Chapter 49: XLIX
Alaska, Estados Unidos, dos semanas después.
Jonathan escuchaba los desaforados gritos de su esposa Amanda en la celda contigua, los cuales le dolían mucho más que las heridas infringidas en su torturado cuerpo. La mujer había pasado de emitir alaridos de dolor y desesperación a simples gemidos ahogados y finalmente, calló. Unos minutos después, la sombría figura de Haru recorrió el escabroso pasillo de la prisión para disidentes y abrió la compuerta donde hasta hace poco estaba Amanda.
En la celda había un escenario macabro y espeluznante; sangre que pintarrajeaba las paredes y restos humanos desperdigados por doquier, y en el centro, un cruel torturador que se saboreaba siniestramente mientras se encontraba arrodillado en la celda, extasiado de orgásmico placer después del horripilante crimen que había perpetrado.
—Bien hecho, Durgas —dijo Haru y su mudo cómplice (un bárbaro tártaro del siglo ) pareció satisfecho— ahora trae al esposo…
Durgas obedeció. Abrió la celda donde contenían a Jonathan y lo arrastró siguiendo a Haru. Jonathan se encontraba devastado y se limitaba a balbucear incoherencias de forma conjunta al nombre de su esposa.
Jonathan fue encadenado a un artefacto metálico con forma esférica conectado a dos enormes electrodos que accionó de inmediato. El artefacto se vio envuelto por energía nacarada que producía un ruido electrónico ensordecedor acompañado de los alaridos de Jonathan, quien finalmente se desintegró en miles de pedazos y desapareció como tragado por un agujero negro que se formó por fracciones de segundo.
Dos minutos después el artefacto reaparecía y el cuerpo calcinado de Jonathan, aún humeando, se encontraba sobre él.
—¡Maldición! —exclamó un hombre de traje y anteojos oscuros— debe haber alguna forma de evitar la muerte del pasajero.
—Podemos seguir investigando —adujo una figura desde las sombras— tenemos muchos otros prisioneros en quienes experimentar… —la figura salió de las sombras mostrando su uniforme militar estadounidense con el rango de coronel. Era un hombre viejo y pasado de libras. —Este proyecto es de trascendental importancia para el gobierno de los Estados Unidos.
—Lo sé. Pero la tecnología de hoy no nos permite avanzar mucho. Ni siquiera con los diseños del señor Tesla.
—Nuestra alianza con su gente no es irrestricta, Haru. Depende de un beneficio para nosotros. Le estamos permitiendo experimentar con nuestros ciudadanos, y a cambio deseamos un resultado.
—Lo sé. Durgas —le dijo a un sujeto enorme de aspecto brutal—, llévate el cadáver y deshazte de él.
El bruto obedeció sin chistar y tomó los restos carbonizados que luego sacó del laboratorio al tiempo que un hombre vestido de negro y con anteojos oscuros entró con un papel en la mano que entregó a Haru.
—Interesante… —murmuró.
—¿Qué? —preguntó Ribentrop.
—Parece que el señor Tesla ha descubierto que tenemos visitas.
Moscú, Rusia, una semana después.
—Bueno, lastimosamente nuestro oro se ha agotado —anunció el Dr. Krass—, parece que no tendremos más opción que buscar trabajo como cualquier persona de ésta época.
—Sin credenciales ni papeles, no nos quedará más que trabajar como obreros en fábricas —comentó Tony.
Y así, ante esa realidad, los crononautas alquilaron un pequeño cuarto en una pensión de clase baja y se abocaron a buscar empleos. Tony consiguió un duro trabajo descargando paquetes en una bodega al lado de Astrid, quien debido a su excelente condición física y su musculatura, era tan apta para el trabajo como cualquier otro de los toscos trabajadores. Aunque Tony no era ya el chico nerd de antes y, aunque impensable años atrás, ahora se desenvolvía bastante bien en trabajos físicos. Él y Astrid hacían el amor en cada oportunidad de intimidad que tenían, si bien no era muy frecuente pues compartían casa con los otros crononautas.
El Dr. Krass, por el contrario, no le había asentado bien el tránsito por las épocas y se veía algo más viejo de lo que en realidad era. Imposibilitado de ejercer un trabajo tan físico, consiguió uno más tranquilo como guardia nocturno. Saki, por su parte, se perdía por días y regresaba a la pensión con dinero extra que nadie sabía —ni quiso preguntar— como conseguía. Todos empezaron a aprender ruso impartido por Tony y apoyado por el ambiente. Y así sobrevivieron los crononautas por varios meses.
