “supermán”, quien utilizó las influencias de un tío coronel que tenía en Maracay y logró un cupo en el selecto grupo de estudiantes de la aviación militar. El turno siguiente le correspondió a “sobaco e’ tigre”, quien obtuvo su entrada en la Universidad del Zulia en Maracaibo, en la carrera de Veterinaria, gracias a las buenas notas logradas por el joven durante sus estudios de bachillerato. Finalmente, Alfredo aprovechó la influencia de su familia y se encaminó hacia la ciudad de Mérida para estudiar en la honorable Universidad de los Andes.
Juanito no logró por la vía tradicional obtener su inclusión en la “Universidad de Carabobo”, pues la carrera de Ingeniería Civil era una de las más solicitadas por los bachilleres de la república y una de las más exigentes en cuanto a promedio. Su “papá viejo” también hizo algunas gestiones por medio de algunos de sus clientes que, según decían, tenían contactos importantes en la ciudad de Valencia, sin embargo, todos los intentos fueron fallidos. Ya había pasado un año de su graduación y la impotencia le llenaba su ser y lo sumergía en un lago de tristeza.
–Coño Timoteo, pero que mala suerte la mía vale. Voy a tener que quedarme en este pueblo, chico. Aquí no voy a poder surgir más nunca compa. Que buena broma.
–No hombre “casi hermano”, tranquilo. Cuando una puerta se cierra es porque se abren tres más, lo que hay es que saber por cuál de las tres es mejor pasar. No te pongas así que si no te conviene irte por algo será. A lo mejor algo malo te iba a pasar por esos lares. Tranquilo chico.
–Nojoda Timoteo, eso es lo que me da rabia tuyo chico. Una resignación para todo. No señor, yo no me puedo quedar tranquilo. Tengo que buscarle la vuelta a la cosa. De alguna manera me voy y pa’rriba es que voy a ir. Claro que sí.
Peruchote y Eustaquia se pusieron de acuerdo para ofrecerle la administración del local comercial que poseían desde hacía cerca de trece años.
–Mijo, tu papá viejo Peruchote y yo estuvimos conversando mucho y llegamos a la conclusión de que ya nosotros estamos cansados de estar pendientes de la bodega. Ya estamos muy viejos para la gracia y ya nos toca descansar y dedicarnos a cuidar las matas y a ver las novelas, jeje –le dice sonriendo Eustaquia al joven Juanito. –Y bueno, así ya tú te puedes hacer cargo de la bodega, de administrarla y de paso te vas ganando tus propios realitos para que vayas ahorrando, eso sí, sin olvidarte de la comidita de nosotros, por supuesto.
–Ay Dios mamá vieja, pero es que… yo no sé. Yo quiero estudiar una carrera, ser un profesional. Si me quedo en la bodega ahí sí es verdad que me voy a quedar estancado toda la vida.
–Bueno mijo, tú tienes mucha razón en eso, pero podrías encargarte por un tiempo por lo menos, a ver cómo te sientes. Tú eres un muchacho muy joven todavía. Encárgate mientras tanto del negocito y vas ahorrando algo para luego emprender lo que tú quieras emprender. Nosotros ahorita no podemos ayudarte porque lo poco que tenemos ahorrado es para alguna emergencia. Ya nosotros estamos viejos y lo más seguro es que necesitemos esos cobritos pa’ cualquier emergencia médica. Pero si tú te encargas, las ganancias van a ser para ti, pero como te dije antes, sabes que nos tienes que reservar algo para nuestro pan diario.
–No hombre, mamá vieja, eso no tienes ni que decírmelo. Si ustedes dependieran sólo de mí saben que yo no les negaría nada. Ustedes son la vida mía.
Eustaquia le dirigió una mirada llena de ternura al escuchar esas palabras y a la vez viendo que quizá Juanito podría aceptar la propuesta y de ese modo quedarse un tiempo más con ellos.
Juanito recién había cumplido dieciocho años cuando se hizo cargo de la bodega “La Fe en Dios”, poniendo todo el empeño en mejorarla en cuanto a la administración de la misma. Aunque Peruchote ya no actuaba como el dependiente del negocio, igual él estaba al final de las tardes en la misma, ya no para vender sino para compartir con los asiduos visitantes vespertinos, siguiendo con la rutina creada a través de los años de disfrutar las interesantes historias del “musiú”, de don Enrique, Baldomero y de mano Rafa. Juanito poco a poco se fue adaptando a su nueva realidad:
–Esto es una esclavitud “casi hermano”, hay que estar metido en estas cuatro paredes todo el día para que pueda dar alguito –le decía Juanito detrás del mostrador de madera a Timoteo.
