Ahora comprendo que es la psicosis: una alienación total de la percepción respecto de los objetos del mundo exterior, sobre todo de los objetos que importan: la gente afectuosa ¿Y qué ocupa su lugar? Una espantosa preocupación por... el inacabable ascenso y descenso de la marea del propio ser.
Philip K. Dick
Me encontraba trabajando en una expedición arqueológica en aquellas magníficas y misteriosas tierras de Egipto, repletas de misticismo, historia y antigüedad.
Hurgaba en el sitio de excavación y le quitaba el polvo a algunas reliquias con un sepillito, mientras era fustigada por el ardiente sol egipcio.
Cansada, me incorporé y sequé el sudor de mi frente con el antebrazo. Había estado de cuclillas mucho rato así que me estiré un poco y acaricié mis riñones. A mis espaldas; las hermosas estatuas del Valle de los Reyes, en Luxor, evocadoras de épocas remotas perdidas en un mar de tiempo.
—¡Dra. Crowley! ¡Dra. Crowley! —me llamó un muchacho árabe de unos doce años. Era Ibrahim, un jovencito muy listo que trabajaba para la expedición y hablaba buen inglés, idioma que había aprendido para vender cosas a los turistas.
—¿Qué sucede, Ibrahim?
—¡El Dr. Burton la busca!
Me dirigí de inmediato hacia el área donde el Dr. Stephen Burton arrancaba los secretos de los muertos. Era una ladera aledaña, relativamente alejada del Valle de los Reyes y de la ribera del Río Nilo.
—¡Aquí está, Alicia! ¡Aquí está! —dijo casi extasiado— ¡Mis teorías eran ciertas!
Stephen Burton era un viejo académico de 56 años, pero aún se las arreglaba para participar de expediciones arqueológicas. Esta, de hecho, había sido dirigida por él y había escogido todo su equipo de trabajo, salvo el que nombrara el gobierno egipcio. Me había llamado especialmente para ser su mano derecha en la expedición, algo inusual pues teníamos años de no hablar. Quizás debido a nuestro pasado ya que diez años antes sostuve un tórrido romance con él susodicho, quien en aquel entonces era mi profesor. Si bien aquello y la notable diferencia de edad habían sido suficiente combustible para el escándalo, nunca supe concretamente quien sedujo a quien.
Pero eso había quedado atrás. Hoy era el típico académico británico entrado en edad que peinaba su cabello blanco con temblorosa mano al leer extasiado las inscripciones en la tumba recién descubierta. A su lado estaba Mohammed al-Abdalá, el supervisor del gobierno y delegado del Museo de Egipto, cuya tarea era cerciorarse de que todo lo encontrado permaneciera en el país, era un hombre árabe de bigote y rostro adusto.
—¿Encontraste la tumba de Nefén-Ka, Stephen? —le pregunté.
—¡Así es, Alicia, así es! Léelo tu misma…
Pues sí, en efecto, por lo que sabía de egipcio antiguo, aquella extraña tumba exiliada en el desierto decía claramente que pertenecía a Nefén-Ka; el infame faraón negro. La sepultura del susodicho se encontraba bien lejos del glamoroso Valle de los Reyes, donde estaban enterrados todos los grandes faraones de Egipto, sus familiares nobles y hasta sus mascotas.
—Me pregunto qué hizo Nefén-Ka para ser tan odiado —comenté.
—Es difícil saberlo —expresó Abdalá— pues cualquier registro de él ha sido borrado de todos los monumentos y escritos oficiales. Salvo por algunas menciones en libros muy posteriores, unas pocas inscripciones en registros no oficiales y leyendas orales, era prácticamente desconocido. No en vano muchos egiptólogos lo consideraban un mito.
—Pues he comprobado que no lo es —aseguró Stephen triunfalmente— acá está la evidencia; el sarcófago que contiene la momia de Nefén-Ka. No importa que tan impopular u odiado pudiera haber sido, los antiguos egipcios no se atrevieron privarle del todo de los honores fúnebres que le correspondían como faraón.
