Chapter 34: Extra: Desde la perspectiva de Benjamín
Salgo del super con dos bolsas ecológicas —una en cada hombro—, pesadas por todo lo que don Aquino me encargó que le compre. Don Aquino me dio más plata por las dudas no alcanzara para todo, pero hice malabares para que me saliera menos. Tiene jubilación básica, tiene que ahorrar.
Por suerte el Maxi está abierto hasta las nueve de la noche, menos los sábados y domingos. Es el único super en la villa.
—Benja, ¿cómo te va?
—Buenas tardes, doña Vilte —saludo a la señora que siempre va a la vicaría con su nietita, Melina, la nena a la que siempre peinan con dos colitas y chuleta de cualquier bichito; y que ahora se esconde detrás de su abuela—. ¿Paseando con su nieta?
—¡Sí! Vengo de la placita al lao’ de la vía. Íbamos a quedarnos más, pero vo’ vitequetá poniéndose oscuro y corre ese vientito de lluvia. Nos vinimo’ rajando a comprá’ algunas cosas del super, ¡y a la casa!
—Bueno, vayan nomá.
Doña Vilte y su nieta corren al super. Se pierden entre la gente que sale y entra con gaseosas o bolsas con mercadería.
En el camino hasta mi casa veo a más vecinos, que corren a sus casas con bolsas de mercado o vienen del centro con bolsas del super al que fueron.
Sigo por la vereda tratando de acordarme qué otra cosa me falta por hacer antes de tirarme en la cama y descansar por cinco minutos. Anoche el calor no dejaba dormir. Amanecí tan pegoteado que tuve que bañarme otra vez en la mañana siendo que me bañé antes de meterme a la cama. Mis papás también anduvieron en la cocina por la madrugada porque el calor los tenía locos a ellos que comparten una cama. Si ahora viene la lluvia, que así sea, pero me parece que esto en realidad va a ser una tormenta.
Hubo varias durante las vacaciones. Granizadas, baldazos de agua contra la tierra; no hubo noche que no se rompiera el cielo por tanto trueno. A pesar del clima medio loco, no desaproveché el verano, tuve tiempo para ponerme al día con todos los vecinos de la Costanera, sobre todo con aquellos que tuvieron que buscar las chapas que el viento se llevó o ayudándoles con algunos arreglos en sus casas. Jugamos al truco con algunos chicos del barrio que recibieron a sus primos de otras provincias. Salí con mis papás, practiqué guitarra y pasé más tiempo en el coro de la vicaría.
Al pasar por la que era la parada del colectivo que iba al centro, cinco cuadras más delante de la que fue la empresa del nueve —una línea de colectivos que no está más—, me doy cuenta de que tomé la calle que va por la casa de León. Se supone que después de salir del super tenía que doblar a la izquierda, seguir por el pasaje y chocar con la vía.
Chasqueando la lengua, sigo el camino. Ya estoy acá.
¿Qué habrá hecho León?
¿Ángel ya sabrá la verdad?
Espero que al menos lo hayan hablado. Ángel se esforzaba mucho por ayudarlo, aparte de que era bastante tolerante con sus macanas; lo que también estaba mal. Hace rato que Ángel debía dejar a alguien como León, pero supongo que como son amigos desde hace bastante ya saben cómo lidiar con el otro.
Nadie merece que lo engañen; pero claro, cuando uno está esforzándose por bajar la luna, seguro que el afortunado está bajándole el calzón a otro.
Me apuro para llegar a mi casa porque el viento de lluvia, frío como el que sale del frízer o el congelador al abrirlo, es más fuerte cada vez. De lejos se escuchan ecos de los truenos. No quiero andar en esta combinación de frío y humedad que podría hacerme mal. No estoy para gripe en este momento, en unos días empiezan las clases.
Justo cuando llego a la casa de bloques sin revocar, la que está al frente de la de León, no puedo evitar pegar una espiada hacia la izquierda. León y Ángel están con otro señor más alto, pero después él los deja y se mete dentro de la casa. En ese momento a solas, Ángel abraza a León que, después de unos segundos, le da un beso.
Casi tiro las bolsas. Hay dos posibilidades para tener como resultado esa escena: León le dijo a su novio lo que le pasaba conmigo y de alguna manera lograron resolverlo o, la más acertada, León no le dijo nada a Ángel.
