Chapter 5: V

Planeta Sarconia, provincia del Imperio Lothariano

Una violenta batalla se libraba en las pedregosas tierras del Planeta Sarconia, un mundo mayormente montañoso y árido. Debido a su escasa vegetación y a que el agua en la superficie era exigua (pues en su mayoría corría por yacimientos subterráneos), el planeta era apodado por los Anaki como “la Piedra”.

La contienda entre los dos bandos era desigual, aún así sangrienta. Los soldados Anaki con sus naves espaciales de avanzada tecnología que bombardeaban las rocallosas cordilleras que servían de escenario para el enfrentamiento y los gigantescos tanques que flotaban a escasos centímetros del suelo y disparaban cañonazos de fotones que despedazaban los blancos. La maquinaria bélica enfocaba su fuego en un complejo cavernoso que tenía al frente y que servía de parapeto para un grupo rebelde de nativos mal armados y peor entrenados, con tecnología casi obsoleta.

Los cañonazos de fotones hacían pedazos la estructura cavernaria dejando una humareda en el cráter remanente y el bombardeo de las naves que pasaban silbando sobre las montañas hacía añicos las apaleadas montañas, pero la contienda estaba por volverse más cruenta. Los rebeldes atrincherados respondieron al fuego con morteros y explosivos que lanzaron de entre las bocas de las cavernas. Los proyectiles teledirigidos se dirigieron hacia sus blancos haciendo estallar uno de los tanques con todo y tripulantes dentro, así como dañando severamente algunas naves. Nuevos contraataques de los aborígenes provocaron la destrucción de una de las naves que se estrelló causando una luminosa explosión en el farallón donde chocó.

—¡Malditos salvajes! —expresó Zammara Larg, una hermosa mujer de treinta años, de cabello negro ondulado y cuerpo escultural mientras observaba lo acontecido desde una trinchera. Como capitana de escuadrón se encontraba comandando a las tropas encargadas de suprimir la rebelión.

—Esa tecnología teledirigida —conjeturó su teniente— sólo pudo serles suministrada por la Confederación.

—Nos preocuparemos por la política luego —dijo Zammara contemplando la situación con sus binoculares— por ahora no queda más remedio que usar la infantería. Desplieguen a los soldados…

—Sí, señora —respondió el teniente y dio la orden a una multitud de soldados uniformados de rojo y ataviados con un casco que les cubría el rostro, que cargaran en estampida hacia las cavernas disparando sus rifles láser.

Los soldados eran cubiertos por los disparos de los tanques y mientras ellos corrían hacia el territorio enemigo sobre las polvorientas piedras las gigantescas máquinas de muerte sobrevolaban a su lado. La lluvia de láseres letales fue respondida desde el interior de las cavernas. Los rayos láser golpearon los cuerpos de muchos soldados Anaki haciéndolos gemir agónicamente conforme perdían la vida y colapsaron sobre el suelo empedrado con horrendas quemaduras humeantes. Aunque las heridas láser generalmente cauterizaban la carne, algunas veces atravesaban la piel provocando un derramamiento de sangre que, en el caso de los Anaki, era de color verde.

Cuando los soldados Anaki se aproximaron lo suficiente pudieron ver a los nativos Sarcones como emergían de sus madrigueras. Se trataba de enanos nunca superiores al metro sesenta, con extrañas corazas de piel muy duras que les protegían la parte posterior de la cabeza y la espalda, tenían dos ojos rojos y redondos, un hocico alargado y porcino, colmillos agudos, manos y piernas con cuatro dedos afilados como garras y sólo vestían taparrabos. Dicha especie era sensible a la luz solar ya que habían evolucionado para llevar vidas subterráneas, de allí que tuvieran corazas para protegerse de los derrumbes, garras para aferrarse de las paredes y unos ojos especializados para ver en la oscuridad. Para los Anaki eran simples monstruos.

En cuanto los soldados estuvieron cerca de las cavernas uno de los Sarcones emergió —protegiéndose los ojos con gafas oscuras— y les lanzó una granada. El explosivo asemejaba una especie de cubo cristalino, se veía como un juguete de niño pero era letal. El cubo aterrizó en el suelo justo donde una buena cantidad de soldados transitaba y comenzó a emitir un silbido ensordecedor que servía de alerta y usualmente era lo último que escuchaban sus víctimas. Los militares intentaros escapar pero la potencia destructiva del artefacto era tremenda y cuando explotó emitió una ola de energía que consumió a todo ser vivo alrededor. Los cuerpos de los soldados eran elevados por el aire mientras los empujaba la diabólica invención y sus carnes consumidas hasta reducirlos a esqueletos calcinados.