Pero la fama del apodado Faraón Negro era bastante tenebrosa y parecía confirmarlo su exilio póstumo.
En todo caso, Stephen Burton y su equipo desenterró el sarcófago y el escueto contenido que había en él, lo embalaron y empaquetaron correctamente y lo llevaron hasta El Cairo, donde lo resguardaron para ulteriores investigaciones.
Al día siguiente disfruté de las hermosas pirámides de Egipto y la Gran Esfinge, suspirando aquellos misterios recónditos de tiempo inmemorial. Luego me informó Stephen que la expedición llegaba a su fin, y que partiríamos en unos días del país de los faraones.
Aprovechando mis últimos días en el lugar, me dediqué a comprar algunos recuerdos en aquellos exóticos mercados árabes donde toda clase de productos, artesanías y animales eran comerciados por regateadores mercaderes.
Luego me permití regresar al hotel donde Stephen ya había empacado todo. Me apresuró a que trajera mis maletas ya que su avión privado nos esperaba en el aeropuerto (Stephen era un hombre muy adinerado).
Poco tiempo después me despedí de Abdalá en quien noté cierto nerviosismo o aprehensión por alguna extraña causa que no pude dilucidar. Parecía muy asustado. Intercambió algunas palabras en secreto con Stephen y solo pude reconocer cuando rompiendo el susurro dijo: “¡Quítenos esa carga lo antes posible!”.
Stephen y yo nos montamos en el avión y este partió casi de inmediato. Era un aeroplano mediano pero estaba pesado porque llevaba una enorme carga dentro de —lo que supuse— era equipo de expedición pues las autoridades egipcias no permitían extraer ningún hallazgo arqueológico de su país desde la independencia.
—Si no te molesta —me dijo— me gustaría invitarte a pasar algunos días en mi mansión en Aberdeenshire, Escocia.
—¿No querrás revivir viejas pasiones universitarias, verdad? —pregunté pícaramente y Stephen sonrió.
—Bueno, he de admitir que la idea me cruzó la mente, pero te aseguro que seré un caballero, mi invitación es inocente y meramente profesional. Requiero tu ayuda sobre una parte final de esta exploración.
—Está bien, en ese caso acepto.
Así, llegamos sin mayores contratiempos hasta el aeropuerto en Edimburgo, desde donde Stephen, siempre con gran secretismo, trasladó su cargamento pagando altas sumas a los funcionarios aduaneros que me parecieron sobornos, y alquilando un vehículo grande y negro para que llevara sus grandes cajas.
Su casa en Aberdeenshire, en las Tierras Altas, era casi un castillo. Se trataba de una verdadera mansión de estilo arquitectónico victoriano clásico, con enormes ventanales y columnas dóricas.
Los grandes portones de la propiedad se abrieron dejando entrar al vehículo en que viajábamos. Una vez dentro, Burton fue recibido por un afectuoso perro alsaciano de tamaño descomunal, pero notablemente amistoso y noble. Tras algunas caricias en el lomo, el perro me olfateó por algunos instantes, y tras corroborar que no representaba ningún peligro, me permitió rascarle la cabeza.
Más cerca de la entrada principal de la casa, aparecieron tres personas; el primero de derecha a izquierda era un hombre joven que era físicamente muy similar a Burton, de aspecto extremadamente delgado y alfeñique, como si se hubiera abocado toda su vida al estudio académico. Tenía casi mi edad y como supe después era el único hijo de Stephen.
En el medio una guapa mujer de unos 25 años, cabello castaño rizado y ojos azules. Era la bella y joven nuera de Burton.
Y al otro extremo, un hombre de unos cuarenta años con abundante cabello negro peinado hacia atrás y sin una sola hebra fuera de lugar, quien era el fiel mayordomo de la familia Burton desde hace años.
—Alicia Crowley —dijo Stephen— te presento a mi hijo Robert, su esposa Nadia y nuestro mayordomo Arthur. Gente, ella es la Dra. Alicia Crowley.
Todos intercambiamos cordiales saludos y expresiones como “un placer” y “mucho gusto”.
