Chapter 2: Un llamado de ayuda. Parte I

Suave, eso fue lo primero que sintió antes de abrir los ojos, sabía lo extraña que era la situación, e imaginaba lo que podía resultar de ello, por lo que reunió fuerza en un intento de levantar sus pesados parpados. Tan fugaz como su estado perplejo, azoto en su mente la idea banal de estar en una suave cama, de sábanas blancas que se enredarían con sus extremidades por una noche de sueño caótico ¿Por qué de eso se trataba, no? Todo debía ser un sueño.

La idea fue rechazada en el momento, quizás no por ella, sino por algo más que la atrajo a su realidad; dejando sepultado cualquier otro atisbo de distracción.

Koréen tardo varios segundos en darse cuenta de lo que la rodeaba, veía tanto rojo como verde, combinado en una pintura rupestre para formar figuras borrosas que no reconocía, sintiendo el cuerpo pesado y cansado con tan solo parpadear un par de veces. Resignada a al esfuerzo que parecía inútil, cerró los ojos para dejarse llevar en la quietud del silencio, donde, sin un ruido tormentoso o estridente se creyó segura para apoyar sus manos en la superficie en la que despertó. Sin la suficiente fuerza para levantarse, Koréen se limitó a permanecer sentada, manteniendo un nudo en sus pensamientos se dejó llevar por la suave brizna que acariciaba su cara, trayendo consigo el inconfundible aroma de la tierra húmeda.

Fue solo entonces, guiada por un complejo sentir que le daba aquel aroma hizo el esfuerzo para mirar a sus alrededores donde noto que ya no estaba en aquella oscura cueva, aquel lugar era una pradera de un saludable color vede, aquel que podía brillar en con solo unas gotas de roció y algo de sol, contando con el pasto alto, no lo suficiente como para perderse al acostarse, aunque lo necesario para sentirse estar en una nube del más suave algodón.

Al alzar al vista el campo verde se mezclaba con las plantas rastreras que lo habitaban, combinando el campo verde se con el color rojo, un rojo granate, así como con manchas negruzcas en lo que parecía un hermoso lienzo. Tomaría minutos comprender que aquello era un plantío de moras silvestres que había prosperado de forma maravillosa, al estar cercado por altos árboles de grueso tronco que ceñían los espacios para formar una especie de barrera natural.

En aquel lugar parecía que todo lo sucedido era un sueño, quizás, muy similar al de Alicia en el país de las maravillas, donde alguien llamaría con cariño por detrás despertándola de aquel sueño.

Aquello no sucedió por más tiempo que espero, que en ese pequeño pedazo de paraíso parecía que los segundos se hacían eternos, por lo que Koréen no tardo en eliminar esas esperanzas, aun veía a su alrededor, las características de un juego, y, sobre todo, tenía la palma derecha herida con un corte profundo, tan largo, que parecía atravesar toda su palma, formando una dantesca sonrisa torcida, que de solo ver el coágulo que se había formado para “cubrirse” un estremecimiento atravesó su cuerpo acompañado de un repelús, aunque podría tratarse de un escalofrió, Koréen se dio cuenta de que estaba empapada, cubierta de lodo y algo de hierba.

Al estirarse un poco seria consiente de sus adormecidas piernas, pues, al parecer, había estado bastante tiempo en el lugar, el pasto se había deformado en su figura y de alguna manera había caído sobre las moras maduras, manchando la zona de un rojo brillante producto del líquido de la fruta, sin deseo de verse a sí misma con detalle, debido a que ya era un hecho de sus ropas estén en una mezcla nada agradable con aquellos frutos, centrándose solo en recuperar algo de fuerza en sus adormecidas extremidades sus ojos vagarían en los tentadores manjares de aquel patio del bosque.

