Chapter 46: XLVI
—¡Muy bien! —decía el capitán Calicó Jack, mientras abrazaba a su atractiva amante y segunda al mando, al lado de un enorme pirata negro y calvo y un anciano cojo con un perico en el hombro— Sr. Edwards, ya que decidió quedarse aquí y no desembarcar como los demás ex esclavos, sea bienvenido en mi tripulación, siempre y cuando esté dispuestos a ganarse su estadía trabajando como el que más y a respetar el Código Pirata.
—Pronto verá que puede ser muy útil —presumió Tony, aunque en realidad no sabía en qué forma— ¿Qué es eso del Código Pirata?
—Todos los piratas nos regimos por un cuerpo normativo de leyes —respondió Anne dando evidencias de su educación por su vocabulario— el cual regula la práctica de la piratería, reglamenta por ejemplo las funciones del Capitán, cuando deben tomarse decisiones consultadas por votación a todos los miembros de la tripulación, que porcentaje del botín le corresponde a cada miembro según rango, edad o situación de salud, etc.
—Se oye usted muy culta, Srta. Bonny —le dijo.
—¡Gracias! —respondió con una graciosa reverencia de damisela— soy hija de un poderoso y rico hacendado norteamericano, dueño de enormes plantaciones. O al menos, tenía grandes plantaciones porque las incendié antes de irme.
—¿Qué motivó la ida?
—No me permitió casarme con quien yo quería.
—¿Él? —preguntó señalando a Calicó.
—¡No! —descartó Bonny con un gesto manual— con James Bonny, un noble marinero que debe estar en algún barco en altar mar. ¿No esperarán que le sea fiel en sus largas travesías marítimas? La verdad es que estoy muy enamorada de mi querido Calicó, somos muy similares…
—Mi preciosa Boon —dijo Calicó refiriéndose a Anne Bonny en un gesto amoroso— es un espíritu libre. A los 13 años apuñaló a otra adolescente rival con un cuchillo de cocina, casi mata a un hombre que intentó propasarse con ella, le arrancó media nariz a una muchacha con la que se peleó en una ocasión y mató a la legendaria prostituta María Vargas por una rivalidad amorosa.
—Y María Vargas había matado ella misma a varias docenas de personas —dijo Bonny con un tono de orgullo. —Después de matar a mi rival Vargas le quité a su amante, un tipo rico llamado Bayard, y dilapidé su dinero. Todo hubiera salido bien de no ser porque la maldita hermana de Bayard me llamó prostituta en una fiesta del gobernador de Jamaica, y le tuve que aplastar el rostro con un tablón de madera —dijo dispersando risotadas enérgicas— tras lo cual, Bayard me terminó, pero al menos usó su influencia para que no me encerraran. Luego conocí a Jack, y hemos estado juntos desde entonces.
—¡Que romántico! —dijo Tony, un poco irónicamente.
—¡Sr. Read! —llamó Calicó, y el pirata flaco y bajo que le había susurrado al oído horas antes se le acercó— lleve al Sr. Edwards bajo cubierta y asígnele una hamaca, que se ponga cómodo y se siente como en casa.
—Sí, Capitán —dijo Read y de inmediato se llevó a Tony al lugar indicado.
Tony notó que aquél pirata, además de delgado y de baja estatura, era perfectamente lampiño, y pensó que debía ser apenas un mozalbete.
—¿No está muy joven para ser pirata, Sr. Read?
—Puede llamarme por mi nombre de pila —le dijo— me llamo Marc. Y no soy tan joven como parezco.
Tony no tardó demasiado en tener oportunidad de mostrar su valía gracias a un enfrentamiento, pocas semanas después de su ingreso como tripulante, con otro barco pirata. Este era, casualmente, comandado por otra pareja de amantes; el capitán Eric Corbhan y su esposa María. Ambos piratas eran famosos por su sadismo y crueldad así que la batalla fue a muerte.
