Chapter 16: epílogo
El viaje a Paris no fue largo; pero encontrar la ubicación de Ariana Greifol tomo alrededor de medio día ya que la dirección de la residencia no era del todo clara para Lorraine y Alfred Rigan.
El lugar donde se encontraba Ariana Greifol dejó inquieto a Alfred Rigan porque ya lo había visto anteriormente en sus sueños. El hogar tenia el mismo balcón plateado y se encontraba peculiarmente muy cerca a los campos elíseos totalmente escondido entre dos inmensas edificaciones.
La pequeña edificación le genero algo de pavor a Alfred una vez dentro de él. El lugar se hallaba completamente deshabitado, o al menos eso aparentaba porque no se escuchaba ruido alguno, además, aparentaba ser desafiante al momento de subir las escaleras que se proyectaban eternas.
Alfred y Lorraine subieron incontables veces por los escalones caracoladas y contemplaban una y otra vez el número 204 de una puerta. Según la información dada por Robert Greifol, Ariana vivía en el apartamento 400; de modo que debían seguir subiendo; pero no lograban porque al parecer se encontraban en un juego de mal gusto echo por Ariana Greifol o tal vez por la misma Eliade.
Mientras seguían intentando subir las escaleras una gigantesca sombra emergió del suelo y pronto comenzó a desprenderse un humo con olor a azufre y a cané mortecina; segundos después aparece una dama de manos delgadas de color verdoso y escamoso cuyo rostro era cadavérico y sus colmillos eran afilados.
El demonio ahora ya tenía su verdadera forma, de la sensual dama que había conocido antes Alfred ya no quedaba nada y ahora le generaba pavor con solo contemplarlo.
Por fin pudo también verla Lorraine, lo pudo notar Alfred al contemplar que se había quedado atónita e inquieta y sus labios temblaban de miedo cuando Eliade se le fue acercando lentamente. Alfred trato hacer algo al respecto, pero su cuerpo no respondía, solo pudo contemplar como Eliade agarró a Lorraine de su brazo y la hundió en las sombras mientras ella se ahogaba en un grito profundo y estremecedor, luego el humo comenzó a dispersarse y pudo notar que ahora se encontraba en el cuarto piso donde se hallaba la habitación de Ariana Greifol.
Alfred comenzó a sentirse vencido por encontrarse solo al frente de la habitación. La compuerta se abrió sola y desde el interior se comenzó a percibir una gran cantidad de azufre y otros olores desagradables que hicieron marearlo. Sin tener más alternativa Alfred ingresó al apartamento, en interior encontró todo desordenado, los muebles estaban destrozados y los cojines rasgados, los cuadros quebrados y arañados, el piso también tenía algunas marcas de uñas y sangre, había ropa por todos lados en deplorable estado y algunos residuos de comida pegados en el techo.
A Ariana Greifol la halló en su habitación arrodillada en el suelo con su cabello desgreñado que le llegaba hasta el suelo. Casi no podía observarse su rostro del cual emanaba un fuerte soplido, se encontraba semidesnuda, su blusa estaba rota y podía contemplarse que se había lastimado sus senos con las uñas al igual que su abdomen delgado.
―Mon amour, por fin has llegado y has cedido a los deseos de mi protectora, acércate, te esperaba―Ariana extendía sus esqueléticas manos temblorosamente, el joven Rigan sin dejarse llevar de su estado buscó las palabras más adecuadas para convencerla de dejar su alocada idea.
―No me parece que sea una buena protectora Ariana, mira el estado en que te encuentras; por favor para esto, ambos estamos sufriendo y debes entender que ya no podemos estar juntos como una relación de pareja; pero puedo ofrecerte mi amistad.
―Huelo tu mentira, tu nueva compañía desea quitarme el amor de mi vida, te percibo navegando en la oscuridad; pero pronto veras la luz― Ariana se levantó del suelo con unos movimientos extraños, sus pies tambaleaban y su respiración se agitaba más rápido.
Alfred comenzó a notar que su cuerpo se paralizaba y solo podía contemplar a Ariana acercarse lentamente.
El miedo empieza a apoderarse de su mente y su voz estaba ahogada para pedir auxilio. Sin esperanza alguna, Alfred Rigan es hechizado por Ariana Greifol, la cual comenzó a decir unas frases extrañas y guturales.
