Chapter 48: XLVIII

Siberia Occidental, Rusia, año 1890.

Bajo una intermitente tormenta de nieve que azotaba un bosque enclavado en el corazón de las montañas rusas, se materializó la Esfera.

En cuanto se abrieron las compuertas, un torrente de aire helado y nieve penetraron de improviso.

—Pasamos del calor extremo al frío extremo —explicó Saki mientras le entregaba a sus compañeros ropa abrigada antes de salir de la Esfera. Cuando por fin emergieron al congelado exterior Saki vestía un grueso suéter, un gorro tejido sobre la cabeza y una bufanda verde, Tony usaba una chaqueta térmica y un gorro de orejeras, el Dr. Krass se colocó una especie de abrigo grueso de color negro, tipo gabardina con una bufanda blanca, que le cubría hasta las pantorrillas, y Astrid —la más habituada al frío extremo— aceptó un suéter moderno que le dieron sus amigos y unos pantalones calientes, pero se colocó sus botas germanas y su capa de vellocino sobre la espalda. Los cuatro viajeros en el tiempo colocaron sus pies sobre la nieve hundiéndose hasta las rodillas y caminaron con dificultad debido a la tupida nevada. Justo entonces escucharon el sonido del casquillo de un arma atrás suyo.

—Estos deben ser colaboradores de los revolucionarios comunistas —dijeron dos fornidos soldados rusos, con gruesos sombreros negros sobre sus cabezas, chaquetas verdosas que les cubrían casi todo el cuerpo, y unas altas botas negras que sobrepasaban la capa de nieve del suelo. Les apuntaban con dos fusiles letales.

—¡Arriba las manos! —ordenó el otro soldado.

—Nos piden que subamos las manos —tradujo Tony, único que hablaba ruso y todos obedecieron.

—Deberíamos matarlos aquí mismo —dijo uno de los soldados que se le aproximó a Saki para inspeccionarle el rostro moviéndolo con la punta de su rifle y mientras hablaba expedía un fétido aroma a vodka. —Nunca encontrarán los cuerpos aquí.

—Creo que no me va a gustar la Rusia zarista… —comentó Saki conteniendo la respiración asqueada.

Uno de los dos soldados se alejó de su compañero y caminó unos pasos hasta llegar a la Esfera, la cual tocó cautelosa y temerosamente.

—¿Qué es esto? —preguntó anonadado con el extraño artefacto.

—Debe ser algún tipo de arma o de bomba —conjeturó el otro soldado mientras apuntaba más el cañón de su rifle al rostro de Saki— que piensan usar los socialistas en sus actividades revolucionarias.

—Opino que los matemos aquí mismo… —repitió el militar.

—¡Espere! —dijo Saki— tenemos mucho oro que con gusto les entregaremos como intercambio de nuestras vidas.

En el soldado que tenía enfrente brillaron ojos de ambición, mientras el otro seguía distraído inspeccionando la Esfera.

—¿Serían tan amables —continuó Saki— de pasarme la bolsa de oro para que estos caballeros la observen?

Tony tomó la bolsa de las manos de Astrid y se lo entregó a Saki ante la mirada expectante del soldado, pero Saki, a propósito, dejo caer la bolsa al suelo derramando brillantes monedas. El codicioso soldado se inclinó rápidamente para tomarlas y justo entonces, Tony aprovechó y le propinó una certera patada en el rostro dejándolo inconsciente.

El otro soldado reaccionó de inmediato girándose sobre su eje y apuntando el rifle, pero Astrid, cuya condición atlética era asombrosa, en dos zancadas estuvo al lado del soldado, aferró el cañón del rifle con sus manos y lo usó para golpearle el rostro y estrellarle la cabeza contra la metálica Esfera.

—Bueno —dijo Astrid sacudiéndose las manos al finalizar dicha labor— no podemos quedarnos aquí mucho tiempo. Los soldados despertarán en algún momento y a no ser que los matemos, irán a advertirle a sus compañeros sobre nosotros. A propósito, creo que lo mejor es darles muerte ahora mismo…

—No, amor —terció Tony— creo que podemos buscar alguna alternativa menos violenta.

—Ustedes los del futuro se han suavizado demasiado.

