Relato No. 20 - JUEGOS PESADOS -.
Hace mucho tiempo los hechos que transcurrían en mi vida me habían demostrado dos cosas: La vida da muchas vueltas y realmente, el mundo es pequeño.
Estaba impactada, luego de eso puedo decir que salí huyendo sin importarme mi atuendo, cuando me encontré dentro del taxi pude sentir tranquilidad, agradecí la soledad de mi calle y entre corriendo hasta cerrar con seguro la puerta de mi apartamento. En ese momento me di cuenta de que retenía la mayor cantidad de aire y decidí calmarme un poco. Eso me aterró: ¿Cómo él podía saber donde estaba? Ni Eder lo sabía realmente, aunque si lo hacía no era de importancia. El asunto clave aquí era: ¿Cómo me encontró?
Muchas personas sienten una seguridad absoluta al hablar con otros en la Web, Apps, o cualquier tipo de comunicación virtual. Es porque pensamos "No va a saber nunca quién soy" "No nos conoceremos" "Es sólo un chat". Y ahora yo, luego de una semana de eso, estaba cómo profuga dentro de la universidad, cubriendo mi rostro lo mayor posible y rodeándome de muchas mesas llenas en caso de que venga algún loco a secuestrarme, existan testigos.
Estaba odiando a Eder en estos momentos, tanto estrés me tenía fatigada, la universidad, mi estricto horario dentro de KitPer, las transmisiones, y para sumarle, mi verdugo-seguidor psicópata.
Jodida vida de mierda.
Mi teléfono vibró en el bolsillo y lo atendí con mala cara
—Dime
—Buenos días para ti también, mi algodón de azúcar— Eder estaba de buen humor para joderme, qué sorpresa— ¿Vas a decirme que la menstruación ya se te acabó? Porque ese humor de mierda que traes últimamente sólo producto de dos cosas: O tienes la regla o realmente te hace falta coger.
Me mordí la lengua para no empezar a maldecirlo y que todo el mundo en el pasillo se me quedara mirando.
—Eder Shane, si me llamaste para amargarme, voy a colgar.
Tenía mucha migraña y su risa sólo me causaba ganas de matarlo, podía ser muy exasperante cuando quería.
—Pues llamo realmente para invitarte a una reunión que tengo— eso me sorprendió— Quiero decir, si no traes esa cara de perro que seguramente cargas, pero, ¿Quieres ir conmigo, caramelito?
Suspiré, me la pensé bien y decidí ceder un poco. Él sabía que amaba vestirme espectacular, maldito tonto.
—Está bien— acepté de mala gana pero pensando qué usaría.
—Sabía que te encantaría ir— dijo engreído
—De todas formas, ¿Qué reunión es?
—Futuros socios, digamos. Gente que quiere fundir su negocio con el mío y discutiendolo con mis asesores, es una buena idea.
—Bien, una reunión de negocios aburrida y tonta debe ser muy divertida— dije irónica y su risa ronca reventó en mi oído calentando mi frío cuerpo.
—Cariño, piensálo mejor, ¿Quieres?— iba a replicar pero me detuve— ¿Piensas que una reunión entre una Streaming sexual y una página pornográfica de amplio alcance será aburrida?
Era cierto, y conociendo sus exéntricos gustos, algo loco sería.
—Bien, rarito, nos vemos— colgué sin esperar su respuesta.
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La camioneta esperaba fuera y me dirigí a ella cuando, en el camino, una chica con la que nunca en mi vida me había cruzado, se dirigió a mí, sonriente.
—Hola, Verónica
—¿Te conozco?— La miré levantando una ceja. Tenía el cabello turquesa y corto, con perforaciones en la nariz y el labio y las orejas con expansores.
—No, no lo haces— dijo sonriente, miré la camioneta negra y el guarura bajando el vidrio a la mitad, diez segundos más y se bajaría—Darkprince estará ansioso de verte esta noche.
Reí secamente.
—Dile que prefiero a los hombres que dicen las cosas de frente, no los que usan palomas mensajeras. Si me disculpas...— dije para retirarme, ella extendió una mano con manicura de color rosa pálido y tenía el teléfono con una llamada abierta, la miré al rostro y asintió para que respondiera. El guarura ya estaba bajándose y tomé el aparato.
—¿Diga?
—Soy lo suficientemente hombre para partirte a la mitad con mi pene y romperte la garganta con los gemidos que eres capaz de producir, así que olvídate de querer bajar mi hombría— la voz de mi verdugo calentó mi cuerpo, no puedo negarlo, pero estaba cabreada con él y no se me olvidaría por más cachonda que me ponga.
—No hablo con mentirosos, ¿Vas a ser claro conmigo o vas a seguir con juegos?— mi voz fue tosca. Tres segundos para que el chofer llegara a nosotras.
—Esta noche— prometió y mi cerebro empezó a atar cuerdas.
—Ok.
Colgué y le di el teléfono a la chica en el momento que el grandote se puso a un lado de nosotras, le sonreí a ella como si fuesemos grandes amigas y ella miraba a mi guardaespaldas con asombro.
