Chapter 2: CAPÍTULO I: SUEÑOS SAPIENTES (1)
En la cima de una nublosa montaña, perdida sobre la preciosidad del cielo de un reino, tres hermanas se encontraban ante la insidiosa fortuna del destino. El gran evento tradicional de aseveración, donde los descendientes directos del rey afirmaban la lealtad a su sangre; lealtad a la nobleza. Para Amara, la hija del medio, se trataba del momento más importante de toda su vida. Para su hermana menor, Rita Abhir, era un momento como cualquier otro del reino: tedioso y sofocante.
El evento fue ciertamente una gran ceremonia. El pueblo se reunió en la Gran Plaza de la Torre Central para ver a Las Hijas del Rey partir. Las princesas fueron revestidas con trajes extensos y hermosos, bordados de las más preciosas gemas de los bosques de La Región. Aquellas con las que gozaba la prosperidad del monumental Feudo de Aramordt, el más grande del Norte. Y el tiempo no iba a esperar más; había llegado el gran día. Había llegado el gran momento. La razón por las que se les había preparado profundamente a las dos, durante sus trece años.
Tal y como lo planteaba la tradición, los descendientes debían ser guiados hacia la cúspide de la montaña, por un ser que no fuese ninguno de sus progenitores; en este caso, ni la reina, ni el rey. Este guía debía ser escogido por el mismo descendiente, con autonomía y libertad. Y, debido a que Rita cumplía los trece años dos días después que Amara, era conveniente que su hermana mayor Ceres, General del Ejército de Adheon, fuera la guía para ellas dos. Llevándolas hacia al gran evento, al mismo tiempo.
Oportuno, pues la hija del medio había escogido de corazón a su hermana mayor, y a la hija menor le daba completamente igual esta decisión. Ceres entonces, se vistió de una capucha azul especial, encajada con franjas anaranjadas; su espada a la derecha, y su célebre lanza de bronce en su mano izquierda. Y en un camino repleto de columnas de fuego, ante la puesta de un cielo anaranjado, junto al sonido de innumerables trompetas y tambores resonando a la vez, y la continua aclamación de un pueblo enardecido, exaltado, las hermanas partieron del reino en la caída del alba del vigésimo séptimo día del Ciclo Leorian. En el cumpleaños de Rita.
A las hermanas les tomo medio día escalar la montaña. Al llegar a la cima de ella, un claro septentrión se mostró sobre los brazos de la montaña, despejada entre la neblina delirante. El lugar era tan alto que se podía apreciar todo el horizonte de La Región. Los primeros rayos del día desfilaban ante la pesada vista de las hermosas princesas, las cuales no se habían detenido hasta llegar al extraño lugar.
Más adelante, en el ápice de la montaña, se encontraban dos pilastras pequeñas; justo en el borde del elevado terreno. Ambas pilastras, poseían un cristal suspendido encima de ellas.
Una de ellas poseía un cristal rojo. Dentro de él, reposaba una energía de fuego; flotaba místicamente por su propia cuenta sobre la cuadrada pilastra. La siguiente pilastra era redonda, y también poseía un cristal místico, aunque este era incoloro, transparente. Proveniente de un dominio indefinido; una naturaleza desconocida.
–¿Cuál es nuestro deber? –pregunta Amara.
–Perder el tiempo, como lo es usualmente–exclama Rita-–. Toda esta caminata, todo este esfuerzo, ¿para qué? Para encontrarnos nuevamente con estos deberes ilusorios. ¿Es para este ritual tan decepcionante que nos han insistido todos estos años?
–Aquí deben dejar los prejuicios a un lado –impone Ceres–. El deber es corroborar su firmeza, su lealtad. El deber es corroborar la esencia por la cual viven, aquella que habita dentro de su corazón. Por primera vez, tendrán la oportunidad de decidir la verdadera energía por la cual rige su ser, y no necesariamente la que han sido inculcada todos estos años. Fuera de necesidades. Fuera de obligaciones. El reino no debe tener descendientes con lealtad forzada. Mi padre necesita saber que puede contar con nosotros, que puede confiar en ustedes. Y que ustedes creen en la voluntad de él, y lo hacen así porque así lo desean desde su corazón. Solo a través de esta prueba, el destino podrá revelarnos la verdad sobre las dos. Aquí, no hay forma de engañar.
–Deben acercarse hacia ambos cristales–continúa la princesa mayor–, y deben sentir las profundidades de ambas energías. Primero, deben conectarse con el cristal de fuego. Ser honestas con ustedes mismas. Apreciar la luz que late dentro de sus corazones, y reconocer la valentía, la fortaleza, y la seguridad que esta ofrece para ustedes, para siempre. Dicha de ser descendientes del linaje de fuego.
–Luego, deben desprenderse de este vínculo–prosigue Ceres–, y conectarse con el cristal transparente. Proceder, hacia los misterios que le rodean. El enigma de lo que puede ser, de lo que se puede convertir en mí. ¿Están mis instintos tratando de definir un camino diferente, de una vez por todas? Es la única y última oportunidad que tendrán para decidir esto.
–Y cuando hayan sentido estas emociones en su corazón –extiende la hija mayor–, deberán escuchar su intuición, y deberán escoger uno de los dos cristales. La palma de su mano derecha debe tener una apertura, para que el cristal conecte con su sangre. De esta manera, la esencia puede ser definida y el proceso logra ser completado.
Ceres entonces, con una pequeña navaja, cortó un poco la palma derecha de Amara; la guío hacia las pilastras del Monte Curul, y ante la refulgencia de ambos cristales, la hija del rey debía tomar su decisión.
–Ceres– exclama Amara, dudosa–. ¿Qué sucede si escojo el cristal transparente?
–Nadie sabe –responde, serena–. Ningún descendiente ha escogido jamás este cristal. Algunas cosas están hechas para no saberlas