Un mes después.
Bastián.
– Por favor, firma aquí y aquí – el alcaide me señala un papel lleno de mierda que no me interesa, lo único que me importa en este momento es que al firmar este pedazo de hoja volveré a ser libre.
–¿Necesita algo más? – le pregunto después de poner mi firma donde me dijo.
– Si, tu huella dactilar aquí y puedes largarte – sentencia.
– Siempre fuimos buenos amigos – suelto con sarcasmo y dejo escapar un bufido.
Termino con el jodido papeleo y el alcaide me da el permiso de irme, el hombre no me da un abrazo ni mucho menos me felicita por mi excelente conducta del ultimo mes, él solo se da la vuelta, me da la espalda y yo me salgo de aquí porque tampoco es como si el alcaide se hubiera convertido en mi familia, esas chorradas solo pasan en las películas. En la vida real las personas no cambian ni se vuelven cercanas las unas con las otras.
Agarro la maleta negra en la que he guardado las pocas cosas que tengo aquí dentro, me la cuelgo al hombro y hago sonar en mis manos las llaves de la motocicleta, estoy listo para largarme de este sitio y no volver nunca jamás en mi vida, ciertamente no voy a extrañar el centro penitenciario de Lacock.
Camino hacia la salida y veo a Benjamín y a Billie esperando por mí en la puerta, ¡Joder! No queria que se dieran cuenta de que me iba justo en este momento, yo no soy un hombre sensible, me cagan las despedidas y los finales, pero tal parece que este es completamente inevitable.
– Billie – lo saludo acercándome a él.
Billie me mira fijamente, frunce los labios y me da un abrazo, el hombre me agarra por la cabeza y me habla al oído con la voz firme – espero que hagas algo que valga la pena con tu vida, Bastián – me pide, pero yo por desgracia no puedo prometerle eso.
No quiero decepcionar a Billie, asi que simplemente asiento con la cabeza y le estrecho la mano que Benjamín tiene extendida en mi dirección.
– Cuídate, hombre y deja de ser tan cabezota – me dice Benjamín.
Yo suelto una risa de medio lado – voy a echarlos de menos.
–¡Oh malévolo cucarachón se nos puso sentimental! – sisea Billie, citando una de las frases de su película favorita – entonces, ahora que estas libre, ¿Vas a buscarla?
–¿Buscar a quién? – me hago el idiota, aun cuando sé perfectamente de lo que él está hablando.
– A la novicia.
– Ella ya no es una novicia – me acomodo la maleta tras la espalda – y no, no voy a buscarla.
–¿Por qué no?
– Porque ya la jodí demasiado, ella misma lo dijo – hago una mueca con el rostro y Benjamín pone su mano en mi hombro a modo de consuelo.
– La vida les mostrará la forma de perdonarse, hermano – dice Benjamín.
Yo quisiera creer que es verdad, de alguna forma necesito creer en las palabras de Benjamín, pero no soy lo suficientemente ingenuo ni filosófico para hacerlo, me cague todo lo que tenia con Annabelle y no hay forma alguna de que ella me vaya a perdonar, es que ni siquiera sé dónde demonios está, ella solo desapareció del mapa, asi como asi.
– Jones, ¿Te quedas o te vas? – me grita el guardia, que mantiene la puerta abierta para mí.
Termino de despedirme de Billie y de Benjamín y salgo del reclusorio, una vez que pongo un pie afuera siento como si estuviera aprendiendo a caminar nuevamente, es extraña esta sensación de libertad, después de tantos años encerrado saber que puedo hacer lo que se me dé la puta gana porque no tengo a un carcelero encima es lo mejor del mundo. Tampoco es que haya sido el recluso mas tranquilo y obediente del mundo, pero ese no es el caso.
Voy hasta el escondite donde tengo la motocicleta que compré hace unas semanas, justo antes de que Annabelle y yo volviéramos a la iglesia a remodelarla, me subo en ella y miro a mi izquierda, allí está el convento, allí debería estar mi Annabelle, pero por mi culpa está muy lejos de allí, sabrá Dios donde.
Acelero y me meto en la carretera, recuerdo la ultima vez que me subí en esta moto, Annabelle estaba conmigo, aun puedo sentir sus manos uniéndose en mi espalda, es como si nada hubiera cambiado, el problema es que todo lo ha hecho y me jode no poder entenderlo, no comprendo porque tengo esta sensación en el pecho, por mas que le doy vueltas al asunto no entiendo que es lo que siento cuando pienso en Annabelle ¿Culpa? ¿Remordimiento? ¿Qué demonios es lo que me pasa que no dejo de fantasear sobre ella?
Un auto me pita y yo vuelvo al carril de la izquierda, estoy completamente idiotizado por los recuerdos de esa mujer que me miró como si yo fuera lo mejor en el mundo, cuando lo cierto es que yo me encargué de que su vida se convirtiera en un infierno.
Pasan dos horas hasta que llego a Londres, ya ha oscurecido, es casi media noche y solo espero no despertar a nadie, sinceramente no estoy de humor para bienvenidas. Toco al citófono de la entrada y un empleado me deja pasar, las rejas de la mansión Jones se abren y yo meto mi motocicleta dentro, miro hacia las ventanas y me doy cuenta de que todas las luces están prendidas, ¡Carajo! Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que estuve en este lugar.
Parqueo la moto a un lado, saco las llaves de la casa de la maleta negra y la meto en la ranura de la puerta que de inmediato se abre. Entro en la casa y escucho unos murmullos, probablemente son de mi madre y del bastardo de mi padrastro.
Subo al segundo piso y los murmullos comienzan a intensificarse. No son murmullos, son gritos.
–¡Déjame!, Jeremy – dice mi madre con la voz ahogada.
Mi corazón se acelera, y como si estuviera viviendo un Deja Vu corro hacia el lugar de donde provienen los gritos.
–¡Déjame por favor! – suplica Lena, mi madre.
Voy hasta la habitación de ellos dos, abro la puerta de una patada y siento que todo mi cuerpo se calienta de la rabia que siento en este momento. Enfrente de mi tengo la escena más repugnante, y lo peor de todo es que es una escena que ya he visto muchas veces antes.
Mi madre está tirada en el suelo, hay sangre saliendo de su nariz, su pómulo izquierdo está rojo y está llorando, Jeremy, la porquería que se hace llamar mi padrastro, está frente a ella y tiene los ojos completamente rojos, probablemente está borracho como siempre.
–¡Bastián! – dice Lena, como si no pudiera creer que yo estoy aquí – ¡Bastián, cariño! – ella me llama, pero yo no la escucho.
Mi mente está concentrada en otra cosa, en acabar con el problema de raíz, hace dos años intenté matar a Jeremy y no pude hacerlo, pero ahora las cosas son diferentes, ahora estoy más roto, y no hay nada por lo que deba contenerme, me he convertido en alguien peor a lo que era hace dos años.
Y voy a matarlo.