Camino hasta la esquina, siguiendo por la misma calle; manteniendo la vista en esa escena. León y yo nos encontramos igual que la primera vez en el curso, nada más que ahora no me parece un chico simpático con pelo color flor de durazno. Sus ojos se ensanchan más que su boca de repente, pero la reacción no dura mucho. En seguida mira para otro lado.
Cuando Ángel vuelve a llamar su atención, no evita cruzar miradas con él, le sonríe descaradamente.
Y sí, parece que no le dijo nada.
Lo peor de todo es que yo sé lo que hizo. Soy partícipe de lo que hizo. Aún si solo fue un simple beso, ya es engaño, ya es ponerle los cuernos a alguien que no lo merece. Tal vez tenía que ponerme las pilas también con ese asunto. Estuve dejándolo todo en manos de León, pero es obvio que es un irresponsable.
Den todas formas, creo que no me podía meter. Es su relación… Aunque, yo tuve algo que ver también.
Acomodo las bolsas en mis hombros y sigo mi camino. Quizás doy pisotones en vez de caminar.
El camino hasta la casa de don Vilte se hace más corto, y cuando llego tengo que olvidarme de todo y tratar de poner una sonrisa sincera. Respiro hondo y toco el timbre de la casa. El primero en enterarse de mi llegada es Pony, el caschi, después oigo la voz de su dueño tratando de controlar al perrito chillón que le regalaron sus hijos. Don Vilte aparece con una sonrisa y brillo en la mirada rodeada de surcos y bolsas de la edad.
—¿Vio que no me demoré? Hasta le encontré yogur en oferta.
—¡Uuuhh! ¡Qué bueno! —Don Vilte me deja pasar—. ¿Había ese coso pa’ desinfectá’?
—Sí, pero está un poquito más caro.
—¡Bah! ¿Qué no sube?
Paso hasta la cocina chiquita con Pony enredándose en mis pies. Parece que la señora que viene a limpiar —cortesía de sus hijos y clave para que ellos no se aparezcan muy seguido— acomodó mejor las cosas de la casa y movió algunos muebles para que entre más luz. Dejo las bolsas en la mesita de la cocina. Don Vilte llega arrastrando su andador y mirando las bolsas con cosas todavía adentro. Yo revuelvo los bolsillos de mi buzo hasta que encuentro el tique y el vuelto.
Don Vilte saca un paquete de galletitas Opera que encontré en oferta. Ahoga una exclamación y me mira con ojitos de niño.
—¡¿Cómo te acordaste?!
—Fue lo primero que metí en el canasto—. Le entrego el vuelto.
Don Vilte me cuenta qué es lo que estuvo haciendo en estos días. Salió más y pudo pasar el rato con sus nietos. A mí me alegra ver la sonrisa y emoción en su cara cada vez que habla de alguna hazaña de sus nietos o de lo que le enseñan. Los nietos seguro que hacen más fácil la vida de un viejito.
—Tomá. —Me alcanza parte del vuelto cuando termino de leerle el tique de compra—. Pa’ que te compré’ algo.
—¡No, no! Guárdeselo para usted.
—¡Agarrá!
Acepto lo que me da. Si le sigo diciendo que no, se va a enojar y yo me quiero ir rápido a mi casa, no volverle a restablecer el humor; pero algunos días tengo que hacerlo de todos modos. Ya me ha tocado tener que vérmelas con su insistencia y otros caprichos que no son fáciles de tramitar y toman mucha de mi paciencia.
—Gracias, pero solo por esta vez. ¿Va a poder guardar todo o le ayudo?
Don Vilte niega con la cabeza.
—Ya me arreglo yo. Vo andá numá a tu casa antes de que llueva.
Apenas salgo de la casa de don Vilte, subo la capucha de mi buzo porque está comenzando a gotear. En el puente casi soy tirado al vacío por el viento que viene de todos lados. También es un espectáculo mirar los relámpagos que alumbran las esquinas del cielo, indicando que en algunos sectores de la ciudad ya llegó la tormenta.
Resoplando llego hasta mi casa. Al entrar encuentro a mi papá tomando mate mientras teclea en su notebook. El papá quita la vista de la notebook y me sonríe un rato, pero en seguida frunce el ceño.
—Se viene con todo la tormenta. —Me saco el buzo porque en la casa sigue embotellado el calor de todo el día—. ¿Qué hacés pa’? ¿’Tas ocupado?
—¿Qué pasa?
