EPÍLOGO
EPÍLOGO
Tres años después.
(Francia)
Conducía rápidamente como si estuviera siendo perseguida por algún sicario, tal vez tendría varias multas y varias citaciones al tener a dos bebes a bordo y es que, si Ana no se hubiera enfermado nada de esto estaría pasando.
¿Por qué razón nunca pensé en tener una niñera de reemplazo para estas situaciones?
De todos los días del mes, justamente hoy tenía que amanecer enferma, justamente cuando empezaba mi internado por pediatría.
¡Justamente hoy!
Que Dios se apiadaría de mí y del médico de piso.
—Mamá, Elian me aruñó —se quejó Mia apunto de llorar.
—Mientes, mamá Mia me golpeó polque le dije que tenía novia —se cruzó de brazos enfadado.
Fruncí mi ceño ante su respuesta.
—¿Cómo que tienes novia? —entré al estacionamiento, buscando un sitio. No había ninguno, todo estaba en mi contra—. ¿Quién dijo que podías tener novia?
—Eso dije —sonrió Mia orgullosa.
Ambas éramos muy celosas con Elian, así como Elian era posesivo con nosotras y yo era toda una leona cuando se trataba de ellos.
—Mira cariño, aun no puedes tener novia, ¿está bien? —los miré por el retrovisor y asintió mientras Mia cargaba una gran sonrisa de victoria en su rostro—. Oye, no te rías tanto que tú tampoco puedes tener novio, si lo hacen los tiraré a ambos en el mar… ¿ok?
—Sí, mami —dijeron al unísono y me preparé para la excusa que diría.
—Hoy estarán en una especie de sala, donde jugaran y conocerán más niños mientras mami salvara vidas, ¿ok? —sonreí, pero no tardé en ponerme seria—. Necesito que se comporten y no causen problemas, ¿estamos?
Me baje del automóvil, saque mis cosas y los ayudé a salir para empezar una carrera a la sala de pediatría.
Las personas a nuestro lado nos miraban raro, pero me valía tres hectáreas de ustedes saben, Mia empezó a quejarse y la monte sobre mi cintura, aun sabiendo que mi maletín y el de ellos estaban realmente pesados, pero era Luciana Ivanov, podía con todo.
Suspiré aliviada cuando llegué al área de niños, tenían una pequeña guardería donde sabia la pasarían muy bien, apresuradamente le expliqué un par de cosas a las chicas que se encargarían de ellos y le di mi número telefónico por si pasaba algo malo, un beso a cada uno y salí volando hasta la otra punta del piso, donde debían de estar mis compañeros.
Mientras corría, abría mi maletín y me colocaba la bata y el fonendoscopio. Cuando los visualicé, estaban reunidos mientras escuchaban al que sería nuestro medico a cargo o no sé, estaba realmente perdida.
—Eva —susurré, cuando sutilmente me puse a su lado—. ¿Qué mierda han dicho?
—Nos ordenaron en grupo de cuatro, por desgracia nos toca juntas —sonreí sutilmente y asentí muy de acuerdo.
Éramos las mejores, pero teníamos una debilidad y era nuestra lengua, podíamos estar haciendo cualquier procedimiento riesgoso y las charlas y risas era algo que no podían faltar, era nuestra manera de concéntranos y a todos les ponían los pelos de punta, tanto que nos tachaban de incompetentes.
Ja, ya quisieran.
—Llamaron a lista —oh no—. Pero les dije que…
—¿Luciana? —preguntó el doctor Bernard, creo que así se llamaba. Asentí—. ¿Cómo sigue? Puede tomarse el día libre y ya mañana lo repondrá, entiendo que estar mal del estómago es difícil de lidiar y no me gustaría que tuviera un accidente.
Todos los compañeros me miraron y quise sacar un arma, matar a Eva y solo después cuando me haya asegurado sobre su paso al otro lado, pediría que la tierra se abriera y me tragara entera.
