Chapter 45: XLV
—¡Yo soy un hombre libre! —gritaba Tony, pero sus alaridos eran ignorados por los esclavistas portugueses que le colocaban cadenas en sus muñecas y sus tobillos. Tony intentó resistirse solo para recibir un puñetazo en la cara. —¡Soy un hombre libre! —gruñó.
Se encontraba lejos de Melilla, en la costa de Ceuta, donde sería embarcado junto a otros esclavos, como ganado, para ser llevado al Nuevo Mundo. Sus nuevos amos lo encontraron tan rebelde, que lo ataron a una viga en frente de los demás esclavos y lo azotaron con un pesado látigo que le desgarró la piel. En medio de gritos ensordecedores, Tony terminó susurrando, ya sin fuerzas: yo soy… un… hombre… libre…
La noche cayó en el puerto de Melilla y el negrero árabe que había subastado a Astrid se sentaba en el suelo en la playa al lado de una fogata, junto a sus compinches. Decían algunas cosas en árabe y reían, mientras un niño esclavo negro les servía la comida. Uno de los hombres le hizo una zancadilla con el pie causando que el pequeño se desplomara sobre el suelo y se golpeara la cabeza con los platos que cargaba, y todos rieron ante aquello. Luego, uno a uno, se fueron a sus tiendas a dormir, menos el mercader quien se quedó a solas con el niño negro.
—Ven… —le dijo morbosamente— ven acá… debes obedecer a tu amo en todo —le dijo con lascivia una vez que lo tuvo al lado y le colocó una mano en el hombro. Entonces, el potente puño de Astrid le golpeó por la nuca. El árabe sintió mucho dolor, se le nubló la vista y perdió el sentido completamente.
Despertó lejos del campamento maniatado y con los crononautas observándolo desde el suelo. Astrid se le acercó y le puso un afilado cuchillo en el cuello.
—Muy bien —dijo el Dr. Krass— ¿Dónde está nuestro amigo?
—No sé de quién me hablan —respondió.
—El hombre negro que estaba conmigo, cerdo, ¿Dónde está?
—No lo sé… vendo cientos de negros…
—Destrípalo, Astrid —le dijo Saki— ¡lentamente!
—Primero lo voy a despellejar…
—¡NO! —palideció— ¡No, por favor! Lo… lo vendimos a los portugueses… deben estarlo embarcando al Nuevo Mundo ahora mismo.
—Creo que dice la verdad —respondió Astrid que había interrogado a muchos hombres y podía leer el temor en los ojos de las personas. Sin mediar más le cortó el cuello. Saki y el Dr. Krass se miraron horrorizados, pero no le reclamaron nada a Astrid.
Tony despertó dentro del barco esclavista portugués. La embarcación había zarpado horas antes y ahora navegaba ya lejos de la costa. Tony estaba encadenado en la galera del barco junto a una treintena de esclavos como él, todos negros y de edades que oscilaban entre niños y ancianos. Muchos tosían, otros gemían por el hambre y el dolor. El olor era pestilente pues no tenían otro lugar donde hacer sus necesidades y había moscas por doquier.
—Esto es espantoso —se quejó— no puede ser que nos traten así…
Sin embargo, las cosas empeoraban con el transcurso del viaje. Les daban muy poca comida —incluso huesos y otros sobrantes de lo que ellos comían, o alguna bazofia asquerosa— y poca agua. Tony vio morir a muchos, especialmente los enfermos y los ancianos, que no soportaban la dureza de la situación y cerraba los ojos cuando los marineros bajaban a violar a alguna mujer.
—¡Esto no puede estar pasando! —se lamentaba— ¡Maldición! ¡No puede ser! Mis amigos vendrán por mí… me rescatarán… —se decía a sí mismo… y luego pensaba que no había manera alguna de que los crononautas supieran donde estaba o de que pudieran hallarlo en altamar, y eso lo descorazonaba.