—Solo si no estás ocupado.
—Dale, ¿qué pasa? —insiste.
—Si viste algo que podría perjudicar a alguien, ¿lo decís? Qué se yo, por ahí viste que alguien le robaba plata a otro y le vas a decir a la víctima, ¿qué no?
Voy hasta silla vacía que está a su derecha y me siento. Agarro el mate que él estaba tomando. Como parece más mate lavado, echo más yerba y preparo otro.
—A veces, por hablá’, vo’ tenés más líos que el que debería tenerlos. No es bueno andar de metido, pero si a un amigo tuyo le pasa eso, por ahí podés decirle; ya está en él si te hace caso o no.
Asiento, pasándole el mate cuando está listo. Se nota que él estuvo toda la tarde con sus estudios, mira los libros sobre la mesa con mucho desgano y bosteza tanto que le lagrimean los ojos.
—¿Cómo va el estudio? —le pregunto.
—Tal vez me quede hasta tarde.
El papá vuelve a ojear sus apuntes mientras suspira y comienza a teclear otra vez. Se está esforzando hasta dormido por conseguir ese título en seguridad, higiene y medio ambiente en el trabajo. Por supuesto que el papi y yo lo ayudamos tanto como podemos, aparte de estar orgullosos de él.
—¡Uf! —El papi aparece con un paraguas mojado y su capa de lluvia color celeste. Él deja las cosas mojadas en un perchero cerca de la puerta, y apenas se acerca a la mesa el papá deja de teclear un rato para saludarlo con un beso—. El centro es una laguna, como siempre. ¿Qué hacen? —nos pregunta, quedándose un rato al lado del papá —. ¿Cómo vas con eso, amor?
El papá se estira hasta que uno de sus brazos envuelve la cintura de su esposo.
—El pollito llegó recién y esta noche tenés que dormir con una frazadita porque me acuesto tarde… o no duermo directamente.
—Bueno. —El papi hace una mueca y acaricia la mano del papá en su cintura—. Hago una jarra de café y te dejo algunos sanguches de queso para que los calentés si te da hambre.
Después de darle un beso en el cachete al papá, pone su saco sobre mis hombros y me revuelve el pelo.
—Vo no te andés desabrigando, pollito.
Me acomodo mejor en el saco del papi y me quedo un rato más con el papá que ahora tiene una sonrisa sutil pero traicionera en su siempre seria y rígida cara. La mirada antes cansada de repente es suave. Parece que la vida le pesa menos. Sonrío también, levantándome para acomodar las cosas que quedaron en la mesa. Dejo la pava en la hornalla de la cocina y voy hasta mi pieza para buscar una campera qué ponerme; no le voy a ensuciar el saco que va a tener que seguir usando el papi.
Recojo una campera de mi ropero y salgo de la pieza para ir a la de mis papás; e papi ya no está por acá, se lo escucha hablar con el papá en la cocina. Al darme vuelta para volver por donde vine, miro unos segundos la foto del casamiento que mis papás tienen en la pared de su pieza. Siempre, incluso en la casa en la que vivíamos antes, ha estado ahí, recordándoles sus buenos momentos o el momento más importante y bonito de sus vidas.
Si yo sé cómo es el verdadero amor, ¿por qué apañar las tonteras de alguien que no toma conciencia de lo que hace?
Ángel no merece eso. Si no le digo lo que pasa quedaré como un cómplice. Eso tampoco es bueno. También soy parte del problema. Me hice el tonto en vez de prestar atención a las actitudes y las advertencias de Ángel sobre León. Él una vez dijo que hago bien en no seguirle la corriente a su novio. En ese entonces lo tomé como un arranque de celos, pero en realidad me estaba advirtiendo de lo que podría pasar si no era más firme con León.
No voy a ser cómplice con mi silencio.
***
Termino de cerrar las cajas llenas de yuyos que saqué de la casa de doña Jacinta. Su hijo, al que le llaman Pepe, está del otro lado de la vereda acomodando la chatarra que juntó después de despejar el fondo. Él quiere esperar a que pase la camioneta que pasa por el barrio anunciando que lleva chatarra y compra baterías.
