Chapter 38: Lion Heart

Eso sería suficiente para retenerla mientras llegaba. Le compré un chocolate en un quiosquito frente a la estación para excusarme por la demora. Tomé el metro y comencé a ver por el cristal de la ventana como reventaban las estaciones y me acercaban más a ella. Nos movíamos como dos piezas de metal precioso, atraídas por una ente magnética que se formaba en el puro roce de nuestras pieles. Las estaciones pasaban como ráfagas por la ventana, yo le devolvía la mirada a esos ojos ansiosos una y otra vez. Brillaban como una estrella que serpentea en sus puntas emoción y miedo. Las mariposas revoloteaban adentro de mi estómago causándome nauseas. Pronto la vería. Era increíble, pensé que más nunca la vería después de aquella noche. Finalmente llegué a la estación La Bandera, me escabullí entre la gente sin que me despeinaran, saqué el celular.

Mía Berhnhardt: Ya estoy aquí, ¿Dónde estás?”

Lo envié y comencé a subir las escaleras mecánicas. En cuestión de segundos la vería. Observaba a las personas descendiendo por el otro extremo para ingresar al metro, y allí estaba ella bajando entre la gente. Lesbiana al estilo The L Word, con gafas de sol, una chaqueta color salmón, y el cabello liso al nivel de los hombros, por dios se veía hermosa. Hermosa y tremendamente sexy. Me reconoció, y giro su cuello hacia arriba sonriéndome. En ese momento no me dio tiempo de pensar lo bella que se veía solo lo sabía, sabía que atesoraría esa imagen de ella descendiendo las escaleras por siempre en mi mente. Salí del metro y tomé las escaleras de retorno para ir a su reencuentro. Entonces volteé hacia el otro extremo de las escaleras y allí estaba otra vez, Ahora ella iba subiendo hacia la salida de la estación. Era como si jugáramos a atraparnos. Le hice señas diciéndole que la esperaría abajo mientras ella volvía a bajar.

Llegué a la otra planta y me miré en el vidrio del encendedor contra incendios, me arregle el cabello. Traté de verme natural y relajada, esperé a que las escaleras mecánicas la trajesen de vuelta, alcé la mirada y allí estaba. Toda la luz que entraba desde arriba se apagó cuando me sonrió. Ese día descubrí que Rocío tenía luz propia. Una sonrisa que parecía haber estado practicando toda su vida. Era una de esas sonrisas que recordarías cuando la gente te dijera que el mundo era una mierda. Era imposible no mirarla, aunque te pudiesen doler los ojos, y lloraras al verla y quisieras llorar cuando no pudieses verla. Me dio un fuerte abrazo y rompió toda la inmensa distancia que había existido desde aquella noche cuando la perdí sin saber su nombre. Me tomó desprevenida, mis manos torpemente se lo devolvieron.

-¿Te hice esperar mucho?

-¿Mucho? Flaca ya me iba a ir, pensaba que me estabas vacilando.

-De verdad lo siento, te traje un chocolate en modo de disculpa

-¡Ay que rico! – Sonrió - ¡Perdonada!-Le devolví la sonrisa.

El viaje en metro fue menos desagradable que de costumbre, pude observar sus manos agarradas a uno de los tubos del metro, sus labios como si fuesen alguna rosa que le había crecido en la boca y su piel tostada, besada tantas veces por ese sol enamorado de ella en silencio. Cuando se inclinó frente a mí y buscar su celular en la cartera odie no ser eso que buscaba con tanta calma y esperanza. Conté los lunares de sus mejillas, admire el color de su boca, un rosado que Renoir hubiese creado solo para pintarle los labios, único entre todo el circulo monocromático. La mire perdida en su belleza mientras me hablaba de cualquier cosa que ya no recuerdo, sin quitarle el sentido más importante al brotar de su voz. Antes de ir a averiguar el boleto de avión pasamos por la farmacia a comprar mis medicinas, podía notar los ojos de Rocío fijos en mi espalda mientras yo le pedía al farmacéutico las pastillas del récipe. No podía creer que estuviese conmigo en la farmacia, de repente me emocionó esa idea de que me acompañara a hacer mis diligencias. Quería aprovechar a esa hermosa mujer que me observaba por detrás de mis hombros el mayor tiempo posible, su compañía era muy agradable y su belleza era como esa luz tenue que mantiene la vela mientras lees un libro en una noche sin electricidad. Había algo en ella, en su mirada y su manera de hablarme que me gritaba que ella era mucho más que un imán de sensaciones. Tomé las pastillas en caja y me volví hacia Rocío.