—Sea como sea —intervino Saki— tendremos que esconder la Esfera. Vean, hay un lago congelado por allá —dijo señalando un claro entre los árboles donde, efectivamente, se observaba agua congelada.

—¿Sugieres tirarla en agua congelada? —preguntó Tony.

—La Esfera es impermeable y resistente a bajas temperaturas. Además, no se me ocurre otro lugar donde esconderla de manera que los soldados no la busquen posteriormente.

Así, los crononautas se dieron a la tarea de empujar la pesada Esfera a través de la nieve hasta el lago de hielo. Astrid golpeó el agua congelada con su espada para hacerla quebradiza, y el peso de la Esfera hizo el resto. Su máquina del tiempo se hundió lenta y trágicamente en el agua, como un barco que naufraga.

—Bueno —dijo el Dr. Krass limpiándose el sudor de la frente— ahora vamos al pueblo más cercano.

Registraron a los soldados inconscientes y extrajeron un mapa de uno de ellos, por medio del cual descubrieron hacia donde se encontraba el asentamiento humano más próximo. Transitaron por una larga carretera rural, bajo la nieve, a lo lejos se divisaba la línea férrea del transiberiano y escucharon el atronador ruido de la máquina que se aproximaba a lo lejos dispersando una columna de humo y pitaba con cierta frecuencia.

Los crononautas caminaron toda la noche hasta que avistaron un establo a lo lejos. Exhaustos, decidieron refugiarse en el lugar para dormir un poco.

—¿Y si entra el granjero con una escopeta a matarnos? —se preguntó Saki mientras abría la puerta de madera carcomida con sigilo.

—Los campesinos rusos no tienen derecho a portar armas de fuego en ésta época —explicó Tony haciendo su propio nicho— ni lo tendrán hasta dentro de cien años, para el caso. Tal vez entre con un rastrillo, pero en tal situación, tenemos a Astrid y su espada.

Se adentraron entre la oscura penumbra del establo, donde había mucha paja, caballos, vacas y ovejas que se alertaron y comenzaron a hacer ruido.

En cuanto los crononautas avanzaron dentro del lóbrego sitio, escucharon unos gemidos fantasmales…

Los extraños gemidos pronto mutaron en alaridos orgásmicos, y una voz femenina exclamó alarmada:

—¡Hay gente aquí dentro!

Una lámpara de aceite se encendió dentro del lugar rompiendo las sombras, y dos figuras emergieron de los profundo del establo. Una, era una robusta pero atractiva mujer campesina rusa, de largos cabellos oscuros despeinados y piel muy blanca, que se removió intranquila colocándose la ropa. El otro era un hombre joven, y algo atractivo, de largos cabellos negros sostenidos en cola, y con una pequeña barba de candado sobre su rostro, que mantuvo su musculoso dorso desnudo mientras se ponía los pantalones.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó el hombre extrañado, Tony sirvió de traductor como de costumbre.

—Turistas —mintió— visitantes extranjeros. Estamos perdidos y pensábamos guarecernos aquí de la nieve sin ninguna mala intención. ¿Es usted el dueño de esta propiedad?

—No. El dueño es el padre de ella —dijo señalando a su amante— y prácticamente no tengo ninguna tierra o pertenencia mundana. Soy… un hombre de Dios —dijo colocándose un hábito monacal marrón que ató con una cuerda sobre su cintura. —Soy un religioso, un monje de la Santa Iglesia Ortodoxa Rusa.

—Pues… no muestra usted la conducta esperada en un… monje —comentó Saki sardónicamente.

—Hay pecados peores que los de la carne —respondió el monje, sorprendiendo a los demás—, y sí, habló un poco de alemán. Entre más pequemos, más se complace Dios de nuestro arrepentimiento. ¿No creen? Bueno, en todo caso, pueden ustedes pasar la noche aquí. No diré nada, si ustedes corresponden con la misma discreción.

—Por supuesto.

—Búsquenme mañana en el pueblo —dijo el monje mientras salía por la puerta con la mujer abrazada— quizás pueda brindarles algo de asistencia.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó Saki— ¿Por quién debemos preguntar?

—Mi nombre es Grigori Yefimovich Rasputín —dijo sonriendo con una mirada de pasión cuasi-demencial en su rostro, y dejó el granero.