El fondo de doña Jacinta es grande y lleno de todo tipo plantas. Como en la casa sus hijos trabajan todo el día ninguno tiene tiempo de revisar qué es lo que hay y ella ya está grande como para mantener tanto terreno. Tienen que juntarse todos los hijos un día y ponerse de acuerdo para tirar cosas o sacar plantas que no aporten nada al fondo de su casa. Cuando milagrosamente logran ponerse de acuerdo, lo que la mayoría de las veces pasa antes de año nuevo o antes de la primavera, me llaman para que les ayude porque su propia no confía en ellos solos sacando el yuyaral de su fondo.
Mi abuelo me enseñó a distinguir diferentes tipos de plantas y aquí en el barrio era como un agricultor certificado por la experiencia. Siempre lo acompañaba así que sus conocimientos pasaron a mí.
Secando el sudor de mi frente miro hacia el otro lado de la calle. Algunos chicos pasan jugando con una pelota y comentando cómo es que van a ganarles a sus rivales.
Pude cumplir con lo que me comprometí a hacer: ayudar a algunos vecinos a pesar de no haber dormido bien porque Pirineo se puso a cantar como poseído y terminé por levantarme a eso de las seis de la mañana, aunque tantos compromisos no me sacaron de la cabeza el otro tema que no me dejó de caminar por la mente.
No veo las horas de ir a la casa de Ángel y decirle todo lo que anduve ensayando anoche mientras mis ojos se negaban a cerrarse.
—Benja, tomá, pa que vayas ahorrando.
—Gracias, doña Jacinta, pero esto se va para el truco.
—¡Algún vicio tienen que tené lo hombres eh! La última vez quedamo desplumao todos.
Cada vez que voy a la casa de don Rosendo, el amigo de mi abuelo, está meta decirme cuando nos vamos a juntar otra vez todos para jugar al truco o a la loba.
—A don Rosendo le andan picando los dedos por jugá —bromeo, poniéndome la campera que alcanzo de la reja de la casa. Desde que llovió hace unos días el tiempo sigue pésimo. —Nos vemos en la vicaría, doña Eulogia. ¡Chau, Pepe! —El hijo de doña Jacinta sacude una mano antes de seguir acomodando la chatarra.
—Sí, cuando pueda me doy una vuelta por ahí. Saludos a tus papás.
Camino para mi casa. Primero tengo que bañarme y después recién enfrentaré los hechos con Ángel.
¿Cómo le voy a decir a Ángel que León andaba engañándolo conmigo?
No es que haya pasado algo más allá del beso medio torpe que me dio, pero fue un beso con intención; aparte de que eso no es de amigos, obviamente. Claro que eso cuenta como engaño. Si León quiere a Ángel no tendría por qué buscar en mí lo que bien puede tener con su novio. Encima, desde antes de todo este lío, León era frío con Ángel y pretendía pasar tanto tiempo conmigo como fuera posible para no estar con quien sí lo merecía.
En mi casa mis papás siguen tirados sobre la cama como estrellas de mar enredadas. Ni siquiera se dan cuenta que llegué ni tampoco voy a molestarlos. Voy directo a mi pieza y busco ropa limpia.
¿Y qué voy a hacer si León ya le dijo a Ángel lo que pasó?
Iría a molestar únicamente, pero me sacaría un peso de encima. Cumpliría con mi parte de al menos decirle; Ángel ya verá que hace con eso.
Después de bañarme dejo los toallones mojados en la soga del fondo de mi casa y agarro de nuevo las llaves de la casa. Mis papás ya están medio vivos otra vez porque por lo menos se recostaron contra las almohadas y ven un poco de tele.
—Pollito, ¿te secaste el pelo? Vo so medio delicao y está medio fresco. —El papi baja de la cama y llega hasta el umbral de la puerta—. ¿Dónde vas a ahora?
—Tengo que ir a ver a un compañero de la escuela.
—¿León? —pregunta el papá en medio de un bostezo.
—Mmm no, eh… me voy yendo.
Salgo rápido de su vista antes de que sigan preguntando más.
—¡Vení antes de las doce! —exclama el papá.
—¡Bueno!
Salgo de la casa directo hasta el puente. En el camino los vecinos que encuentro me preguntan si mañana canto en la misa y les digo que sí y el horario nuevo que puso la vicaría. Como ahora debemos compartir al diacono Rodri con la otra iglesia del barrio de más arriba porque su párroco está enfermo, hay solo una misa los domingos.