―Pronto estarás conmigo amor mío y seremos felices por siempre― Ariana Greifol comenzaba a reír histéricamente. Ahora sus ojos son de un color rojo vivo y sus pupilas no parpadeaban; era como si estuviese en un trance al recitar aquellas extrañas palabras en voz alta que hacían caer a Alfred Rigan en sus redes.
Oscuridad. Eso era lo único que podía ver Lorraine Walts en los alrededores, ni siquiera podía ver sus manos, hacia el fondo percibía gotas de agua y algunas risas de niñas. Lorraine caminó de un lado a otro guiada por las pequeñas risas, el eco de sus pasos le generaba miedo y trataba de alguna manera poder tranquilizarse y salir de ese lugar. En el recorrido comienza a llamar a Alfred por los alrededores para obtener alguna respuesta; pero no tiene éxito alguno.
La dama siguió inspeccionando el tétrico lugar donde no se percibía ningún aroma y la estaba transmitiendo hacia un lugar familiar de su pasado. Ella quiso pensar de que no estaba reviviendo ese suceso; pero pronto descubriría lo contrario.
Después de una larga caminata logra encontrar a una niña de cabellera larga y oscura que jugaba a las muñecas con otra niña de cabellera roja.
Pronto surgió la luz y se encontraría en su hogar de la infancia, la niña de cabellera negra llevaba vestido un traje de flores que le llegaba hasta la pantorrilla y unas botas de cuero, sus ojos de color miel eran similares a los de Lorraine y su rostro tenía unas pequeñas pecas que hacían lucir a la niña cierta ternura.
Un estruendoso ruido se escucha en el pequeño lugar y luego se percibe un susurro que decía: «todo mundo oculta algo oscuro en su pasado». Aquella tétrica voz inquieta a Lorraine Walts, la cual contempla a la niña de cabellos negros alejarse asustada del lugar y deja sola a la otra criatura de cabellos rojos.
Lorraine se inquieta y se acercó hacia ella. Cuando llega a su lado contempla que se encontraba petrificada, sus manos tenia marcas de correas y yacía llorando. Lorraine Walts quiso tocarla; pero su marcha fue interferida nuevamente por el estruendoso grito― «aquí nada está oculto, este punto será tu perdición» ― la dama empieza a temblar. La oscuridad comenzaba a reinar nuevamente el lugar y pronto la niña de cabellos rojos había desaparecido de su vista.
― «por favor no lo hagas, por favor papa» ―impulsada por el miedo, Lorraine se dirigió hacia los gritos. Ella no podía creer que estaba reviviendo nuevamente su tétrico pasado puesto que ya había asimilado ese echo de su infancia con algo de dificultad.
Tenía para entonces Lorraine unos ocho años, y como lo estaba contemplando ahora, se encontraba en casa con su hermana. Su madre había salido a trabajar y se encontraban custodiadas por su padre el cual era un hombre vigoroso de gran estatura, de fuerte carácter e impulsos incontrolables. Normalmente siempre llegaba borracho y buscaba a su madre para pegarle, desataba casi siempre su irracional ira con ella sin generarle daños internos; pero si le ocasionaba algunos inmensos moretones en su piel y en su rostro, los cuales sabia ella cubrirse bien con maquillaje.
Cuando su madre no se encontraba en casa, el padre desataba su ira con su hermana mayor. En esa ocasión la niña de cabellera negra y falda floral corría sin cesar por los pasillos de la casa buscando refugio; pero el hombre logra atraparla y comienza a pegarle.
Lorraine se siente pasmada al contemplar nuevamente el vestido blanco de la criatura manchado de sangre, ahora la niña de cabellera negra logra escaparse del hombre y se oculta en un pequeño cajón de la cocina.
― «necesito salir de aquí» ― Lorraine comenzó a llorar, cerraba los ojos y respiraba profundamente.
Bajo ese fuerte impulso de romper ese tétrico recuerdo, la doctora se dirigió entre la oscuridad hacia el comedor palpando la pared mientras escuchaba los sollozos y suplicas de su hermana.
Lorraine por fin llega al pequeño comedor donde había un poco de luz. Aquel lugar no fue del todo conmovedor ya que encontró sangre por todos lados y un cuchillo que se solía usar para la carne manchado del líquido rojo.