Las dos tripulaciones se enfrentaron en sangrienta refriega y el sonido de las balas y las espadas entrechocando resonó por los mares una noche de luna llena.
—¡Mátenlos a todos! —vociferaba enfurecido Eric Corbhan, un apuesto joven pirata anglosajón todo vestido de negro y con barba de candado— ¡Los que queden vivos servirán para la práctica de tiro al blanco!
En cuanto a Tony, sus cálculos aritméticos permitieron apuntar los cañones con tal precisión como nunca antes se había visto, mejorando notoriamente el daño que podían producir a la embarcación rival, y permitiendo así alcanzar más fácilmente la victoria a Calicó Jack.
Anne Bonny se enfrentó en persona con María Corbhan, la esposa de Eric, una mujer atractiva pero de mirada sádica, que vestía un ajustado traje pirata de mujer, de color escarlata.
—Cuando te haya matado —le decía con furia Bonny— colgaré tu cabeza del palo mayor y jugaré con ella como si fuera una pelota.
—Yo te dejaré con vida —le respondió María Corbhan— para que mis hombres se diviertan contigo una y otra vez, maldita ramera.
Pero ninguna de las dos tuvo la oportunidad de poner en práctica sus amenazas (aunque Bonny le dejó una cicatriz en la mejilla derecha a María Corbhan que llevaría toda la vida) porque Marc Read acudió en ayuda de su amiga pirata y juntos repelieron a María hasta que tuvo que aferrarse de una cuerda y escapar de un balanceo.
Finalmente, el capitán Corbhan dio la orden de retirarse a sus hombres quienes de inmediato se replegaron y ambos barcos maltrechos por el mutuo bombardeo, navegaron hacia puntos opuestos.
—¿Y ahora hacia donde nos dirigiremos, Capitán? —preguntó Tony limpiándose el sudor de la frente.
—Nos dirigiremos a la ciudad más pecaminosa del mundo, al refugio de las peores ratas, delincuentes, malvivientes, ladrones, asesinos, prostitutas y dementes; a la legendaria ciudad pirata de Port Royal…
Port Rotal, Jamaica, Imperio Británico.
La infame ciudad de los piratas había sufrido un terrible tsunami que mató a más de la mitad de la población en unos 20 años antes. Predicadores cristianos aseguraron que el hecho fue un castigo divino que buscaba destruir a una ciudad repleta de pecadores. Y aunque nunca se recuperó completamente de sus tiempos de gloria, Port Royal seguía siendo aún uno de los destinos favoritos de los piratas. La casi totalidad de la población estaba conformada por piratas, corsarios, bucaneros y prostitutas. Había un número indeterminable de tabernas y burdeles y el expendio de licor era mucho más frecuente que la venta de cualquier otro producto, incluyendo la comida.
El barco de Calicó Jack y su tripulación atracó en el muelle, y pronto se difundieron entre la nutrida población de la ciudad portuaria y caminaron entre su pintoresca población.
Calicó Jack y sus acompañantes de confianza se internaron en una taberna llamada Las Tres Herraduras, minutos después de que el regordete y calvo dueño sacara a patadas a uno de sus clientes que se estrelló borracho contra el suelo, luego se sacudió las manos y reconoció a Calicó Jack a quien saludó abrazándolo:
—¡Bienvenido, viejo perro de mar! —le dijo— ¡Hacia tiempo que no veía tu horrible rostro!
—¡Es un gusto verte, bola de manteca! —respondió Calicó.
—¡Pasen, pasen a la taberna del viejo O’Higgins!
Una vez dentro de la taberna pudieron observar que el local se encontraba repleto de clientes que bebían y cantaban y celebraban. En cuanto se adentraron, un travesti de metro noventa perfectamente rasurado y con largos cabellos rubios bien cuidados, pero cuyos rasgos masculinos era incapaz de disimular proveyéndole de un aspecto andrógino, se levantó del regazo de un viejo marinero barbudo y extendió sus brazos en un gesto para abrazar a Bonny en cuanto la vio:
—¡Boon! —dijo alegremente, Bonny pareció reconocerlo y correspondió el saludo.
