Chapter 74: CAPÍTULO FINAL | PARTE II

ERICK COLLINS.

Todo mi cuerpo tiembla a causa del frío que hay en la habitación.

Mi cabeza duele tanto, me siento aturdido.

Poco a poco abro mis ojos con dificultad ante los rayos del sol mañanero que se cuelan por la ventana que ahora está abierta.

Examinó todo a mi alrededor, de inmediato me doy cuenta que estoy en una de las habitaciones de huésped de mi casa.

«¿Cómo llegue hasta aquí?» Me pregunto, tratando de recordar que sucedió anoche después que cerré mis ojos en aquel bar, sin embargo, mi mente está en blanco.

Suspiro, derrotado al no poder recordar.

Me levanto de la cama y es cuando notó que sólo traigo puesto mi bóxer, no hay rastro de la ropa que tenía ayer.

Es por eso que tengo tanto frío...

No le tomo tanta importancia a eso, busco una toalla en el pequeño clóset que está en la esquina y me la coloco alrededor de mi cintura para después ir hasta mi habitación.

Una vez entro no hay nadie, lo que me hace suponer que Raquel está abajo.

Voy directo hacia el baño en donde me doy una ducha no con agua tibia, sino con agua helada. De una u otra forma debo quitar este malestar de mi cuerpo.  Salgo después de unos minutos, seco mi cuerpo con una toalla la cual enrollo a mí cintura y antes de salir del baño, cepillo mis dientes.

El dolor de cabeza se hace cada vez más fuerte, por lo que me veo obligado a tomarme dos aspirinas para después comenzar a vestirme con lo primero que tomo del clóset: un suéter color mostaza y unos vaqueros un poco anchos.

Bajo en busca de mi chica a quien encuentro en la cocina cortando algunas fresas para dejarlas dentro de la licuadora.

— Buen día —saludo llamando su atención, elevando la comisura de mis labios en una pequeña sonrisa.

Ella me da una mirada rápida sin ninguna expresión plasmada en su rostro antes de volver su mirada a lo que está haciendo.

De acuerdo, está enojada.

«¡Era de esperarse, genio!» Grita mi subconsciente y no puedo evitar darle la razón.

Inhalo profundo.

— ¿Por qué estás aquí? —pregunto, sacando conversación—. Puedes decirle a...

— Están en su día libre —responde de manera cortante, sin mirarme.

— ¿Podemos hablar? —inquiero, dudoso.

— Eso estamos haciendo, ¿no? —levanta su mirada, arqueando una ceja.

— Si, pero...

Me veo obligada a callar cuando todavía mirándome, ella enciende la licuadora que tritura las fresas de manera veloz, convirtiéndolas en un batido/jugo.

De manera cansada por su actitud, suspiro.

Doy pasos cortos hacia ella, pero antes de poder acercarme a su persona un poco más, Raquel vierte su batido en un vaso de cristal rápidamente y se va al otro extremo de la cocina.

Es más que obvio que no quiere tenerme cerca.

— ¿Qué ocurre? —pregunto, ignorante ante su comportamiento de hoy.

— ¿Dónde estabas anoche? —dice, ignorando mi pregunta.

— En un bar, tomando —digo obvio.

Sí desperté aquí, ella tuvo que verme anoche en un estado nada sobrio a como la mayoría del tiempo estoy.

— Creo que no formulé de manera correcta mi pregunta, espera —toma un sorbo de su batido—. ¿Con quién estabas anoche?

— Con nadie —respondo sin dudarlo—. Estaba solo.

— No me mientas.

— No te estoy mintiendo —le aseguro—. En el tiempo que dure en el bar estuve sólo.

— Entonces explícame cómo es que tiene dos chupones en tu cuello y pecho, Erick.

— Yo no tengo... —estiro el cuello de mi suéter para así ver mi pecho, guardo silencio al comprobar lo que dice. Levanta la mirada hacia ella—. Te juro que no sé cómo es que esto apareció en mi cuerpo.