—Arthur —concluyó Stephen— enséñale a nuestra invitada su habitación.
—Sí, señor, por favor venga conmigo Dra. Crowley.
Mientras me adentraba en aquella casa observé a Stephen cambiar algunas palabras con su hijo y nuera, y preguntar si ya estaba listo el santuario, como había ordenado.
Arthur me llevó hasta uno de los cuartos de huéspedes y me indicó que la cena sería a las ocho y que si necesitaba algo se lo comunicara. Me aboqué a desempacar y una vez instalada me lancé sobre la cómoda y suave cama a descansar un poco.
Creo que debo haberme dormido, porque para cuando me percaté de la hora, ya eran casi las ocho. Rápidamente me duché en el baño privado del aposento y salí fresca, perfumada y bien vestida para asistir a la cena de mis anfitriones.
Bajé hasta el comedor por las amplias escaleras de la mansión. Ya el resto estaba sentado e incluía a un extraño sujeto de raza negra, bigote y ropas bastante estrafalarias; una túnica blanca y unos ornamentos de oro con temas egipcios.
—Disculpen la tardanza.
—Descuide, Dra. Crowley —dijo Robert, el hijo de Stephen— llegó justo a tiempo.
—Permíteme presentarte, Alicia —me dijo Stephen— al Sr. Hekatawi.
—Mucho gusto —dije.
—Igualmente, Dra. Crowley.
Arthur comenzó a repartirnos un sabroso vino oporto muy añejado que llevaba los sentidos a la gloria, y luego el aperitivo. Mientras empezamos a hacer conversación.
—Hekatawi nos está ayudando con una labor importantísima, pues su profesión es realmente muy inusual.
—¿Y esta es?
—Soy sacerdote egipcio —dijo Hekatawi misteriosamente.
Casi me atraganto al escuchar esto. Recuperé la compostura y dije:
—Pero… la religión antigua egipcia dejó de existir desde hace siglos… desde la llegada del Islam.
—Ha existido siempre una élite de familias muy cerradas —explicó Hekatawi— que en todas las áreas del antiguo Imperio Egipcio, desde Libia hasta Nubia, han practicado secretamente la antigua religión faraónica aunque siendo públicamente cristianos o musulmanes.
Aunque algo escéptica sobre esos supuestos linajes paganos, continué la charla amenamente.
—¿Y proviene usted de una de esas familias? ¿Es usted egipcio?
—No, Doctora, soy estadounidense. Nací en Nueva Orleáns, y fui instruido como sacerdote Vudú, ostento el rango de houngan asogwe o sumo sacerdote en la religión africana tradicional. Posteriormente fui iniciado como sacerdote egipcio por la Casa de Ptah…
—Sí, escuché hablar de ella —expliqué— algunos la describen como una secta esotérica basada en la religión egipcia… pero, discúlpeme, espero que mi comentario no le parezca grosero. Sé que han existido muchos intentos modernos por revivir la espiritualidad egipcia antigua, podría mencionar la religión Thelema del mago británico Aleister Crowley quien la fundó tras recibir los mensajes psíquicos que, según afirmó él, canalizaba su esposa en una visita de la pareja a Egipto donde contactaron el espíritu del antiguo sacerdote Ank-Afna-Khonsu. O los esfuerzos del intelectual y nacionalista egipcio Taha Hussein y, por supuesto, los movimientos neopaganos de influencia egipcia como el denominado kemetismo.
—Sí, pero la línea de adoración ininterrumpida —adujo Hekatawi— derivada de los verdaderos Sumos Sacerdotes de Adón del clero tebano, solo ha sobrevivido mediante la Casa de Ptah.
—Ya veo…
—Lo que sucede, Alicia —adujo Stephen— es que no tienes el panorama completo de lo que tengo planeado. Vengan, creo que es hora de que se los muestre.
Así, nos levantamos y nos dirigimos hasta una habitación lateral de la mansión. Stephen Burton abrió la puerta de la misma y observamos un misterioso aposento decorado como en los tiempos del Antiguo Egipto, con paredes recubiertas de hormigón blanco imitando el estilo arquitectónico egipcio, con jeroglíficos grabados, imágenes de dioses y faraones en perfil.