Al fin pudo encontrar a su hermana, su cuerpo inerte la derrumbó de inmediato al suelo. Como pudo, la alzó con fuerza y la veía totalmente pálida con los ojos perdidos en el horizonte.
―Como deseo que esto no hubiera pasado así hermanita― Lorraine besaba incesantemente a la niña, en ese instante comenzaba a descompensarse y perder el horizonte.
―Aquí no hay escapatoria, tu pasado es un fantasma que te atormentará hasta el último momento en que dejes de inhalar. Este es un juego sin fin, vivirás esto una y otra vez, escucharas el grito de tu hermana hasta perder la cordura y tú misma acabaras con el delirio, de eso estoy totalmente segura― expresó una tenebrosa voz.
La tétrica voz se apagó de inmediato, Lorraine contempló como su hermana desaparecía de sus manos manchadas de sangre. Nuevamente fue absorbida en la oscuridad, pronto comenzó a escuchar risas y contempló que reaparecían otra vez las niñas jugando.
Un espejo roto era lo que observaba ahora Alfred Rigan― «que parecido tiene esta situación con la esquizofrenia» ― las peculiares palabras se escuchaban una y otra vez. ― ¿no deseas salir de este estado? ¿reconstruir este espejo y verte completo? Solo eres una pieza dividida en miles de fragmentos, tu cerebro no es una maquina completa, yo te la puedo reconstruir, solo dame la tu mano.
Era una tétrica mano color verdusco la que aparecía Detrás de Alfred Rigan. El joven aun estaba petrificado por el cantico de Ariana. Ahora solo observaba a Eliade resurgir de las tinieblas con su cabellera roja y larga, su rostro cadavérico y sus ojos brillantes dejaban a Alfred alterado sin posibilidad de poder hacer algo.
― ¿En verdad no deseas que todo termine bien mon amour? Aquí todo es más fácil, tan tranquilo como sentir la brisa del mar. Solo debes entregarme la mano como ya lo has hecho una vez cuando te vi por primera ocasión acostado en esa cama, ¿lo recuerdas verdad? De esa manera todo terminara y no habrá manera de que el mundo nos separe.
Alfred Rigan gritaba sin parar; pero su voz comenzaba a ser ahogada por Eliade que seguía jugueteando con su víctima como una araña pronto a consumir su siguiente presa.
Sumida entre el delirio y la oscuridad, Lorraine Walts buscaba a tientas una escapatoria de aquel tétrico recuerdo.
Con el transcurso del tiempo la dama comenzó a sentirse perdida y se sentía cansada de ver corretear a su hermana y huir de las garras de su padre. Ahora su mente se quebrantaba paulatinamente, hasta un punto en que estaba ya optando por tomar a tientas el cuchillo de la cocina y acabar con todo; pero entre esa temible oscuridad aparece un rayo de esperanza.
La respuesta de su escapatoria por fin pudo encontrarla con la única pieza que no encajaba en el tétrico lugar. La niña de cabellera roja que siempre aparecía en su recuerdo fue su gran ayuda, para esta ocasión opta por buscarla y le fue realmente difícil. Aunque la casa era pequeña parecía ampliarse hacia el infinito, surgiendo entre la oscuridad una infinidad puertas blancas.
Peculiarmente la encuentra en el cuarto de su hermana acurrucada en el travesaño de la cama llorando. Sin entender que sucedida, Lorraine la toca, en ese instante la oscuridad se dispersa y pronto se encuentra en un lugar donde se hallaba Alfred Rigan mirando fijamente un espejo.
Lorraine corrió deprisa hacia él; pero una pared invisible no la dejaba continuar. Sin tener otra opción buscó un camino alternativo y se dirigió deprisa hacia una pequeña luz que se contemplaba al horizonte de donde se comenzaban a escuchar unas voces.
―Su nombre es Eliade ¿departamento de policía me escucha? Es una niña la que hemos encontrado dentro de los escombros, la llevaremos a un lugar más seguro, el resto de la familia ha muerto en la catástrofe.
La señal fue interferida, la oficial de policía encendió deprisa el automóvil y dejó a un lado el intercomunicador, luego mira de reojo el retrovisor para contemplar a la petrificada criatura de cabellos rojos que se acurrucaba en la silla y lloraba incesantemente.
―Pobre niña―solía decir en voz baja la oficial de policía.