Era un deber aclarar que el doctor Bernard era un hombre muy sexy, lo cual me hacía tener más vergüenza de la necesaria, pero…éramos médicos maldita sea.
Una sonrisa nerviosa apareció y asentí.
—Gracias por preocuparse, pero creo que mi hermosa amiga exageró un poco…estoy bien, no habrá ningún problema.
Este me miró fijamente por varios segundos, segundos que se me hicieron eternos y asintió.
—Está bien, ahora cada grupo busquen al doctor que les asigne.
—Después te mato, ahora dime con que doctor nos toca —inquirí en un susurro.
—Con el delicioso y dueño de mis sueños más ardientes…Bernard —sonreí, asintiendo.
Fuimos detrás de él con dos personas más. Estaba tan emocionada, era muy famoso y exitoso, aprender de todo lo que tenía para dar sería algo muy bueno para mi carrera como médico.
Hoy era algo más suave, estaríamos en su consultorio siendo espectadores en todas las citas médicas que tenía, cada una con diferentes casos. Deberíamos tomar anotaciones, responder a sus preguntas, resolver cualquier duda que tuviéramos y si era posible, ser nosotros quien examináramos a los niños.
[…]
Empecé a mover rápidamente mi pierna, no aguantaría una hora más. Eran las tres de la tarde y solo habíamos tenido un descanso de diez minutos donde ni siquiera pude ir a ver a mis hijos, me había alcanzado para orinar y tratar de comer la cantidad de croissant posibles, tenía mucha hambre y aun no acabábamos.
Para empeorar mi estrés, mi celular había estado vibrando una y otra vez y tenía la leve sospecha que se trataba de mis terremotos, sospecha que se vio confirmada cuando por los altavoces pedían que la madre de los mellizos Mia y Elian, fueran al consultorio 15, donde se encontraban.
¿Por qué carajos se encontraban allí?
Eva volteó a verme confundida y solo pude encogerme en mi puesto.
—Doctor Bernard, soy la madre de esos niños —dije, levantándome de mi asiento—. Podría darme el permiso para saber que sucedió con ellos, por favor —supliqué.
Este me vio confundido por varios segundos e hizo una pregunta fuera de lugar, tal vez había pensado en voz alta, pues su rostro completamente rojo me hizo saber que no quería decirlo.
—¿Es usted madre de dos niños? No aparenta ser madre.
Para no hacerlo sentir más incómodo de lo que ya estaba, sonreí.
—Lo sé, me lo dicen cada vez que se dan cuenta…tranquilo —guiñé un ojo, sabiendo que todos nos estaban mirando.
—Eh —carraspeó y se acomodó en su asiento—. Vaya doctora Ivanov, además ya estábamos por acabar.
Asentí y salí rápidamente, empecé a buscar ese consultorio 15 como una loca desquiciada, si les habría pasado algo mínimo lo dirían, seguro hicieron una travesura, oh por dios los castigaría.
Diez minutos después, pude encontrar ese estúpido consultorio y abrí rápidamente, sin siquiera detenerme en tocar.
—Lo que sea que hicieron estos niños, no me responsabilizo…ni siquiera soy su madre —hablé en cuanto abrí.
Busqué con la mirada a mis hijos, quienes estaban jugando en el piso con quien creía yo era el doctor de este consultorio, doctor que se encontraba dándome la espalda.
Que espalda.
—¡Mamá! —se quejaron, parándose entre risas para darme un abrazo.
Me agaché y los recibí gustoso, los había extrañado mucho.
—¿Por qué están aquí? ¿Qué hicieron? —les pregunté, pero no respondieron absolutamente nada—. Doctor, si llegaron a causar molestias lo siento mucho, por lo general son peores. Ya mismo nos vamos.
Me levanté y abrí la puerta para irnos, pero ambos se negaron a la vez que ese hombre se levantaba del suelo.
—No mami, él dijo que nos llevaría al palque.