No me doy cuenta de que ya estoy en la casa de Ángel hasta que veo la casa de bloques sin revocar en frente de la de León. Como no hay timbre, toco las manos. Alguien en la ventana cerca de la puerta corre la cortina un poquito, pero la cierra en seguida. Fue una espiada rápida que dejó ver un poco de pelo negro. El novio de León sale de la casa, frunciendo el ceño.
—Mmm… ¿Qué hacés por acá? —pregunta apenas se acerca a la reja.
—Tengo que hablar con vo.
—¿De?
—¿Me dejás pasar? —Intento sonreírle—. Es un poco largo lo que tengo que decirte.
El novio de León abre la reja y los dos caminamos hasta la casa. Dentro no hay un solo ruido, lo que me hace entender que sus papás no están. Ángel me lleva hasta el living y se sienta en uno de los sillones de color bordó. No hay ni siquiera un vaso de agua por educación o la invitación a sentarse, pero lo que me sorprende más es el olor a mandarina. Se supone que las mandarinas salen recién en abril y apenas estamos entrando en marzo.
—¿De qué se trata?
Relamo mis labios varias veces, pensando cómo empezar. Es solo decir la verdad, aunque sea horrible y me odie más por eso; es lo único que tengo que contar.
—Es sobre León.
—¿Qué pasa con él?
Alzo la vista y encuentro sus ojos marrones, analíticos y fríos a primera vista. La postura de Ángel no es relajada; solo mencionar el nombre de su novio hace que apriete los brazos sobre el pecho.
—¿Todo va bien entre los dos?
—Dale, decime lo que pasa. No me caes bien, lo sabés.
Con eso en medio, me rindo en intentar suavizar el asunto.
—Mirá, nunca fue mi intención que las cosas terminen así. Yo solo pensé que se le pasaría o no llegaría a tanto…
—Qué cosa —me interrumpe—. Hablá. No des vueltas Benjamín.
—A León lo emborracharon en la fiesta de cumpleaños de mi examiga Carla. Lo llevé a mi casa, pero en la puerta él me dio un beso muy… Ah, hum… Fue algo que podría haber acabado en otra cosa si no lo hubiera frenado.
Por varios segundos no hay respuesta ni expresión de su parte. Para mí ya es muy fuerte. Me quedo sordo por el ruido que hacen los latidos de mi corazón y no siento ni los brazos.
—Te chapaste a mi novio.
—No me gustó ni nada de eso —insisto—. Ya supondrás porqué anduve tan esquivo con León.
—¿A eso viniste? —Ángel frunce el ceño—. ¿Para contarme?
—No me gustaría que mi pareja hiciera esas cosas y tampoco quiero ser cómplice. —Chasqueo la lengua, sentándome en un sillón del frente—. No estuvo bien que León pase tiempo conmigo y a vo te deje de lado, menos estuvo bien que yo no le pusiera los frenos cuando tenía que hacerlo, pero te juro que solo fue un beso y de ahí en más so testigo de lo que pasó.
—Un chape. —Ángel se ríe de manera forzada—. Eso no es nada.
—Es algo cuando estás de novio con una persona. —Ángel y yo cruzamos miradas y puedo decir que hay algo cubierto por esa monotonía en la voz y la expresión inesperada, que no quiere hacer ver—. No te merecés eso; nadie merece que después de haberse portado tan bien termine recibiendo una cachetada, por así decirlo.
—¿Algo más?
—Te digo la verdad.
—Claro que me decís la verdad… —Ángel alza la vista y esos ojos antes fríos ahora tienen un poco más de vida, pero no exactamente un aire bueno y juvenil.
—No estoy mintiendo, ni siquiera me beneficio con esto. Si me decías que ya lo habías resuelto con León, todo bien, me voy y no me vuelvo a acercar a vo, y a él menos, pero no lo sabías y León parece que tampoco te dijo nada y no pensaba decírtelo.
—¿Y? ¿Te dijo algo estando así?
—León andaba más ido que alguien asustado, pero dijo cosas como que era mucho mejor que vo y no veía las horas de… Ah, decía cualquier cosa. —Pongo las manos en alto—. Otra vez, no estoy inventando nada, no tengo por qué hacerlo. No me gusta León.
—Ese chape, ¿cómo fue?
—¿Qué?
—El beso que te dio mi novio, ¿cómo fue?
—¿Eh? —Me levanto para acercarme a él por si acaso escuché mal —. ¿El beso? ¿Por qué querés saber eso?
Ángel se levanta de repete, mirando con indiferencia para otro lado.