Acompañado de un rojizo granete como color aquel pequeño fruto parecía gritar por ser ingerido, en los cuentos de princesas sería una manzana jugosa lo que las llevase a la perdición, aunque extrañamente para Koréen sería similar a un oasis en el desierto. Levantando su temblorosa mano hacia el fruto su cuerpo se agitaría en una nueva ola de debilidad acompañada de una ceguera momentánea donde solo el brillo un punto rojo en su propia visión le recordaría donde estaba. En sus intentos de estirarse, alcanzó una de las moras llevándola con cierta duda a su boca.

Este era un mundo de videojuego, y la idea más básica para la recuperación, era con alimentos o pócimas de extravagantes colores, así debía de ser, por lo que con la mira fija en su agónica barra de “vida” (hp), llevo una mora a sus labios agrietados, presionándola con la poca de fuerza que le quedaba, absorbiendo el nimio liquido de esta.

No solo su respiración se había detenido, uno creería que hasta sus latidos hallaron un descanso cuando un hilillo de fuerza se transfirió al pequeño cuerpo de Koréen, provocando una risa seca y amarga de su garganta empezaría a llevar las moras, maduras o no, a su boca ¡llegando a tirarse en la hierba con tal de alcanzar más! ¡Llenando sus mejillas con el mismo entusiasmo que una ardilla!

Sus expectativas no estuvieron lejos y la pequeña mora, o al menos el puñado que se tragó, sumo algo en su, casi vacía, barra de vida; con ese consuelo no le importo ingerir hasta tener las mejillas abultadas emulando a una ardillita, una y otra vez.

Su pequeña tranquilidad se vio interrumpida por el retumbar de los árboles que la rodeaban, las hojas caían a cada golpe que la tierra recibía, parecía que algo grande se abría paso entre ellos, evocando el inconfundible crujido de la madera rota, oyéndose varios gruñidos amortiguados por la arboleda varios, similares al de una bestia en plena caza que, al distinguir el olor de Koréen en el aire, se dirigió hacia el plantío. Había encontrado a una presa ideal.

Koréen solo podía maldecir su suerte, con algo de su fuerza recuperada sus extremidades aun le resultaban pesadas, solo cuando logró ponerse en pie fue consciente del peligro que la asechaba. Aunque los árboles habían echado raíces hacía mucho tiempo, según su altura, parecían doblegarse ante la fuerza de la bestia, algo que reconoció como un oso, o al menos uno muy similar.

Su altura era capaz de rebasar los árboles, su pelaje oscuro se encontraba sucio, de en medio de su cabeza parecían salir protuberancias similares a cuernos que se acomodaban como aletas, sus garras hacían gala de una curvatura con la que se aseguraba de rascar la corteza, como si se tratase de arcilla, y sus colmillos; Koréen pudo ver claramente sus colmillos cuando rugió con hambre en su dirección, con tanto ímpetu que parecía ensordecer sus oídos, no solo presentaba los colmillos puntiagudos en su gran hocico, también tenía colmillos doblados en el paladar que se enderezaban cuando extraía un rugido de su interior, quizás aquello que rebasaba las expectativas de otros era la exuberante cantidad de saliva que el animal dejaba caer a cada gruñido, indicando sus ansias por su próxima comida.

Koréen tenía la idea de que sería destripada antes de morir por aquellas irreales garras, su respiración se había hecho más difícil y el bombeo alocado de su corazón le gritaba que corriese, encontrando su cuerpo tan estancado en su posición como uno de esos árboles que la rodeaban, uno de eso que la bestia acababa de partir en miles de astillas para liberar su pata con tal de estar más cerca de su comida.

“Muévete ¡muévete!” la voz en su cabeza gritó hasta conseguir que diera un paso atrás, resbalando con su propia pisada a un costado recibiría el sonido fangoso del lodo y cuando sus pies se hundiesen en la tierra un ápice, los vientos fuertes de la montaña la empujaría hacia atrás, obligándola a cubrirse el rostro vería en el suelo detrás suyo su salvación.