Una fiesta se realizaba en una de las enormes bodegas de una fábrica en el área industrial moscovita. Se trataba de una celebración organizada por el Partido Socialista, cuyas enormes banderas rojas destacaban en las esquinas del lugar. Había música popular y baile, así como algo de comida y bebida. La mayoría de los asistentes, hombres y mujeres, eran gente humilde de origen obrero que vestía sus uniformes azules de obreros o sus ropas de domingo.
—¿Ustedes dos ya tienen información? —dijo una joven muchacha aproximándose a Tony y Saki y entregándoles dos panfletos del Partido Socialista. Los panfletos mostraban una caricatura del Zar como un títere del Gran Capital representado por un personaje obeso, ambos sobre una carreta siendo empujados por dos desnutridos obreros y extensa información en alfabeto cirílico. Saki hablaba ruso fluidamente pero Tony no, así que dependía de la traducción de Saki la mayor parte del tiempo.
—Gracias —le respondió Saki— pero somos extranjeros.
—No importa —dijo la muchacha de ojos vivos y que usaba un pañuelo que le cubría el cabello— debemos exportar la revolución a todas las naciones.
—¡Nadiezhda! —llamó una voz masculina y la joven se giró hacia el origen. Pronto, un muchacho flacucho y de cabello rizado despeinado, que usaba enormes anteojos que sobresalían en su afilada nariz, llegó hasta ellos.
—¿Qué sucede David?
—Tenemos un problema. Plejanov fue arrestado por la policía y no pudo venir.
—¿Estará bien?
—Lo han arrestado muchas veces, no creo que le pase nada particular. Pero no podrá dar el discurso. ¿Quién puede sustituirlo?
—Dile a Vladimir.
—¿Vladimir?
—Creo que habla de Vladimir Lenin —le susurró Tony a Saki.
—¿A sí? —respondió Saki.
—Sí. El verdadero nombre de Lenin era Vladimir Ulianov,…
—Él es muy inteligente —argumentó Nadiezhda ajena a la charla de los crononautas— Será capaz.
—Se lo diré… —aseguró el joven David y rápidamente se dirigió a hablar con otro joven vestido de saco y corbata que aplaudía a la música. Tenía una pequeña barba apenas perceptible, una afilada nariz y su cabello peinado hacia atrás con estilo relamido que mostraba la calvicie insipiente. Cuando David le sugirió que realizara el discurso, el muchacho mostró oposición de inmediato, y se dirigió hasta donde estaba Nadiezhda y los dos crononautas.
—¿Estás loca, Nadi? —recriminó Vladimir— ¿Pronunciar el discurso? ¿Yo?
—Estás plenamente capacitado. Eres el mejor discípulo de Plejanov.
—Vamos Le… quiero decir… Vladimir —animó Tony— no soy de por aquí pero he escuchado que eres un tipo muy inteligente.
—Sí —intervino Saki— sin duda se nota tu carisma y capacidad de líder.
—Bueno —dijo el joven Lenin animado— gracias, si ustedes lo dicen… daré el discurso.
Luego, Lenin y sus compañeros se alejaron de los crononautas.
—¿Viste lo que hicimos? —le preguntó Tony a Saki— quizás fuimos nosotros los que encendimos la chispa que convirtió a Lenin en un líder revolucionario.
—Esa chica —dijo señalando a Nadiezhda— está enamorada de él. Lo veo en sus ojos.
—Es la futura esposa de Lenin —le dijo Tony— la reconocí por el nombre. Y ese chico David debe ser Lev Davidovich Bronstein alias Trotsky.
—Deberíamos buscar al futuro Stalin y matarlo…
—Ejem… ejem… camaradas —dijo Lenin ligeramente nervioso ante el podio principal con lo cual se detuvo la música y la multitud lo escuchó atenta— todos disfrutamos mucho de la alegría, la música y la fiesta. Pero nos reunimos hoy por un motivo mucho más importante; la justicia. Nosotros estamos unidos por un deseo de cambio, de democracia, de libertad, y de progreso social. Queremos una Rusia justa, igualitaria, donde haya compasión y esperanza —hubo vítores y aplausos, Lenin comenzó a entusiasmarse— nuestras peticiones son justas; queremos tierra para los campesinos, pan para los pobres, derechos para los trabajadores, queremos justicia social —nuevos aplausos que envalentonaron a Lenin, que comenzó a hablar emocionado— Lograremos liberar a las masas explotadas, esclavizadas, maltratadas bajo el yugo de la oligarquía rusa. ¡Los explotadores temblarán cuando los obreros y campesinos rompan sus cadenas! Y sé que es duro. Todos tenemos miedo, y hemos perdidos amigos y familiares. Mi propio hermano fue asesinado por el Estado por el delito de ser idealista y revolucionario. ¡Pero nuestra causa es justa! ¡Y vale la pena cualquier sacrificio por esa causa! ¡Porque es la causa que garantiza un mejor mañana para nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos! ¡Levantaremos el puño al cielo y gritaremos orgullosos; Libertad para el pueblo!