—¡Pierre!
Ambos se fundieron en un afectuoso abrazo, y se dedicaron a conversar como amigos de muchos años.
Tony, cuya vestimenta de pirata era indistinguible del resto de transeúntes, prefirió caminar por la ciudad y conocerla mejor. Pensaba enviar una carta a Melilla donde, con suerte, los crononautas aún estarían allí esperando que se pusiera en contacto con ellos.
Caminó por entre aquellas callejuelas esquivando a su derecha el vómito que un pirata borracho arrojaba sobre los adoquines y a su izquierda a dos hombres que estaban enfrascados en una pelea de cuchillos. No muy lejos tres piratas ebrios bailaban caóticamente al ritmo tocado de un acordionista, mientras otros abrazaban meretrices. Además, no podía pasar por una esquina sin que al menos una prostituta le ofreciera sus servicios con comentarios vulgares sobre la anatomía femenina.
Entonces escuchó una reyerta dentro de un viejo callejón. La inconfundible voz de un pirata haciendo amenazas a una mujer:
—¡Quieta, maldita perra, o te corto el cuello!
Consciente de lo que implicaba, Tony extrajo el sable que le había regalado Calicó Jack y se introdujo al callejón. Allí encontró a un pirata ebrio tratando de abusar de una mujer joven.
—¡Basta, rata de mar! —espetó (el vocabulario de los piratas se le había comenzado a contagiar)— deja en paz a esa mujer…
El pirata se giró hacia él y extrajo su propio sable, sólo para mostrar luego un rostro compungido por el dolor y colapsar sobre el suelo con una herida de cuchillo en la espalda…
Y detrás de él, Saki Takamura.
Pero Saki ahora vestía con ropa similar a la de Tony, ropajes de pirata, un pañuelo en la frente, botas y un grueso cinturón en la cintura.
—¿Saki? —preguntó al verla y guardó su sable. Saki corrió hacia él y dando un salto de cuerpo entero lo abrazó. Tony estuvo a punto de caerse pero logró sostener el peso de su amiga.
Tras el intenso abrazo, Saki se separó y lo llevó de la mano hasta donde se debían reencontrar con los demás; casualmente, Las Tres Herraduras.
El Dr. Krass ya estaba allí, ataviado con un sombrero tricornio y un sobretodo negro y largo. Mostraba repulsión en su rostro por los muchos ebrios, riñas de violentas y tráfico sexual alrededor. A su lado se encontraba Aurora Berger, de quien decidió era mejor no separarse. La mujer estaba tan indignada como él por el ambiente… quizá más… y cubría su rostro con un pañuelo de seda para proteger su olfato de los malos olores que abundaban en la atmósfera.
—¡Dr. Edwards! —dijo al verlo alegrándosele el rostro— ¡qué gusto! —y tras eso le estrechó la mano, animadamente.
—Igualmente, Dr. Krass —le dijo— gracias por venir hasta Jamaica a buscarme.
—Por cierto que Astrid no ha regresado —explicó Saki— cuando escuchamos el rumor de que Calicó Jack había llegado a Port Royal nos dividimos para tratar de encontrar rastros de ti. Deberíamos ir a buscarla antes de que alguien salga lastimado.
—Jmmm… creo que Astrid puede defenderse bien —expresó Tony.
—Lo sé, me refería a alguien lastimado por ella.
Pero encontraron a Astrid sin sobresaltos. La nórdica se había distraído bebiendo algo de ron que le regaló un viejo pirata de larga barba blanca. Su indumentaria también parecía de pirata, aunque era algo más masculina que la de Saki.
—Tuvimos que comprarle la ropa a un marinero sueco —explicó Saki— era la única que le quedaba.