A un costado del santuario, un altar al dios egipcio Ptah, el dios creador de la mitología egipcia, y en el centro, lo más sorprendente; el sarcófago abierto de Nefén-Ka, el faraón negro.
En su interior podía observarse la lúgubre momia de tres mil años de antigüedad, cubierta en vendas y con un rostro cadavérico horrible, congelado por siempre en una morbosa mueca maniática de rótulas vacías y dentadura visible.
—¿Pero… pero como…? —me pregunté.
—¿Cómo lo saqué de Egipto? —culminó Stephen— con unos cuantos sobornos a Abdalá y al personal aduanero. Además, Abdalá no sólo era corrupto sino también supersticioso, casi parecía feliz de que nos lleváramos lejos la momia de Nefén-Ka.
—Pero eso es ilegal… —murmuré.
—¿Vas a preocuparte por pequeñeces jurídicas cuando tenemos ante nosotros uno de los más grandes descubrimientos en la egiptología? ¡El descubrimiento del Faraón Oscuro! Cuando yo fallezca devolveré la momia a Egipto, por ahora déjame disfrutar de mi triunfo.
—¿Para eso me trajiste?
—¡Por supuesto! Necesito de tu ayuda para descifrar el Libro de Nefén-Ka, las tabletas jeroglíficas encontradas en la expedición y que puedes ver allí —dijo señalando hacia un grupo de enormes tablas de piedra de tres milenios que descansaban en una urna del santuario.
Pensé que, en todo caso, no había nada que hacer. Ya los restos habían sido sacados de Egipto e introducidos ilegalmente a Bretaña, y ciertamente que la investigación científica sería fascinante.
—Está bien —respondí— pero aún no entiendo cual es la labor del Sr. Hekatawi.
—Pues muy simple, Alicia —respondió Stephen— como sacerdote egipcio su labor consiste en darle los apropiados ritos fúnebres y honores merecidos a este faraón maldito.
¿Qué motivaba a Stephen a tomar medidas tan insólitas? ¿Por qué traer un supuesto sacerdote egipcio a realizar salmodias olvidadas ha una momia muerta miles de años antes? Quizás se había vuelto algo extraño con el tiempo.
El Stephen Burton que conocí era un hombre de ciencia, un escéptico. Como les comenté tuve un apasionado amorío con él cuando era una estudiante de doctorado en la Universidad de Oxford. Stephen era mucho mayor que yo, pero era un hombre enérgico, intelectual y elegante que llamaba poderosamente la atención. Famoso por sus múltiples romances, corría tras él una leyenda negra de interminables conquistas entre estudiantes y profesoras.
Así, caí en su red de seducción y nos volvimos amantes. Me tomó por primera vez en su despacho en la universidad, y pronto fui suya muchas veces ya fuera en su auto, su escritorio o en su cama.
Recordaba aquellas charlas inteligentes que tenías tras hacer el amor. Stephen Burton poseía un apartamento lujoso cerca de Oxford, con una romántica chimenea y una fascinante biblioteca, frente a las cuales discutíamos por horas de temas intelectuales. Sin duda un hombre fascinante, pero también un rebelde. Muchas de sus acciones lo habían marginado y lo perseguía esa leyenda negra, convirtiéndolo casi en un paria de la comunidad académica.
¿Era por eso su fijación con Nefén-Ka? ¿Se identificaba con aquél faraón marginado de la historia y de Egipto?
Era muy poco lo que se sabía de Nefén-Ka, pues los que lo derrocaron hicieron todo lo posible por desaparecer su recuerdo, de ahí que fuera considerado mítico hasta el descubrimiento que hicimos. Pero, las pocas fuentes que sobrevivieron, cuentan que Nefén-Ka era un hechicero obsesionado con la magia y el ocultismo, al punto de descuidar negligentemente a su pueblo.