Pero aún esto era insuficiente para detener la horda de los Anaki. Algunos soldados sobrevivientes llegaron a las puertas de las cavernas y tiraron en su interior un diferente tipo de bomba de forma esférica que se introdujo por los lóbregos corredores y luego corrieron lo más lejos que les fue posible. La bomba estalló dentro de las cuevas asesinando a una buena cantidad de las criaturas subterráneas.

—Parece que los rebeldes se retiran, señora —alertó el teniente.

—Nunca los encontraremos en el subsuelo —aseguró esta— ellos conocen las laberínticas cuevas como la palma de su garra. Ordene la retirada a los soldados y haga que las naves bombardeen la cordillera hasta hacerla trizas.

—Sí, señora.

Planeta Orión , Sistema Orión Nexus, Constelación de Orión. Capital del Imperio Lothariano

La nave donde viajaba Osthar se materializó tras semana y media de viaje después a través del hiperespacio. Un pasadizo cósmico de brillante luz blanca se dibujó rompiendo la negrura del espacio y por ella emergió el vehículo interestelar.

El Sistema Orión Nexus era uno de los más concurridos de toda la Galaxia. Innumerable cantidad de naves espaciales tanto civiles como militares arribaban o partían incesantemente. Orión , capital de una de las mayores potencias galácticas, era el cuarto planeta de su sistema. Un planeta rocoso con una atmósfera oxigenada, grandes extensiones continentales (el 52% de la superficie del planeta era tierra y el 48% de agua) con todos los climas imaginables.

Rodeado por naves interestelares, millones de satélites artificiales, varias estaciones espaciales y dos lunas, el planeta había sido despojado de casi todas sus áreas verdes y desde el espacio se veía gris y urbanizado, como si fuera una enorme bola metálica. Los continentes habían sido en su mayor parte cubiertos por gigantescas ciudades que consumieron toda la naturaleza, excepto ciertas áreas especiales para el cultivo, y los océanos también habían sido recubiertos por enormes proyectos urbanísticos sobre plataformas marinas.

Osthar salió de la nave en una cápsula de transporte unipersonal con la cual penetró en el planeta. El cielo era nublado por un tráfico multitudinario de naves y aerotransportes. La ominosa Ciudad Capital, sede del gobierno, se alzaba titánica por kilómetros y kilómetros de infraestructura urbana. Osthar finalmente se aproximó a su destino; el Palacio Imperial.

Uno de los edificios más grandes de la Galaxia Conocida, el Palacio Imperial era una asombrosa estructura con miles de años de antigüedad, exuberantes jardines, fuentes maravillosas, un conjunto de mansiones intrincado con todos los lujos que podía querer la Familia Imperial.

En cuanto su vehículo ingresó al área restringida de vuelo que cercaba el Palacio una voz robótica dijo:

Identifíquese por favor.

Al decir esto, automáticamente la pantalla de su transporte se tornaba roja con letras en alfabeto siriano que reiteraban las palabras pronunciadas por el computador. Osthar colocó sus dedos en la pantalla táctil agregando su código personal. La pantalla se tornó verde y, tanto por escrito como con sonido, anunció:

Gracias, General Larg, bienvenido.

Descendió de su transporte en el hangar más cercano a su destino. Vestía un uniforme de gala, de larga capa, decorado con las medallas y condecoraciones que había recibido, y con una faja gris que recorría el pecho de su traje desde la cadera derecha hasta el hombro izquierdo. Las botas eran de color negro impecable y brillante, la barba estaba perfectamente bien recortada y el largo cabello amarrado en una ajustada cola y sin una sola hebra fuera de lugar.

Finalmente llegó hasta el Salón del Trono.

—Su Excelentísima Majestad Imperial —dijo el chambelán— ante su presencia, el general Osthar Larg.

Osthar se adentró ante su soberano con porte y marcha militares caminando por los pisos adoquinados en mármol y rodeados por columnas dóricas y sedosas cortinas. El Salón se encontraba engalanado con estatuas de los dioses y las fotografías enmarcadas de todos los emperadores desde el casi mítico Primer Emperador hasta el padre del actual. Una vez cerca del magnífico trono dorado donde se regodeaba el Emperador, hizo una pronunciada reverencia.

—A sus órdenes, Su Alteza Imperial —declaró. El Emperador era un sujeto de edad madura, delgado, un poco fornido a pesar de los excesos, ataviado con un uniforme militar de gala, perfectamente bien rasurado y rodeado por los concejeros y ministros de la Corte Imperial (todos hombres), bellísimas concubinas de su harén, algunos esclavos preparados para cumplir todas sus órdenes y satisfacer todos sus requerimientos y, sobre todo, una escolta de fornidos y silenciosos guardaespaldas con uniformes militares.