—Esto está muy bueno —dijo— mejor que la hidromiel.
Luego observó a sus amigos y se alegró de ver a Tony. Le devolvió la botella al anciano y se dirigió hasta reunirse con ellos, donde le dio un beso a su amado y le abrazó. Los crononautas estaban reunidos de nuevo.
—¡Pues cualquier amigo de Pantera Edwards es amigo mío! —exclamó Calicó Jack cuando Tony presentó a los crononautas con sus nuevos amigos piratas, y estos se mezclaron tranquilamente con la tripulación en Las Tres Herraduras.
—¿Pantera Edwards? —preguntó Saki.
—Es mi apodo pirata —explicó Tony, como apenado.
—¿Cuánto tiempo tenemos de ser amigos, Calicó? —le preguntó luego O’Higgins.
—Unos veinte años, creo.
—Sí, veinte largos años. Tengo algo para ti —dijo el cantinero y extrajo un cofre pequeño de la barra al que abrió con una llave metálica que colgaba de su cuello. De ahí sacó un mapa. —Toma. Un viejo marinero murió hace un par de semanas acá en la posada, pero antes de morir, me dejó esto. Dijo que no deseaba irse a la tumba con este secreto. Había servido en el barco del mismísimo Barbanegra.
—¿Es lo que creo que es? —dijo Calicó a quien casi se le salían los ojos al ver aquello que tenía en manos. Un viejo mapa apergaminado y sucio, pero aún claro y legible.
—El mapa del tesoro de Barbanegra.
—¿Y por qué me lo das?
—Estoy muy viejo para ir por mi cuenta. No, no, mis días de pirata han quedado atrás. Prefiero tener una vida tranquila cuidando esta pocilga. Sólo recuérdate de darme un porcentaje justo cuando vuelvas con el tesoro.
—¡Pues muchas gracias, O’Higgins! ¡Que me lleve el demonio si no eres el mejor tipo que ha pisado esta maldita tierra!
Mientras, Saki se encontraba conversando alegremente con el grupo de piratas que recordaba viejas anécdotas, sentada en los regazos de uno de ellos; fumando y bebiendo como si fuera uno más.
—Así que mi única competencia —decía afablemente Bonny— con respecto a los hombres era Pierre. Varias veces competíamos por el mismo hombre, y más de una vez me ganó el muy maldito.
—Es difícil la competencia —intervino Saki— cuando conocen mejor la anatomía masculina.
Toda la mesa rió.
—Tu amiga es bastante… especial —comentó Aurora sentada en la barra al lado del Dr. Krass.
—Sí, así es ella, un espíritu libre. No me extraña que se identificara tanto con los piratas.
Una posadera atractiva de larga cabellera pelirroja se acercó por el otro lado de la barra y les preguntó que querían tomar.
—Yo una cerveza, por favor. —Pidió Krass— ¿Y tú, Aurora?
—Yo no bebo.
—Cierto —dijo golpeándose la cabeza con la palma de su mano— lo olvidé. ¿Tiene alguna bebida que no sea alcohólica?
La posadera negó con la cabeza.
—En ese caso, no traiga nada. Gracias.
La posadera se encogió de hombros y se alejó.
—No me molesta que bebas, Arthur —le aclaró.
—No importa. No necesito beber para sentirme bien. Y me siento bien estando contigo.
A la taberna se adentró un sujeto con traje de capitán pirata, aunque un poco más elegante de lo usual, quien con su peluca blanca y su bien recortada barba asemejaba más a un caballero inglés que a un pirata. En cuanto reconoció a Boon se le iluminó el rostro.
—¡Anne Bonny! —dijo ofreciéndole un abrazo que Bonny respondió.
—¡Capitán Roberts! —dijo Bonny— ¡Que gusto volver a volverlo! —luego se dirigió a sus comensales— Él es el capitán Bartholomew Roberts, es mejor navegante de los Siete Mares y uno de los más valientes piratas del mundo. ¿Cuántos barcos comanda actualmente, Capitán?