Cuando no me aportaba al proceso de traducción de aquellos enigmáticos jeroglíficos en las tabletas, pasaba el tiempo con Stephen y su familia.
El siguiente día hicimos una especie de picnic en el jardín de la mansión. Allí almorzamos Stephen, su hijo Robert y su nuera Nadia. Fue una tarde amena y agradable. El enorme can alsaciano descansaba a mi lado y me permitía acariciarlo sin problema, más allá de su aparente ferocidad, en realidad era un perrito mimado.
—¿Y cuanto tienen ustedes dos de casados? —pregunté a la pareja. Robert resultó ser un talentoso pintor y se encontraba en ese momento retratándonos a todos mientras estábamos recostados sobre el pasto.
—Cinco años —respondió Robert sonriente mientras pasaba nuevos trazos al lienzo—, nos conocimos en la universidad y nos enamoramos tras largos años de amistad.
Observándola era innegable que se trataba de una mujer muy hermosa, y no me extrañaba que aquel chico algo atolondrado y enclenque se hubiera prendado de ella. No soy una persona chismosa así que preferí no especular sobre si la fortuna de aquel muchacho influyó en su decisión de casarse.
—Mi familia es de un origen más humilde que los Burton —explicó Nadia— y estoy muy agradecida porque me hayan aceptado.
—Aprobé plenamente el matrimonio —añadió Stephen— y estoy muy contento con el mismo. Nadia es una muy buena muchacha.
—Gracias, Stephen —dijo ella sonriente. Pude notar que se expresaban verdadero cariño, o eso me pareció. Disipé pensamientos tórridos y cambié el tema, pero en ese momento apareció el mayordomo Arthur y me informó que Hekatawi solicitaba mi presencia en el Santuario de Ptah.
Me levanté y dirigí al citado lugar. Allí estaba Hekatawi con su traje de sacerdote egipcio completo y una enorme tiara dorada. Inspiraba cierta solemnidad pero fuera de aquel santuario decorado con tema egipcio se hubiera visto ridículo.
—Si no le molesta, Dra. Crowley —me dijo— quisiera incluirla en una de las ceremonias. Verá, todos los habitantes de esta casa deberán pasar en algún momento por el Juicio de Osiris.
El Juicio de Osiris en la religión egipcia consistía en pesar el corazón por sus malas obras al morir. Los corazones justos y que hayan hecho el bien pasarían la prueba y podrían avanzar a su próxima vida, mientras que los réprobos serían devorados por un monstruo infernal con aspecto de cocodrilo.
—¿No es hasta la muerte que nos sometemos al Juicio de Osiris?
—Todos hemos muerto ya, muchas veces, en el pasado.
—¿Reencarnación?
—Llámelo como guste. Ahora, si no tiene objeción, por favor siéntese aquí —solicitó señalando hacia una gran silla reclinada cuyo diseño era acorde con el del arcaico mobiliario alrededor. Una vez allí apagó las luces artificiales dejándonos iluminados solo por las velas, encendió aromáticos inciensos y colocó sobre mi cabeza lo que parecía ser un afilado cuchillo con extrañas inscripciones.
—¡Un momento! ¿Qué es eso?
—No tema, es un cuchillo antiguo ceremonial, sólo se usa para canalizar energía mística, no voy a hacerle daño.
Luego empezó a recitar unos encantamientos misteriosos en lengua egipcia y mi mente empezó a ser poseída por profundas brumas soporíferas.
Aquel embrujo de Hekatawi pareció provocarme una visión, una regresión quizás a una vida pasada, o simplemente una alucinación ordinaria, pero increíblemente realista.
Observé las tierras vastas de Egipto, pero no del moderno país que visité recientemente, sino del legendario Egipto antiguo. Las ciclópeas pirámides se veían nuevas y brillaban ante la luz solar cegándome brevemente.
Una población de egipcios antiguos navegaba el Nilo en bellos barcos, algunos de pescadores humildes, otros lujosos remados por esclavos.