La encandilada multitud imitó el gesto con sus manos y gritó en coro:
—¡Libertad para el pueblo! ¡Libertad para el pueblo! ¡Libertad para el pueblo!
Repentinamente, el mitin fue interrumpido conforme las paredes de la bodega fueron abiertas de golpe, y una cuadrilla de cosacos armados entró al lugar. Los cosacos dispararon al techo y comenzaron a aporrear a los asistentes hombres y mujeres con macanas. Un caótico marasmo cundió mientras las personas asistentes intentaban huir.
—¡Atrapen a esos extranjeros! —ordenó uno de los cosacos— ¡Deben ser espías!
Saki y Tony intentaron rehuir, pero fueron rápidamente acorralados y sometidos a macanazos por los violentos cosacos. Sumisos por la golpiza, ambos fueron esposados e introducidos junto a otros arrestados a una especie de carruaje-jaula.
—¡Libérenme malditos fascistas! —gritaba Saki desde su celda, donde se encontraba sola, aferrada a los barrotes—. ¡Tengo derechos! ¡Quiero ver a mi abogado! —frustrada se sentó en el único asiento del calabozo. Habían pasados dos días desde su arresto y su único contacto había sido cuando unos guardias mal encarados le llevaban la comida.
Escuchó el sonido del portón metálico abriéndose, lo que la puso alerta. Al lugar llegó una figura bastante extraña que notoriamente no era ruso. Vestía de negro, usaba sombrero y anteojos oscuros, y tenía una barba bien recortada.
—¿Quién es usted? —le preguntó.
—Su ruso es terrible —dijo el hombre—, ¿habla inglés?
—Sí.
—Lo importante es, quien es usted… Srta. Takamura.
Saki le miró boquiabierta.
—Un naga…
—Mi nombre es Haru —le dijo—, y trabajo para el gobierno de los Estados Unidos.
—La única forma en que sepa quién soy yo…
—Sí, sí, ¿desea ver mi rostro reptil?
—No, gracias, todavía no he comido y no quiero arruinar mi cena.
—No hace falta la rudeza. Yo no soy su enemigo.
Saki rió sardónicamente.
—Veo que es escéptica, como toda científica. Verá —continuó—, pertenezco a una facción rebelde de entre los nagas, que no sigue las órdenes del Emperador Quetzalcoatle, con quien sabemos ya han lidiado antes. Estamos aliados con el gobierno estadounidense y con uno de sus más brillantes científicos, Nicola Tesla, para el diseño de una máquina del tiempo.
—¿No tienen ustedes una ya?
—No. Quetzalcoatle fue capaz de hacer un ataque contundente hacia nuestra facción hace algún tiempo, dispersándonos por las épocas incapaces de usar máquinas del tiempo y obligándonos a vivir escondidos.
—¿Y qué es lo que pretenden?
—Recuperar la capacidad de viaje temporal para reagruparnos y reorganizarnos. Eventualmente dar un decisivo golpe a Quetzalcoatle, y mientras tanto vivir tranquilamente y protegidos. A diferencia de los otros nagas, o al menos de Quetzalcoatle, nosotros no odiamos a los humanos y no nos interesa lastimarlos. Estamos dispuestos a dejarlos en paz para siempre.
—Bueno… suerte con eso…
—No, no, no me ha comprendido. Necesitamos su ayuda. ¿Cómo cree que descubrimos que los ilustres crononautas se encontraban en este momento y lugar? Tenemos sistemas que detectan efectivamente los viajes en el tiempo. Requerimos de su ingenio para hacer una máquina funcional.
—Yo era la informática del grupo.
—Justamente, el problema que tenemos radica en la parte del sistema interno de la máquina del tiempo, o su prototipo mejor dicho. Tesla no es experto en esa parte.
—Lo siento, pero no tengo interés en inmiscuirme en una guerra civil entre lagartijas.
Haru sonrió y Saki pudo ver el reflejo de sus ojos amarillentos de reptil.
—Bueno, eso lo veremos. Por suerte tenemos contactos importantes y el gobierno ruso ha accedido en dárnoslos en custodia a ambos. Veremos que tan cooperativos se vuelven después de… algunos de nuestros métodos de convencimiento.
Haru dejó el calabozo y Saki lo miró alejarse con rostro de preocupación.