Cinco días más transcurrieron en aquellas miserables condiciones. La mente de Tony comenzaba a flaquear y empezaba a desear la muerte. Cerró los ojos, casi desfalleciendo por el sufrimiento y la desesperanza, y empezó a alucinar. Veía a Astrid a su lado sonriente y dándole fuerzas.
¡El estruendo de un cañón rompió el silencio!
Tony despertó del ensueño. “¿Cañonazos?” pensó “¡Sólo podía tratarse de…!”
—¡Piratas! —gritó el vigía del barco desde el nido del cuervo en lo alto del mástil. Un enorme barco pirata se aproximaba a toda velocidad hacia ellos. El barco mostraba la bandera negra con una calavera y dos espadas cruzadas de color blanco, ondeando en el mástil.
—La bandera es de Calicó Jack —explicó el viejo capitán portugués observando por el catalejo— la peor sabandija de los siete mares.
Una de las balas de cañón destruyó la cubierta y otra destrozó el palo mayor, luego una más entró por babor justo en la galera, haciendo que el agua de mar penetrara y provocando que el pánico cundiera entre los esclavos negros, por temor a morir ahogados. Pero Tony no perdió los estribos. Sabía que las cadenas estaban fijadas a las paredes que se acababan de hacer trizas, así que empezó a halarlas e instó a otros a hacerlo, cosa que funcionó. La fuerza combinada de todos y el hecho de que la pared ya estaba parcialmente rota, permitió que quedaran libres.
En cubierta los portugueses estaban sumidos en el caos. En cuestión de minutos, una horda de terribles bucaneros comenzó a saltar a través de cuerdas hasta la embarcación portuguesa. Los marineros mercantes se defendieron con sus mosquetes y sus espadas derribando a varios piratas en su intento de abordaje, pero estos finalmente se impusieron gracias a su experimentado conocimiento del pillaje marítimo…
De ambos bandos se disparó fuego de arcabuces y mosquetes y uno que otro fallecía producto de las balas, pero la mayoría de las veces el disparo era inútil y el proyectil se perdía en el espacio. Más sangrientos resultaban los duelos de espadas…
—¡Mátenlos a todos! —dijo una voz femenina— ¡que no quede viva una sola de estas ratas de mar!
La mujer que habló era una pirata en sus treinta, de largos cabellos negros, que usaba un pantalón marrón, un fajón negro en la cintura, una blusa blanca escotada que se abultaba con sus voluptuosos pechos, y botas negras. La mujer utilizaba dos enormes aretes de argolla en las orejas y un pañuelo rojo sobre la cabeza que no impedía a su largo y lacio cabello caer sobre sus hombros.
Los esclavos salieron de la galera enfurecidos y atacaron a los distraídos marineros con sus manos desnudas. Algunos murieron por efecto de las espadas y los arcabuces, pero otros pudieron desarmar a sus enemigos y matarlos con sus propias armas, Tony fue uno de esos.
Calicó Jack hizo su aparición. Era un pintoresco personaje que utilizabas ropajes coloridos de calicó (de allí su apodo), sombrero de capitán pirata, chaleco y botas.
El capitán lusitano escupió y se preparó para dispararle a Calicó Jack, pero fue incapaz de hacerlo porque Tony saltó a sus espaldas y le enterró una espada en la espalda. El viejo marino colapsó sobre cubierta con su mano aún sobre el arma de fuego, y Calicó Jack, impresionado, miró a Tony con aprobación.
La reyerta había culminado con la victoria pirata. Los pocos sobrevivientes portugueses fueron colocados en botes salvavidas y lanzados al mar, mientras los piratas saqueaban todo lo de valor y la nave lusitana empezaba a hundirse por efecto de los cañonazos que le habían destruido parte de la estructura.
Los esclavos fueron liberados e introducidos al barco pirata.
—Bien hecho, muchacho —le dijo Calicó Jack a Tony— me salvaste la vida. ¿Por qué?