—Gracias, ella había olvidado anotar las páginas del libro. Nos vemos.
Tenía futuro cómo actriz.
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—Las diez de la noche, Verónica, las diez. Tenías que estar aquí a las diez y cuarto de la noche. ¿Donde mierda estás?— Me reí entre dientes, lo que daba por hacerlo enojar.
—Ay, Eder, no sé, es que aún no escojo que usar— aparté la bocina del teléfono para reírme cuando empezó a maldecir. Yo estaba vestida, maquillada y en camino montada en un taxi porque me pareció más divertido que irme con el guarura, para variar.
—Deja de jugar, estúpida.
—Ya, ahora dile al gigantón que se vaya de mi puerta, parece un idiota esperando a alguien que no va a encontrar.
—¡¿Donde coño estás?!— gritó y me emocionó, mi sonrisa era radiante.
—Relájate, voy en un taxi.
—En un jodido taxi, un taxi, como si yo no gastara una fortuna en unos malditos idiotas de seguridad que no cuidan ni a su puta madre y la princesa decide venir en un maldito taxi— murmuraba con enojo y sentí lástima. Y burla. Una mezcla de emociones.
—Voy llegando, bebé, espérame afuera, no quiero entrar solita, seguro hay muchos salvajes ahí— dije burlonamente y el murmuro algo que no entendí antes de colgarme.
EDER SHANE NARRA:
Era una jodida molestia en el culo. Eso era Verónica Tocker en mi vida. Me encantaba su manera de ser pero tiene un serio trastorno de imperactividad y poco razonamiento en esa cabecita hueca que tiene. Acomodé por énecima vez mi corbata de color rojo y el saco negro que usaba, peiné y despeiné mi cabello uniformemente, la odiaba, en serio.
Estaba pensando seriamente en atarla a la cama de mi casa, o mejor, esposarla a mí, así no se me perdía de vista la pobrecita, cuando un taxi amarillo aparcó frente al elegante salón de eventos en el que sería la reunión. Cuando bajó, sentí calentarse cada molécula de mi cuerpo y sólo cerré mis ojos suspirando, en serio haría que matara a alguien.
Usaba un vestido completamente metálico que parecía ser una malla. Era ajustado y finalizaba con un corte irregular donde una pierna era más cubierta que la otra y jodida mierda, no usaba ropa interior. La mataría, eso era seguro.
Sus tacones tenían unas cadenas que ataban sus tobillos, eran de color plata combinado con su vestido y su hermoso cabello estaba recogido en una coleta larga y lacia, con dos ligeros mechones adornando su rostro, su maquillaje era tan sútil que casi no se notaba y esa puta cara de burlona que no se le quitaba nunca, estaba enfocada en mí.
—¿Te gusta, amor?— Dijo coqueta, sosteniendo un pequeño bolso plateado tipo sobre en sus manos arregladas y delicadas, la miré con cansancio.
—Eres un completo desastre.
Ella se rió de mí. La idiota se burla de mí en mí cara.
Apreté su cintura hacía mí en un veloz movimiento donde la sostuve con fuerza para que no cayera con sus zapatos de tacón, me miraba con los ojos redondos y la sexy boquita que tanto me gustaba, en forma de O.
—Ahora, por tú culpa, voy a tener una maldita erección toda la noche, no podré concentrarme en los negocios y, cómo si fuese poco, no soltaré mi maldita arma porque el primer hombre que se atreva a mirarte será recibido en el hospital más cercano. ¿Qué te parece eso, caramelito?¿Te gusta las reacciones que me causas con ese vestido de mierda que te atreviste a traer?— Hablé entre dientes y me atreví a restregarla contra mi cuerpo para que entendiese que la primera parte, no iba en broma. Ella, cómo loca idiota que era, no tuvo la reacción normal de toda mujer, ofenderse y apartarme, incluso golpearme, no, Verónica se rió ampliamente y pasó la lengua por sus labios.
—Me encanta.— Me dio un pico que no esperé y tomandome por sorpresa, mordió mi labio inferior y tomó mi mano entrelazando nuestros dedos, mi ceño seguía fruncido pero no puedo dejar de admirarme de esta atrevida de mierda que apareció en mi vida.
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—Señor Shane, es un honor conocerlo— Era la tercera actriz porno que me miraba con cara de felina hambrienta, con sus senos plásticos y su cuerpo sin costillas, yo puse mi cara falsa y di un pequeño asentimiento. Ni conocía su nombre.
Verónica estaba a mi lado, no dejaba de mirar con fastidio la actitud de las mujeres y burlarse de mi reacción. Claro que ella había causado un revuelo en todo el lugar, su apariencia fina y elegante era un claro contraste con lo corriente de aquellas mujeres. Y no era el único hombre en notarlo.
Me sacudí a las modelos y entre en un círculo de hombres de traje, a lo que iba: negocios. Verónica se tensó, lo sentí en los dedos que nos unían y cuando iba a preguntar por qué, una voz masculina se dirigió a mí
—Eder Shane. Un placer— Un hombre curpulento y unos centímetros más alto que yo me tendió la mano, lo reconocí de inmediato, era la persona a cargo de ese grupo de payasos.