Sin entender lo que sucedía, Lorraine Walts comenzó a ser guiada por el recuerdo de aquella niña cuyo nombre le era familiar.
El lugar donde dejaron a la niña fue un centro de adopción, allí estuvo un par de meses. Era una niña muy cayada y tímida, siempre era el centro de atención de los demás y su silencio era una herramienta que usaban los niños a su favor para hacerle la vida imposible.
― «pero nunca más quedaría cayada, nunca más» ― al fondo del lugar se comenzó a escuchar la tétrica voz de siempre. Un frio turbulento empezaba a inquietar a Lorraine hasta un punto de volver a intranquilizarse y perder la concentración para entender lo que aquella niña de cabellos rojos quería decirle.
Lorraine ahora fue transmitida hacia un hogar donde escuchaba más sollozos y unos gritos de un hombre.
―Nunca más pienses en escapar―El fuerte alarido se escuchaba desde afuera, instantes después vio a una jovencita de cabellera rubia correr deprisa fuera de la casa mientras era perseguido por un hombre de estatura baja y contextura gruesa que poseía en sus manos una correa de cuero.
―Eres la peor decisión que hemos tomado, jamás debimos adoptarte―expresaba con ira el corpulento hombre.
La doctora Walts seguía siendo impulsada por la niña de cabellos rojos. Ahora la contempla un poco más adolecente viviendo de la calle y comiendo de lo poco que la gente le ofrecía. Para ese entonces tenía el cabello corto y su estado físico era realmente lamentable.
― «Pronto se terminará el sufrimiento y comenzará el de ellos» ―la temible voz gutural le seguía los pasos a Lorraine sin descanso. Al parecer, el demonio deseaba nuevamente atraparla y arrastrarla otra vez a la oscuridad.
―Dime joven ¿que deseas mostrarme? ―Lorraine desesperada contempla como la joven la arrastraba hacia otro pensamiento. Esta vez se encontraba Eliade junto Ariana Greifol, ahora su semblante era diferente y volvía a parecer una hermosa niña; pero con gestos tristes y sombríos.
Ahora en el recuerdo Lorraine observa que Ariana Greifol le había enseñado a Eliade magia blanca. También aprendió a leer el tarot y sobre la astrología cuando cumplido los 18 años.
Lorraine débilmente vio como Eliade desaparecía en el horizonte de una luz, ahora es dirigida hacia otro recuerdo donde la joven está siendo apuñalada en todo su cuerpo por un grupo juvenil.
― «resurrección. De un modo u otro, la materia debe volver y ella volverá a mi lado» ― esta vez la voz maligna que la perseguía la sentía más cerca.
Ahora Lorraine por fin entiende que la dama de cabellos rojos estaba buscando liberación de su atadura; pero el cantico que Ariana había hecho para regresarla a la vida terrenal la estaba convirtiendo en
un ente maligno.
―Al parecer eres una pobre alma que solo obedece las ordenes de tu antigua amiga por el hechizo interpuesto; aunque percibo que ambas están debilitándose y consumiendo― expresa Lorraine mientras contemplaba el cuerpo de Eliade marchitarse en la luz. En ese instante surgió detrás de ella una tétrica mano verdusca que la agarra con fuerza y trataba arrastrarla hacia su pesadilla.
Algo detuvo al ente maligno cuando toca a Lorraine Walts. Del bolsillo de la mujer emanaban unas pequeñas lucecillas que parpadeaban incesantemente; sin entender lo que pasaba, dirigió sus manos hacia las pequeñas luces y luego se cerciora que provenían de las piedras regaladas por Elizabeth Greifol.
Lorraine aprovecha esa oportunidad para buscar el frasco de plata, posteriormente lo arroja deprisa hacia las manos de Eliade, instantes después comenzó a escuchar los gritos de dolor del demonio.
La doctora por fin regresa a la realidad. Ahora se hallaba acostada en el primer piso de la casa totalmente mareada y con unas leves heridas en sus manos.
Sin perder más tiempo se levanta del suelo y busca dentro de su bolso el dardo que le había dado Robert Greifol, el cual afortunadamente se encontraba intacto junto con la lanza dardos.
Lorraine subió deprisa las escaleras, esta vez ya no había nada que la obstaculizaba, ahora se enfrentaba con el reto de encontrar el paradero de Alfred.