Esclavos como yo…
Me encontraba en el oneroso palacio real, una edificación majestuosa engalanada con caros jarrones, muebles delicados, hermosas y tupidas alfombras, decoraciones de oro, plata y joyas. El lugar era atendido por innumerables sirvientes, aguerridos guardias y burócratas, así como una legión de consejeros y ministros.
Yo pertenecía al harén real junto a muchas esclavas de distintos países y razas. Algunas negras como el ébano y otras blancas como la nieve, pero la mayoría eran notoriamente de la zona: egipcias, cananeas, nubias, libias y hebreas.
Sin embargo yo era la preferida del Faraón. Me gozaba más a menudo que a todas las demás. Había sido escogida especialmente y traída desde las tierras del Alto Egipto, entre una tribu de granjeros fronterizos de origen misterioso, pero que se mantenía muy cerrada por medio de matrimonios endogámicos.
Me podía observar en un rústico espejo que teníamos en el área del harén, mientras me maquillaban, peinaban, vestían y perfumaban algunas esclavas nubias y hebreas (ventaja de ser la concubina favorita) pues esa noche el Faraón me había solicitado entusiastamente.
Fui a su cámara privada, como era costumbre. Allí se encontraba usualmente Nefén-Ka, un sujeto huraño y recluido, casi un ermitaño, quien pasaba todo el día leyendo antiguos papiros y pergaminos mágicos, consultando a hechiceros y astrólogos, probando misteriosos amuletos, fetiches y piedras mágicas, y rindiendo culto a extraños dioses ajenos al panteón egipcio tradicional.
Allí estaba Nefén-Ka, arrodillado ante la Puerta del Duat, una oscura estructura trapezoidal situada contra la pared y grabada con misteriosos signos de un lenguaje que no era el egipcio. Se trataba de un idioma tan antiguo que precedía al hombre y cuya pronunciación era imposible para gargantas humanas.
—¡Grandes son los Dioses Exteriores! —clamaba el faraón loco ante la Puerta de Duat— ¡Los dioses de Egipto son ídolos vacíos y sin vida ante ustedes! ¡Grandiosos señores! ¡Ustedes tienen la verdadera gloria! ¡Gran Azathoth! ¡Shub-Nigurath! ¡Yog-Sothoth! ¡Nyarlathothep!
Aquellas invocaciones me hacían temblar. La blasfemia y la herejía eran muy temidas entre los egipcios y nos hacían temer la ira de los dioses y las peores maldiciones, pero además, aquellos espíritus que convocaba Nefén-Ka eran genuinamente demoníacos.
Fui llevada ante él. Satisfecho terminó sus oraciones y sin mucho trámite ordenó que me desvistiera. Yo era una esclava, mi función en la vida, mi única función, era servirlo con mi cuerpo y darle placer. Sin mediar muchas palabras, pues era yo solo un objeto, una pertenencia para él, satisfizo su carnalidad conmigo. Yo cumplía sus órdenes al pie de la letra, sin chistar. Mi labor era siempre la silenciosa y sumisa obediencia de una esclava. Una orden suya podría poner fin a mi vida, por lo que mi existencia misma dependía de complacerlo, e intentaba realizar esa labor lo mejor posible.
Las horas pasaban y tras los momentos de placer que yo le proporcionaba se olvidaba de mí y se abocaba de nuevo a los estudios esotéricos que lo obsesionaban. A la habitación entraban sus ministros, consejeros y sumos sacerdotes. Todos traían nuevas quejas que él debía atender. Los bárbaros extranjeros atacaban las fronteras arrebatándole territorio al Imperio, hambrunas y sequías asolaban los campos y una misteriosa plaga afectó a las poblaciones de la frontera libia. Pero a Nefén-Ka nada de esto le importaba. Con desdén llamaba a su pueblo “ratas sucias” y aseguraba que no le importaba lo que les sucedía. Los más osados se atrevían a encararlo, acusarlo de hereje por sus prácticas y aseguraban que todos esos males eran la ira de los dioses por su traición. El Faraón debía ser el nexo entre los dioses y los hombres, y debía mantener el orden cósmico mediante sus rituales, pero Nefén-Ka renegaba de todo esto. Ordenaba ejecutar a sus enemigos, a quienes lo contradecían y quienes abjuraran de su lealtad, pero en la práctica, Nefén-Ka estaba solo, sumiéndose cada vez más en la locura.