— ¡Lodo! — notó antes de que un gruñido con más vehemencia que los anteriores la hiciera cubrirse sus oídos, viendo al animal más cerca de romper la barrera de árboles que los separaba, la bestia, consiente de su descubrimiento paso a paso a través de los árboles, con mayor ferocidad que hace un momento. Faltaba muy poco para que sus garras se cubrieran de rojo carmesí.

Mientras los pequeños ojos de la bestia furibunda la veían, el cuerpo de Koréen volvió a congelarse, incluso era capaz de ver con mayor detalle como la baba se escurría de la boca del animal, saboreándola con anticipación.

Dando un paso hacia atrás se centraría en la incómoda sensación del lodo bajo sus descalzos pies, viendo a un costado, sin darle la espalda al animal una gruta angosta y cubierta de lo que parecían plantas de moras se aparecía como su refugio; en su cabeza se dio la idea de que aquel camino le llevaría de vuelta a aquella laguna donde fue perseguida y quizás, con un poco de suerte, el animal enloquecido no pudiese entrar en tan angosto espacio.

Dando unos pasos en dirección a la gruta, vio cómo el pasaje se hundía en la oscuridad, y se preguntó que sería peor, ¿morir por las armas de aquellos guerreros que luchaban en el interior, o ser devorada por el oso? El crujir de la madera cediendo ante la fuerza del animal, respondió sus dudas. Arrojando su cuerpo a la gruta tan rápido como se lo permitían sus adormecidas piernas, dio una mirada sobre su hombro antes de caer, con la anticipación de lo peor.

La bestia había derribado todo aquello que lo separaba de ella, y en cuatro patas se acercaba velozmente, antes de perderlo al sumergirse en la negrura de la grieta el animal desbocado se fusionaría con el plantío de moras, su descomunal cuerpo parecería diminuto en el patio y tal vez, por unos segundos, creyó ver cómo el plantío lo tragaba. Pero esa última idea se perdió cuando el piso bajo sus pies desapareció, y enseguida, con un sonido seco, cayó entre tierra y piedras.

Tapándose con fuerza la boca ahogo un grito de dolor en su garganta antes de observar el desnivel en la entrada de la grieta recubierta de enredaderas y el resto del camino se perdía, pues ella había caído de un especie de tragaluz ¿Cómo había llegado ahí? Al momento de oír los quejidos furiosos del animal arrastro su cuerpo lo más lejos que le permitían sus débiles brazos, dejando en el fondo de su mente tal extrañeza.

Mientras se alejaba de la luz proveniente de la grieta hacia la oscuridad del recoveco en el que se había metido los gruñidos del animal se hacían, de cierta forma, más claros. El animal parecía lamentar su perdida con gruñidos molestos hasta rozar en lamentos. Koréen solo podía llamarse loca, por imaginar a semejante bestia sentaba en medio del plantío con la cabeza baja, mitigando su pena con las moras. Realmente no era una chica muy despierta o al menos con las ideas en orden.

Pero no estaba dispuesta a volver para comprobarlo que había imaginado, y con sus nuevas magulladuras vio imposible siquiera intentarlo. Acurrucada en la rocosa pared que la rodeaba el silbido del viento indicaría la salida. Aunque el plantío emulaba a un paraíso, era claro que ni siquiera un lugar así era seguro, por lo que al mirar el túnel oscuro no dudo mucho más. Koréen siguió el pasaje rocoso de forma lenta y pausada, apoyándose con temor en las mismas paredes, manteniéndose agachada a causa de su debilidad.

— ¿Qué clase de juego es este? — murmuró, deteniéndose por unos instantes a ver un delgado hilo de agua que destacaba entre la piedra del suelo, tan fino, que era difícil de ver que se estiraba hasta la grieta que había usado como entrada; de alguna manera alimentaba al plantío. A sabiendas de la falta de sentido, aquel fino hilo de agua conectaría con la laguna o lago, si el mundo del juego se basaba en leyendas rurales podría creer que a causa de las corrientes, la había llevado hasta esa zona; riéndose por lo bajo, con una risa seca, pensó que al menos sabía por dónde regresar y que, si tenía la suficiente fuerza para pensar estupidez, podría andar más rápido.