–Compa pero vos vas pa’l cielo y te vas quejando –le riposta Timoteo. –Ojalá tuviera yo una mantequilla como ésta. No me fajara llevando el sol parejo y batiendo concreto a ver si no iba a llevar comida pa’ la casa. ¡Y la mujer con esa barrigota mano!
Sí, efectivamente Timoteo embarazó una muchacha humilde de dieciséis años apenas y por supuesto que a regañadientes no le quedó otra alternativa que casarse. Ya la muchacha tenía ocho meses y pronto estaría pariendo el primer hijo a Timoteo.
–Qué cosas vale –le dice Juanito, –yo que siempre pensé que el primero que iba a sentar cabeza era yo y que tú ibas a ser toda la vida un “viva la pepa”. Pero la vida no deja de sorprender a uno.
–Ah pues, compa, más sorprendí’o que yo no hay. Mira, y hablando de mujeres, ¿no has visto más a la Rosángela?
–No chico, ni me nombres esa mujer. Tremenda broma que me echó. Yo tan enamorado que estaba de esa flaca y me vino a echar esa broma saliendo preñá del Chicho ese. Ya yo estaba pensando hasta en enseriarme con ella y traerla a la casa a presentárselas a mis papás viejos. Menos mal que me quitó la venda de los ojos a tiempo, y ¡de qué manera hermano, de qué manera!
–Yo te lo había advertido. Esa bichita se veía muy calientona. Dale gracias a Chicho es lo que tenés que hacer, por llevarse esa joyita.
–Ah pues, Timoteo, la verdad es esa. Y bastante ron que me bebí en esos días, pero lo mejor es lo que pasa. Peor hubiese sido que me hubiese echado ese vainón después de casados.
–Mirá Juanito, y ¿qué tal la bodega?, ¿sí estás haciendo platica en estos días o está un poco lenta la cosa?
–Ahí va la cosa compa, poco a poco. Hay días buenos y hay días en los que no se hace nada. Como todo. Lo que produzco es para mantener la casa y una migajita que me queda que la estoy ahorrando para ver que resuelvo después.
–Uhmm, umjú. Ah pues “casi hermano”, así son las cosas. Bueno, yo te diré hasta mañana, me voy pa’l cuartico porque la mujer debe estar esperándome. Tamos viéndonos entonces.
–Bueno pues Timoteo. Me saludas a Adriana y cuida mucho esa barriga.
Juanito se quedaba con la mirada perdida, analizando los cambios que daba la vida, viendo como su “casi hermano”, Timoteo, ya tenía una familia, como ex compañeros del liceo avanzaban en sus carreras y él se veía a sí mismo como si se hubiese quedado estancado, sintiendo como si el fracaso le estuviese respirando en la nuca. “Yo no sé qué estoy haciendo aquí”, pensaba frecuentemente cuando se quedaba sólo por largo rato en la bodega.
Un buen día, Juanito tomó una decisión que consideró trascendental: su futuro estaría fuera de Churuguara. “ya está bueno Juancho” se dijo a sí mismo en voz alta, no sin antes cerciorarse que no estuviera nadie en los alrededores y pensara que estaba loco, “vamos a ponernos una fecha de una vez, no le demos más largas al asunto, te me pones serio, ahorras todo lo que puedas y al cumplir los veintiún años agarras tus corotos y te empiezas a construir una vida mejor para ti, fuera de aquí. Ya está dicho”
Así Juanito se propuso una meta, en un par de años estaría en alguna gran ciudad, comenzando un nuevo reto, construyendo una esperanza que lo llevara a lo que él ansiaba, una vida de comodidad en la que no tuviera que envidiarle nada a nadie. Y teniendo esa meta en mente se dispuso a ahorrar cada céntimo que le quedaba de ganancia, día a día, en una alcancía con forma de puerquito, de muy buen tamaño que solía esconder en la parte superior del armario de su habitación colocando sobre ella alguna de la ropa que ya no usaba. Los días de parranda, especialmente los sábados en la noche, fueron disminuyendo pues él sabía que después de un par de cervezas solía olvidarse de la promesa del ahorro hecha y corría por cuenta de él la cancelación de la cuenta de lo que se tomaban él, generalmente Timoteo y algún par de amigos más que se unían a estas salidas sabatinas, y ni hablar si alguna muchacha estaba presente, pues para Juanito era cuestión de caballeros el pagar cualquier consumo hecho por una dama presente junto a él. Gracias a esa reducción en las salidas de Juanito, “el cochinito” fue “engordando” poco a poco.
Todo iba pasando de acuerdo a lo previsto, ya la fecha de la partida se estaba acercando y a Juanito se le aceleraban los latidos del corazón cuando pensaba en ello. No le había notificado a nadie de su decisión, ni a Eustaquia, ni a Peruchote, ni siquiera a Timoteo. Era algo que tenía internalizado y que no pensaba comunicar hasta que tuviese todo listo para ejecutar su proyecto.