Todos los crononautas, menos Astrid, reaccionaron sorprendidos por el nombre, pero el agotamiento sumergió sus emociones y pronto se acomodaron en la paja al lado de las vacas.

A la mañana siguiente, los crononautas se refrescaron con algo del agua del bebedero, se vistieron y se encaminaron hacia el pueblo más cercano; una villa campesina muy humilde conformada por unas pocas calles y avenidas. Las casas eran bastante modestas, y hasta la iglesia ortodoxa se veía pequeña aunque era el edificio más grande del lugar. Había una estación de trenes que, apropiadamente, estaba al lado de la única posada de todo el pueblo. Lo primero que hicieron los crononautas fue cambiar unas cuantas monedas de oro por una muy buena cantidad de rubros, comprar ropa de la época para todos y cuatro tiquetes de tren a Moscú.

—Considero inseguro permanecer aquí —había argumentado el Dr. Krass— tomando en cuenta que los soldados pueden estar persiguiéndonos. —Todos concordaron, pero el Expreso de Moscú pasaba por la estación hasta el día siguiente en la mañana.

El Dr. Krass se había comprado un sombrero ruso bastante peludo que le abrigaba la cabeza, y que junto a su gruesa chaqueta negra le daba un aspecto algo tosco. Tony usaba una camisa blanca y un chaleco rojo, pero lo cubría con un abrigo de la época que le llegaba a las pantorrillas. Tanto Saki como Astrid usaban vestidos largos y blusas de seda, pero también los cubrían con sus abrigos largos y sus bufandas.

—Entonces el monje que conocimos era Rasputín —les comentó Saki mientras caminaban por las calles nevadas del lugar.

—Sí —dijo el Dr. Krass— cuando era un humilde monje campesino y no el poderoso concejero del Zar de Rusia.

—¿Ese sujeto es famoso en su época? —preguntó Astrid.

—Sí —respondió Tony— dentro de algunos años se convertirá en un afamado místico, y el único capaz de curar la hemofilia del único hijo varón del Zar, el zarevich Alexandrei.

—¿Qué es un Zar? —inquirió Astrid.

—Es el nombre que se le da al Emperador de Rusia —contestó Tony— actualmente, el Imperio Ruso es una de las potencias mundiales, por lo cual el Zar es uno de los hombres más poderosos del mundo. Además, el Zar es un autócrata, un gobernante absoluto. En ninguna parte del mundo actual hay una monarquía tan absolutista y rigurosa como en Rusia. Rasputín llegó a manipular al Zar, especialmente porque dominaba a su esposa, la Zarina, quien dependía de Rasputín para salvarle la vida a su hijo. Se cree que Rasputín y la Zarina fueron amantes.

—No suena muy inteligente —dijo Astrid— ser amante de la esposa de un Emperador…

—Aparentemente nunca lo descubrió, pero el comportamiento extravagante de Rasputín provocó indignación pública, y su asesoría al Zar fue desastrosa, provocando estragos en el Imperio Ruso que, según algunos, potenció la Revolución Rusa. Una revuelta popular en la cual el Zar y su familia fueron asesinados…

—Hablando del Diablo —comentó el Dr. Krass cuando el monje que reconocieron de inmediato como el joven Rasputín, emergió del único burdel de la aldea, abrazando a una joven prostituta rusa. Cuando el monje llegó hasta toparse de frente de los crononautas, los saludó afectivamente:

—¡Amigos míos! Gusto de verlos. Me encuentro aquí… predicando… a esta joven pecadora… —luego la observó de frente intrigado y dijo— ¿Cuáles es tu nombre?

—Natasha.

—¡Cierto! ¡Natasha! —dijo como aliviado— Los invito a una… fiesta, que tendremos en el granero de mi tío allá —señaló hacia una granja muy lejana, pero cuya figura se dibujaba a la distancia. —Los espero —luego se alejó con su acompañante.

—Bueno —dijo Saki sonriente— ya tengo a donde ir en la noche.

—No estará pensando asistir a una fiesta organizada por ese hombre, ¿o sí, Dra. Takamura? —preguntó el Dr. Krass más como reclamo.

—¿Por qué no?