—No lo hice por usted —se sinceró Tony— sólo quería matar al hombre que me privó de la libertad y que me azotó.
Calicó Jack rió y luego le puso una mano al hombro.
—Pues cual haya sido tu razón, que Satanás me lleve si no me salvó el cuello al fin y al cabo. ¡Ven, muchacho! ¡Serás bienvenido a mi barco!
—Nunca cambias, Jack —le dijo la mujer pirata— confías demasiado pronto en las personas.
—Esa es mi novia, Anne Bonny, la reina de los piratas y la más fiera bucanera de los siete mares, mi amigo…
—Tony.
Un pirata flacucho y que usaba ropa muy floja se le aproximó a Calicó Jack y le susurró algo al oído.
—¿Los esclavos? Pues que sean libres, si fueron tan valientes de aligerarnos la lucha matando por nosotros, se merecen la libertad. No estamos muy lejos de la costa africana, ahí los dejaremos y luego partiremos a Port Royal a vender el botín.
—Sí, Capitán —respondió el pirata flacucho y se fue.
—¿Algo más, Boon —le preguntó Calicó a Anne Bonny— ¿o vas a seguir cuestionando mis decisiones? Solo porque fornicas conmigo no significa que te permita amotinarte.
—¡Maldita perro de mar! —respondió ella— ¡Que me parta un maldito rayo si no eres el más inútil e idiota de todos los hombres que han pisado la tierra!
Y tras decir esto ella y Calicó se introdujeron en el barco pirata y Tony les siguió.
Para cuando llegaron a Ceuta, los crononautas (y Aurora) se encontraron con la desoladora noticia de que el único barco esclavista portugués en varias semanas ya había zarpado. Uno de los trabajadores portuarios les confirmó que uno de los esclavos en él se asemejaba a la descripción de Tony.
—Ahora que haremos —se lamentó Saki, notoriamente consternada.
—Seguir buscando —dijo el Dr. Krass— aunque tengamos que recorrer todas las colonias americanas.
—Yo no descansaré hasta dar con Tony de nuevo —declaró Astrid— aunque deba quedarme en este tiempo por siempre.
Un soldado español colocó un cartel en un tablón y luego emitió un anuncio en su idioma.
—Tony era el que hablaba español —se lamentó el Dr. Krass.
—Dice que el gobierno de Portugal —explicó Aurora, que también conocía esa lengua— va a pagar una recompensa por atrapar vivos o muertos a un grupo de piratas que recientemente atacaron un carguero portugués de esclavos.
Los crononautas se miraron unos a otros y luego fueron a hablar con el soldado.
—Tiene que ser el mismo barco que se llevó a Tony —aseguró el Dr. Krass— pues según ese soldado, partió de este puerto.
—¿Qué harán los piratas con los esclavos? —preguntó Astrid.
—Quizás venderlos también… —conjeturó Saki— pero conociendo a Tony es posible que se gane la confianza de los piratas y les demuestre que les sería útil, gracias a su gran inteligencia.
—Si su amigo se unió a los piratas —adujo Aurora— tarde o temprano llegará a Port Royal, en Jamaica.
—¿Qué es Port Royal? —preguntó el Dr. Krass.
—Un horrible lugar, repleto de vicio e inmoralidad. Un reducto del pecado, una Sodoma moderna, la ciudad de los piratas.
—El problema es que no tenemos dinero para pagar un viaje a Jamaica —aseguró el Dr. Krass.
—Encontraremos la forma —dijo Saki— aunque me tenga que acostar con el capitán del barco.
—Yo les puedo ayudar —intervino de nuevo Aurora— gracias al Señor, mi amado esposo, en paz descanse, me heredó una pequeña fortuna que utilizó para vivir. Será un gusto asistirles en lo que necesiten.
—Es muy amable de tu parte, Aurora —agradeció el Dr. Krass.
—No es nada, Arthur, es por una noble causa.