—León no besa muy bien. Si más o menos me describís el chape que te dio, confirmo lo que me decís.
—Supongo que fue como una estampada en la cara, si es que eso tiene sentido. León estaba borracho, obviamente coordinación y autocontrol no tenía.
Ángel murmura algo que no puedo escuchar.
—¿Eh?
Mermo la distancia entre nosotros y de repente Ángel me comience a besar. Pongo mis manos en sus hombros para empujarlo, pero él engancha sus brazos en mi espalda y quedo quieto no solo por la fuerza del abrazo sino también por el dulce sabor a mandarina. Trato de abrir la boca para decirle que corte con esto, solo que no me pongo a pensar que al hacer eso le estoy permitiendo que vaya más allá de mis labios.
Ángel termina jugando con mi lengua y haciéndome perder toda la determinación que tenía para ponerlo en su lugar. Tengo que sostenerme de él cuando siento que las rodillas me tiemblan como todo el cuerpo. Mi alma fue robada al instante en el que él toma unos milímetros de distancia.
—¿Así te besó? —Su cálido aliento hace cosquillas a mis labios sensibles y siento unas ganas de volver a saborear la dulzura de la mandarina esparcida en su boca. No respondo, quizás hasta espero que vuelva a pasar—. Benjamín, ¿así te chapó León?
Al escuchar ese nombre empujo a Ángel y retrocedo antes de que haga cualquier cosa, golpearme o besarme de nuevo; cual cosa peor que otra.
—¡¿Qué hacés?!
—Solo fue un chape, Benjamín, no importa. —Ángel acentúa su desinterés con un gesto de la mano—. Olvidáte como yo capaz me olvide de lo que me dijiste.
—¡A vo puede ser que un beso te chupe un huevo, pero por mi lado es diferente! —Salgo de mi estupor, pero ya no tengo tanta paciencia como antes—. Yo no quería que mi primer beso fuera con un chico con novio y, encima, en pedo, acorralándome en la puerta de mi pieza. A mí me importan las intenciones por las que hacen las cosas y el por qué. ¡No tenías que besarme así!
—¿Te vas a enojar por eso?
—¡Obvio! ¡¿A vo te parece que me encanta andarme chapando con cualquiera?!
Él parece reconocer lo que le digo; baja la vista unos segundos. De repente se ve más vulnerable, cansado y herido. Ángel, que no parece ser una persona frágil porque tanto su presencia como su fuerza dicen lo contrario, ahora parece una esponja dispuesta a absorberlo todo.
Mi enojo en seguida se suaviza, pero todavía tengo ganas de reclamarlo por lo que hizo.
Puede que decir que no me beso con cualquiera fue un poco drástico…
—El amante de mi novio toma más responsabilidad del asunto que mi propio novio. —Se ríe. Volvemos a mirarnos, pero yo no paro la mirada en sus ojos, me fijo en sus labios rojos y en movimiento—. Bueno, al menos esta vez alguien se hizo cargo. Veré qué hago con la información que me diste.
Ángel me acaba de dar un beso que no quería recibir. No me gusta la gente que se pasa de la raya, pero tampoco es como que realmente pueda reclamarle como tanto quiero. Me dejó estúpido y vulnerable. Tal vez, más que para vengarse, fue una forma de demostrarme cómo se siente ser el cornudo, aunque no hacía falta, yo sé que después de escuchar la verdad se sentiría herido.
—Creo me tengo que ir. —Alzo la vista y me encuentro con que Ángel asiente, un poco ausente de lo que pasa alrededor—. No te preocupés, no quiero a León y no vamos a ser amigos de nuevo.
Los dos caminamos afuera de la casa. Para mí es difícil evitar la tentación de lamer mi boca para volver a sentir el sabor de ese beso por el que debería estar más enojado.
—Olvidáte del beso que te dio él y el que ligaste de mí —dice, abriendo la reja para que salga—. Es lo mejor que podés hacer.
Ángel cierra la reja tan fuerte que me hace cerrar por un segundo los ojos.
Haciendo mi camino hasta la casa olvido que me resistía a probar mis labios. El suave palpitar por la fuerza puesta en esa zona sigue ahí mezclándose con el dulzor y la acidez de la fruta. Tal vez esa fue la sensación que recorrió el cuerpo de los primeros humanos al probar el fruto prohibido una vez y caer en el pecado para siempre.
The End
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