- Me gustan tus botas – Susurró apenas moviendo sus labios mientras me miraba fijamente.

- Gracias- Respondí guardando el récipe y las pastillas delicadamente dentro de mi cartera. – Bueno, ya nos podemos ir – Agregué.

- ¿Por qué tu cabello huele así? – Me preguntó con exasperación – Me estaba oliendo el cabello

- ¿Así como? –Me ruboricé. No la podía ver a los ojos aun cuando ella llevaba gafas de sol.

- Así tan rico – Señaló. Le sonreí tímidamente.

- Sé que te sentiste incómoda cuando me abrazaste, o tus abrazos siempre son tan blandengues – Añadió con ironía.

- No, es solo que me sorprendió que me abrazaras con tanto carisma, no pensé que fueses tan emotiva.

- Pues te abracé para que no te sintieras incómoda, para romper el hielo, y porque quería hacerlo.

- Bueno déjame darte un abrazo más fuerte- Dije decidida. Le sonreí y la abracé mientras me sumía en su espalda. Sentí cada musculo de su cuerpo estrecharse con el mío y recibirme de manera acogedora.

- Eso estuvo mejor – Dijo sonriente.

Fuimos a un centro comercial a comer, ella me contaba como esa noche luego de conocerme se terminó peleando en la entrada de la discoteca con otras lesbianas, como la golpearon e hicieron sangrar. Sentí compasión, la verdad nunca había participado en una pelea de lesbianas, pero más de una vez tuve ganas de golpear a una de esas mujeres poco educadas y con aires de grandeza, wirchas les dicen. Rocío me seguía contando y mientras más se adentraba en darme detalles yo pensaba que esa noche le había coqueteado a muchas más, incluyendo a Adriana y a mí, y pasando de eso si hubiese estado al tanto de la pelea a la que dio gala en la entrada de la discoteca la hubiese defendido. Lo sé, con mis brazos delgados, y mi natural fragilidad verme protagonizando una pelea sería escandaloso, rayando en lo suicida. Pero estaba segura que no hubiese dejado que nadie se metiera con ella, y también estaba segura que en el medio de la pelea hubiese deseado que no me fueran a romper los labios o la nariz.

- ¿Te aburro?- Preguntó analizando mi silencio.

- No, para nada – Respondí encogiéndome de hombros, era obvio que estaba muy callada.

- ¿Por qué caminas con los brazos cruzados?

- En ese momento me percaté de que caminaba con los brazos rígidos, cruzados en mi torso, me sentí como una idiota. Los descrucé y me sentí más tonta aún, como si no pudiera caminar con normalidad y hubiese olvidado cómo se camina con los brazos extendidos. Ella me hacía sentir muy torpe.

- ¿Qué quieres comer? – Me preguntó rompiendo el silencio

- ¡Subway! – Respondí casi de inmediato. - ¿Tú qué quieres comer? agregué

- Subway está bien- Me sonrió debajo de sus gafas de sol.

Luego de pedir mi típico sándwich de cangrejo y su sándwich italiano llevé la bandeja a la mesa y me senté al frente de ella, ya no llevaba la chaqueta, ni las gafas de sol, “caramba es tan sexy” pensé en silencio mientras contemplaba sus labios devorarse el sandwich, “de esas lesbianas con las que te provoca coger todo el día” Me sonreí con picardía.