— ¿Ah, no? —arquea una ceja, cruzando los brazos sobre su pecho, su semblante en todo momento permaneció serio—. Entonces tampoco sabrás cómo es que tú camisa estaba manchada con un labial color cereza.

— No, te aseguro que...

— ¡Ya cállate! —grita, tomándome por sorpresa—. ¿De verdad me crees tan estúpida? ¡Es obvio que te acostaste con otra, Erick! No me mientas más.

— Eso no es así.

— ¿Entonces cómo es? —dice, sus ojos marrones brillantes por las lágrimas que retiene—. Explícame.

— No-no recuerdo que sucedió anoche, cuando estaba por venir contigo me desmayé y... y cuando desperté estaba arriba en la habitación.

— ¿Y pretendes que te crea eso?

— Debes creerme por Dios —doy un paso al frente con la intención de acercarme a ella, desesperado.

— No —levanta su mano para que me detenga, lo hago—. Tú una vez llegaste así Erick, tuviste relaciones sexuales con otra y... y... —su voz se quiebra, una lágrima baja por su mejilla—. Lo siento, pero una vez te dije que si arruinabas esto, ya no habría otra oportunidad.

Mete su mano dentro del bolsillo delantero de su pantalón y saca algo que deja sobre el mesón, al retirar su mano lo veo: el anillo de compromiso.

Mi hombros se decaen viendo el anillo sobre el mesón, mi expresión se desfigura y mi vista se torna borrosa al saber lo que sus palabras significan.

— Tu desayuno está en el microondas —dice antes de salir a paso apresurado de la cocina, dejándome ahí de pie sólo y con un gran vacío.

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Con mucho cuidado abro la puerta de nuestra habitación y me mantengo en silencio bajo el umbral observándola.

Ella se encuentra sobre la cama con el teléfono sobre su oreja platicando con alguien, el espejo frente a ella me deja ver sus ojos rojos e hinchados por el llanto, su nariz y sus mejillas también están rojas.

Por medio del espejo sus ojos color café se encuentran con los míos, provocando una sensación extraña dentro de mí.

La escucho despedirse antes de quitar el teléfono de su oreja y colgar sin romper el contacto visual conmigo. Cuando lo hace, toma una bocanada de aires antes de romper el incómodo silencio que se extiende por toda la habitación.

— Mañana me voy con Joel —recibo sus palabras como si fueran un balde con agua fría o peor, con concreto.

Desvío por inercia la mirada a la cama rápidamente y es en ese momento que noto la maleta abierta que yace sobre la cama con algunas prendas adentro.

La miro devuelta, temeroso; — No, tú no te irás.

— Si lo haré —se levanta de la cama, volteando hacia mí—. No seguiré viviendo contigo, no después de que me has engañado otra vez.

— Demonios, yo no te he engañado con nadie —le aseguro una vez más, dando pasos firmes hacia ella—. Debes creerme.

Intento acariciar su rostro con los nudillos de mi mano derecha, pero ella da un paso hacia atrás lejos de mí tacto.

Tomo una bocanada de aire.

— No puedes irte —murmuro—. No ahora que tanto te necesito, las necesito.

— Debiste pensarlo antes de meterte con otra —dice terca, yendo hacia el clóset.

Poco después, sale con sus manos llenas de su ropa todavía en los ganchos. Sin pensarlo le arrebató todo de las manos, lanzandolo a cualquier rincón de la habitación.

— ¡¿Qué demonios te pasa?!

— Tú no irás a ningún lado —demando, tomando su rostro entre mis manos—. Cariño, yo no sería capaz de hacerte daño otra vez, no después de ver lo mucho que te afectaron mis acciones del pasado. Créeme, no recuerdo que sucedió después que me desmayé en el bar.

— Si eso es cierto, lo de que te desmayaste —dice, quitando mis manos de su rostro—. ¿Por qué tu amigo no me lo dijo?

— ¿Qué amigo? —pregunto, confundido.