—¿Y le creen a un desconocido? —inquirí, con ganas de reírme por lo que diría—. ¿Qué hay de mal en ustedes?
Era una muy buena madre, pero a veces era inevitable dejar de ser yo.
—Sé que soy un desconocido para ellos, pero… ¿también lo soy para ti?
Me congelé en mi sitió al escuchar esa voz tan inconfundible a mis espaldas, en un segundo le habían nacido raíces a mis piernas que imposibilitarían mis ganas de salir corriendo que tenía justamente ahora.
—Luciana —escuché su voz, ahora más cerca y juraba que si se aceraba un poco más, me desmayaría y caería en coma.
—No —lo detuve y volteé a verlo, debía asegurarme de que fuera él.
Mierda y mil veces mierda, era él en carne y hueso.
¿Cómo era eso posible? ¿Cómo si quiera estábamos trabajando en el mismo lugar? ¿de qué se trataba todo esto?
Alejando todas esas preguntas, los años no le pasaban factura, estaba exactamente como aquel día, pero mucho más musculoso.
Estaba tan sexy.
—Emm… ¿Qué mierda contigo? ¿Cómo es posible que estés trabajando en esta clínica? ¿Cómo los reconociste? ¿Cómo…
Dio varias zancadas hasta llegar a mí y me calló de la mejor manera, no podía objetar nada cuando literalmente tenía su lengua en mi boca y estaba disfrutando. Solté a los niños y me aferré a su cuello, clavando mis uñas en él. Soltó un sensual gruñido y fue música para mis oídos. Sus manos quienes ya estaban en mi cintura empezaron a descender a mi culo y me separé.
Era la primera vez que mis hijos me veían besándome con alguien y sabía de antemano que no lo tomarían de una buena forma.
Los miré y se notaban molestos, demasiado.
—Aléjate de mami —dijeron al unísono y lo empujaron fuera de mí.
Eran mis guardaespaldas personal.
—Oh tranquilos, no tocaré a su madre —su mirada tan intensa, era débil, no la resistía—. Por ahora.
Ok, llévense a los niños y déjenme encerrada con él.
—¿Qué mierda te crees? —cuestioné, empujándolo, alcé mis cejas cuando toqué su pecho, pero rápidamente me recompuse—. ¿Acaso piensas que puedes besarme después de tanto tiempo? ¿no se te cruza en la mente que puedo tener pareja? ¿sigues siendo tan irresponsable?
—Todo lo que quería saber de ti, Mia y Elian me lo contaron —respondió tranquilamente.
—¿Andan contando cosas de mi vida a cualquier desconocido que les promete ir al parque? —les cuestioné.
—Él dijo que era nuestro padre —susurró Elian a modo de respuesta.
—Mamá, ya llegó papá del infierno —sonrió Mia y quise ponerle un tapón en la boca.
Solo una vez, juraba que fue una vez donde había dicho que su padre se encontraba en el infierno.
Alessandro alzo una ceja sorprendido y negó levemente, teniendo una sutil sonrisa en su rostro.
—No sé de qué hablas cariño, es mejor que hagas silencio —sugerí—. Debo irme, adiós.
Era claro que no nos dejaría ir, así como si nada.
—Dame tu dirección Luciana, ¿o acaso quieres que lo haga de la manera ruda?
Reí sin poder evitarlo, me causaba curiosidad que haría, pero era una mujer madura y le pedí su celular para después guardar mi número.
—Adiós —susurré, yéndome con una hermosa sonrisa que nada ni nadie podría quitar, incluso si tuviera que aguantar otra hora más de hambre.
[…]
Caminaba de un lado a otro completamente nerviosa, acababa de acostar a los niños cuando recibí un mensaje de Alessandro diciendo que pronto llegaría, de eso hace diez minutos. Mis hormonas estaban como locas.
¿Cómo me debía comportar? ¿tenía que besarlo? ¿tenía que golpearlo? ¿tenía que acostarme con…
Ok, eso ya era otra cosa.