Incansablemente abrió todas las puertas del cuarto piso, hasta que por fin logro encontrarlo. El joven se hallaba de rodillas y estaba siendo agarrado por las manos de Ariana Greifol que se encontraba realizando un cantico.
Lorraine se dispuso a lanzar el dardo; pero nuevamente el demonio volvió a reaparecer, en esta ocasión le enceguecía la vista y la trasladaba a visiones irreales.
Entre el esfuerzo de lograr salir del trance, Lorraine volvió a ver a la niña de cabellera roja, la cual le indicaba que le apuntara en su pecho pálido; confiando entonces en lo que la joven de cabellera roja le decía, Lorraine dirigió el dardo hacia su pecho, pronto volvió a recuperar la visión y observa que en el cuerpo de Ariana Greifol comienza a surgir un humo grisáceo y viscoso por todo su cuerpo, pronto se escucha un fuerte estruendo y el demonio verdusco surgió del humo mientras gritaba delirantemente de agonía y desaparecía lentamente.
Jhon Alfred Rigan cayó en el suelo inconscientemente, lo mismo sucedió con Ariana Greifol, de su boca surgía una babaza viscosa con rastros de sangre y al parecer se encontraba agonizando.
Todo volvió a la normalidad, Lorraine Walts pudo notar un cambio repentino en el edificio, el sombrío panorama comenzó a llenarse de luz y surgieron las voces de sus hospedantes, los cuales habían caído en un trance de hipnosis que había hecho Ariana para que nadie le interrumpiera su plan.
Nuevamente aparece Eliade en el lugar con su cabellera rubia y su rostro demacrado, esta vez sin apariencias de lastimar a alguien y con una sonrisa de agradecimiento por ser liberada.
Aunque la doctora Walts se encontraba débil salió de la habitación y busca auxilio, instantes después comenzaron a llegar al lugar algunas personas que aún se encontraban aturdidas de su trance y ayudan a trasladar a Alfred y a Ariana hacia la ambulancia, una vez que Lorraine los contempla sanos y salvos cae en el suelo inconsciente por el agotamiento.
Cuando Lorraine abrió los ojos se había percatado de que se hallaba en una clínica. En la camilla cercana pudo contemplar a Ariana Greifol descansando y siendo acompañada por Robert Greifol.
―Al fin has despertado, te agradezco mucho por todo lo que has hecho, has salvado a mi querida Ariana.
― ¿qué ha pasado con Alfred?
―Él se encuentra bien Lorraine, aun duerme, al parecer ambos están muy agotados por tanto sobre-esfuerzo.
Lorraine se siente tranquila y vuelve a cerrar los ojos con tranquilidad. Después de una semana ya se sentía recuperada y estaba dispuesta para viajar con Alfred, Daniel Greifol y Ariana Greifol, la cual era llevada dopada porque aún se encontraba en un estado muy alterado.
Cuando llegaron a Estados unidos, Alfred cumplió la promesa de llevar a Ariana Greifol con Leonisa. La anciana al ver el estado denigrante de su querida nieta no tuvo otra opción que internarla en un hospital psiquiátrico, optaron entonces por dejarla bajo la custodia de la doctora de la Rosa con la condición de dejar en paz al resto de la familia Greifol y de cerrar el caso relacionado con el asesinato del doctor Roslener.
Accediendo a las solicitudes de la familia Greifol, la doctora de la Rosa dio por caso cerrado el caso perteneciente a Daniel y Leonisa. Tiempo después ellos desaparecieron y años más tarde el joven Rigan se daría cuenta a través de una carta de que Daniel pudo volver a recuperar a su hija.
Con el caso culminado la doctora Lorraine Walts fue solicitada para apoyar el proceso 828, perteneciente a la joven Ariana Brum Greifol, la cual queda con secuelas psicológicas irreversibles por usar un exceso de pócimas y magia oscura.
Transcurrieron dos largos años y por fin Alfred pudo recuperar su tranquilidad, había desaparecido de su mente Paulina y también Eliade, a veces podía ver a Penélope; pero la presencia de la dama que protegía a Nancy Hoftam no le generaba ninguna molestia.
La relación entre Lorraine y Alfred fue cada vez más cercana, durante esos dos años optaron por vivir juntos y más adelante tuvieron una niña a la cual la llamaron Eliade Walts Rigan, nombre que cambio de ser temible a ser a amado por John Alfred Rigan.