Sus pasos la llevaban más profundo dentro de aquel pasaje rocoso, sintiendo lo duro de la piedra en sus pies descalzos, por breves instantes se atrevió a andar sobre el pequeño hilo de agua que se arrastraba en el piso, encontrando cierto alivio a su andar mientras se apoyaba en las parees para seguir.

Internándose aún más en aquella cueva y dejando atrás cualquier atisbo de la furiosa bestia; el fluir del viento seria lo único que la acompañaría, al menos hasta encontrarse con la vegetación creciente que rodeaba aquel poco de agua clara, el musgo verde y fresco ahora acariciaba sus adoloridos pies, musgo lumínico que otorgaba algo de luz en el pasaje oscuro.

Olvidándose de lo que le rodeaba sintió euforia naciente en su interior, el agua simbolizaba vida y al menos ese tipo de planta delicada le confirmaba una cosa más, no existían más estruendos que le indicaran peligro; no existía nada que la pudiese dañar en aquel lugar, una dudosa cueva; es cierto, pero estaba segura y a salvo ¿de qué? Koréen no lo pensó más y disfruto la sensación burbujeante en su pecho.

Atreviéndose a dar pequeños saltos en el hilo de agua, creciente de grosor, chapoteo con obvio júbilo, atreviéndose hasta a tomar un poco del agua en sus manos adoloridas y lanzarla sobre su cabeza. Incluso, en aquel pasaje soltó una risa de lo irónico de su situación, lo lejano que le parecía el temor de una muerte, lo aterrador de un mundo que no entendía, aunque sea de videojuego, Se concentró en la reconfortante sensación que le había brindado despertar viva, y que no había podido saborear. Después de todo, si podía morir o no, no deseaba averiguarlo.

Quien la viera, diría que se había enloquecido.

Ahora el camino se empinaba un poco, si seguía su ruta era muy probable que volviese a donde había despertado; recordando como aquella bestia no había podido dar un solo paso hacia ella, y se había quedado fuera de la gruta, le dio la confianza para creer que aquellos que la perseguían solo eran un acto de su imaginación aterrada.

Muy contrario a lo que imaginaba del camino, oscuro y pedregoso, la saludaba una vegetación naciente en las superficies de las piedras que conformaban el lugar, era solo musgo verde, pero era tan suave al tacto que podías acostumbrarte en breve. La débil iluminación le daba cierta luminiscencia verdusca, mágica y hechizante de solo ver, mientras más se maravillaba de lo que la rodeaba, parecía que aquel lugar más belleza le mostraba, dejando ver la luz de unas pocas luciérnagas que vagaban por el agua conforme más se adentraba en la cueva.

Un retumbar de las paredes le saco de su sueño mágico, la belleza exótica del lugar, ahora parecía apagarse hasta convertirse en una mera ilusión, al mismo tiempo que algunas piedrecillas se deslizaban por las paredes para golpear con sus pies antes de crear un eco tortuoso, que al terminar dejaba un silencio preocupante. Koréen sabía lo que seguía a continuación.

Ahí estaba de nuevo, la lucha, espada contra espada, metal contra metal creando un chirrido espeluznante capaz de helar el alma a cualquier hombre desarmado, y luego el chapoteo y otra vez el chapoteo, todo se repetía. Luchaban sobre el agua con bestial fiereza, gritos heridos que anunciaban una lesión se repetían en la cueva; gracias a ello, la belleza que la rodeaba había sido olvidada. Su creciente paranoia la llevó a oír esos pasos detrás de ella.

Tal vez el animal embravecido era incapaz de entrar, pero para otras personas como ella debía resultar muy sencillo.