— El hombre que te trajo, no te hagas Erick. Estuviste con él.

— No —muevo la cabeza en un gesto de negación—. Anoche estuve solo, sin amigos, sin nadie.

— Ajá, si tú.

Ella camina hacia donde tiré su ropa hace un momento, después de agacharse como pudo colocando su mano en la espalda la recogió y camino hacia la maleta sobre su cama.

— Creo que... —murmuro, armando teorías en mi cabeza hasta dar con la que considero más lógica tiene—. Me drogaron.

La castaña detiene sus pasos y gira sobre su propio eje para mirarme.

— Ya no hayas ni que inventar —niega su cabeza con desaprobación, dejando sus prendas sobre la cama.

— No estoy inventando nada —digo seguro—. Me empecé a sentir mal después de aquel último trago y... ¡Por supuesto! Ese hombre tuvo que haberle hechado algo antes de dármelo.

Ella me mira con confusión, sin embargo, suavisa su expresión; — ¿De qué estás hablando?

— Anoche, cuando quise irme el hombre de la barra me dió un trago, dijo que era cortesía de la casa y lo bebí, después de eso me sentí mal y me desmayé.

— Eso no tiene sentido —cruza los brazos sobre su pecho—. ¿Con qué fin ese hombre haría eso?

— No lo sé —murmuro, dudando de mi teoría—. Robarme, tal vez.

— No —niega con la cabeza—. En la madrugada cuando llegaste tenías todas tus pertenencias.

— Entonces... —rasco mi nuca, más dudoso—. No lo sé, pero ese trago tenía algo, siempre recuerdo lo que hago cuando estoy borracho, cosa que esta vez no sucedió.

— Bien —suspira—. Digamos que es cierto eso, pero eso no quita el hecho de que llegaste con marchas en tu cuerpo y tu camisa.

— Raquel —con grandes zancadas voy hacia ella, quedando frente suyo—. No recuerdo que sucedió, pero puedo asegurarte que no me acosté con nadie,  sé que con hacer eso sólo te alejaría de mí y a estas alturas no puedo vivir sin ti —digo con sinceridad, mirándola—. Mucho menos ahora que dentro de pocos meses nacerá nuestra bebé.

A través de su mirada café la veo duda lo cual me da al menos un poco de esperanzas porque me crea.

Ella rompe el contacto visual conmigo y de sus labios se escapa un corto suspiro.

— Por tu bien, Erick —dice, mirándome otra vez—. Espero no me estés mintiendo porque si es así, te lo juro, me llevaré a mi hija lejos y no la verás nunca.

— Eso quiere decir que...

— Si, estamos bien, supongo —termina por mí, encogiéndose de hombros.

Una sonrisa se plasma en mi rostro de pura alegría y sin pensarlo, tomo su rostro entre mis manos para depositar un beso sobre sus labios el cual corresponde.

Me separo lentamente, observando cada detalle de su rostro sin dejar de sonreír.

Meto mi mano en el bolsillo de mi pantalón y saco el anillo que hace una hora se quitó en la cocina.

— Esto es tuyo —tomo su mano, colocando el anillo en su dedo bajo su mirada.

— Perdón por...

— No pidas perdón por nada —la interrumpo.

Ella mueve la cabeza en un gesto afirmativo y sonríe de manera tierna.

— Eres tan hermosa —murmuro, acariciando sus mejillas con mis dedos—. Te amo tanto.

— Yo también Erick —se pone de puntillas y besa mis labios— No te imaginas cuánto.

Mi sonrisa se ensancha aún más y dejo un beso en su panza para después envolver mis brazos en su pequeño cuerpo y dejar un segundo beso sobre su cabeza.

— Gracias por todo, por hacerme el hombre más feliz que existe —murmuro sólo para nosotros dos—. Las amo, a ambas. Ustedes ahora son mi única razón de vivir.

— Tu eres la nuestra —me devuelve la sonrisa—. Siempre lo serás.

FIN.