Sólo confiaba en una persona; un sacerdote nubio de raza negra. Aquel hechicero y chamán de las tribus del sur se había ganado la confianza de Nefén-Ka. Fue él quien le inició en los secretos cultos de los Dioses Exteriores. El poderoso clero tebano había maldecido al sujeto como falso sacerdote pero de nada había servido.
Aquél hombre dominaba y manipulaba completamente a Nefén-Ka quien compartía todo con él; sus manjares, sus tesoros y sus concubinas… sí, yo también era entregada a él con la venia de Nefén-Ka, pues éste accedía a todas las peticiones que aquel nubio exigía. Solo que el encuentro sexual con él nubio era distinto; más mecánico, más energético. Casi me atrevería a decir que no parecía tener un verdadero interés sensual, sino que sostenía relaciones conmigo sobre el altar y frente a la Puerta de Duat que se activaba mágicamente y las inscripciones brillaban iridiscentemente.
Pero sus extrañas prácticas sexuales, la negligencia del faraón que estaba arrastrando a Egipto al abismo y, quizás lo peor, la herejía, provocaron un alzamiento. Los funcionarios del palacio, sacerdotes y nobleza se rebelaron contra Nefén-Ka, irrumpieron en su aposento sagrado donde lo arrestaron, destruyeron su santuario y la Puerta de Duat. El sacerdote nubio fue torturado y mutilado lentamente hasta la muerte, y a Nefén-Ka lo condenaron a ser momificado vivo.
Pero antes de morir, Nefén-Ka clamó una maldición aduciendo:
—No está muerto lo que no puede morir. Mi espíritu ahora pertenece a los Dioses Exteriores y por ellos estaré siempre consagrado. Mi oscuridad volverá algún día para recordarles lo que es el verdadero abismo.
En cuanto a mí, yo había sido (a criterio de los sacerdotes) la prostituta sagrada de aquel extraño culto diabólico, así que ordenaron mi ejecución enterrándome viva en un sarcófago repleto de escorpiones negros, que luego colocarían al lado de la tumba de Nefén-Ka. Ese fue mi fatídico destino en una de mis miserables vidas anteriores.
Desperté de aquel ensueño con el clamor de un alarido.
Temblorosa observé a Hekatawi… aquel hombre había sido el sacerdote nubio en otra vida… de eso estaba segura. ¿Me habría reconocido? ¿Había visto lo que yo?
Me levanté de inmediato y sin mediar palabra partí del lugar.
Iba a renunciar a mi asignación y partir de regreso a Costa Rica cuanto antes, pero debía hablar con Stephen antes y recomendarle que expulsara a aquel hombre de su mansión… si bien no podía darle una razón objetiva. No podía decirle que había tenido una “visión” del pasado sin sonar como una loca. En cuanto entré a mi aposento me percaté de lo nerviosa que me encontraba y como me palpitaba agresivamente el corazón. Intenté calmarme; encendí un cigarrillo con pulso tembloroso, me sequé el sudor de la frente y me senté sobre la mesa tratando de normalizar el ritmo respiratorio.
Cuando estuve más calmada me dirigí a la búsqueda de Stephen por lo que exploré varias habitaciones. En una me encontré con el taller de Robert donde se encontraba pintando.
—Lo lamento, no quise interrumpir —dije.
—No hay problema, Doctora. ¿Busca a mi padre? —asentí—, debe estar estudiando sus libros en la Biblioteca.
—Gracias. Ese cuadro es muy bonito —halagué, Robert se encontraba pintando un paisaje egipcio tan realista que parecía una fotografía.
—Gracias, Doctora, no me creería si le contara donde lo .
—¿Dónde?