—¡Dios! Es como aceptar una invitación del Marqués de Sade —continuó el Dr. Krass.

—¡Ah sí! —dijo Saki como recordando un placer del pasado— el viejo Marqués de Sade. Lo conocí cuando viaje en el tiempo a la Revolución Francesa con Tony antes de perdernos. Gran hombre, me encantó cuando…

—¡No necesito los detalles, por Dios! —suplicó el Dr. Krass arrugando el rostro.

—Iré a la fiesta en el granero —anunció Saki— por… curiosidad científica. No quiero perderme la oportunidad de examinar mejor a una figura histórica como esa.

Saki cumplió su palabra. Esa noche, mientras sus compañeros se quedaban en el cuarto de hotel que habían rentado, Saki acudió a la cita. El granero se encontraba invadido de gran algarabía. Músicos tocaban el violín y el acordeón entonando tonadas alegres de la tradición rusa, mientras parejas de hombres y mujeres bailaban alegremente acompañados del aplauso de quienes estaban contemplando a los danzantes.

Saki se movió entre la multitud, esquivando cuerpos que se movían rápida y pesadamente, en búsqueda del afamado monje siberiano, sin encontrarlo. Decepcionada, decidió dejar la fiesta y se giró sobre su eje camino a la puerta…

—No esperaba que vinieras —le dijo la aterciopelada voz de Rasputín, Saki se volteó sonriente y lo observó sentado sobre un alto estante como si fuera alguna especie de demonio seductor.

—Me gustan las fiestas. Es usted un personaje fascinante.

—Sí… lo soy —reconoció inclinándose sobre su cuerpo y fijando su fuerte mirada en la joven científica.

—Creo que usted debería ir a la fiesta, Sr. Edwards —sugirió el Dr. Krass en la habitación del hotel.

—¿Yo? ¿Por qué?

—No es correcto dejar a la Srta. Takamura sola en esa fiesta con una figura como Rasputín. Pero dada nuestra antagónica relación no creo que mi presencia allí ayude. En cambio ustedes son amigos y podrá protegerla.

—Supongo tiene razón —reconoció Tony y comenzó a vestirse.

—Pertenezco a una orden muy especial —le decía Rasputín a Saki en la parte trasera del granero, bajo la luz de las estrellas y sobre la fría nieve. La estaba abrazando y le fijaba la mirada en el rostro con una poderosa influencia hipnótica.

—Los Khlystis —dijo Saki, que conocía la historia.

—Veo que has escuchado hablar de ellos —comentó Rasputín— somos una Orden que considera imperativo el dedicarse a los más abrumadores placeres carnales. El disfrutar del orgasmo más puro y absoluto como una forma mística de sentir a Dios. El sexo como la máxima expresión… de la vida. —conforme hablaba, se fue acercando más y más su rostro, hasta que finalmente, le estampó un apasionado beso en los labios. La primera reacción de Saki fue resistirse, pero alguna fuerza sobrehumana se lo impidió. Su mente racional fue enterrada bajo una pasión incontrolable y perturbada, y pronto comenzó a corresponderle.

—¡Saki! —exclamó Tony perplejo al encontrarlos mientras se dirigía a la entrada principal del granero.

El grito de su amigo rompió el conjuro y Saki se separó de Rasputín y limpió su boca con el antebrazo.

—¿Qué estoy haciendo? —se preguntó a sí misma.

—Fue un gusto haberte conocido —dijo Rasputín galante— lástima que se suscitara esta interrupción. Hasta luego —se despidió, colocó su capucha sobre la cabeza, y se perdió en las penumbras aledañas.

—¿Estás bien? —preguntó Tony tocándole el hombro con actitud fraternal.

—Sí, sí, descuida. Aunque aún no entiendo como… pasó. ¿Me habrá hipnotizado?

—¿Quién sabe? Vamos al hotel, mañana partimos en el tren a primera hora.

Los crononautas llegaron a la estación de tren a primera hora de la mañana, friolentos y somnolientos, pero por lo demás, entusiasmados. Abordaron un gigantesco tren transiberiano que pronto se puso en marcha ruidosamente y atravesó los Montes Urales y las impresionantes llanuras y estepas rusas cubiertas de nieve.