—Bienvenido, General —dijo el soberano con desdén. Uno de sus concejeros se aproximó y le recordó al oído la identidad del militar. —¡Ah, claro! —dijo y luego agregó— mis más sinceros agradecimientos por salvar a mi sobrina política.

—Cumplía con mi deber, Su Gracia.

—¿Está casado, Osthar?

—Sí, Su Alteza.

—¿Cuántas esposas tiene?

—Dos.

—¿Sólo dos? Son muy pocas. Oye tú —dijo a una atractiva esclava que sostenía una bandeja con alimento cercana al trono— ahora perteneces al General, haz lo que él te diga.

La muchacha reverenció y se acercó a Osthar sumisamente.

—Muchas gracias, Su Majestad —dijo Osthar— pero sinceramente no es eso lo que quiero.

—Bueno pues ¿Qué quieres? Tienes derecho a pedirme lo que desees.

Osthar lo pensó una última vez, aunque lo había repasado miles de veces en su cabeza.

—Deseo ser asignado a Sarconia.

—Una petición muy extraña —afirmó el Emperador— pero si es lo que quieres, así será. Espero verte en la cena que realizaré hoy en el Palacio.

—Allí estaré, Majestad —dijo— con su permiso —y reverenciando una vez más se retiró. Al salir del Salón del Trono se le aproximó una importante figura que Osthar conocía bien. Se trataba de un hombre fornido por el entrenamiento militar, de aspecto imponente y cabello corto bien peinado. Emitía una pulcritud increíble, tanto en el porte de su uniforme detalladamente ordenado, como en su higiene personal. Corrían rumores de que aquel hombre era algo excéntrico con la limpieza. Era el Comandante General del Ejército Imperial Anaki, uno de los hombres más poderosos del Imperio.

—Disculpe, general Larg, ¿puedo hacerle una pregunta?

—Por supuesto, mi Señor —respondió con sumo respeto.

—¿Por qué Sarconia, general Larg? Si no le molesta que le pregunte. Pudo haber pedido la asignación a servir aquí mismo en la Corte Imperial de haber querido. ¿Por qué escoger un planeta sumido en un violento conflicto?

—Talvez algún día tenga la cabeza y el estómago para soportar el ser un burócrata en las tediosas fiestas y reuniones del Palacio o que soporta las puñaladas tramperas, traiciones, manipulaciones e intrigas de la Corte Imperial, pero por ahora deseo acumular la gloria como un guerrero Anaki librando al Imperio de sus enemigos. Así, cuando tenga una posición bien ganada dentro del Gobierno será para siempre y no será un endeble y cambiante puesto administrativo.

—Gracias por su honesta respuesta, General, puede retirarse. —Osthar realizó un saludo militar y partió. El Comandante General pensó que no era nada tonto. Dispuesto a sacrificarse a corto plazo para tener mayores réditos a lo largo… incluso talvez era un hombre… peligroso…

Planeta Shaggath

—Estoy preocupada por mi esposo, querida Nashara —le dijo la aristócrata Linnath a su esclava que en aquel momento se encontraba cuidando a las dos niñas pequeñas de su ama, a quienes prácticamente había criado como una madre.

—¿Por qué, mi señora?

—Siempre he sabido que ama más a Zammara que a mí. De no ser porque Zammara es estéril sin duda ni siquiera se abría casado conmigo. Lo nuestro fue un matrimonio por conveniencia.

—Pero mi señora, la religión Anaki prohíbe expresamente que utilicemos métodos de fertilización artificial. La capitana Zammara no tiene forma de concebir un bebé si no es natural…

—Lo sé. El problema es que yo, aunque soy fértil, no logro tener un hijo varón que sirva de heredero para mi esposo y, dada la misma prohibición que me impide determinar el género del bebé mediante ingeniería genética, no tengo más remedio que pedirle a los dioses que me den un varón o que mi esposo no se divorcie de mí motivado por alguna mísera piedad.

—Bueno, mi señora, hay una leyenda que dice que la Bruja Gorgoniana puede cumplir cualquier deseo.

—¿La que?

—Es la gobernante de las mujeres gorgonianas. Verá, los gorgonianos hombres y mujeres no se mezclan nunca para nada, salvo para procrear. Tan es así que hasta tienen lenguas diferentes. Cuando una mujer gorgoniana tiene un varón lo deja en el pantano para que, con suerte, los hombres lo encuentren antes que un depredador y lo críen. Ellas conservan a las bebés mujeres y las cuidan mucho. Incluso hay quien dice que las mujeres gorgonianas son caníbales y salen a matar hombres a quienes devoran…

—¡Que asco! Omite esos detalles y dime lo de la bruja.

—La leyenda dice que cumple cualquier deseo a quien sea tan valiente como para entrar a su territorio y pedírselo.

—Debe de haber un precio…

—Sí. Es como un pacto con un demonio ¿no cree?