—Tres, una pequeña flota —dijo con acento británico refinado.
—Nadie ha podido detenerlo —continuó Bonny sin romper del todo el abrazo— una vez el gobernador de Martinica ordenó su arresto y ejecución… ¿y qué le pasó al gobernador de Martinica?
—Incursioné en la isla con mis barcos y luego colgué al maldito del mástil mayor de mi barco.
Nuevas risotadas estallaron entre los convidados.
—¿Quiere tomar algo, capitán Roberts? —ofreció Saki con una botella de vino en la mano.
—Gracias, bella dama, pero no bebo. Soy totalmente abstemio.
—Además es un hombre muy culto —continuó Bonny— en una ocasión capturó un barco con orquesta, y no hirió a ninguno de los músicos, eso sí, no los liberó hasta que le hubieran tocado el repertorio completo de Handel.
—Afortunadamente para ellos, no desafinaron, tal blasfemia a Handel la habrían pagado con sus cuellos…
Nuevas risas.
La única persona que se veía solitaria era Marc Read, quien bebía ensimismada lejos de la mesa. Saki se separó del grupo y se le aproximó.
—¿Por qué tan solitaria, muchacha?
—¿Muchacha? ¡Soy un hombre!
—¡Por favor! Ese disfraz no me engaña. Sé que usted es mujer, Read.
—Pe… pero ¿Cómo supo…?
—Sé reconocer esas cosas. Descuide, no divulgaré su secreto. Aunque no sé por qué se hace pasar por hombre si Anne Bonny es mujer y pirata y no parece haber problema en ello.
—Eso es asunto mío. Además, yo no soy amante del capitán del barco ni lo seré nunca, pues no me gustan los hombres. De todas formas estoy acostumbrada.
—¿A sí? ¿Por qué?
—Nací en Irlanda. Mi madre enviudó muy joven y me hizo pasar por niño para que mi abuela paterna siguiera dándonos dinero para vivir, ya que mi hermano mayor, Marc, había muerto. Así vivimos hasta que llegué a la adolescencia, me cansé y me uní a un barco como grumete y luego al ejército, siempre haciéndome pasar por hombre. Pero mi verdadero nombre es Mary Read. Por cierto, tal parece que tu amigo el viejo tendrá acción esta noche —dijo señalando hacia la escalera donde el Dr. Krass y Aurora subían en dirección al segundo piso.
—He ahí otra cosa que no se ve todos los días —adujo Saki— aunque es más probable que vayan a rezar el rosario o algo así.
—Bueno, si tú quieres acción… házmelo saber… estás muy guapa.
Saki tomó algo de ron y mantuvo silencio mientras meditaba en la oferta.
—Gracias pero… me gustan las mujeres femeninas.
—Como quieras —dijo Read y se alejó.
Aurora y el Dr. Krass, por su lado, llegaron a la puerta de la habitación de la primera, y de alguna forma la despedida derivó en un apasionado beso.
—¡Discúlpame, Aurora! —dijo el Dr. Krass acalorado, pero igual racional, alejándose un poco de ella— soy un caballero y tú una dama… no quise aprovecharme así…
—Dar rienda suelta a nuestros deseos es pecado, Arthur… —dijo ella— pero… creo que Dios me perdonará…
Y dicho esto lo abrazó y lo introdujo a su cuarto.
—¡Disfruten, piratas! —clamó Calicó Jack desde una silla y con una botella en mano— ¡porque pronto partiremos en busca del tesoro de Barbanegra! —y al decir esto el bar estalló en vítores.
Pero, en las afueras de la posada el capitán Jonathan Barnet de la Marina Real del Imperio Británico le entregaba unas monedas de oro a O’Higgins.
—¿Se lo creyó todo?
—Sí mi señor, cayó en la trampa.