—En una visión que tuve tras un trance que me provocó Hekatawi en el santuario. De ahí saqué la inspiración para todos estos cuadros —dijo señalando con la cara a una colección de distintas obras, todas las cuales mostrabas imágenes del Antiguo Egipto. —Dice Hekatawi que fueron visiones de mis vidas pasadas.
Al llegar a la biblioteca escuché la voz de Stephen y entré para hablarle, pero al asomar la cabeza por la entrada observé una escena impúdica y tuve que retroceder. Luego, desde el borde corroboré que mis ojos no me habían engañado y en efecto estaban allí Stephen Burton y Nadia, ésta de rodillas haciéndole una felación, y él con rostro extasiado reclinado sobre un librero. Ninguno de los dos pareció haber notado mi presencia.
Era evidente que aquello no me correspondía verlo o interrumpirlo y opté por refugiarme de nuevo en mi habitación donde, tras el paso de las horas, caí en un intranquilo sueño.
Y estando así, dormida en medio de las brumas que habían invadido completamente el aposento, lo sentí… aquella extraña caricia en mi mejilla por parte de tres dedos helados y un susurró escabroso que emitía aire congelado.
Ello me sobresaltó, como era de esperarse.
Percibí al lado de mi cama lo que parecía ser una aparición fantasmal de piel pálida y ataviada con andrajos blancos como vendas. La carne parecía putrefacta como la de un cadáver en descomposición y tenía los ojos totalmente negros como dos abismos sin fondo y al verme sonrió con sus dientes amarillentos en su rostro cadavérico e intentó aferrarme con sus huesudas manos.
Entonces emití un sonoro alarido.
Pero al hacerlo desperté. Había sido sólo una pesadilla.
Estaba aún entre las insondables brumas de la habitación incapaz de ver casi nada, pues sólo una tenue luz lunar entraba por la ventana que había quedado abierta. Entonces escuché un cacofónico murmullo o quizás un gruñido como el de una puerta vieja que rechina… pero que parecía producido por una garganta humana.
—¿¡Quien está ahí!? ¡¡Maldita sea!! ¿Quién es? —pregunté y de inmediato encendí la lámpara en el buró al lado de la cama. Pero la habitación estaba vacía salvo por mí, o al menos eso era lo que me decían mis sentidos hasta que sentí un frío espantoso… la temperatura bajo repentinamente causándome escalofríos tremendos y obligando a abrazarme a mí misma. Mis piernas arrinconadas sobre mi abdomen temblaron como mi quijada que castañeó y pude ver el vapor en que se convertía mi aliento al exhalar.
—¿Qué… qué está pasando aquí? —me pregunté a mí misma. Aún si la calefacción estuviera fallando no estábamos en invierno para que hiciera tanto frío. Decidí levantarme para dejar el lugar y averiguar lo que sucedía pero en cuanto me dispuse a tomar el pomo de la puerta éste empezó a moverse alocadamente como si alguien intentara abrir desde el otro lado. La llave había sido pasada así que no podían cumplir su objetivo a menos que forzaran el cerrojo.
—¿Quién es? —pregunté alzando la voz para cerciorarme de que me escucharan del otro lado— ¿Quién quiere entrar?
Pero por respuesta escuché un rugido inhumano como el gruñido de un animal acompañado de rasguños a la madera de la puerta echa por zarpas que, por el lugar que habían arañado, llegaban mucho más arriba de mi cabeza.
—¡Aléjate! ¡Aléjate quien quiera que seas! ¡Demonio! —clamé con todas mis fuerzas y el movimiento cesó. Me alejé de la puerta retrocediendo de espaldas y al estar al borde de la cama recibí una nueva y desagradable sorpresa; un golpe propinado por una mano invisible.
Entonces, sin saber que decía realmente, como emanando de algún extraño y recóndito rincón de mi alma, logré liberar mi boca de la presión y dije:
—¡SHAI RENENET MESKHENET!
Funcionó. De pronto la temperatura se normalizó y aquellas presencias malignas se esfumaron tan rápido como aparecieron. Incluso la pesadez que se sentía en el ambiente como una oprobiosa nube de escabrosos horrores se extinguió.