—George Jeffrey, por fin nos conocemos.
Miré de reojo a Verónica y estaba blanca cómo un papel, me extrañó su actitud por lo que agradecí a quién estuviese escuchando que al hombre le sonara el celular en ese momento, pero no pasó desapercibido la media sonrisa que le dedicó a mi chica. Esos dos se conocían, algo me lo decía.
Volteé a verla, algo le pasaba, sus labios estaban blancos.
—¿Vero?— pregunté nervioso en voz baja. Sus ojos estaban perdidos y me asusté como la mierda.
—Baño— susurró. La llevé de inmediato, tratando de no llamar mucho la atención entré con ella al lavabo femenino y corrió hasta casi caer frente al retrete, la quería ayudar en lo que fuese pero me pidió retirarme y se lo respeté.
Afuera, aproveché una ronda de whisky que estaban repartiendo y tomé un vaso para darme un gran trago. Busqué con la mirada a George, quería acabar con esto para irnos ya.
—¿Buscabas a alguien, Shane?— Se apareció detrás de mi como un jodido fantasma, resoplé con fastidio.
—Sí, ahora hablemos de negocios— apresuré, él asintió para mirar a mi alrededor y preguntar con evidente curiosidad.
—¿Tu mujer no nos acompañará?
—No, ¿Seguimos?— dije cortante a lo que él respondió con una actitud igual.
Aproveché para enviarle un WhatsApp a Verónica y que supiera que estaba adelantando la reunión para que salierámos rápido de ahí, me envió un emoji como respuesta.
Entramos en una especie de oficina y junto con dos de sus escoltas y dos de los míos, nos sentamos en nuestros respectivos asientos.
—Bien, Shane. Creo que la mayoría del asunto quedó aclarado con nuestros asesores y abogados— asentí— No está de más aclarar el hecho de que me siento halagado de que hayas aceptado esta fusión tan beneficiosa para ti como para mí.
—Claro, tú lo sugeriste después de todo— le recordé, le tocó asentir en respuesta— De aquí en más, nada de reuniones íntimas, no me agradan. Todo lo que tenga que ver en relación a los negocios los arreglaremos con previa cita en nuestras oficinas, ¿De acuerdo?— Jeffrey rió con ironía
—¿No quieres conocer los clubes relacionados con el negocio? Sería un descuido de tu parte— añadió— a menos que la parte sentimental sea de mayor interés que los negocios en tu vida, eso lo puedo entender.
—En otro momento con gusto lo haré— dije entre dientes, empezando a ponerme molesto— Y no entiendo a qué viene tu comentario, de igual forma, quiero decir que estoy al tanto de que conoces a... mi acompañante y quiero decir de nuevo, sin sonar repetitivo: Negocios son negocios. Ni tu respiras cerca de mis chicas ni yo lo hago encima de las tuyas— dije cortante.
—Esas son reglas de críos, ¿No crees?— dijo risueño sacándome de quicio— Da igual, no tengo mayor interés en ninguna de ellas. A excepción de...
—¿De Sweet Candy?— Me tocó a mí reírme y vi como apretó sus puños hasta que estos se blanquearon— Ella es la que menos te conviene, creeme. Dejemos en claro algo, Jeffrey— pedí, el movió una mano, conciliador
—Adelante—
—Sweet Candy tiene un contrato conmigo de sumisión y dominación, además de otras cuestiones en las que estamos relacionados. Por eso voy a ser explícito contigo, para que nos llevemos de la mejor forma: Nada. Ni un suspiro. Ni un mensaje. De ninguna forma posible.
Él sonrió, lo que menos esperaba que hiciera pero con una actitud como la suya, era probable. Me puse de pie y el imitó mi gesto, con la diferencia de que tendió su mano a la mía.
—Un placer aclarar puntos contigo, socio— dijo en un falso tono que identifiqué de inmediato.
—Lo mismo digo— sacudí su mano con fuerza y salí dándole la espalda pero cubierto por mis hombres con sus automáticas.
Estaba contando en retroceso, desde el mil, mientras barría la zona para encontrar a Verónica, quién debía de aclararme muchas cosas.
Miré a la pista de bailé y deseé que no estuviese ahí, sentí una especie de alivio cuando me di cuenta de que, en efecto, no estaba. Pero me asusté cuando seguí mirando y no la encontré por ningún lado.
—Señor, ahí— señaló un escolta y miré a donde marcaba con un suspiro de alivio.
Estaba en una mesa sola, con cara de cansancio y definitivamente sintiéndose mal, me acerqué a ella y dio un salto en el asiento, me miraba y se veía tan frágil que me dio miedo.
—¿Caramelito, estás bien?— dije preocupado. Ni todo el enojo del mundo haría que no me preocupara por ella.
—No, Eder. Vámonos ya— dijo con la voz en apenas un susurro. ¿Qué rayos le pasaba?
—Sí, cariño.