El timbre sonó y salté en mi lugar, me puse completamente fría y esperé a que la señora de servicio quien era mi salvación casi siempre, abriera.
No tardó más de un minuto cuando ambos entraban a la sala.
—¿Necesitan algo Srta. Luciana?
—No, es todo por hoy, puedes marcharte —sonreí, asintió y se fue.
—¿Dónde están los niños? —preguntó, viendo minuciosamente todo.
—Están dormidos —respondí, señalando el asiento—. Siéntate.
—¿Para qué? no estaremos mucho tiempo sentados…claro a menos que —se calló al ver la mirada de rabia que le lanzaba—. ¿Qué? a menos que levantes a los niños y los vea por unos minutos aquí.
Alcé una ceja y asentí.
—Claro, los niños —sarcasmo activado.
—¿En qué pensabas? Sigues siendo la misma pervertida que conocí años atrás.
—¿Y tu sigues siendo el mismo? —cuestioné, atenta a su respuesta.
—Bueno, no me he cambiado el nombre y sigo ejerciendo mi profesión —sonrió, sonreía mucho.
—Tú sabes a que me refiero. ¿Qué pasara ahora que nos encontramos? vas a querer estar en la vida de Mia, ¿cierto?
—No te olvides de Elian —aclaró.
—Sabes lo que pasa con Elian, él no es tu hijo.
—Es el hermano de Mia, es tu hijo y por ende es mi problema, es mi hijo y no quiero que digas lo contrario, ¿está bien? —asentí lentamente.
—Entonces piensas estar en nuestras vidas —expresé.
—¿No crees que era un final abierto? —fruncí mi ceño sin entender—. Hace tres años, esa última vez que nos vimos, ambos nos fuimos por caminos diferentes, tal vez pensamos que era nuestro final, pero Luciana…cuando dos personas están destinadas no importan los años, siempre terminaran reencontrándose y este solo es uno de los muchos posibles finales que tendríamos tu y yo.
—¿Estas queriendo decir que tarde o temprano nos volveríamos a cruzar?
—Sí —susurró, levantándose del asiento y viniendo hasta mí. Se agachó para estar a mi altura.
—Dices entonces que era, soy y siempre seré el amor de tu vida —lo miraba tan intensamente, sentía un remolino dentro de mí.
—Te estoy queriendo decir que nunca hubo nadie después de ti, que te amo y no he dejado de amarte, que he sanado cada herida para cuando llegaran nuevamente a mi vida, poder ofrecerles un amor puro y sin odio. —mis ojos se llenaron de lágrimas que inmediatamente fueron derramadas. Agarró mi mano y oh no—. Maldita sea Luciana, te estoy pidiendo que te cases conmigo y vivamos nuestra loca historia de amor.
Apreté mis labios para contener el grito que estaba por dar, ni en mis sueños más loco había imaginado esto.
—Sí Alessandro, si quiero casarme contigo.
Me lancé a sus brazos, haciéndolo perder el equilibrio y caer en el frio suelo.
—Quiero casarme lo más pronto contigo, no quiero perder más tiempo.
—Mañana, hay que hacerlo mañana —susurré a centímetros de sus labios—. Pero creo que me saltaré la noche de bodas.
Su pecho vibró y negó.
—Quiero hacer las cosas bien, puedes esperar hasta mañana.
Idiota.
—No claro que no —empecé a besar su cuello—. Eres una atracción imposible de ignorar, Alessandro. Todo tú me descontrola.
—Eres afortunada, seré solo tuyo —sonrió egocéntrico, estaba por golpearlo cuando explicó algo que seguro recordaría por siempre—. Aunque no lo creas, antes que tú me vieras en la universidad aquel día, yo ya te conocía y te deseaba, si de atracción vamos hablar, siempre fuiste mi Atracción Rusa, solo tú.
¿Entonces ahora tendría el chico malo, pero con momentos verdaderamente románticos?
—Te amo Alessandro y lo haré por siempre, mi amor.
The End
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