Soltando un grito en respuesta a su miedo, corrió por el camino sin mirar atrás, siguiendo el cauce del agua, tropezándose en las pequeñas deformaciones de la piedra, solo para levantarse enseguida, llena de dolor, y seguir corriendo; el túnel ya no se mantendría uniforme, expandiéndose en algunas partes y comprimiéndose en otras, Koréen corrió hasta entender que nadie la perseguía, corrió hasta llegar una zona hueca donde para pasar se debía de escalar un poco y saltar al otro extremo. Donde noto que al oír los mismos sonidos, a su derecha, solo había un muro de piedra y frente de ella un abismo oscuro.

Frenándose con lentitud en su carrera, se aproximó con temor para alcanzar el muro con su mano derecha, de alguna forma podía sentir como la brisa escapaba de entre la piedra, hasta chocar con su alma herida. Tal vez era el eco del metal impactándose contra la piedra, o con otros muros, y lo que ella sentía, solo era el eco del golpe.

Parecía que aquel lugar era una cueva conectada a algún tipo de fuente acuífera, a falta del olor salado en el agua, podía atreverse a suponer que se trataba de agua dulce, sabía que adentrarse a una cueva era una completa locura, algo estúpido, podrían existir componentes venenosos en el agua a mayor distancia o el mismo aire estar viciado, pero la bestia del plantío le decía que haya afuera no era menos peligroso que ahí adentro, y un retumbar en la superficie donde reposaba su mano se lo confirmo, se alejó con prisa y con un repentino dolor.

Casi fue olvidado, antes de desmayarse se había hecho un corte en la mano derecha, debido a la poca luz como de la suciedad acumulada en la herida no podía decir si era grave o no. Puso su palma contra su pecho, repitiéndose que ese dolor era minúsculo, comparado con el que ese lugar podía provocarle. Un nuevo retumbar en la cueva contesto sus inquietudes, y sin volverlo a meditar su decisión, se adentró en aquella caverna.

Aquella bestia, aquella lucha desenfrenada y de sonar sanguinolento se acontecía fuera de los muros de la cueva.

Con la ilusión de confianza al haber sobrevivido, que zumbaba en su interior una vez más, siguió su camino pétreo, resultando en ocasiones imposible seguir el ritmo del cauce del agua, pasando por estrechos pasajes rocosos o escabulléndose en agujeros pequeños donde su cadera se veía atorada por instantes, guiándose con el sonido constante del agua; su corta travesía le había causado varios cortes, muchos más ahora que evitaba que la herida de su mano estuviese en contacto con algo más. En más de una ocasión había tratado de rasgar sus harapientas ropas, pero estaban tan manchadas de barro y de lo que creía su propia sangre, que no le veía sentido alguno.

Con forme avanzaba, el techo de la cueva se elevaba y desde ahí colgaban formaciones rugosas en picos, temblando levemente ante los ecos de batalla que no cesaban. En algunos tramos, varias estalactitas caían poco después de que ella pasara, provocando que se exaltara y gritara, lo que traía como consecuencia, más caídas. En más de una ocasión se había arrojado a la tierra para huir de estas amenazas.

Tras andar todo ese camino noto algo que la inquieto más, el camino de agua que seguía se había ensanchado en un principio, pero ahora se convertía en un delgado hilo que desaparecía entre las rocas, teniendo a varios metros frente a ella el lugar en el que había despertado; una laguna con un montículo de tierra justo en medio con un tragaluz que lo iluminaba desde lo alto.

Aquí, la vegetación a su alrededor resultaba pobre, mostrando unos parches verdes de hierbas casi marchitadas, la tierra y la roca parecían mezclarse con facilidad en manchas oscuras de lodo; a diferencia del pasaje que había recorrido, las paredes rocosas estaban desnudas de vegetación, siendo fácil de ver que entre estas se hallaban más grietas o caminos a lugares desconocidos, un lugar en extremo amplio que hacía ver la presencia de Koréen similar a la de una hormiga en comparación de un elefante.

En medio de aquella caverna se veía una especie de tragaluz en lo que sería el techo, alineado con el montículo de tierra dentro de la laguna. En algún tiempo parecía haber pertenecido a la estructura del lugar; pero aquella luz demostró a Koréen lo ilógico de las cosas, el agua no poseía vida alguna, no había peces o algas de algún tipo, solo era agua cristalina y nada más. Resultaba imposible que la vida no prosperase en un lugar así.

Agotada, se vio atraída a la luz que se centraba en medio de la laguna; dando pasos torpes en el agua mientras veía el tragaluz. Ardían, sus heridas ardían al contacto del agua, aquel pequeño escozor le recordaba que estaba viva…viva, perdida en un mundo de videojuego y sin una memoria más que su nombre. En aquella extraña quietud fue consciente de ello, no había nada, un rostro, una situación, un lugar…nada más que su nombre ¿acaso era su nombre? Tenía la percepción de que en un juego no era común ingresar con tu nombre real. ¡¿Quién demonios era?! ¿¡Qué hacía ahí!? ¿Quería volver? ¿A dónde?

No lo sabía, podía recordar cosas simples como los nombres de varios sitios que llamaba ciudades, pero no si pertenecía a alguno de ellos, recordaría con confianza que los postres de chocolate de la cafetería siete son los mejores de la zona, recitaría las formulas básicas para resolver ecuaciones aunque no supiese en que momento había aprendido sobre eso; parecía que conocía todo y a la vez nada.

Nada…excepto quien era ella, “Koréen”

Aquello se repitió en su interior formando un vórtice violento; dejando de ver el tragaluz se concentró en el agua que la rodeaba, viendo la sombra de alguien que no reconocía ¿cómo hacerlo? Si, aunque veía su reflejo, no era ella misma, no se conocía ¿o sí? La duda se instalaría como un dolor agudo en sus sienes.

Sin notarlo, Koréen soltó una risa que se mezcló con su respiración jadeante, de la que no era consiente, abriéndose paso desde su interior hasta que se encontró riendo a carcajadas, con lo que ella creía no era su voz, chapoteo en el agua, pateando en algunos casos, saltando, en otros, acompañando cada movimiento con una carcajada aguda que no se detenía.

El eco no se hizo esperar, transformó su carcajada en algo más siniestro, con un tono grave, al oírla, Koréen se detuvo por unos instantes para sostenerse en un tembloroso abrazo, justo cuando el eco dejo de repetir su risa burlona, emitió un grito, casi como un chillido, seguido de otro hasta que el eco le respondió con un tono grave, oyéndose desesperado.

Koréen levanto la cabeza para oír aquello, entregándose a la tormenta que se gestaba en su interior, intercalando carcajadas en medio de gritos; no le importo nada más en su momento de frenesí, se adentró en las grietas de las paredes, en una carrera que parecía no tener fin, volviendo al mismo punto de partida, el lago, solo para estallar en otro ataque de histeria antes de adentrarse por otro camino, en lo que parecía un bucle, buscando una salida, pero no de la cueva, si no de lo que parecía ser ella misma.

Las piedras a su alrededor se deformaban en bestias como la del plantío, las estalactitas figuraban como los colmillos que parecían ansiar su carne, ya no podía decir que era real o falso.

En su nebulosa creyó ver por encima del tragaluz una presencia, un ser más grande que la bestia; con un rostro que no era apacible, tenía en cambio, una expresión casi entristecida que no figuraba en el aura de luz etérea que le rodeaba, no distinguía calor alguno, pero se vio a si misma ser llevada en las manos de ese ser, dejándola caer con sumo cuidado sobre la pequeña colina de tierra. Es más, parecía que había sido creado con el fin de sostenerla; aquel ser cerro los ojos en una mueca de profunda angustia para desvanecerse en la luz que la rodeaba.